viernes, 9 de diciembre de 2011

Dialéctica del espíritu y la materia

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nada espiritual puede darse sin extensión
Benedicto Espinosa

Esta frase, de aquel genial pensador que fuera Baruj (Benedicto) Spinoza (Espinosa) proveniente de una familia expulsada de la Península Ibérica, indica que no puede haber espíritu sin materia o alma sin cuerpo. Las ideas no vagan, es evidente, por la estratósfera ni por las regiones supralunares esperando algún castigo para penetrar en los cuerpos de los terrestres.

Existe un dicho, todo tiene que ver con todo, y que refleja una gran sabiduría popular pues es sabido que los seres, objetos, pensamientos, procesos, energías y campos se hallan conectados entre sí, y por lo mismo, interactúan, reflejan, y son -de una u otra forma- ellos mismos y también el mundo que los rodea. Y esas conexiones no existen de cualquier manera, sino que obedecen a procesos complejos, contradictorios, unidireccionales e irreversibles, en donde, por ejemplo, la albúmina puede pasarse al ácido nucleico pero no a la inversa, y por ello mismo su salto cualitativo es irreversible.

Y esto que se da en lo que llamamos la naturaleza, se da también en las ideas, visiones del mundo, categorías, concepciones, teorías y prácticas sociales, vale decir, nada es para siempre, ni en espíritu ni en materia.

Nosotros interactuamos a través de formas con otras formas y, en diferente plano, también lo hace la naturaleza y así hemos penetrado –hasta cierto punto- en los entresijos de la denominada materia, materia que se nos “invisibiliza” en el micromundo pero que, y esto es muy palpable en la sociedad humana, interactúa a través de formas visibles y está en nosotros descubrir, a través del comportamiento de esas formas visibles –es decir, personas- las leyes y rasgos esenciales de procesos y cosas.

Aun en las primitivas formas de vida que aparecieron sobre la caliente geografía terrestre, existía esa propiedad de la concatenación inteligente -que no alcanzaba, por supuesto, a ser conciencia en el sentido humano- actuando en el comportamiento de los organismos unicelulares con la atracción y la repulsión originadas por la irritabilidad; o la contracción debida al oleaje marino, como es el caso de los espongiarios.

Se descubrió hace ya mucho tiempo, precisamente, un principio de transmisión neuroide en las esponjas, pese a carecer ellas de un sistema nervioso. Y se ha visto que constituye una forma secundaria del comportamiento, pues se origina en la irritabilidad, la atracción y la repulsión.

De lo que se trata, pues, es de aceptar la capacidad universal de interinfluenciar en forma activa, interna y externa, de todo el mundo exterior e interior. Pero el solo hecho de reflejarlo no otorga a las esponjas ni menos a las piedras la virtud de crear sustantivos comunes o conceptos.

En la escala animal, hasta llegar al hombre, existe una facultad cada vez más profundamente reflexiva y ni el hombre ni sus modernas herramientas se quedan en la superficie del reflejo. Así lo demuestran las nuevas evidencias acerca de la existencia de conexiones a todo nivel, además del papel fundamental de la probabilidad. Del hecho de que en condiciones de no equilibrio existan señales recorriendo todo el sistema, en el que elementos de la materia “leen”, y cuentan con algún tipo de sensibilidad. A ello se agrega todo lo concerniente a la informática y la cibernética.

La dialéctica o lógica natural, como decía Lafinur, constituye una práctica empírica fundamental y de ahí debemos partir.

El gaucho con su caballo

Para buscar un ejemplo sencillo, supongamos que un criollo está observando un caballo con ánimo, quizá, de comprarlo. Primero lo observa a bulto, y luego lo analiza detalle por detalle, para saber si es joven o viejo, veloz o lento, bueno para la silla o para tracción.

El tiene en su cabeza la imagen del caballo ideal, imagen que ha construido a lo largo de su vida y de los relatos de sus antepasados, y entonces procede a confrontar al caballo real -aquel que tiene delante de sí- con el otro imaginario.

El caballo visible es ese animal que entra por sus ojos, por su tacto. Es el caballo real quien le sirve de punto de partida para construir un silogismo, al tratar de compararlo con el caballo ideal.

Por ejemplo el criollo analiza que este caballo tiene las patas finas, y que todos los caballos que tienen las patas finas son veloces, por lo tanto, este caballo tiene que ser veloz. Pero, hombre práctico, no arriesgará un juicio definitivo hasta que lo vea correr, es decir, hasta que la práctica le indique que está en lo cierto. Por eso concuerda con aquel dicho del Martín Fierro: para conocer a un rengo, lo mejor es verlo andar.

El hombre primitivo, cuando vio al antecesor del primer caballo -más primitivo que él, por supuesto-, no exclamó ahí pasa un caballo, sino que seguramente reflejó al objeto y luego dedicaría una larga serie de representaciones para identificarlo y posteriormente una larga frase para nombrarlo. Pensaría o diría algo así como ahí va eso con cuatro patas, pelos, cola y cabeza. Al proceder a atraparlo, le habrá agregado el atributo y que sirve para comer y con cuyo cuero me abrigo.

Con el correr del tiempo el hombre tomaría todas las facetas del animal y trataría de juntarlas en una sola palabra que tuviese la virtud de reflejarlas sin necesidad de estar nombrándolas a todas ellas cada vez que lo necesitaba; de ahí surgiría el pensamiento o representación caballo, la palabra caballo, el sustantivo común caballo, el concepto caballo.

En la observación inmediata, el hombre jamás habría encontrado al caballo abstracto o ideal. Debió ver, sin duda, diferentes animales de distinta forma y color, pelaje, patas, más rápidos o más lentos, más altos o más bajos.

Al aumentar su conocimiento respecto del mundo circundante, sin duda le resultaría cada vez más difícil nombrar los bichos en forma individual, como lo pudo hacer hasta ese momento: eso con cuatro patas, crines, cola, cabeza, que come hierba, que sirve para alimentarnos y abrigarnos con el cuero...de color alazán o tobiano...más alto que otro que vi esta mañana.

Y tendría dificultades al hallar varios caballos de un mismo color o con características similares. ¿Cómo distinguir uno del otro, y cómo designar a todos los de una misma especie y género?

Debemos tener en cuenta que el mundo animal de entonces no se componía solamente de equinos, y que por tanto el hombre primitivo debía separar cuidadosamente a aquellos de los demás animales. Llegar a la palabra caballo y al concepto caballo significó un largo proceso de generalización.

Es decir, debió tener en cuenta lo singular -el caballo individual-, ir de allí a lo particular -algunos caballos- y luego a lo universal -todos los caballos-, con lo que culminaría la generalización.

Recorrió así las categorías de individuo, especie y género, para separar al caballo de los demás animales y distinguirlo entre los de otra especie y género. Y ese proceso de generalización se fue dando a través de juicios, de razonamientos, que constituyen formas de pensar en donde se enlazan y desarrollan conceptos.

Aquel largo proceso de generalización, con sus etapas intermedias, no obedeció a una invención o capricho del hombre, sino al desarrollo de leyes objetivas del conocimiento, basadas, a su vez, en la realidad. El concepto caballo no es solamente el fruto de un largo proceso de generalización, sino también el resultado de un largo proceso evolutivo.

El hombre venía observando a muchos seres, objetos y procesos distintos, con propiedades diversas y diversa naturaleza, a partir del contacto que con ellos tenía para cubrir sus necesidades o para defensa. La naturaleza y el hombre actuaron para que de los primitivos animales surgiera uno que les fuese útil en grado sumo. De la evolución, selección natural y humana surgió objetivamente el caballo y el concepto respectivo.

Por ejemplo, la distinción entre el reino animal, el vegetal y el mineral sin duda habrá sido ligada a sus urgencias vitales. Dentro del reino animal -del cual formaba parte, y continúa haciéndolo, aunque algunos lo hagamos en mayor medida que otros- encontraba las mayores acechanzas y también muchos recursos para sobrevivir.

Su subsistencia exigía distinguir entre los diversos géneros y especies -no con afán científico, precisamente- pues debía conocer cuáles eran comestibles y cuáles venenosas; cuáles más feroces, más lentas o más rápidas, domesticables o no.

En aquellos tiempos, confundir un caballo primitivo con un tigre dientes de sable hubiese constituido no solamente un error lógico, sino también patético.

Como en sus tiempos decía Juan Crisóstomo Lafinur, y del cual ya hemos hablado, el ser humano en guerra contra la naturaleza, debía procurarse un asilo contra las injurias (se refería a las necesidades, RSE): ved ahí el móvil único de sus ideas, de sus invenciones, y la causa primera de su ilustración y de su filosofía.

Como se puede ver, Lafinur colocaba a la naturaleza en primer término, y a las ideas como subsidiarias de aquélla, generadas por las necesidades del hombre.

Explicaba que en el proceso de su entendimiento debió recurrir a la confrontación, confrontación que él veía constantemente en la naturaleza.

Es decir, que él debía comparar, pongamos por caso, unos animales con otros, separar y enfrentar en su inteligencia los distintos objetos que lo rodeaban.

Su primer paso, como decía Hegel, fue superar lo concreto inmediato, determinarlo y dividirlo. Efectivamente, esa división y determinación debían surgir dentro de una relación, en unidad.

Y tal relación que unificaba y contraponía los conceptos no era sino la frase, una frase común que obedecía a una determinada forma de pensamiento donde se aseveraba o se negaba algo de algo. En el ejemplo que veíamos, decir aquel animal es un caballo constituía un juicio. Para llegar a formularlo, el hombre había partido de comparar los diversos animales, uniéndolos, para separar luego -sobre la base de sus cualidades- el concepto de caballo de todos los otros. Después, realizar la comparación cuantitativa, es decir, si uno de los animales era más alto o más bajo, más veloz o más lento que otro u otros.

La separación que operaba el hombre en su intelecto, sin embargo, constituía una separación relativa, ya que al pensar aquel animal es un caballo, procedía a unir lo particular -en este caso, el sustantivo caballo- con lo universal, es decir, con el concepto de animal. Unía lo específico con lo genérico, y de esta manera la comparación se daba en unidad de contrarios.

El hombre había reunido así en su pensamiento incipiente: todos los animales que tenían crin y cola, cuatro patas con cascos, carne comestible y cuero para abrigarse, y de todos ellos hizo un solo animal ideal.

Partió, eso sí, de la existencia de uno y otro caballo concreto -de lo singular o individual-, llegó a lo particular, donde ya comenzaba a realizar una abstracción, para finalmente arribar a lo universal, es decir, a lo abstracto por antonomasia.

No podemos saber si el proceso histórico siguió ese orden estricto, pero indudablemente sí lo hizo el proceso lógico.

El caballo que el hombre primitivo comenzó a conocer tenía un determinado color, tamaño, cualidades. El caballo en general, aquél que surgió después de observar a miles de animales con iguales o disímiles características, y por centurias, no tenía color ni tamaño, no se hallaba pastando en los prados sino que existía solamente en la cabeza del hombre.

Sin embargo, no era un invento suyo, pues el concepto caballo surgía de atributos que eran comunes a todos los animales de la misma especie y que al generalizarlos se reunían en uno solo, perdiendo entonces algunos elementos no esenciales (color, tamaño), pero ganando en el contenido esencial, ya que con un solo vocablo o concepto nombraba a millones de animales de similar característica, como lo eran los caballos que vagaban entonces por los suelos y aquellos que vagarían en los milenios venideros.

Así es como los conceptos, siendo generales, guardaban sin embargo en su interior lo singular y lo particular, constituyendo una unidad de contrarios entre lo singular y lo general.

Volviendo al tema, el concepto caballo no podía haber surgido si no existiesen los caballos singulares, inmediatos, vivos, relinchantes. Es la realidad la que suministra la base del conocimiento. Se trata del punto de partida y del de llegada, del punto permanente de referencia, y aun habría que agregar que también se trata del punto intermedio.

En la necesidad de procurarse el sustento, el abrigo, el ser humano debía penetrar inevitablemente en la realidad objetiva (en la que de hecho habita y de la cual es parte) y observar los nexos y elementos comunes de una misma naturaleza y de otras diferentes, agruparlos entre sí o dividirlos, según los casos, para luego utilizarlos o transformarlos.

Así comienza el conocer. Y, por cierto, el conocimiento no está dado de una vez y para siempre. El hecho de haber formulado el concepto caballo, por ejemplo, no significó que dicho concepto permaneciera inalterable en su contenido a través de la historia. Muy por el contrario, fue cambiando con la evolución, el desarrollo de las fuerzas productivas y el conocimiento.

La primera impresión ¿es la que vale?

Si en un principio el contenido del concepto caballo se refería a atributos más o menos externos, como la posesión de crines, cola, cabeza, cuatro patas, de ser herbívoro, posteriormente ese contenido se profundizaría o enriquecería.

Es sabida la importancia que tuvo el caballo en poder de los pueblos originarios, cuando aprendieron a domesticarlo, pues ahí se generaliza como medio de transporte, de combate y de fuerza motriz.

Ahí el contenido del concepto caballo se ha ampliado, pues ya se trata de un animal esencial para el transporte, el trabajo y la guerra.

Vale decir, que los conceptos abstractos van cambiando su contenido -o lo van profundizando- a medida que avanza el desarrollo de las fuerzas productivas y el del conocimiento, vinculado a ellas en última instancia. Tal cosa demuestra que los conceptos no son inmóviles y eternos, apartados de la realidad.

Y así, aquel concepto caballo hoy ya no posee la importancia y el contenido que tuvo en la organización nacional y ha comenzado su declinación al ser superado por otros medios de trabajo, de transporte y -lamentablemente-, de guerra.

Y ocurrirá que, como especie, solamente permanecerá por sus atributos deportivos o por preservaciones de orden ecológico. Y el concepto caballo reunirá esas cualidades actuales, con lo cual podemos ver que la realidad objetiva y las abstracciones corren por caminos, en cierto sentido, paralelos.

Refiriéndose a la evolución de las especies, Florentino Ameghino escribía en 1884 (1) que podemos no sólo reconstruir los tipos primitivos de donde derivaron las formas actualmente existentes, sino también, por medio de cálculos matemáticos, predecir el descubrimiento de nuevas formas.

Sabemos que la primera impresión recibida no constituye la verdad, pues la verdad no reside en el comienzo, sino que es un proceso que sigue al desarrollo de la propia naturaleza. La veracidad es problemática -en nuestra impresión inicial no llega ni siquiera a esto- pero esa impresión inicial es la puerta de acceso.

Y la primera impresión que el hombre tiene de una cosa no es la verdadera -por varias razones que no vamos a dilucidar ahora- y hasta el más corto ciudadano sabe que nunca hay que llevarse por primeras impresiones, o por un conocimiento superficial de la cosa.

Para explicarnos el proceso de abstracción y generalización es menester indagar en su causa real, y esa causa real no se halla en el propio pensamiento, sino más allá de lo que podría ser su límite.

De haber surgido un pensamiento en nuestra cabeza -y lo acabamos de ejemplificar someramente-, es porque tal pensamiento obedece a algo objetivo que lo motivó. No existen las ideas innatas, aunque sí una codificación genética que trasmite ideas y situaciones de generación en generación, pero que va siendo actualizada de acuerdo a una realidad contemporánea inexorable.

La raíz de la interacción del mundo exterior con lo abstracto constituye un proceso que va más allá de los propios mecanismos del humano conocimiento -naturalmente histórico-; ello sin negar la cognoscibilidad de esa raíz.

Es que la fuente de lo abstracto no se halla dentro del cerebro, ni siquiera en la propia capacidad de abstracción del ser humano, sino que constituye una parte objetiva de toda la naturaleza (sin caer por esta afirmación en el hilozoísmo).

No sólo en cuanto a reflejarse en el pensamiento humano, sino en esa acción de autoconocimiento delegada por dicha naturaleza en el homo sapiens.

Hay quienes afirman que lo abstracto es reflejo del mundo objetivo, razonamiento cierto. Pero no solamente es reflejo, sino que también -y al mismo tiempo- es parte de ese mundo.

Ocurre que el pensamiento constituye una necesidad del hombre en tanto que elemento de la naturaleza; naturaleza que se halla fuera, dentro y en el ser humano. Por tanto, el proceso de abstracción es un hecho objetivo, necesario, fundamental, de la concatenación general del mundo, de la cual el hombre participa.

Lógicamente, esa concatenación general se expresa a través de acciones particulares diversas y de la propia organización del mundo, pero no podemos ignorar que una de las más importantes acciones resulta ser el proceso de abstracción general.

Anteriormente hablábamos de la primera impresión que una persona recibe, señalando que ella aún no significa el conocimiento de la verdad. Se trata, simplemente, del inicio del camino de una verdad incierta o problemática pero que ya debe tener granos de verdad absoluta.

Para ello, la explicación de la ley de identidad concreta aplicada a los razonamientos de Marx en su Introducción General a la Economía Política de 1857-58 (2) es muy interesante pues allí dice que Das Konkrete ist konkret, weil es
die Synthese von vielen Bestimmungen und dass daher ist die Einheit des Mannigfaltigen (Lo concreto es concreto porque es la síntesis de muchas determinaciones y que, por tanto, es unidad de lo múltiple). Cabe acotar que esta definición era propia de un momento histórico en el proceso del conocimiento, una visión media –que aun cabría designar cuasi empírica- del mundo y que, como hemos señalado en muchos de nuestros trabajos, se profundizó enormemente luego de la aparición de las teorías cuánticas y otras, pero de igual manera conserva, para esa visión empírica, validez actual.

El mecanismo de la abstracción tiene infinitos peldaños temporales y espaciales y obedece a distintos grupos de leyes objetivas, las cuales son inherentes al propio desarrollo del mundo, de las que el conocimiento humano asimila sus fenómenos como así también los fundamentos de tales fenómenos, es decir, las regularidades, la concatenación y la dialéctica de los procesos. Primero copió inconscientemente -junto a los fenómenos y sus leyes- la metodología que de su desenvolvimiento se derivaba; posteriormente, procedió a estudiarla y a vertebrar inconscientemente el proceso lógico de la abstracción.

La abstracción abstracta y la abstracción concreta están mediando entre la apariencia y la esencia, lo que constituye un hecho objetivo. Y luego de la esencia está el fundamento, como razón suficiente de la propia naturaleza, una razón suficiente que tampoco es eterna ni absoluta.

Los diversos niveles de abstracción son parte fundamental del mundo y no sólo del lenguaje humano corriente o inclusive del conocimiento en sus etapas empíricas y científicas. El conocimiento en general es más amplio que la lógica y que todo el discurso humano, pues actúa objetivamente y se trata de una interacción de cada nivel entre sí y de éste a todo nivel entre los elementos del universo y del ser humano cuando éste piensa y cuando no piensa.

Ciertos vulgarizadores peroran sobre los problemas del lenguaje como aspectos insolubles para expresar los fenómenos del micromundo, porque el macromundo sería uno y el micromundo, otro, diametralmente opuesto, Desean hablar sobre la estructura de los átomos pero no pueden hablar de los átomos en el lenguaje corriente, y de ahí concluyen que lo mejor es acudir a la intuición mística, o equipararlos a la danza de los dioses.

Si bien a cada nivel estructural de la materia le son inherentes sus leyes y propiedades, que no puede reducirse a otro, no existe un macro y un micromundo en el que cada parte vaya por su lado. Ambas teorías constituyen un gran poema hecho como un cóctel explosivo de realidad y fantasía. La interacción -ha escrito Engels- es la verdadera causa finalis de las cosas. En todo caso, existen visiones, enfoques o teorías que estudian los distintos niveles de organización de la materia.

En realidad, la pluralidad de estructuras, de interconexiones y la pluralidad de niveles existentes en la naturaleza, en la sociedad y en el pensamiento no pueden ser plenamente expresados en el lenguaje corriente, pero de ahí no se sigue que dicha dificultad los torne imposibles de designar o, más grave, los haga desaparecer o haga desaparecer la objetividad con la que nos deberíamos manejar con el mundo.

Dichas pluralidades son vastísimas: siguiendo con el ejemplo del agua, que dábamos en el artículo anterior, pensamos en algo muy simple, la nucleación de una gota de agua en un vapor sobresaturado. Tenemos niveles por debajo y por encima del volumen crítico, y al tal volumen se le suele llamar dimensión embrionaria. Una gota es inestable, mientras que por encima de este volumen, aumenta y transforma el vapor en líquido. Este efecto de nucleación se da en cualquier estructura disipativa y su aparición suele atribuirse a dos efectos antagónicos. Por un lado, el mundo exterior actúa como un campo medio que tiende a amortiguar la fluctuación a través de las interacciones que se producen en los límites de la región fluctuante. En el caso de las pequeñas fluctuaciones, los efectos del contorno predominan y las fluctuaciones remiten a él. Por el otro, en las fluctuaciones a gran escala, los efectos de contorno son despreciables.

Notas:
1) Ameghino Florentino, Buenos Aires, ed. Tor, s/f. En 1884 publicó ''Filogenia'', una obra teórica en la que desarrolla su concepción evolucionista, de neto corte lamarckiano, y propicia, con intuición precursora, la fundación de una taxonomía zoológica de fundamentos matemáticos. Poco después tuvo Cátedra de Zoología de la Universidad de Córdoba.
2) Karl Marx, Introducción General a la Crítica de la Economía Política/1857, introducción de Umberto Curi, Cuadernos de Pasado y Presente, traducción de José Aricó y Jorge Tula, Córdoba, Argentina., digitalizado en Buenos Aires (Hemos elegido esta traducción que creemos es más o menos certera, para no complicar a los lectores con las versiones en alemán, que nosotros hemos consultado en su idioma original). Se trató de unos cuadernos titulados Grudrisse der kritik der politischen okonomie (rohentwurf) mejor conocidos como Grundrisse. Ver también G. Lukács, Historia y conciencia de clase. Obras completas, T. III. Ed.Grijalbo. México, D. F., 1969. Lukács redactó un nuevo prólogo, que se agrega a la edición española, firmado en Budapest, 1967.Los Gmndrisse fueron publicados inicialmente en Moscú, en 1939.

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