jueves, 22 de diciembre de 2011

Eastwood, Von Trier, Almodóvar, cineastas de estos tiempos

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Coinciden en Estados Unidos por estas semanas las más recientes obras de Clint Eastwood, Lars Von Trier y Pedro Almodóvar, cineastas globales, que paulatinamente han sabido construir una carrera marcada por un sello que la hace reconocible, en la que se advierten filias e influencias y que generan, casi por igual, admiración o rechazo. No hay término medio, o uno se deslumbra ante cada nuevo trabajo de estos tres directores o constantemente marca distancia.

En “J. Edgar”, con Leonardo Di Caprio en el rol protagónico, Eastwood se acerca, con una lentitud y parsimonia que evoca los momentos de “Bird”, otra de sus obras claves, a la vida del jefe del FBI, un hombre todopoderoso, encargado de resolver crímenes, tapar agujeros morales ominosos, combatir al comunismo o guardar para la posteridad sus propios secretos y, por supuesto, los de otros.


Construida con ese estilo visual que Eastwood ha hecho tan patente en los últimos años y que se distingue, por ejemplo, en “Cartas de Iwo Jima” o “Changeling”, “J. Edgar” constituye una mirada cuidadosa y delicada sobre un personaje que fue más que un burócrata y un político, un hombre que se enfrentó al crimen organizado o quien halló al asesino del hijo de Charles Lindbergh, el aviador que en la primera mitad del siglo se convirtió en un referente para Norteamérica.

Di Caprio está muy en caja en su rol, sabe desenvolverse como el hombre anciano, cubierto por una capa de maquillaje y evidenciando un modo de caminar y de hablar que sirven, con efectividad, para mostrarnos a Edgar Hoover, quien no puede ocultar suficientemente su homosexualidad como tampoco alejarse demasiado de su madre, encarnada por la muy versátil Judy Dench.


Eastwood, a través de idas y venidas en el tiempo, flashbacks que son disolvencias instantáneas en la pantalla, observa con privilegio medio siglo de un sistema de espionaje y organización, un método que en apariencia funciona, pero que siempre se lleva a más de un inocente de por medio. Y es que, al tiempo que se desvela la vida privada de Hoover, sus afectos y sensibilidades, se va construyendo la propia historia de sus actos oficiales.

Pero esta vez Eastwood no está preocupado por el efectismo casi comercial que mostró en “Hereafter” o en “Invictus”, más bien vuelve al “biopic” retórico, no necesariamente estimulante, y prefiere la manera más morosa y descansada para ir avanzando, como si se abriera una caja de sorpresas en la vida del protagonista. Al final, lo terminamos sabiendo casi todo y se siente que una época completa de la historia de Estados Unidos ha desfilado ante nosotros, pues están presentes, directa o indirectamente, Franklin Roosvelt, los Kennedy, Martin Luther King y Richard Nixon.


Esa morosidad, ese tono laxo de narrar, es el modo más apropiado que encuentra Eastwood para entregarnos su obra. Porque ésta, que con seguridad unos llamarán menor o fallida, es una apuesta personal, al estilo de “Los imperdonables” o “Río místico”. Para decirlo de una vez, el Eastwood director y artista se mueve en las riesgosas y movedizas aguas de la política del estado más poderoso de la tierra y sale a la superficie con los resultados de ese sumergimiento. A destacar esa faceta inédita de Di Caprio, sin duda exigido por el propio Clint. “J. Edgar” es una película donde las acciones no están destinadas a crear asombro ni sorpresa sino que se constituyen en elementos de una narración envolvente que opaca y rechaza cualquier espectacularidad. Bien visto, el resultado nos lleva a una toma de posición moral, a discutir el rol central de un jerarca todopoderoso, el que maquina detrás del trono, pero a la vez se incide, con fuerza, en su lado desgarradoramente humano, invadido de temores y sorpresas.

En “Melancolía”, la cual presentó en el último festival de Cannes al tiempo que hacía escandalosas declaraciones sobre Hitler, que le valieron la expulsión del certamen, Lars Von Trier vuelve a sus obsesiones marcadas, por ejemplo, en “Breaking the Waves”, “Dancer in the Dark” o “Dogville”. Como recuperando los postulados iniciales de Dogma 95, el colectivo que lideró junto a otros connacionales, el danés Von Trier se encuentra ante un material que le permite reflexionar sobre la condición humana, esta vez en el retrato de una chica, Justine, encarnada por Kirsten Dunst, que desiste de su propia boda.


Al tiempo que la cámara hace transiciones de planos generales o medios a inquisitivos planos de detalle, los cuales registran los gestos y tics de los personajes, como en los discursos de la boda o la celebración que sigue a ésta, Von Trier suma la presencia de un planeta que se acerca a la tierra, marcando un nuevo amanecer. Así, la propuesta se vuelve filosófica y metafísica y exige del personaje de Dunst una toma de posición que, sin embargo, se va diluyendo en la depresión y el desengaño, sentimientos que influyen a su propia hermana, Claire, y a su cuñado, interpretado con soltura y seriedad por Kiefer Sutherland.

Es destacable, asimismo, la actuación de John Hurt y Charlotte Rampling, otrora musa de películas que nos mostraban su erotismo desenfadado, como “Portero de noche” o “Bajo la arena”. Ambos destacados artistas hacen de padres de Justine y se enfrentan no sólo al conflicto que ella evidencia sino que manifiestan su propia inconformidad, y la inestabilidad de su relación.


En la espera de la aproximación del planeta, y los hechos que ocurren a lo largo de la trama, “Melancolía”, dividida en dos partes, las que corresponden a los nombres de Justine y Claire, alegoriza sobre la terrible ansiedad de vivir en estos tiempos, cuando parece que es imposible hallar nuevas esperanzas, aun en el mundo industrial y desarrollado. A veces, como cuando la cámara registra el hermoso cuerpo desnudo de Kirsten Dunst, estamos como viviendo una inobjetable epifanía. Pero ese es sólo un instante, en medio del maremágnum colmado de desaciertos y accidentes en que se convierte la condición posmoderna de enfrentar la vida cada día.

Sobre Almodóvar, habría que mencionar la notoria influencia de un clásico como “La novia de Frankenstein” en esta conflictuada trama que opone a Antonio Banderas y Elena Anaya. La película ha sido exhibida en Estados Unidos sin despertar mayor interés aunque ya se anunció su competencia en los Globos de Oro. Almodóvar se muestra experimental, intentando con un género que quizá no merezca llamarse tal y que, sí, representa un giro en la carrera de su autor. El problema, tal vez, sea que esta cambio radical no es lo suficientemente novedoso o no impresiona lo suficiente como para seguir alabando a un Almodóvar que desde “Volver” no nos ha mostrado en realidad una película que concite verdadera atención y que nos lleve a seguir con interés su producción, tan bien realizada en el caso, por ejemplo, de “La flor de mi secreto” o “Tacones lejanos”. Habrá que seguir esperando al Almodóvar que más y mejor atrae, sea desde el melodrama o la provocadora comedia de situaciones a cuyo ritmo tan bien se adapta el cineasta manchego.

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