jueves, 22 de diciembre de 2011

El adolescente inmigrante, una mirada intercultural

Ruth Ospina Salazar (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La mejor manera de construir un futuro más digno,
más justo, más libre, más responsable, más equitativo
es colaborar en construir un presente más digno,
más justo, más libre, más responsable, más equitativo

Jaume Funes

La inmigración, la interculturalidad y la convivencia son cuestiones complejas y multidisciplinarias, que es preciso afrontar con seriedad y rigor, favoreciendo el diálogo y el respeto mutuos para la búsqueda de soluciones que faciliten la puesta en práctica de proyectos globales que, a su vez, orienten políticas claras.

Es por esta razón, que hablar de interculturalidad obliga necesariamente a hablar de extranjeridad. Las motivaciones en las que se fundamenta el rechazo al forastero no son, consecuentemente, racistas – cuando se acepta a no-blancos, como los jeques árabes, inversores japoneses o estudiantes afroamericanos estadounidenses, provenientes de las grandes universidades en ese país – ni xenófobas, cuando el rechazo se refiere sólo a ciertos extranjeros, más bien, los argumentos nacionales y étnicos se combinan con los de clase, para articular ese campo de rechazo con las combinaciones posibles.

La articulación de lo extranjero se imagina y construye socialmente en un proceso continuo, en estrecha relación con las relaciones sociales.

Se trata de una situación compleja, en constante transformación de acuerdo con las distintas políticas, sin una lógica pura; pareciera ser claro que los discursos discriminatorios hacia lo extranjero, sea cual fuere su lógica, no pueden ser etiquetados como antiguos, excepto en el caso en que se oponen la identidad contra el espíritu moderno.

Por el contrario, la supuesta superioridad de los nacionales, se funda en la legalidad, sobre la que se basa el Estado-Nación, mientras la discriminación de las culturas “inferiores” tiene su fundamento en el etnocentrismo de la posición de modernizadores intolerantes, que se constituyen en paradigma exclusivo de la Razón y el Progreso, ideales del Siglo de las Luces, considerado base y fundamento de la democracia.

Dentro de estos marcos, las actitudes de apertura y solidaridad hacia lo “extranjero” encuentran límites precisos; las posturas “antirracistas” o propuestas de valores alternativos se inscriben dentro del orden social de la exclusión, en el que coexisten sexismo, racismo y exclusión económica.

El ideal que propone la interculturalidad es tarea de todos los que apostemos por ella, en un momento histórico donde todo ha cambiado.

Cuando un grupo inmigrante puede desenvolverse como comunidad étnica, en un plano de igualdad social con otros grupos, o, en cambio, cuando se encuentra en un plano de subordinación, tendremos elementos sobre las características de la sociedad receptora.

La explicación de esos fenómenos no puede centrarse ni en supuestas deficiencias – biológicas o culturales – de las minorías ni meramente en la acción de la población mayoritaria, que pueda resultar prejuiciosa, sino en la estructura vincular, de las relaciones mutuas, entre las partes, sean estas de igualdad o dominio.
Si observamos la situación europea desde una perspectiva histórica, podemos constatar que en los últimos siglos han salido, del viejo continente, más de ochenta millones de personas, en cambio han llegado a Europa un número no superior a veinte millones de extranjeros.

El primero de estos flujos fue en las épocas coloniales, en las cuales, España tomó una parte sumamente activa en esa corriente migratoria, sobre todo hacia América Latina, donde se instalaron entre ocho y diez millones de españoles.

El segundo gran flujo migratorio tiene que ver con países pobres que aspiraron a llegar a una Europa restaurada y desarrollada en la postguerra, muchos de ellos antiguas colonias de la metrópoli europea, pero también desde una Europa más pobre, Portugal, España, Italia y Grecia.

Los flujos actuales se alejan cada vez más de un modelo único; hay:

1. Refugiados de guerra.
2. Refugiados económicos.
3. Mano de obra barata.
4. Trabajadores altamente cualificados.
5. Estudiantes.
6. Directivos y empresarios.

Coexisten:

1. Flujos o asentamientos con movimientos temporales.
2. Inmigraciones circulares, con idas y vueltas sucesivas.
3. Grupos con estabilidad jurídica, con contratos y permisos de corto plazo.
4. Grupos irregulares.
5. Colectivos de inmigrantes que emigran por su propia voluntad.
6. Colectivos sujetos a tráfico de personas.

Este proceso está unido a la feminización creciente, en un esfuerzo de las mujeres de ganar autonomía, como consecuencia de las necesidades del mercado laboral.

De esta manera, las mujeres están en todas las regiones y todos los flujos migratorios, y ponen en marcha la cadena migratoria, a la que posteriormente se incorporan los varones, los hijos, los padres, etc.

Los trabajadores comunitarios y los que gozan de una doble nacionalidad cuentan con una mejor inserción laboral que los trabajadores autóctonos, en cambio, la media de los trabajadores extracomunitarios se encuentran en peores condiciones que los nativos.

En décadas pasadas, España fue un país que enviaba emigrantes al centro y norte de Europa; a partir de la década de 1970, con el retorno de la democracia, se invierte la tendencia y empieza a ser lugar de destino de emigrantes, la cual, como es obvio, no es homogénea, pues al país ibérico llegan desde los jubilados centro europeos, que se vienen a tomar el sol a Baleares, a los jornaleros del norte de África, que se instalan en Andalucía o Cataluña; es así que, las motivaciones, las edades, las expectativas y las formas de relación con el conjunto acogedor son muy distintas.
Pero emigrantes de aquí y allá tendrán que vérselas con la discriminación étnica si no son provenientes de lugares de la metrópoli. Bien sabemos lo bienvenidos que son a Latino América, europeos y estadounidenses.

Pero el emigrante de países pobres, se encuentra un terrible obstáculo, los prejuicios y discriminación de la población a donde llegan, lo cual se constituye, en numerosas ocasiones, en un factor negativo de las dinámicas de relación intergrupal que suele establecerse en sociedades multiculturales, lo que contribuye a la emergencia de conflictos. Entonces la percepción de la discriminación por los grupos es relevante cuando estas personas recién llegadas se adaptan a su nuevo contexto, con independencia de que estas percepciones sean realistas en relación con los prejuicios del grupo social mayoritario, pues las ansiedades persecutorias, imaginarias, también juegan en los seres humanos cuando se enfrentan a situaciones novedosas e inéditas.

Estos flujos migratorios, incluyen adolescentes, pero el fenómeno del adolescente inmigrante aún no ha sido lo suficientemente estudiado.

Cuando los adolescentes empiezan a explorar su identidad y, en particular, la étnica, se vuelven hipersensibles a este tema y prestan más atención a cómo son tratados por los otros, sobre todo, si no pertenecen a su mismo grupo social.

A medida que los adolescentes de grupos minoritarios van siendo mayores se asemejan más, en lo físico, al grupo adulto, de donde, es más probable que su imagen sea percibida como más amenazante por los adultos del grupo mayoritario, lo que incrementa la discriminación.

En diversos estudios cualitativos con adolescentes afroamericanos y latinos en los Estados Unidos de América se ha observado que el hecho de que el estereotipo con el que se vincula a los varones de determinados grupos, como violentos y delincuenciales, pueden favorecer que los chicos de estos grupos experimenten, con mayor frecuencia, situaciones de discriminación que las chicas de su mismo grupo étnico, aspecto que se ve muy claro, en la cinta West Side Story.

Del mismo modo, este tipo de adolescentes, a los que me he referido, manifiestan sufrir mayores discriminaciones, en los centros educativos, por parte de los profesores, así los provenientes del Asia, las sufren, en mayor medida por parte de los compañeros nativos en el país hegemónico.

La envidia cunde en relación con los chicos asiáticos, dada su alta competencia académica, mientras los latinos y afroamericanos puede tener una clara influencia en estas diferenciaciones.

Cuando la discriminación para el adolescente procede de sus pares, su dificultad de adaptación es mayor que cuando la discriminación se da por parte de los adultos, por la amenaza de que sea imposible establecer lazos de compañerismo y amistad, que favorezca los procesos adaptativos.

Sucede, con frecuencia, que las personas no experimenten la discriminación a nivel individual pero son conscientes de la imagen negativa que existe sobre su grupo social. Esta información se procesa de manera más sencilla y sus registros de memoria se recuperan con mayor facilidad que los basados en experiencias individuales, las cuales al ser más traumáticas, se intentan llevar a la tierra del olvido, mediante el mecanismo de la represión.

Los grupos minoritarios experimentan, con mayor frecuencia, situaciones de discriminación que pueden inducir a un rechazo al grupo de origen y una orientación más positiva hacia el grupo mayoritario dominante, lo cual tiene que ver con el mecanismo de defensa descrito por Anna Freud, de la identificación con el agresor.

Desde una perspectiva evolutiva, el desarrollo de una identidad étnica lograda y positiva se basa en el aprendizaje acerca del propio grupo étnico y el establecimiento de un compromiso que lleva a rechazar una imagen endogrupal negativa basada en estereotipos y prejuicios.

El desarrollo pleno de la identidad étnica, supone que las actitudes que la persona manifiesta hacia su endogrupo han sido previamente elaboradas por ella, independiente de las opiniones existentes en su entorno social.

En diversas investigaciones se ha observado que la manifestación de actitudes positivas, como agrado y orgullo por pertenecer al endogrupo, forman parte de una identidad étnica lograda. Además se ha encontrado que la existencia de de sentimientos positivos hacia el endogrupo predice la felicidad manifestada en la vida diaria del adolescente de grupos minoritarios.

Jaume Funes avisaba que en España se tendría que mirar la relación entre migración y adolescentes desde los siguientes ángulos:

1. La llegada por efecto de políticas de reagrupación de familias, que traían consigo la entrada en el país de preadolescentes y adolescentes, sin conocimiento, por parte de muchos de ellos, del español mismo, poco escolarizados o que habían tenido la vida escolar en otros sistemas y lenguas.
2. El mantenimiento de dichos adolescentes en el sistema escolar hasta los dieciséis años con los conflictos que generaban en las familias y en las escuelas.
3. La aparición de conductas disociales por asociación con pandillas barriales.
4. La tensión por aculturación y dificultad en la construcción de su propia identidad, por contradicciones con la cultura familiar de origen y las formaciones adolescentes actuales.
5. La socialización entre pares y la presión intragrupal de los grupos juveniles, que terminan por afectarlos.
6. Los procesos de emancipación.
7. La eterna dificultad para acceder al mercado laboral.

Entre los adolescentes inmigrantes que frecuentan la escuela hay que considerar Varios grupos:

1. Los jóvenes que han visto afectado su entorno familiar por un proceso migratorio, llevan algunos años acá; están ubicados en los barrios y escuelas, por efectos de reagrupación familiar o por acompañamiento de algún pariente adulto. Son chicos que deben resolver dificultades y tensiones importantes de su pasado, la inestabilidad familiar, producto del proceso migratorio; las generadas por un entorno desconocido y con frecuencia hostil, que implican grandes esfuerzos emocionales para la adaptación; el mundo infantil cultural perdido.

2. Los nacidos en España, en familias extranjeras, que han madurado, crecido y están escolarizados, compartirán algunas de estas dificultades, de acuerdo con el grado de estabilidad interna y social que sus grupos familiares hubieran adquirido en el momento de su nacimiento.

En la adolescencia, emergen tensiones, generadas por el rechazo, la falta de afecto, los entornos conflictivos, la falta de estímulo que desfavorece un mayor crecimiento.
Con frecuencia, entre las familias inmigrantes hay pautas de crianza y de cuidados mucho más protectoras que las que se dan dentro de las familias autóctonas; no se trata ahora de pasarles factura porque educaron mal, más bien lo que ha sucedido es todo lo contrario, afirma Jaume Funes.

En la migración hubo sueños, separaciones, rupturas y tensiones que los niños tuvieron que asimilar y elaborar de alguna manera, ahora, en la adolescencia, se ha de digerir la inseguridad, se ha de diluir y consolidar el rechazo de los otros, que, durante tantos años, se ha sentido sin encontrar su lógica, sin entender el por qué.

Ahora, en plena turbulencia interior de la adolescencia, se empiezan a descubrir las razones ocultas del trato discriminatorio, se padece la escasez y, ello, hace aún más difícil el sometimiento, y la rebeldía que bien pudiera ser trófica, contribuir a su crecimiento puede tornarle mortífera, y en vez de constituir una guerrilla liberadora, puede terminar en una guerrilla de desgaste, que enferma y aún puede llegar a conducir a la muerte.

Entonces es posible que aparezcan personalidades impulsivas y explosivas, personajes arrogantes y arriesgados, como los que vemos en la película West Side Story en la que se describe la problemática del inmigrante puertorriqueño en la ciudad de Nueva York.

Los chicos, provenientes de familias emigrantes, que han nacido aquí, comienzan a formar terceras generaciones, son pocos, pero representan un futuro próximo, son el producto de una escolarización en España, de procesos de integración o rechazo, son de aquí, están aquí y deberían ahora que han crecido en este medio, sentirse propios de él, pero saben que se los identifica y estigmatiza como emigrantes y extranjeros, con una condición, que ni siquiera es suya, pero que ha marcado sus vidas, que es la historia de sus progenitores.

El tercer grupo de los que llegan, haría parte de lo que Izquierdo llama la emigración inesperada; sus miembros irrumpen en las escuelas que no los esperaban, ingresan a primaria, Eso, ó bachillerato y lo hacen sin conocer los códigos básicos relacionales; desconocen el idioma; unos han sido escasamente escolarizados en sus lugares de origen o han tenido escolarizaciones superiores a la recibida en el momento de su llegada a la península ibérica, de ahí que su lógica vital, poco tenga que ver con la de los chicos nativos, con quienes han de tener que convivir; entonces, todas las crisis y obligaciones que se den, se suponen comunes al proceso migratorio que viven, pero especialmente les afectará comprobar que los personajes de su edad, no se parecen a ellos, se pueden dar el lujo de ser adolescentes, lo que no sucedía en sus lugares de origen, para la mayoría de ellos, al ser muchachitos más protegidos por el medio social. De esta manera, los recién llegados aterrizan en un entorno desconocido, con escasas herramientas para un arraigo rápido, a la par que han de descubrir y asumir formas de ser extrañas a las de su entorno anterior.

En el cuarto grupo, se dan situaciones de los anteriores pero se diferencian de éstos, por ser adolescentes o menores que llegan al país solos, emigran de una forma individual, normalmente están marcados por experiencias de supervivencia pasadas, por separaciones y rupturas que se han dado con sus familias en los países de origen, lo que los enfrenta con las contradicciones y choques dentro del marco de una adolescencia, que por un lado es negada y por otro impuesta, a la que se suma la soledad de migrar solos, en países donde montarse la vida solos es posible para los adultos, en países que no les permiten comportarse ni como adultos ni como adolescentes, de tal modo que no pueden ser ni tener, a lo máximo que pueden aspirar es a la protección en casas para menores.

Pero si se resisten a aceptar esta terrible condición de dependencia, la ilegalidad será doble, sin papeles, como tantos otros inmigrantes, de donde, la calle y la marginalidad serán pronto su entorno social.

Hay un quinto grupo minoritario, aquellos hijos de padres retornados con posibilidades mayores de adaptación gracias a sus experiencias previas interculturales, aquellos que proceden de colegios con una educación activa que favorece su desarrollo autónomo. Son chicos que tienen que enfrentar la educación oficial adaptándose a nuevas situaciones. A pesar de vivir la pérdida de su grupo de pares en la adolescencia, se insertan con facilidad y construyen un nuevo nicho de amigos sorteando las dificultades que les crea el medio desconocido y en ocasiones hostil, bien sea por dificultades con algunos profesores xenófobos, o por el simple hecho de tener que asumir la realidad de que todo ha cambiado en su entorno, amigos, ciudad, colegio, tienen que elaborar las pérdidas de todo aquello que les hacía felices y les daba seguridad. En estos casos, el ambiente continente del grupo familiar cuando ha emigrado en conjunto es de gran apoyo y favorece el cambio, facilitando la proyección de un futuro menos incierto en medio de los obstáculos que deben enfrentar. Estos emigrantes jóvenes se permiten vivir su adolescencia asumiendo con responsabilidad su escolaridad se preparan para su formación universitaria y logran canalizar sus esfuerzos porque han sido acompañados por sus padres o por adultos de confianza en todo el proceso migratorio, pues una familia que emigra con condiciones claras, se adapta fácilmente y puede servir de apoyo emocional para sus hijos, independientemente de las vicisitudes que conlleve el inicio de una nueva vida.

Todos estos grupos, en general, comportan aspectos comunes, se dan tensiones en mayor o menor grado, hay crisis, pero en todos surgen necesidades específicas, que nos interrogan sobre el qué hacer, qué no hacer. En cualquier caso, será imprescindible no confundir los grupos, no estigmatizarlos. Por ejemplo, a los que crecieron entre los nativos, con las imágenes de los que acaban de llegar y han de sobrevivir en la calle. Convirtiéndolos a todos en un único grupo, bajo la etiqueta de emigrantes, reforzando de esta manera las necesidades y dificultades que cada uno de ellos tiene.

¿Cómo son los adolescentes?

Los chicos adolescentes son personajes que se construyen a partir de dos grandes tipos de factores. Por un lado, son los que podríamos considerar una realidad del aquí y el ahora, un producto social e histórico concreto. Por otro, son sujetos que viven una etapa diferente y diferenciable de su vida. No podemos entenderles sin tener en cuenta su mundo interior, todo aquello que pasa dentro de su piel. Cualquier resumen no podría descuidar ni lo social, ni lo personal, tendría que considerar los datos del entorno, tener en cuenta la sociedad en que estamos, y a la vez lo que nos rodea y les rodea.

La adolescencia trata de un conjunto de años vitales sin límite preciso y con el encargo social oculto de dedicarse a ser adolescentes. Todo aquello, sus experiencias, las presiones sociales, la pobreza o riqueza social y cultural que les envuelve, etc. Condicionan la duración y el ritmo de este largo período de cambios y transformaciones.

Madurar implica avanzar cuando se tiene un ambiente estimulante y una serie palpable de propuestas de futuro.

En un comienzo, los adolescentes pueden enfrentarse a los adultos porque deben construir una identidad que no tienen. Esta identidad la irán logrando en la medida que no se resignan a no ser nada. Van en grupo porque necesitan esa solidaridad emocional entre iguales, pero pueden construir y afirmar una tribu para no formar parte de la masa informe de la sociedad que les rodea. Se arriesgan porque necesitan la adrenalina que les hace sentirse vivos, sin embargo, pueden andar largo trecho detrás de comportamientos de consumo más gregario.

El apoyo a su estabilidad emocional, sus procesos intelectuales y la inserción social, serán igualmente importantes. La posibilidad de ir accediendo poco a poco a una sociedad, a una comunidad adulta, favorecerá esta transformación interna que de suyo está evolucionando. Sentirse útiles en las actividades de tiempo parcial que pueden realizar aumenta su autoestima.

La pregunta que domina la adolescencia es ¿Quién soy yo?. En esta etapa se pierden las identidades anteriores, es un momento de transición y de crisis para la adquisición de las nuevas y nuevos proyectos vitales. Se ven afectados por el agobio de encontrar sentido a lo que son y sienten. En los procesos migratorios, si hay distancias culturales, aparecen también crisis derivadas de la imposibilidad de mantener formas de vida en los que se depositaban una parte de sus sentimientos y seguridad de identidad.

El mundo que dejaron atrás empiezan a vivirlo como contradictorio y poco útil para desenvolverse en el mundo en que están. Podrían resolver sus conflictos pensando en su futuro, en el quién seré, pero si algo tienen realmente incierto es su futuro, mucho más que otros adolescentes, es por eso, que muchos se desarraigan y toman el camino de la calle.

La enseñanza obligatoria permite mejorar el acceso al trabajo para aquellos que lo necesitan, que son un buen número de adolescentes (los programas de garantía social, formación ocupacional).

La reflexión educativa en estos casos no solo ha de considerar las claves de la interculturalidad, sino también las de marginación y la exclusión.

Cuando los inmigrantes llegan a los institutos oficiales para acceder a los cursos de secundaria, se pueden ver en problemas cuando su lengua nativa no coincide con la española, en el caso del colectivo africano. En este caso el aprendizaje de la lengua debe ser intensivo sin aislarlos del grupo para que logren una interacción normalizadora con los otros, evitando así reforzar la diferencia y la segregación. La atención separada refuerza su condición de grupo minoritario. La falta de apoyo intensivo hasta que puedan comunicarse y seguir la escuela les convierte en un objeto más del aula de clases. La lengua o los aprendizajes escolares básicos solo los pueden aprender a partir de relaciones afectivas positivas y sentimientos de seguridad, propiciados por la escuela y el entorno social, familiar o comunitario, según el caso.

Los adolescentes recién llegados, percibidos como diferentes, se prestan mucho a servir de “enemigo,” de chivo expiatorio para la afirmación de otros grupos. El adolescente nativo con dificultades para sentir y definir quién es, siente que es algo, rechazando al “moro de mierda” que acaba de llegar a la escuela. Al revés, la dureza de las nuevas relaciones lleva al adolescente afectado por el proceso migratorio a refugiarse entre los que parecen ser como él, o crear subgrupos homogéneos o aliarse con quienes sufren similares dificultades de exclusión o rechazo social.

La tutoría a la escuela de organizaciones que tengan en cuenta la diversidad pueden hacer acompañamiento educativo, un currículo en donde todos encuentren aspectos positivos de su historia y sus culturas de referencia, formas de educar incluyentes en todos los aspectos, harán sentir al recién llegado como un individuo existente para la escuela y sus miembros y no un ser borrado por la escuela y sus alumnos.

La aparición de estos nuevos adolescentes no crea nuevos problemas, simplemente agudiza las contradicciones y complejidades educativas en las que se mueve hoy la escuela secundaria.

Para concluir:

Los adolescentes son personas competentes que han de poder dedicarse activamente a construirse como tales y a construir su relación con el mundo.

Ha de construir su responsabilidad a partir de la progresiva toma de decisiones, igualmente reivindicando su derecho al amor, su derecho a la humanización de sus conductas. No se reivindica el simple derecho a actuar sexualmente por ejemplo, se reivindica el derecho a hacerlo con sentimientos, relaciones, experiencia humana, condiciones éstas que favorecerán el reducir daños asociados a una conducta de riesgo.

Los adolescentes así como requieren de lo necesario para hacer posible su futuro, tienen derecho a evitar todo lo que pueda condicionar negativamente ese futuro. Esto tiene que ver con las oportunidades imprescindibles y con las experiencias evitables. Ellos tienen un futuro condicionado por el presente que ponemos a su alcance.

En circunstancias donde se opta por ejemplo, por la separación de una parte del grupo familiar. Debe preservarse que alguien esté cerca para aportarle, ayudarle a comprender lo que siente. Saberle escuchar implica descubrir sus sentimientos, saber acompañarlo, bien sea como terapeutas, como maestros, como padres, como amigos, saber qué piensan, qué viven, como se ven afectados por una circunstancia que implica cambios, por las opciones qué a menudo tendrán que elegir.

Para el bienestar psíquico del adolescente no es el tipo de familia lo que más importa, es la cualidad y la calidad de la vida familiar.

En las familias lo importante es la forma como se construyen los vínculos:

• Los climas emocionales.
• Las dinámicas de estabilidad.
• El potencial educativo de sus adultos.
• La probabilidad de presencia de episodios críticos.
• La valoración y el sentido de la presencia de los hijos.
• La calidad de vida en común.

Para terminar, vale la pena recordar que la identidad del adolescente tanto inmigrante como nativo supone en su desarrollo, elaboraciones internalizadas sobre su origen, independientes de las opiniones existentes en su entorno social. El agrado y orgullo por pertenecer al endogrupo, forman parte de una identidad étnica lograda y predice la felicidad manifestada en la vida diaria del adolescente en los diferentes grupos.

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