jueves, 22 de diciembre de 2011

María y las trenzas de un bolero

Reinaldo Spitaletta (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La aventura sentimental del romanticismo en Colombia tuvo su cúspide literaria cuando, en 1867, se publicó María, la única novela de Jorge Isaacs, que los bogotanos compraban a un peso con sesenta centavos y cuya esencia ya conocían los de la tertulia El Mosaico. Un siglo después, en 1967, salió a la luz Cien años de soledad, que García Márquez, en su mamagallismo impenitente señala como un vallenato de 400 páginas. Bueno, la del poeta, minero, político y soldado vallecaucano de ascendencia judía, cuyos restos reposan en el cementerio de San Pedro, en Medellín, puede ser un bolero de trescientas y pico de páginas.
El mérito, además, radica en que para entonces el ritmo del Caribe y de toda América no existía, pero en la obra cumbre del hombre que descubrió las minas del Cerrejón ya se adivinaban los amores imposibles, la dulzura de unas trenzas, el delirio causado por la pasión, la espera, y, en especial, la fiebre por una mujer. María es un bolero novelado, con un fondo de paisajes, de cacerías de tigres, de alguna servidumbre esclava, de latifundios sin límites, y la presencia agorera de algún pajarraco oscuro.
El romanticismo, como exaltación del individuo, y que Isaacs demuestra cuando del conservadurismo más puritano pasa a las filas del Olimpo radical, es una expresión que va a recorrer América después de las gestas independentistas y en la conformación de naciones, todavía bajo la égida de terratenientes y caudillos. María tiene alma de bolero. Es una novela que, en sí misma, aísla los acontecimientos de su época, no aparecen ni por asomo las guerras civiles, las confrontaciones ideológicas, las disputas entre banderías. Nada de estas complejidades entran en juego, tal vez para no contaminar las relaciones idílicas entre Efraín y María, al fondo de las cuales y como elemento clave de la obra surge el paisaje, exótico, diverso, abrumador.
A través de esa obra, que tiene un manejo exquisito del diálogo, uno tal vez no pueda leer un país en su historicidad y en su contexto de época, pero sí en cuanto a su geografía, a los ríos, a maneras de la cocina, a relaciones familiares, y al nacimiento y desenlace trágico de un amor. ¿Y qué diablos tendrá que ver esta obra romántica con el bolero? Quizá mucho, quizá poco. O nada. Pero en ella hay un ánima, un hálito, que resucitará en el género que ha sido parte de serenatas, declaraciones amatorias, llantos y hasta burlas de humoristas.

María es la mujer amada, pero, a su vez, la mujer interior, la que no estaba para posar en sociedades, ni para tener cargos públicos. Su rol, de puertas para adentro, era el establecido por una larga mentalidad, por una cultura machista y opresiva, que no le permitía ir más allá de ser una figura decorativa, o el centro de la casa, la mantenedora de la estabilidad familiar. La mujer Eva. La mujer de hogar. Sin embargo, también era, como que el romanticismo la había elevado a otros cielos, una posibilidad de la idealización. A aquellas calendas corresponden las mujeres angelicales, celestiales, las que son objeto de calificativos relacionados con el empíreo, con el paraíso. Son las que aparecerán en los boleros, a veces llenas de paisaje o como metáfora del mismo: “Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”.
En María hay cantos negros, cantos de bogas, cantos de amor. La antigua Ester se torna en heroína literaria, como lo señaló José Asunción Silva, al lado de Julieta, Ofelia, Virginia, Graziella y Evangelina. O como las mujeres de Poe: Eleonora, Ulalume, Berenice, Ligeia… O como las que muchos años después cantará Agustín Lara o Gonzalo Curiel.
En el bolero -ya lo señalaron Les Luthiers- las mujeres pueden ser una especie de mixtura espectral o monstruosa: labios de rubí, boca de fresa, dientes de perla, ojos de mar o de cielo…, piel de terciopelo, pero también está la mujer que un hombre quiere poner a hablar con Dios para que le pregunte si “te he dejado de adorar”. En el bolero hay una exaltación de los sentidos y todo provocado por una figura femenina, por una voz de seda, por una dama, damisela encantadora. Mujer como motivo de adoración. Y se le adoran el brillo de sus ojos, la seda de sus manos. Y ella puede ser sol y luna y constelaciones, y por una mujer se puede quedar el infinito sin estrellas y el ancho mar perder su inmensidad.
En el bolero está la mujer que besa, la mujer que abraza (y abrasa), la virgen de medianoche, y, como en María, la que llora y hace llorar. Ah, y volviendo a ésta, en centenas de boleros el mundo se reduce, como en la novela de marras, a una mujer hermosa y a un paisaje formidable.
Por supuesto, hay boleros en los cuales la mujer es denostada, pero otros, la mayoría, están hechos para las artes amatorias, para el realce de pieles y cabelleras. La mujer equiparada a la gloria: “Dios dice que la gloria está en el cielo, / que es de los mortales el consuelo al morir. / Bendito Dios porque al tenerte yo en vida/ no necesito ir al cielo tisú. / Si alma mía, la gloria eres tú”.
El bolero, hecho para los enamoramientos y también para la amargura de un desamor, es la exultación de la mujer que, en sí misma, es paisaje, o un perfume de gardenias o la promesa de un juramento, como aquel de María Grever: “Bésame, con un beso enamorado / como nadie me ha besado / desde el día en que nací…”.
La mujer (tema desde luego de otros géneros musicales) alcanza en el bolero las instancias de musa, de diosa pagana, de sacerdotisa que oficia los rituales en los cuales la pasión es capaz de obnubilar los sentidos y ponerle límites a la razón. “Y tu piel dorada al sol es tersa y sutil / mujer de amor sensual, mi pasión es rumor de un palmar”.
El bolero es una mezcla de lágrimas, de efluvios femeninos, de rica sensación de enamorarse y no morir en el intento. El bolero tiene las trenzas dulces de María y ese llanto de luna, que también es mujer.
(Escrito en Medellín, una noche en que octubre cantaba en los tejados).

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.