jueves, 1 de diciembre de 2011

Destrucción del edificio de la lógica, una novela de (pura) invención

Demian Paredes (La Verdad Obrera-PTS. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Cuáles son los “efectos” que produce una obra literaria? Uno, indudablemente –aunque en un sentido muy genérico-, es el despertar los sentidos del lector, por medio de la sorpresa, de la emoción… e incluso del rechazo. No son cuantificables pero eso no quiere decir que no los haya: esos efectos pueden ser individualmente importantes pero también lo son socialmente; eso explica, tal vez, la inscripción de un texto en la memoria así como su perduración.

Por este lado, intentaré entrar en lo que “me” produce la lectura de Destrucción del edificio de la lógica, una de las últimas nouvelles de Noé Jitrik: sorpresa, emoción, inesperadas reacciones frente a un texto que se escapa de los modos más habituales de hacer novelas o relatos; incluso de su relato anterior, Long Beach, cuya propuesta es de otra índole: se diría que de un minimalismo de la sorpresa, por el cual el relato se desliza, desde la “subjetividad observante”, hacia una especie de mirada crítica sobre la cultura norteamericana.

Relato concentrado, Destrucción… posee un alto nivel de densidad; la materia verbal no es abigarrada, y sí crujiente, pero también líquida, fluida y bullente de imaginación.

Destrucción… ofrece la perfección de la esfera en –por lo menos– un rubro narrativo: el de la digresión, que permite a su complejo narrador incluir conceptos y escapar de la referencia casi obligada a acontecimientos o anécdotas.

El relato abunda en todo tipo de digresiones y explicaciones, pero no obstante, “lo real”, sea lo que fuere, no es lo de menos ni tampoco “el origen” de la digresión: es solamente una “parte componente” más del relato.

Porque Destrucción… viene, justamente, a destruir una lógica. O tal vez dos, como veremos más abajo.

La nouvelle (se) inicia a partir de una figura, un profesor de filosofía desocupado, de apellido Escalante. Sentado en la mesa de un bar observa y reflexiona, y las reflexiones y explicaciones que asume el narrador que a su vez lo observa desatarán, todas ellas, “la acción”: Escalante perseguirá a una pareja que le llama la atención cuando sale del bar; y de allí en más proseguirá todo.

Y este “todo”, es mucho: peripecias, traspiés, (¿aparentes?) equívocos, surgidos de “la acción”… pero también de la “imaginación pura” de quien narra (¿o de quien “protagoniza” esta historia, el profesor Escalante?).

Todos los apellidos de los personajes que rodean al profesor, la pareja, tres ex alumnos, el dueño de un bar y un parroquiano, entre otros/as), comienzan con “esca”; comprobarlo hará surgir la pregunta sobre si aquéllos “no fueran imágenes de su propio nombre, Escalante, imágenes aéreas que le traían pedazos de lo que él mismo había sido y de lo que había dejado de ser”. A lo que agrega: “Dos sílabas, que son un pedazo de nombre, ¿pueden ser un pedazo de algo real?” Y poco más adelante: “¿Serían todos, Escalante, Escalona, Escalera, Escari, Escaramilla, Escárcega, Escafino, una sola entidad o, mejor dicho, un solo ente?”

Y ese “solo ente” es, por supuesto –¿quién otro, si no?–, el narrador, acaso el autor, que lo admite cuando afirma, respecto a Escalante, que (éste) se había transformado en “Puro observador, observador en estado de pureza, o sea sin saber por qué observaba, no como los presocráticos que, en el despertar del mundo, querían observar y entender el misterio de todas las cosas. Él no, sólo observar como si fuera el fantasma de un relato sin finalidad pero sin ser fantasma, todavía ser humano observante, en situación de peligro si era descubierto observando o, como en el caso de los estudiantes, objeto de añeja y melancólica observación. Y, al observar adivinaba destinos, por fuerza se despersonalizaba, no era ni siquiera otro observando, sino un puro receptor olvidado de aquello que debía ser lo suyo dejado atrás, en un suspenso ilimitado”.

Acción y pensamientos del protagonista correrán entonces por dos carriles paralelos, a los que hay que sumar el pensamiento del propio narrador, quien acompaña, ¿estimula?, y suma los suyos a los del propio profesor. (“‘¿Por qué, se preguntó [Escalante], todo transcurría entre preguntas?’”)
Destrucciones

La primera lógica destruida en Destrucción… es la del tradicional y “cómodo” relato lineal, en el que la prosecución de un objetivo por parte de un personaje avanza sin tropiezos. En Destrucción…, por el contrario, toda clase de reflexiones, análisis, comparaciones, asociaciones puntúa el relato; en definitiva, digresiones que siguen –a su modo– la acción de los personajes; como un río que fluye, al mismo tiempo que incontables ramificaciones perpendiculares o diagonales –las digresiones– lo acompañan, de principio a fin. Se podrían llegar a pensar en dos libros superpuestos construyendo esta nouvelle: por un lado la acción y peripecias del profesor Escalante; y por otra, la serie de asociaciones y razonamientos del relator, fundidas con las del propio profesor: “muchas preguntas más, algunas obvias, otras injustificadas, o sea sin respuesta, aparecerían a medida que se produjeran variantes en la escena o a que aparecieran los personajes que estaban fuera de escena pero gravitando, motivando sus –los del profesor- erráticos y arbitrarios desplazamientos”, declara el narrador.

Pero, por otra parte, ¿quién relata esas digresiones? ¿Por qué las hace? ¿Y para qué? Todas (son) preguntas que tal vez sean refractarias al texto, que posiblemente no sean pertinentes o adecuadas. El narrador, sin duda “omnisciente”, se refiere en un momento a “la muchacha fumadora, de cuya existencia sólo quedaba una constancia en las páginas precedentes, que de todos modos no eran de mucho confiar”, ejemplo de una “desconfianza” en la afirmación, no sólo respecto de lo dicho… sino también de lo escrito.

Acá tenemos “la otra lógica rota”: la del relato mismo (¿la de un “relato confiable”?), que concierne más bien a la de los “métodos de la escritura”; donde fluye una subjetividad (la de este narrador omnisciente que no sabemos de dónde viene –ni, en rigor, ya que hablamos de una obra de arte, a dónde va–) que, siendo sumamente amable con el lector (porque Destrucción… es una narración amena, entretenida, humorística por momentos, atrapante e inteligente) no deja de ser compleja, en el sentido de la elaboración. El narrador lo plantea: ante las complejas relaciones que se establecen –o que pueden establecerse– entre la acción o experiencia y la idea o concepto(s) declara: “Se detuvo en la palabra experiencia; admitió que no se podría prescindir de ella para generar un concepto pero también debió admitir que conceptos ya configurados constituyen una experiencia que no suele ser considerada tal, razón por el cual el término, que aparecía como redondo y claro, se volvía ambiguo, tanto que podía ser, esa ambigüedad, el fundamento de una diferencia radical entre filosofías; la de la experiencia propiamente dicha, un inevitable vitalismo, y la de la experiencia conceptual, de un inevitable intelectualismo y, en cierto modo, elusiva ausencia”.) Y todo esto es logrado, originado, desde un nombre: “nunca se le habría ocurrido pensar [dice el narrador a propósito de Escalante] que eso podía desencadenar una proliferación de nombres, nunca se habría atrevido a pensar que su apellido podría ser como un huevo del que salieran innumerables seres portando esa marca, esa galladura, puesto que hablamos de huevos”.

Y más allá de los orígenes, lo cierto es que las “mutaciones, o repeticiones, o reapariciones” que se proponen en Destrucción… proliferan hasta dar con un conjunto que comienza y finaliza con/desde su protagonista.

* * *

En medio de las disquisiciones del profesor de filosofía, y recordando a Juan Domingo Perón –cuyo nombre aparece un par de veces junto a otras sentencias políticas famosas–, el relato enuncia: “la organización vence al tiempo. Y, a la muerte se diría”. Y si esta coda dice algo de la muerte, la expresión puede (y debe tratar de) hacerse dentro de los confines (siempre en expansión) de creatividad y belleza. Y la literatura, por supuesto, se lo propone, y a veces, lo logra.

* * *

La muerte, en efecto, puede ser vencida desde la literatura; desde “la organización” de sus materiales y posibilidades, de lograr su permanencia en el tiempo. Noé Jitrik –en lo que mi juicio valga– ha demostrado que esto es posible, con este nuevo “combate” (literario), donde “lo real imaginado” permite pensar (a) la literatura (o al menos, uno de sus posibles caminos).

* Noé Jitrik, Destrucción del edificio de la lógica, Buenos Aires, Emecé, 2009.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.