jueves, 29 de diciembre de 2011

Las plazas de “la Concordia”

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Faltan dos horas para que se juegue el partido. Decidí que es mejor apurarme, por las dudas, porque el resultado seguramente va a condicionar mi ánimo.

En el umbral de la eternidad, sólo cabe una huella, me repetí, no sólo por quedar bien conmigo, sino porque juntar retazos de voluntad, a veces, resulta una búsqueda ardua y casi dolorosa.

Una sombra dorada cruzó bajo los aromos y el saludo amarillo quedó disperso en el césped. Otra lánguida manera de ver y perder el futuro.

No obstante el cielo cambió dos veces amagando hacerse amigable. No tuvo dedicación suficiente y los grises aprobaron todas las materias.

El frío de la mañana, si aunque no lo crean, de la mañana, me obligó a rebujar y refugiar, para que la traza, que deja marcas, no congelara imágenes indeseables.

La hostilidad del tiempo no es, habitualmente, soportable. Las inclemencias me doblegan aunque simulo bien, pero esa mañana de un 2004 intratable, mientras Conrado, el boxer atigrado, estiraba sus instintos de cazador, en esa esquina perdida de este sur difuso, pensé intensamente en el silencio de Yon de estos días.

Uno de los códigos que cultivamos no sé si bueno o no, transita por el silencio. Los retiros espirituales y de los otros nos habituaron a esperar, casi con la infalible fórmula de la mirada en los reencuentros.

En eso estaba, cuando el Alfa gris 160, se deslizó una vez más, silencioso pero soberbio. Yon lucía impecable para esas horas, donde yo apenas puedo transportar lo que resta de mí y de la noche.

Con la precisión de un orfebre abrió la baulera para retirar lo que hábilmente convierte en el toque de seducción: una buena mesa, siempre a tiempo de cualquier contrariedad.

Los zorzales, en tanto, ya se han quedado sin hojas en los tilos, donde refugiarse y se sienten demasiado expuestos. Vuelan bajo y picotean con cierto descuido las migas que perlan el jardín sevillano.

Hoy no era el momento apropiado para permanecer allí puesto que lo desapacible ganaba por abandono cualquier intento de quedarse afuera.

Todo lo hicimos callados, como integrantes de una cofradía misteriosa capaz de entenderse sin el exceso de las palabras.

Una vez, el abuelo Miguel, abuelo adoptado por mi a sus noventa años, me dijo: “si... no... para que más”, lo que a ambos nos pareció un exceso, luego que le contara al vasco, la reflexión del abuelo.

Ahora, como si no hubieran pasado 20 años de la confidencia, él se volvió para agregar -el abuelo Miguel dijo que el secreto mejor guardado es aquel que no se confía -y los dos nos sentimos extrañamente molestos, antes y ahora, es decir que resignábamos la posibilidad de comprender aquello que se nos escapaba, negábamos, resistíamos o vaya uno a saber cual era la obstinada reticencia. Lo cierto es que ambos batallábamos en ese territorio de la confianza.

La mesa de madera oscura fue hospitalaria para una carga preciada. Los ajies rojos, lucían primorosos aunque su sabor auguraba tormentas tropicales que sólo pueden eludirse con un vino apropiado.

Lo miré buscando lo inexplicable: porque había decidido semejante menú exclusivo. Hubo una pausa.

- Estamos esperando el informe de “Chapita”-, pensé en preguntar para que y con que destino, pero no agregó datos. Un rato después y con sus anteojos empañados a rastras de la verborragia incontinente, golpeó los vidrios esmerilados que se encogieron por la vehemencia; abrió el vasco y la expresión desorbitada anticipaba que la cosa estaba dura.

- ¿Qué pasa Luis? -, interrogó Yon a punto y coma, con la boca roja por el ardiente sabor del morrón boliviano. “Chapita” se bebió de un trago el Malbec, color rubí, cometiendo una falta de esas imperdonables para las normas del buen vivir. Pero había que entenderlo.

-No me aceptaron la nota de un asentamiento con olor a ocupación y manejo político – dijo luego de trasegar el vino.

-¿Y que querés que haga? -, fue la inocente y aceptable pregunta del vasco.
-Que te ocupes de hacer trascender, por lo menos ciertas cosas. No puede ser esto -, prosiguió enfático.

- En Villa Azul de Wilde y Villa Itatí de Don Bosco, Quilmes, allí en el jardín de los senderos que se bifurcan hay dos plazas de “la Concordia”, donde cincuenta contra cincuenta se cagan a tiros todos los fines de semana y los ratis sólo llegan cuando avisan que en algún pasillo hay un muerto.

Problema territorial que le dicen. No se meten con la gente. Son pesados que no joden a la gente de la villa, pero luchan por el control del lugar. Ojo no hay que confundirlos con los pasajeros de asentamientos formados a la vera del acceso sudeste, donde hay mucha gente mudada de Fuerte Apache, traída por “el pelado” de Avellaneda, una buena transferencia de Aníbal, que necesitaba sacarse de encima a la gente de la Capital. Los aguantaderos son siempre el problema de la poli, les permiten que se instalen y permanezcan, después se les complica todo. Apañan pero la red de protección se rompe por lo más delgado, cuando los delitos estallan y no los pueden defender -, fue el largo discurso de “Chapita” con evidentes ganas de hablar.

Me quedé pensando, mientras el visitante se ahogaba con un morrón, que la intrincada complicidad de los políticos que se van con otros que llegan, pese a los acuerdos que negocian, termina por facturarse con la no aprobación de las rendiciones de las administraciones comunales de la gestión anterior, como se ve cuando el poder cambia de mano, no de clase.

Todo me pareció muy pacato. El asco que rodea a tanto negocio, con olor a basura, a ocupaciones ilegales, es impenetrable. Sólo permanece el hambre de la gente que acepta la manipulación para construir cimientos sociales de manteca, una manera de predecir la durabilidad institucional del futuro.

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