viernes, 9 de diciembre de 2011

A la muerte no le pica el chile

Carla Chyzy (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una vez más me fui en búsqueda de una aventura. En esta oportunidad me dirigí hacia Michoacán, uno de los estados en donde más cabezas se cortan debido a la problemática con el narcotráfico. Y que irónico es el destino, que me lleva a conocer este lugar justamente en el día de muertos.

México es mundialmente conocido por su clásico festejo de origen prehispánico, que honra y adora a la muerte. Lo que pocos saben, es que es el único país que se burla de la parca. Como dijo el escritor Octavio Paz “para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.

Para poder entender esta antigua ceremonia, me trasladé hacia Janitzio desde el muelle principal en un bote, que tenía una capacidad para 74 personas.


Crucé el lago que provee de cardumen a los pescadores de Pátzcuaro, ellos son figuras reconocidas a nivel turístico por su estilo de pesca con redes mariposas.


Al llegar a la isla, me resulto fácil encontrar el panteón. La gente, que caminaba como perteneciendo a una manada, me guió hacia el ombligo de la noche de muertos. Allí me encontré con un paisaje nocturno, que se dibujaba solo, gracias a la infinita cantidad de velas y su romántica luz.

Flores de calabaza adornaban el camino entre una lapida y otra en medio de altares, fotos de difuntos, familias que se tomaban las manos y una que otra supuesta viuda, que pedía limosna justificando su inclinación capitalista al decir: “écheme una manita pa´ las velitas”.


Y yo, entre tequilas y el deseo de obtener una buena fotografía, no tuve más remedio que dejar la limosna. Tal vez el catolicismo no tenga vacaciones.

Al caminar entre esa cantidad de gente, puede haber quedado confundida pensando que estaba en campo de algún concierto de rock. Sin embargo entre esquivos pasos confundidos, esa muchedumbre y algunos kilos de tierra, justo abajo de mis pies, yacían cadáveres.

Es difícil poner en palabras lo contrastante que puede resultar esta aventura, experiencia, cultura y tradición. Ya que en un extremo se podía observar el fiel reflejo occidental, ese difícil inicio de duelo. Mientras que en la otra punta del cementerio "panteón", la gente se amontonaba para tomar fotos como si cada tumba fuera la de Jim Morrison, mucho más teniendo en cuenta que algunos altares hasta botellas de tequila alojaban.

Más allá de las cosas bonitas, se me hizo inevitable pensar...

Será que en México, ¿hasta a la muerte se le pone el chile?

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