miércoles, 23 de marzo de 2011

La gallina degollada

Horacio Quiroga

Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir...

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!

—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?...

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Horacio Quiroga: (Salto, Uruguay, 1878 - Buenos Aires, Argentina, 1937). Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias.

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Breve: Manifiesto anacolútico

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La historia del hombre -hasta ahora- se puede dividir en el predominio de tres retóricas diferentes.

Primero, la Metáfora. Son los libros sagrados, las biblias, los mitos que intentan la certeza del origen. De como fue que de la Nada apareció Algo. Y también, con tranquilizador optimismo, que la Nada no es tan nada como parece, sino una forma de eterno Algo que, en algún momento, puede volver a ser.

Así, la dureza, metáfora de la flacidez, y la flacidez, metáfora de la dureza. Del Ser a la Nada, y de la Nada al Ser. Porque si bien la erección no es eterna, gracias a Dios puede haber resurrección.

Segundo, la Metonimia. Son los textos que descubren que todo está relacionado con todo, que lo pequeño es parte de lo grande. Que todo tiene su explicación. Nada es casual, compañero. Así la anécdota, el pequeño detalle, lo grotesco, la caricatura, lo imprevisto, la irrupción, no alteran la planificadas – y protocolizadas – intenciones de algunos, o las condiciones objetivas y subjetivas ya determinadas por la Historia. Como máximo, son proteiformes manifestaciones de La Idea que, llena de sentido, se realiza en infinitas – y previsibles – variaciones.

Tercero –ahora- el Anacoluto, que Helena Beristáin en su Diccionario de Retórica y Poética define como ruptura del discurso(…)produce la impresión de que se abandona inconclusa una construcción gramatical y se sustituye por otra, debido a la irrupción violenta de los pensamientos en el emisor, por causa de la emoción y la prisa, es causa y efecto del fin de la Modernidad, que no fue la máquina, ni los rascacielos, ni las grandes avenidas – simplista concepción técnica y arquitectónica – sino la fe en el Progreso (de la Ciencia, de la Razón, del Espíritu, de la Bondad, del Bien) hacia un happy-end de cada vez mas perfecta perfección. Paradisíaca totalidad posible de nuestra subjetiva autoconciencia que ahí nos estaba esperando gracias a Descartes, Hegel y Comte.

No se trata tampoco de lo llamado “Pos”- Moderno, cómica o aburrida manera (según el estado de ánimo de cada uno) de nombrar el anacolútico fin de la modernidad, ya que ese “Pos” intenta la resurrección de la modernidad, como moda de más perfecta vanguardia. El mismo perro moderno, ahora con el pos-collar.

Así, desamparados de las certezas optimistas de la modernidad, nos encontramos estúpidamente estupefactos en la anacolutización.

Cabe enunciar que decir el anacolutismo no es proponer una forma de vida, ni ser vanguardia combativa que provoca para subvertir. No se trata, en fin, de la incitación a una militancia ética. Este Manifiesto es solo la denominación de una alternativa estética. No más – necesariamente – una estética ética. Una estética de lo bello, bueno, armonioso, universal, saludable, ecológico. El anacolutismo es la posibilidad de una estética del goce, siempre irruptivo, desproporcionado, máximo o mínimo, tenue o caótico. Ni militancia dionisíaca, ni diacrónica vanguardia optimista, el anacolutismo es una alternativa estética más en la sincronía simbólica que nos balancea. La ética de lo bello, al que le guste. La estética del goce al que además (o solamente) le guste. Goce tanto del que encuentra el Anacoluto como del que lo produce. O hasta de quien - ónticamente – es anacolútico.

Así, de la misma forma en que las alas de una mariposa volando en la bahía de Sidney pueden provocar un huracán en Londres, el cigarro en la concha de Mónica Lewinski determina el bombardeo de Bagdad. Una Guernica cómica. El Caos Anacolútico.

Cosas que ahora se saben porque el anacolutismo -salvo algunas fláticas excepciones-casi no se encuentra en libros (el dadaísmo y el surrealismo fueron tal vez sus precursores) ni en retoricas anteriores, sino en la televisión, la radio, los diarios, el comprostutizador.

Tal vez así se hubiera sabido – entre tantas otras cosas – que la 2da. Guerra Mundial fue causada por la menstruación de Eva Braun, y que Truman decidió Hiroshima y Nagasaki porque se le rompió una tacita de porcelana. O Bush decidió la masacre de Irak porque la noche anterior se emborrachó y vomitó algo más que de costumbre.

Sin embargo, ello no implica que la contingencia exabrúptica del imprevisible anacoluto sea momento de libertad que hiere la certeza del determinismo. Como dice el joven Aristóteles, la accidental contingencia (manera en que se presenta el anacoluto) excluye la elección.

Anacoluto, entonces, que además de poder ser leído en la actual vida cotidiana es una figura retórica que algunos -como yo- pueden permitir aparecer en una poesía. En la sonoridad de un significante. En el descubrimiento de un significado. En el reverberar de una sintaxis. Para gozarla sintiéndola en la boca, acariciándola con la lengua. O metiéndolo en una pérgola dorada, como un pirulito-ploki.

Anacoluto que, así, es el goce de exabruptizar neológicamente los arteros tendones, teniendo siempre la precaución de recordar que no hay nada más antiestético que un serio neologismo cacofónico.

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La oveja blanca viene a escupir la tumba de Monseñor Romero

Guillermo Guzmán (Desde Barcelona, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sí piensas que la oveja blanca sólo está en Roma -específicamente, en El Vaticano- estás equivocado. ¡Obama es facsímil de aquélla!

Obama es una versión de la oveja blanca original, que ahora mismo y, desde el pasado viernes blanco, la emprendió de viaje contra Suramérica a fin de tratar de hacer control de daños “colaterales”.

La emprendió inicialmente contra Brasil donde, seguramente, Dilma hará de tripas corazón para no vomitar; Obama pasaría por El Salvador y hasta escupirá posiblemente la tumba de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, durante su periplo; no otra cosa puede esperarse de quienes pretenden abatir los símbolos morales que sirven de acicate a los procesos de liberación de los pueblos.

Desde luego, Obama pasará por Chile de donde saldrá con los zapatos brillantemente limpios; no es preciso que visite la tumba de Pinochet porque “burro amarrao es leña segura”

Es cínico que después de haber asesinado a Monseñor Romero, el imperio venga a tratar de hacer control de daños “colaterales”. Sabe Obama que la tumba del mártir es un testimonio contra el imperio chupasangre; al mismo tiempo, esperemos que el pueblo salvadoreño no se deje engatusar, de seguro que le viene encima una ofensiva feroz y Obama ha venido a tantear el terreno.

Al imperio no le basta con haber asesinado a Monseñor Romero y a varias monjas norteamericanas, inclusive, con la anuencia del Vaticano; sino que ahora pretende hollar su memoria, para arrancarle al pueblo, banderas de lucha.

No podrán borrar el pasado asesino que los acusa de “matamonjas” y de “matacuras”.

¡Pobre oveja! ¡Pobre oveja!

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Una visita inesperada

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La vida, a veces, nos obliga a realizar cosas que jamás pensamos que podríamos hacer. Es entonces, cuando uno termina preguntándose si vivir puede convertirse en una especie de ring dónde quien pega más fuerte será el que sobreviva, aunque luego quede un sabor amargo en la boca.

Maia fue una de esas personas que transita este mundo a los “gomazos” enfrentándose con astucia y con bronca a montones de situaciones desafortunadas. Aprendió a arremeter contra las cuestiones que parecían ser el motor que la embadurnaba contra tanta estupidez, en una sociedad selvática en la que se naturalizó la domesticación y la subordinación a pautas inadmisibles.

Sólo que ella no fue formada para soportar lo ridículo y mucho menos lo impuesto, por lo cual supo hacer uso de reacciones auto-defensivas necesarias, como para no morir atragantada por el odio.
Esta historia se desarrolló durante una tarde a pocos meses de la partida definitiva de su compañero, afectado por una enfermedad muy cruel. Tan cruel como las desatenciones contra las cuales también debió pelear, Maia, exigiendo que al enfermo se le respetaran sus derechos antes de exhalar el último suspiro.

Y Maia venía de transitar, pocos meses antes, la misma situación, pero con su padre. Trámites demorados, papeles que se necesitaban pero jamás se entregaban completos en los lugares donde debían hacerlo como si las obligaciones fueran suyas solamente.

Demasiadas injusticias en el camino final de los seres en el mundo donde todo se paga, hasta para cerrar por última vez los ojos y poco antes de pasar a ser simple recuerdo.
Maia, soportó con fortaleza ambas situaciones, cuando la irracionalidad de la burocracia la abofeteara, convirtiéndola en una fiera defendiendo a esas dos personas que inexorablemente se alejaban de este mundo al cual, Maia, pretendía seguir perteneciendo.

No dejó en ningún momento de abrazar el sueño declarado que la impulsaba a tratar de cambiar algo desde su pequeño lugar en el mismo mundo y dentro de la misma sociedad “siliconada” donde se percibía el exterminio de las neuronas y donde se es alguien, según lo que se tenga, como capital económico. Proceso de deshumanización en marcha y cada día más finamente hilvanado.

Cumpliendo el último deseo de su compañero, ella y sus hijos, acordaron que la cremación debía realizarse, para luego, con tiempo, arrojar sus cenizas en el lugar elegido por el fallecido como morada final.
Previo a ese trámite forzado que le hacía pensar por qué uno trata de dejar órdenes impuestas más allá de la vida, pero incapaz de rechazarlas como homenaje final, debió realizar otro tipo de trámites, todos increíblemente burocráticos y absurdos, hasta que llegara el día en que sus hijos cumplieran la última voluntad.

El número de línea del celular que su compañero utilizara por su trabajo, se convirtió en una especie de ícono que los muchachos quisieron conservar.

Sabiendo que el aparato estaba a nombre de su compañero y que el trámite de cambio de equipo exigiría, en primera instancia un cambio de titularidad y para ello una serie de documentos a presentar, Maia comenzó la ardua tarea de conservación y se encaminó para realizarlo una de esas mañanas en que el cielo pareciera lanzar un llorisqueo que no se convierte en llanto, queda ahí, como tímido, como indeciso, como sin fuerzas.
Llevaba consigo una copia del certificado de defunción, otra de las últimas facturas abonadas, un documento que acreditaba el vínculo con el fallecido y una copia de su carné de identidad. Todo lo requerido por la empresa de comunicaciones móviles que llamaremos P. para evitar cualquier juicio por mención de marca registrada…

Esa empresa que compite con otras similares que además permiten acceder a los jueguitos más atractivos y a la música del momento. Esa, que por otra parte y por un “pequeño” cargo adicional, permitirte ver por la pantalla, el voluminoso cuerpo plastificado de la vedette más impactante del momento, o recibir clases de piropos para atraer no a esa muchacha, sino a la que tenés más cerquita y no sabés como conquistar. A la primera ya se sabe, una billetera abultada y listo.
Al llegar con su carga de papeles a la oficina vistosa, fue atendida por un empleado muy amable. Maia le explicó que el motivo de su presencia en el lugar era realizar un cambio de equipo y el joven le explicó que ese trámite sólo podía hacerlo el titular de la línea.

-Comprendo, dijo Maia, pero lamentablemente esa persona falleció y traje todo lo que hace falta para el cambio de titularidad, según me orientaron por teléfono acá mismo.
-Comprendo, repitió también el empleado, pero en ese caso usted debería acreditar ese fallecimiento.

-Por supuesto, acá está todo, respondió Maia antes de desplegar todas las copias sobre el impecable escritorio.
El joven sólo miró sin detenerse en ningún papel antes de solicitarle que tuviera a bien esperar porque debía consultar con el gerente.

No habían pasado cinco minutos cuando éste regresó al escritorio donde Maia esperaba.

-Lo siento, repitió el muchacho, pero el gerente dice que ese trámite sólo lo puede realizar el titular.
Maia se paró, tragó ira antes de dirigirse a la gerencia desoyendo la orden del empleado que le decía –señora, usted no puede pasar, el gerente no atiende al público.

-Público no está acá, quedate tranquilo, querido, con vos ya no es el problema, la que quiere ver al gerente, ahora, es Maia, dijo la mujer antes de abrir bruscamente la oficina donde el pretendiente de empresario jugaba un solitario en su computadora.

Con la irrupción inesperada de la mujer en su oficina de trabajo, el jerarquizado asalariado, se levantó de su sillón, bruscamente, exclamando –¡Retírese inmediatamente, acá no es el lugar de atención al público!

-Pero mirá vos, dijo con firmeza Maia, antes de pedirle explicación sobre la negativa a realizar el trámite, cuando había cumplido con todas las pautas requeridas para efectivizarlo.

-Ese trámite sólo lo puede hacer el titular, respondió el asalariado de lujo.

-Bueno, cosa tan extraña, el pago mensual del abono no importa quien lo realice, respondió irónicamente Maia.

-Mi querido encorbatado calificado ¿alguna vez has oído que la irracionalidad sólo genera más irracionalidad? Te lo habrán dicho en los cursos de capacitación para empleados domesticados para el papelón, agregó antes de retirarse dando un portazo, aunque por poco tiempo…
Ya en la calle y bajo la misma pegajosa llovizna, la mujer paró un coche de alquiler, subió y dio el destino al que debían dirigirse: su casa.

Al llegar, pidió al conductor que fuera tan amable como para esperarla un momento.

Maia entró en la casa, cargó en una bolsa de cartón vistoso, la urna con las cenizas, mientras decía mirando el cofre de madera oscura

–es el último favor que te pido, flaquito, vamos a dar una vuelta…
Subió al automóvil, volvió a la oficina P mientras conversaba con el conductor sobre el tiempo, las cosas absurdas que se estaban viviendo en el mundo y los fastidios que produce la irracional burocracia. Por supuesto y por respeto al conductor, omitió comentar sobre el tercer ocupante del vehículo.

Bajó en la puerta de la oficina, se despidió del conductor y entró como una tromba en el despacho del gerente, quien al verla le dijo con prepotencia –señora, creo haber sido claro.

-Clarísimo, respondió irónicamente Maia, mientras sacaba de la bolsa la urna funeraria para depositarla sobre el escritorio con la computadora y donde el partido de solitario seguía visible.

-El trámite sólo lo puede hacer el titular, acá te lo traje, tratá de hablar con él porque últimamente, conmigo, está bastante parco, ironizó Maia.
-El gerente se puso de pie de un salto, evidente y comprensiblemente molesto, preso del espanto que le produjo la visita inesperada.

-¡Esto es muy desagradable, señora! Exclamó, en medio de un tartamudeo ametrallante.

-Tan desagradable como tu estupidez de negarte a cumplir con un trámite que podría haber sido resuelto de otra forma, respondió suavemente Maia.

-¿Lo hacemos ya o te vacío la urna? Preguntó con la misma suavidad.
A los quince minutos, desde el centro de una oficina sobresaltada, entre la risa escondida de los empleados, Maia se retiraba del lugar con dos bolsas. En una iba quien hasta hacía pocos minutos fuera el titular del equipo. En otra el nuevo teléfono celular que Maia fuera a cambiar una tarde lluviosa de junio, en la imponente oficina P desde dónde te permitirán comunicarte con el mundo y con el cuerpo impactante de la vedette de turno.

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La patria de la ficción

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La patria de la ficción es la memoria. A esa conclusión llego cada vez que reviso el hecho creativo. El escritor, a diferencia de los factores de poder que conducen los caminos de una sociedad, no promueve una lógica geográfica que no sea la de su propio universo interno (¿no será la Vía Láctea una extensión de nuestra existencia?). Y, para ello, acude a la memoria como si se tratara de un cuarto repleto de historias. La memoria es el principal recurso (aliado directo de la imaginación) que usamos para reconstruir relatos. Cuando un escritor asume el espacio geográfico lo hace para ubicar el lugar donde se desarrollan los acontecimientos de una historia; no obstante, el hecho creativo no reconoce otra frontera que no determine la memoria o la imaginación. El escritor japonés Kobo Abe, en una conferencia que dictó sobre Gabriel García Márquez, asegura que «el encanto del escritor de "Cien años de soledad" consiste en su carácter apátrida que se resiste a cualquier pertenencia regional. Me atrevo a decir que sólo pertenece a la época: un autor más temporal que espacial, perteneciente más al periodo que a la región». En esa misma situación de apátridas (ante el arte), Abe ubica a Kafka, Picasso y Buñuel, entre otros.


En su "Dietario voluble" (libro que escapa a los espacios), Enrique Vila-Matas, entre uno de los tantos recorridos que nos hace transitar, cita lo que para J. Á. González (escritor nacido en España) significa vivir en un poblado apartado como Trieste (Italia): «Me siento extraño aquí, extranjero, distante, y sentirse extranjero en el mundo creo que es una de las condiciones de la escritura, habitar el mundo de una forma un poco esquinada». Dice Vila-Matas que, cuando leyó las palabras de González Sainz, «le dieron ganas de ir a la deriva por las calles de una ciudad para mí desconocida, pero en la que tendría mi único domicilio. Y me pareció saber que ese lugar podría estar en un enclave muy extranjero que me ayudaría a convivir mejor con mi voz estrictamente individual... Y ser (como decía Kafka) un chino que vuelve a casa».


El siempre oportuno Juan Goytisolo es uno de los escritores que mejor refleja el sin sentido de los límites geográficos: «Soy antinacionalista por principio y convicción, pero también al mismo tiempo un defensor acérrimo de cualquier cultura». La literatura, como el arte en general, nos va dejando pistas en el camino. ¿Acaso la utilidad del arte no será irle dejando pistas a la existencia humana para sensibilizar su tránsito mundano? Es posible. Por lo pronto, desde la memoria (la patria de la ficción) me llega la idea de que Cervantes no era español, ni Poe estadounidense, ni Cortázar argentino; ellos, como en cierta forma somos todos nosotros, eran ciudadanos de un tiempo ubicado en un punto del universo.

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Elisa, vida mía (1977), de Carlos Saura

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


A Sarita Poceiro, quien me incitó a ver esta obra.

NACIONALIDAD: Española
GÉNERO: Drama
DIRECCIÓN: Carlos Saura
PRODUCCIÓN: Elías Querejeta
PROTAGONISTAS: Geraldine Chaplin como Elisa
Fernando Rey como Luis
Norman Brisky como Antonio
Isabel Mestres como Isabel
Joaquín Hinojosa como Julián
Ana Torrent, Arancha y Jacobo Escamilla como niños
Francisco Guijar como el médico
GUIÓN: Carlos Saura
FOTOGRAFÍA: Teodoro Escamilla
MONTAJE: Pablo G. Del Amo
MÚSICA: Erich Satie, Jean-Philippe Rameau
DURACIÓN: 117 minutos

Sin duda, la filmografía de Carlos Saura está plagada de literatura.

Aún retumban en mí, más que los tambores de Calanda, los versos entonces aún, para mí, desconocidos de don Antonio Machado:

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...

de mi primer encuentro con Saura, en una función de cine doble, sin mayor publicidad, donde además de La caza nos presentaron a Peppermint Frappé, buena antesala para el descubrimiento de ese maestro del cine que es Carlos Saura.

Ahora nos topamos con una película, que jamás oí mencionar en Medellín, Colombia, cuyo título lleva implícito el poema de Garcilaso de la Vega:

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver, con largo apartamiento,
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?

Poema que bien pudiera recitar Luis, pues, en ese epígrafe, apenas insinuado, podría estar resumido el encuentro amoroso entre una hija y un padre, quien asume de una manera bastante tolstoiana, ese sentimiento trágico de la vida, tan unamuniano, tan español, al renunciar a la familia, al discreto encanto de la vida burguesa, para adentrarse en el campo, para llevar una vida austera, como parte de una ascesis muy personal.

La convalecencia de una enfermedad mortal, hace que las hijas vayan a verse con su padre en su retiro del mundanal ruido, en una casucha de la ancha Castilla, a donde ha ido a parar Luis tras una decisión, que dejó un lugar vacío en el mundo familiar y personal de sus pequeñas, ahora dos adultas jóvenes, a quienes ha dejado de ver durante años.

Luis está tranquilo; desde ese lugar español, que ha elegido para sí, contempla, a la manera de Margarite Yourcenar, el mundo con los ojos abiertos, hacia el exterior de la explanada castellana, hacia la cultura y hacia su propio universo interior, mientras ese lector de Rilke, de los sueños elaboradores de Elisa, en la realidad, estudia esa magnífica obra, casi nunca suficientemente bien ponderada ni conocida por el gran público que es El Criticón del sabio Baltasar Gracián, para algunos precursor de Federico Nietzsche.


Como maestro de un colegio de monjas enseña a sus pupilas que el mundo es un gran teatro, lección aprendida de Pedro Calderón de la Barca, quizás otro de los aspectos que quisiera mostrarnos el mismo Saura, a lo largo de su filmografía: entre dos nadas, todos tenemos un papel que representar y una misión que cumplir, en ese gran escenario que es la vida misma y, tal vez, de una de las cosas de las que se trata el vivir es que en el transcurso de nuestra existencia vayamos quitándonos la máscara, para acceder a lo más verdadero de nuestro mismo ser, para lograr una existencia tan auténtica como se pueda, que es lo que viene a enseñarnos Luis, tanto a su hija como a nosotros, los espectadores, para que no llegue importarnos que en el camino nos sorprenda la muerte.

El propio Saura nos informa que El gran teatro del mundo es una de sus obras preferidas, la cual le resulta fascinante y también sabe de sobra que la vida es sueño, como lo son el teatro, el cine y esta tierra habitada por seres humanos, demasiado humanos, que moramos en un entretejido de fantasías, conversaciones, pensamientos, sentimientos, recuerdos, actos y sueños, de ahí que nunca sepamos, como Elisa, si contamos una historia o nos la imaginamos.

Eso nos lo muestra el magnífico cartel con el que se anuncia la película, donde las caras de Elisa y de Luis se condensan, mientras podemos ver distintos momentos de ese proceso identificatario, en un vínculo que se repara tras una larga separación, donde ante la presencia del padre real, portador de lo simbólico y a través de un interjuego imaginario, Elisa logra una identificación con ese padre valiente, quien se ha atrevido a romper la comodidad de la vida burguesa, para encontrarse consigo mismo; esa actitud consistente es la que le permite a su hija liberarse de un vínculo insatisfactorio en su relación conyugal con Antonio, mientras asistimos al acompasamiento que dan a la película la música de Rameau y de Sauti, así el realizador se considere un completo amateur en asuntos musicales, pues yo creo que Saura comprende como nadie que el cine es, ante todo, un arte sintético.

Al director, el postfranquismo lo ha liberado de una misión política para adentrarse en los laberintos del alma humana, donde se entremezclan vivencias reales, recuerdos, ensueños y contenidos oníricos, a la manera de lo que pasa en un psicoanálisis.

Pero sabemos que, sobre todo, Saura es un excelente fotógrafo, quien tiene tesis muy particulares sobre la fotografía, las cuales expresa en una conversación que las dos hermanas, Elisa e Isabel, tienen en torno a los recuerdos y la fotografía.

Los primeros están cargados de subjetividad, son una versión que nos damos de nuestra propia historia, mientras la cámara apunta su objetivo para fijar un instante de la realidad, tal cual es.

El fotógrafo Saura retrata paisajes de donde vive, su entorno, las transformaciones estacionales, como si hiciese un diario íntimo fotográfico; así la cámara, tanto como la literatura, la pintura y el cine mismo devienen, para él, aventura.

De ahí su libertad en el rodaje, donde se aleja aún de sus propios guiones, sin respetar los originales, ya que siempre los encuentra como un material susceptible de cambios, ya que él se arriesga por archipiélagos de incertidumbre con una curiosidad infinita, de ahí que cintas como Elisa, vida mía, como muchos de sus filmes, puedan tener cabos sueltos y de ahí su magia y su atractivo, que puede dejar la impresión de un cine intemporal, con ciertos tonos idílicos y nostálgicos en los que la violencia se introduce de una forma muy sutil.

Tal vez, Elisa, vida mía tenga un tono melancólico y otoñal, pero que apunta al verano interior que empieza a gestarse en el alma de la protagonista, quien ha de vivir ese drama edípico, que había quedado inconcluso para acercarse a su ocaso, a su sepultamiento, que se da con la muerte del padre, objeto de sus más oscuros deseos incestuosos, pero que, al final, vivirá dentro de Elisa, hasta que ella misma muera.

Liberado de su misión política y de los guionistas, Saura puede dar el paso de tener el control total sobre sus realizaciones, para asumir de una vez por todas el cine de autor, que permite a los directores cinematográficos hacer creaciones individuales, así para la construcción del filme se requiera del concurso colectivo de técnicos y actores.

Para Saura, los guiones son apenas meros proyectos, esbozos, borradores, que pueden ser sometidos a todo tipo de modificaciones, enmiendas y correcciones, de transformaciones, de acuerdo a lo que en el momento del rodaje vaya surgiendo, sin caer ni en la improvisación ni el espontaneísmo.

Así, cuando un actor cambiaba una frase y al director le gustaba, le pedía que memorizara esta nueva versión y que la mantuviera en el rodaje u otras veces, si algo sonaba mal, él mismo se encargaba de modificarla, ya que, para él, lo más fascinante de la creación fílmica es la tensión que produce el contacto con lo variable, con lo cambiante, con lo aleatorio, con lo incierto; de ahí que el hombre no sólo se atreviera a cambiar los diálogos sino aún escenas o secuencias enteras sobre la marcha o al final de la tarea, en el montaje, por el placer de tener siempre vivo el filme entre sus manos.


Saura lo que hace en Elisa, vida mía, como en muchas otras obras de su cinematografía es un cine muy difícil de hacer, el cine total, con una estructura tan libre como la de Derek Jarman, quien complementa su obra fílmica con su capacidad pictórica, a veces con gran rechazo de la narración lineal más clásica, lo que es, sin lugar a dudas, cine de vanguardia, con referencia a otras artes, la pintura, como se da en Goya en Burdeos, la literatura y la música, artes que se fusionan en la pantalla, para transmitirnos una muy singular experiencia personal, con personajes que pueden resultarnos ya sea simpáticos como la Ana de Mamá cumple cien años o Ana y los lobos o la nena de Cría cuervos, los mismos Luis y Elisa o detestables como los hermanos de las dos cintas que mencioné antes de la protagonizada por Ana Torrent, representantes de los poderes omnímodos, hegemónicos en la España franquista, de ahí que ante el cine de Saura no nos encontremos ante una obra gélida, sino apasionada y apasionante, quien quizás se acerca mucho a la poética wagneriana, la de un compositor que propendía por un arte total, unitario, que lograra transmitir una cierta sensación de plenitud.

Algunos, tal vez, por eso, se atrevan de calificar a Elisa, vida mía como la obra maestra de Carlos Saura, dado ese diálogo permanente entre elementos peculiares del cine: imágenes, sonido, fotografía, música y textos, como si se tratara verdaderamente de una escritura visual.

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Música: El can can

WIKIPEDIA

El cancán (a veces escrito can-can) es un baile rápido y vivaz de reputación escandalosa, cuyas principales características son los movimientos provocativos, las patadas altas y el alzamiento y movimiento de las faldas. Se originó en el siglo XIX en París y fue inmortalizado en la ópera de Offenbach Orfeo en los Infiernos (1858). El cancán apareció por primera vez en los salones de baile de la clase trabajadora de Montparnasse en París, alrededor de 1830. Era una versión más animada del galope, un baile rápido en un compás de 2/4, el cual solía ser la figura final en la cuadrilla. Por lo tanto, el cancán era originalmente una danza para parejas, las cuales realizaban patadas altas y otros gestos con los brazos y las piernas. Se cree que éstos fueron influenciados por los movimientos de un popular animador de los años 1820s, Charles Mazurier, quien era muy conocido por sus demostraciones acrobáticas, las cuales incluían el grand écart- que más tarde sería una característica popular del cancán. Para este momento, y durante la mayor parte del siglo XIX en Francia, el baile fue también conocido como el chahut. Ambos términos son franceses, cancan significa "escándalo", mientras que chahut significa "ruido" o "alboroto".

A medida que los bailarines de cancán se volvieron más habilidosos y arriesgados, fue desarrollando gradualmente una existencia paralela como entretenimiento además de la forma participativa. Unos pocos hombres fueron estrellas del cancán entre los años 1840s y 1860s, pero las mujeres bailarinas fueron mucho más populares. Éstas eran mayormente cortesanas de mediana categoría, y sólo animadoras semiprofesionales- a diferencia de las bailarinas de los 1890s, tal como La Goulue y Jane Avril, quienes eran muy bien remuneradas por sus presentaciones en el Moulin Rouge y en otros lugares. Estas mujeres desarrollaron los variados movimientos de cancán que fueron luego incorporados por el coreógrafo Pierre Sandrini en el espectacular "Cancán Francés", el cual presentó en el Moulin Rouge en los 1920s y en su propio Bal Tabarin a partir de 1928. En 1924 se estrenó la primera presentación en Londres del musical "Can Can". Años atrás, por un familiar cerca del 1930 cuenta que el can can era tan escandaloso porque en los cabarets se bailaba sin la ropa interior, por eso se agitaba tanto el publico, era un verdadero escándalo.

Muchos compositores han escrito música para el cancán. La pieza más conocida es el galop infernal del compositor francés Jacques Offenbach en Orfeo en los Infiernos (1858). Otros ejemplos se pueden apreciar en La viuda alegre (1905) de Franz Lehár y en el musical Can-Can (1954) de Cole Porter el cual formó la base para la película musical de 1960 también titulada Can-Can, de Walter Lang, con Shirley MacLaine, Frank Sinatra y Maurice Chevalier. Algunas otras canciones que han sido asociadas con el cancán incluyen la Danza del Sable de Khachaturian y la canción de music-hall Ta-ra-ra Boom-de-ay de Henry Sayers.




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Medio ambiente

Kenkibari (Desde Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

Cuando el mundo respiró la frescura, limpieza de su creación
No pensó que al ser que lo formó, con libre albedrío iba a ser
el que le iba a poner en peligro después de millones de años
de creación, el jaque al jardín llamada tierra, toda
Hermosa famosa en su biodiversidad y elegancia
ese llamado SER HUMANO, que está exponiendo a su linaje
Comenzó a desafiar a su cimiento de su evolución.
El Satán lo botaron por perturbar en el cielo
Hoy este Satán está llevando al infierno al planeta
No respeta las leyes naturales ni le interesa su gente
Se está mofando de su pobre sabiduría busca extinguir
Su propio linaje y todo lo que hasta hoy existió con las
Interrelaciones recíprocas de equilibrio que evolucionó.

II

Este mundo está enfermo y comienza a desfallecer
Por tantas tecnologías para el desarrollo con
Energías atómicas que nos matara o seremos mutantes
Por radiactivos de mundos industrializados
El cuerpo tierra esta pudriéndose, está agujereada
Está llena de acupunturas, está cocida, con tantas
Operaciones ya perdió demasiada sangre, tiene pocas energías
Está enfurecida la magma que es el vientre de este planeta.
empieza a temblar su cuerpo, lo estamos viendo convulsionar
con terremotos, tsunamis, tornados, ciclones, maremotos
se calienta la atmósfera con lo atómico que se cree
el ser humano se asfixian la biodiversidad
empiezan ya los cambios nunca visto, de friajes
y sequías con consecuencias de muerte.
El mar empieza a bambolear en sus costas, por los
Tsunamis, los desórdenes del mar por los deshielos que
Están derritiéndose en los diferentes polos y los andes.

III

El viento, relámpagos, truenos, el día la noche y el tiempo
quieren tejer protección a la capa terráquea quieren
Tapar todos los agujeros que van afectando a la capa del ozono
Para defender a los deshumanizados seres humanos
los vientos las nubes la tierra y sus aguas quieren limpiar
la radioactividad atómica contaminante que existen, que hoy
ya se lo siente como cosquilleos cancerígenos que lleva a la muerte
por eso la naturaleza quiere garantizar al humano
Quiere perdonarlo por sus ignorancias cometidas
Quiere prolongar garantizando a la biodiversidad y al ser humano
La naturaleza le pide una condición, que cambien de actitudes
Que respeten al medio ambiente todos los terrícolas
Por el bien de todos garantizando la vida de la tierra.

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¿Bienvenido Obama?

Andrea Dufournel (Desde Temuco, Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Parece extraño, surrealista, raro… el lunes 21 de marzo de 2011 nos visita Obama, Presidente de Estados Unidos y Premio Nobel de la Paz, un personaje que, para muchos, representó la esperanza de cambios radicales en la política exterior de los Estados Unidos de América, que prometió terminar con la invasión a Irak y Afganistán, pero hoy presenciamos además una nueva invasión, esta vez se trata de Libia, podemos estar o no de acuerdo con quien detenta el poder allí, pero ¿era necesario la invasión?. Una vez más la intervención armada a un país soberano so pretexto de preservar la paz y la seguridad de sus habitantes. No es novedad, salvo que esta invasión es encabezada por un premio Nobel de la Paz.

Cuando Obama desembarque en Chile, seguramente será agasajado con lo mejor de la cocina chilena, veremos a nuestras autoridades extasiadas, realizando múltiples genuflexiones a tan ilustre personaje, era que no, si es como recibir a algún pariente lejano, millonario, poderoso, al cual se le debe servir la porción más grande de la torta, seguramente se reunirá con los poderosos criollos, mientras la vida de los santiaguinos se verá alterada de tal manera que los carabineros, personajes de verde, se multiplicarán por cientos, cual prado en primavera y se mezclarán con los agentes de seguridad que acompañan a Obama y familia. Traerán sus propias armas, combustible, helicóptero, ¿qué puede temer un hombre que se siente el más poderoso del mundo, y que por ética debería predicar con el ejemplo de lucha y vida por la paz mundial?, o ¿es que estamos viviendo en el mundo al revés?

Dentro del paquete de atenciones ostentosas, reverencias y multiplicidad de personajes con bisagras en la cintura, habrá acuerdos que se firmarán, acuerdos que, por supuesto, sólo beneficiarán a la visita que se ha dignado mirar al patio trasero de su país que, por cierto, es poseedor de grandes recursos que abren el apetito imperialista.

¿Podremos esperar, los chilenos, que tan ilustre personaje pida perdón por la intervención de su país en el golpe de estado de 1973, que tanto dolor y muerte sembró en Chile? Aún las heridas no pueden sanar, a pesar de los intentos de los gobiernos posteriores al dictador y que han pretendido generar una reconciliación nacional por decreto, maquillando la constitución para hacerla parecer democrática.

Seguramente veremos a Piñera sonriente, obvio, extasiado, hiperventilado, le calzará un hermoso poncho de huaso… ¿le comentará que él tiene un hermano al que le dicen el “negro”? Lo llevará a algún barrio popular, en donde sus habitantes no podrán desplazarse libremente por sus calles, hay que cuidar al personaje, se dirá que los pobres escogidos para el espectáculo son privilegiados por contar con tan ilustre visita, aunque no tengan mucha idea de quién es. Se han pintado los juegos infantiles, le llevarán por las pocas calles pavimentadas, sus habitantes se multiplicarán por la presencia de los que protegen al visitante, no vaya a ser que alguien tenga la osadía de gritarle “Yankee go home”.

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“Cuentos esenciales” de Guy de Maupassant

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Guy de Maupassant
“Cuentos esenciales”
Selección de Marie-Helène Badoux
Traducción de José Ramón Monreal
Ilustraciones de Ana Juan
Mondadori. Páginas 1261.
“Cualquier cosa que se quiere decir sólo hay una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla”

Guy de Maupassant

Cuentan que Maupassant (1850-1893), afirmó aquello de “quince versos bastan para inmortalizar a un autor” En su caso es algo más, pues su obra, extensa y variada, aunque como todo clásico discutida e indistintamente interpretada, su tierno, realista y estremecedor relato “Bola de Sebo” publicado en 1880 fue la brillante salida que despertó en Flaubert tal admiración despertando en él el deseo de ayudarlo en su carrera e introducirlo en su círculo literario.
Posiblemente, partiendo de esos quince versos que pueden bastar para inmortalizar a un autor, Bola de Sebo también habría bastado para quedar entre los elegidos del siglo XIX con perennidad para un calendario ilimitado en el tiempo allá en el horizonte. Todo debido a su imagen certera armoniosamente directa sobre la moral de la burguesía y la aristocracia, propio de un atento observador Y de esta reconocida obra. Lo más fecundo de su emocional prosa, sus relatos, los presenta “Cuentos esenciales” ofreciendo ciento veintiuna historias donde la frescura de tan variados como ricos personajes, ofrecen la muestra impresionante y conmovedora de creatividad, vida de un acelerado tiempo literario que podemos situar en los diez años intensos de creatividad, desde su famosa Bola de sebo en 1980 hasta 1890.

Corto período de vida literaria pero intensa en capacidad creativa logró una rica y variada galería desde sus versos, siete obras de teatro, los libros de viajes pensados en un diario que llegó a escribirse, prefacios a otras obras distintas, estudios críticos, crónicas periodísticas, más de trescientos cuentos y novelas largas y cortas. Un conjunto literario que lo situó entre los grandes del siglo XIX y ser coronado por el escritor Flaubert Pero por encima de las opiniones adversas donde novelas y sus relatos- estos en menor volumen- han sido tachados de tener un estilo poco elaborado y monocorde, posiblemente fruto de una mala interpretación del realismo costumbrista que llevan consigo, así como esa socarronería repleta de fina ironía, que en muchas ocasiones abraza la amargura de las situaciones. Estilo y forma consiguieron cautivar un gran número de lectores necesitados de ese compromiso literario para identificarse con su propia sociedad Esto, sin que el autor obviase la calidad.

Un Maupassant verdaderamente lleno del interés propio de despejado realista, terrorífico, fantástico y poético hasta la sencillez y la ternura. Esos relatos eróticos que transcurren en pocas páginas como “Un día de campo y otro cuentos” en una geografía rural como marco, donde desfilan las prostitutas en busca de amores perdidos en sus días de asueto. O este otro de “Mi mujer” donde un grupo de hombres amigos en un almuerzo entre ellos, se cuentan como conocieron y llegaron a casarse cada uno con su pareja. Aguda crítica de aquello que tantas veces provoca la casualidad. En toda su obra la mujer juega un importante, estando representa en muy diversas facetas en la lucha por la independencia y seductora, ocupan muchos de sus relatos como mujeres seguras de su lucha por un espacio digno e igualatoria al del hombre frente a la sociedad de la hombría. Y como broche, estos “Cuentos esenciales” vienen acompañados por las espléndidas y originales ilustraciones de Ana Juan, una de las mejores dibujantes del panorama internacional.

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La intelectualidad y el affaire Vargas Llosa: ¿Se reunifica el conformismo?

Ariane Díaz y Demian Paredes (LA VERDAD OBRERA - PTS. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

En el artículo de Vargas Llosa “Piqueteros intelectuales” (La Nación, 13/3), el neoliberal ex izquierdista se alegra de coincidir con la presidenta que ordenó “retirar” la carta de “censura”(1), y da su visión de la política latinoamericana en clave del cliché “civilización o barbarie”. Criticando al populismo, acusa a la intelectualidad K de un “nacionalismo primitivo”. De sus dichos, lo más insólito es quizás que busque correr “por izquierda” a los intelectuales K recordándoles el internacionalismo del Che Guevara. Aleccionando, también opone a este supuesto nacionalismo “una izquierda genuinamente democrática” que se habría encarnado en Chile, Brasil y Uruguay, donde ex izquierdistas renunciaron “no sólo a sus tradicionales convicciones revolucionarias” y aceptaron “la alternancia en el poder, el mercado, la empresa y la inversión privadas, y las instituciones formales que antes llamaban burguesas”. El Nobel sigue pifiando: los gobiernos K fueron aliados en todos esos puntos de los gobiernos de Bachelet, Lula y Mujica, y los intelectuales K hace rato han aceptando los valores de la institucionalidad burguesa. Que pagar puntualmente a los organismos multinacionales y mandar tropas a Haití pueda llamarse “nacionalismo”, o que los intelectuales que vienen tragando estos sapos sean considerados “de izquierda”, muestra tanto el derechismo de Vargas Llosa como la adaptación de los intelectuales K, y no los intereses de quienes efectivamente pierden en esa ecuación: los trabajadores y el pueblo son los que soportan la “barbarie” capitalista.

Pero por si quedaban dudas, en lo últimos meses el gobierno de Cristina ha girado a la derecha en sus alianzas, en sus políticas (seguridad, buenos negocios, amenazas a la acción directa) y en su discurso (como el de la apertura de la Asamblea legislativa); los intelectuales K no han estado haciendo más que cubrirle sus espaldas en ese giro. La referencia a los intelectuales K como piqueteros(2), a la que nos referimos la semana pasada, sería casi graciosa si no fuera porque el gobierno no sólo ha amenazado a quienes recurran a la acción directa para defender sus derechos: ha metido sendas causas judiciales a decenas de luchadores, avanzando en la represión, policial o judicial, de la protesta social.

En respuesta, terminada la penitencia que le impuso la presidenta y fortalecido con el apoyo de distintos intelectuales que reivindicaron el derecho a criticar al neoliberal, González escribió a Vargas Llosa(3). Aclara que “no intentaba dar ninguna indicación a las autoridades de la Feria contrapuestas a la presencia” del Nobel, sino a seguir “interpretando la inauguración como el espacio de la voz de escritores”, aunque su “primera carta se prestaba a interpretaciones de diversa intencionalidad”. Haciendo gárgaras con Alberdi, Sarmiento, Borges, Jauretche y más, discute contra Vargas Llosa que quiere “confundir a las buenas conciencias sobre los gobiernos populares que usted busca debilitar”.

El contraataque de González muestra incluso así qué tibio es un intelectual que se pretende crítico pero trabaja de excelso degustador de sapos. Su carta inicial no tuvo que ver con un ataque al neoliberalismo, sino con la defensa por las críticas a su gobierno; algo que le indigna más que la continuidad de funcionarios y armados políticos que se mantuvieron desde el menemato hasta los K. Es González y los intelectuales K los que confunden sobre las políticas de lo que llaman “gobiernos populares”, encubriendo con palabrería de izquierda los giros a derecha.

Pero, ¿no era no sólo legítima sino necesaria la disputa política e ideológica con semejante representante de la derecha? Tibias excusas y mínimas defensas. Todo el affaire Vargas Llosa no hace más que dejar en evidencia que los integrantes de Carta Abierta, que se vanagloriaron de apoyar este gobierno en lo “bueno” y criticar lo “malo”, no sólo no critica al gobierno sino que ya no puede, en virtud de sus compromisos, ni siquiera criticar a un neoliberal declarado. Lo impide la “razón de Estado sin más”, de la que González quiso separarse cuando muchos fanáticos K la esgrimían para tapar nada menos que la muerte de Mariano Ferreyra a manos de la patota de Pedraza (aliada al gobierno aunque éste ahora le haya soltado la mano).

Esos compromisos con la “razón de Estado” son los que criticara el fallecido Viñas, cuya figura, sin embargo, la intelectualidad progre parece estar tratando de usar para reunificarse después de años de disputas entre oficialistas y opositores. En el acto homenaje en la Biblioteca, González se preguntaba si tal escenario sería del agrado de Viñas, a lo que muchos contestaron “no” porque el desaparecido escritor no era afecto a los homenajes y pompas. Pero seguramente el escritor tendría motivos más importantes para ese “no”: que su figura, reivindicada por “polémica”, “comprometida”, “de izquierda”, fuera utilizada para que el homenaje se convirtiera en un acto político de reunificación de la intelectualidad progresista y acomodaticia tras las banderas de un nuevo conformismo. Que tal reunión pueda significar un aporte al pensamiento crítico, a las causas justas y a un proyecto de liberación latinoamericano, es lo que la mojigatería intelectual de Carta Abierta acaba de negar en todo el affaire Vargas Llosa: a lo sumo conseguiremos un berrinche en una mesa de feria. Más probablemente, sólo están adobando nuevos sapos que prepara Cristina para tragar.

Una nueva juventud militante y una intelectualidad que se ubique del lado de los que efectivamente pagan las consecuencias de la derrota de la dictadura y el neoliberalismo, tendrá que hacerse no a la vera de esta intelectualidad sino en disputa con ella.

Notas:
1) Analizamos este debate en las dos ediciones anteriores del periódico La Verdad Obrera.
2) El “ataque” del que habla Vargas Llosa fue una manifestación en repudio a un “seminario” que reunía a derechistas latinoamericanos como Roger Noriega, Aznar, Fox y Macri. No fue llamada por una agrupación cercana al gobierno sino por partidos de izquierda y organizaciones sindicales no alineadas con el mismo. Los “incidentes” comenzaron cuando el micro que transportaba a varios asistentes al seminario se metió entre los manifestantes.
3) “Largas a Vargas”, Página/12, 14/3.

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A alegrarse, a alegrarse, Trump quiere candidatearse.....

María Luisa Etchart (Desde San José, Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Confieso que a veces casi necesito pellizcarme para comprobar que no estoy soñando.

Hoy ha sido uno de esos días, cuando veía y oía en uno de los maravillosos noticieros con que CNN nos suele enseñar de qué se trata la realidad del mundo, vista desde el lado de los eternos “ganadores”: nada menos que a Donald Trump haciéndonos participar de dos de sus alentadores mensajes.

Por una parte, se tomará probablemente hasta junio para decidir si se presentará como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, puesto para el que se siente totalmente capacitado con su gran experiencia en hacer dinero y, como para aumentar sus chances de que se lo considere elegible, narrando cómo estafó a Gaddafi alquilándole un enorme terreno para que pudiera acampar con su comitiva en tiendas de campaña con motivo de una reunión internacional a la que concurrió y luego, fingiendo que no sabía nada del asunto, lo obligó a marcharse del lugar. Parte de su jactancia es que le cobró por el alquiler de algunos días más de lo que la propiedad de los terrenos costaba. Y, como broche de oro, lo desalojó.

Lo peor no es que se jactó de haberlo estafado, sino que se reía felicísimo de haberlo hecho, en medio de la sonrisa rígida de los locutores festejando su “viveza”.

Tras escucharlo y tener que soportar la visión de su estúpido rostro reptil, no me cupo ninguna duda que tal vez llegue a presidente, o al menos merecería serlo, ya que hace años nos vienen acostumbrando a que el Imperio tenga por cara visible a seres de esa calaña. Ah, pero eso sí, elegidos libremente y con todos los procedimientos democráticos de rigor, lo cual realmente no habla muy a favor del pueblo que los vota y luego asiste en silencio a todos los desmadres y guerras que el rostro de turno decida iniciar.

Obama, mientras tanto, en una gira por Sud América muy acotada y poco clara en cuanto a su finalidad, finge estar casi de vacaciones y no ha dado una sola explicación sobre el ataque aéreo en Libia mientras los generales y personajes entrevistados al respecto, no saben ya qué decir pues por enésima vez su país inicia ataques (no defensas) contra tierras lejanas que tienen una realidad en común: la presencia abundante de petróleo en sus sub-suelos, justificándose con que lo hacen para defender poblaciones civiles, mientras siguen cometiendo crímenes con sus cobardes drones donde también mueren seres que son tan civiles como los de Libia.

¿Es que todavía necesitamos más pruebas de la codicia y la locura de este modelo que está llevando a nuestro bellísimo planeta al peligro de extinción?

¿No es suficiente para los hombres y mujeres de buena voluntad tener que comprobar día a día el rumbo incierto que se está imprimiendo al mundo, para encima tener que escuchar al gran número de “idiotisaurios” poner caras de entendidos en cada tema y justificar lo que no tiene justificación posible, llenándose la boca de acusaciones contra los “dictadores” y fingiendo saber todo sobre países de los que realmente nada sabemos?

Lo que más me sorprende es que en su mayoría se llaman a sí mismos “cristianos”, como si el ser a quien dicen adorar hubiera alentado las guerras, la muerte, la destrucción, en vez del amor y la compasión., o hubiera procurado acumular riquezas y suntuosos palacios en vez de transitar casi en harapos y en compañía de los pobres los senderos pedregosos de su tierra natal.

Las realidades de cada día son suficientemente dolorosas y preocupantes, para encima tener que deglutir tanta mentira e hipocresía que las acompaña, para lo cual no hay medicamento digestivo que surta efecto, aunque seguramente algún famoso laboratorio ya debe estar trabajando para producirlo. Eso sí, va a tener varios posibles efectos colaterales, entre los que puede estar el anestesiar parcial o totalmente nuestras conciencias, pero que seguramente igual va a ser aprobado por la DEA. Así que, muchachos, DON´T WORRY, BE HAPPY!

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De ti NO habla la fábula

Ariane Díaz (LA VERDAD OBRERA - PTS. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)
La muerte de David Viñas, escritor y ensayista reconocido tanto por sus aportes a la literatura y a los debates político-ideológicos como por su estilo polémico (que le granjearon tantos admiradores como enconos), suscitó que intelectuales de distintas tendencias y tradiciones políticas (muchos protagonistas de eruptivas peleas con el homenajeado) y hasta ahora enfrentados en la visión del gobierno nacional, coincidieran en reivindicarlo en distintos medios y en un acto homenaje en la Biblioteca Nacional.

Un balance de la obra de Viñas amerita sin duda más que unas breves líneas, y quizás ante una muerte cercana, pesen más los recuerdos de la persona que sus escritos. Seguramente habrá en los próximos meses nuevas ediciones y artículos sobre el autor. ¿Sincero respeto por un maestro o por un adversario de altura? ¿Oportunismo? Probablemente, alguno o ambos elementos en algún “recordante”. Pero lo cierto es que la obra y vida de Viñas amerita más que una mirada apaciguadora. Merece nuevas polémicas. No las hubo, sino una llamativa unanimidad.

Sin embargo, el balance de su trayectoria parece haber producido, en varios de los homenajeantes, algo que hubiera sido del agrado del homenajeado: incomodidad. El elogio de Sarlo culmina con lo que considera hubiera sido un seguro reproche que Viñas: estar en “el diario de los Mitre”, una muestra de “lo muchos que nos separaba”. González lo evoca como “un intelectual al margen del Estado” y apela a la definición de “englutir”: “era cuando alguien que parecía libre se dejaba tragar por el régimen. Era su tema…”. Grüner se siente compelido a pronunciarse de acuerdo con Viñas en no “ser oficialista” y a traer a cuento la polémica sobre Vargas Llosa. Parece que Viñas deja una última oportunidad de ser polémico.

¿Qué es lo que inquieta a los reunidos intelectuales social-liberales o nac&pop? En primer lugar, las ideas políticas de Viñas y su lectura de las tradiciones intelectuales, plasmadas en sus ensayos y ficciones. Desde la publicación en 1964 de Literatura argentina y realidad política, que sintetiza en buena medida su estilo polémico y la clave de su lectura de la cultura nacional, no sólo es su marca la cruza desvergonzada (muchas veces iluminadora y también muchas veces unilateral) entre literatura y realidad que tanto asusta hoy a las modas textualistas de la Academia; sino también el ataque despiadado a las clases dominantes nacionales, así como el hincapié puesto en la violencia implicada en la constitución de nuestra “república”. Si la apertura del libro destaca la violencia política del período de emergencia de lo que sería nuestra intelectualidad nacional (“La literatura argentina comienza con una violación”, en referencia a un relato de Echeverría), las distintas series temporales que ordenan sus escritos intentan plasmar cómo esa generación de ideas “románticas” va encumbrándose en el poder hasta conformar la clase dominante de 1880 que, Campaña del Desierto mediante, constituye la nación moderna. La continuidad hasta hoy de esa oligarquía es algo que nunca dejaría de destacar: “Yo creo que esa secuencia está marcada por la trayectoria de esta institución y este grupo social que hoy pretende ir recomponiéndose pero que, a lo largo del tiempo, su carozo viene representando en su esencia lo mismo. Martínez de Hoz es el ministro de economía de la dictadura de Videla en 1976. Y no tan casualmente encontramos el mismo apellido Martínez de Hoz en el primer lugar de la lista de la carta que la Sociedad Rural le envía al general Roca en 1879. (…) Lógicamente con vaivenes, sino terminaríamos pesando que la oligarquía argentina es un caño sin costura”. Pero para Viñas ese sector no incluía sólo a la Sociedad Rural que el gobierno busca hoy como “mejor enemigo” para justificar sus giros de derecha, sino al conjunto de la burguesía nacional, que “tiene tan sólo un proyecto de sobrevivencia”. Una lectura donde no quedan exculpados ni la República ni el Estado, ni la oligarquía pero tampoco la burguesía nacional, ni se ocultan los posicionamientos frente a ello de los intelectuales y escritores, más allá de los matices y las virtudes estéticas que pueda tener cada uno (que no deja de analizar).

En segundo lugar, lo diferencia su propia práctica. A viñas pueden criticársele (y en muchos casos él mismo lo ha hecho), diversos posicionamientos. La propia experiencia contornista autocriticó su inicial gorilismo. En obras de ficción narró la decepción del proyecto frondicista que abrazó en su momento. Discutiendo alrededor de su Indios, ejército y frontera, criticó haber tenido sobre la dictadura de Videla una mirada “liberal” que dejaba “un vacío”, el análisis de clase que lo sustenta. Para acercarnos en el tiempo, en los años de gobierno kirchnerista no escapó, aunque inicialmente con más dudas, de cierta defensa de algunas de las medidas del gobierno, pero mantuvo: “Siento un gran rechazo por los mismos que ellos rechazan. Pero hace falta más análisis político. (…) Adhiero, pero un intelectual no puede ser oficialista. Perdón. (…) Militantes sí. Pero me guardo ese margen de discrepancia”.

Estos elementos son los que incomodan a los homenajenates, porque son los que efectivamente reúnen al conjunto de la intelectualidad progre, desde hace unos años quebrada por el apoyo al gobierno o no. Probablemente como “lección” de su experiencia frondicista, Viñas entendía que ser un intelectual militante de una causa no es ser un oficialista. Más fiel que muchos que citan a su favor la idea de “intelectual comprometido” referenciado en el caso Dreyfus, Viñas no parece haber olvidado que los dreyfusistas no fueron sólo los que decidieron tomar partido por una causa justa, sino los que comprendieron que dichas causas chocaban con “la razón de Estado”.

A lo largo de su vida, mientras compartió con los intelectuales de su época la radicalización política e ideológica de mediados de la década de 1950 a 1970 y el exilio, no los acompañó en la adaptación a la “razón de la democracia” burguesa a la salida de la dictadura. Mientras los intelectuales social-liberales y nac&pop, en esto en perfecto acuerdo, catalogaban sus viejas ideas como pecados de juventud y abogaban intelectual y políticamente por un progresismo cada vez más lavado, cuando no enfrentado directamente a la acción directa, Viñas reivindicaba sus influencias anarquistas y continuaba hablando de las tareas de “la izquierda”. Por ello en la entrevista que ya mencionamos decía: “Es una tarea a hacer: construir un pensamiento alternativo desde la izquierda. Ajustar las cuentas con el liberalismo democrático y el nacionalismo populista…”.

No pretendemos construir nosotros un “Viñas trotskista”. Nuestro balance de sus posiciones no estaría exento de distintas críticas así como de la consideración de diversas ideas provocativas y acertadas, balance que amerita desarrollarse con más espacio. En cuanto al lugar del intelectual, no consideramos que “intelectuales críticos” sean suficientes para constituir una fuerza social capaz de acabar con este sistema social, sino que militamos por la fusión de la intelectualidad revolucionaria con el movimiento obrero en un partido revolucionario que pueda dirigir esa lucha. Pero de lo que sí estamos seguros es que de muchos NO habla la fábula de la trayectoria del autor de Dar la cara; y si lo hace, es para polemizarles. Utilizarlo como prenda de unidad atrás de un proyecto burgués no hace más que resaltar esas diferencias.

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“La lección de anatomía”, de Rembrandt

ARGENPRESS CULTURAL

“La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp” es un cuadro del pintor holandés Rembrandt (Leiden, 15 de julio de 1606 – Ámsterdam, 4 de octubre de 1669).


Fue pintado en 1632. Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo, que mide 169,5 centímetros de alto y 216,5 cm de ancho. Se conserva en el Mauritshuis de La Haya (Países Bajos).

Es el primer retrato de grupo pintado por Rembrandt, que tenía entonces 26 años. Fue un encargo del potente gremio de los cirujanos, de los cuales Tulp, famoso médico de Ámsterdam, era un representante eminente. Un cuadro de similares características fue pintado por Thomas de Keyser en 1619.

En 1828 se decidió la venta pública de este cuadro en favor de la caja de las viudas de cirujanos. El rey Guillermo I impidió esta venta y ordenó comprar esta obra maestra para su «gabinete real de pinturas».

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