jueves, 26 de mayo de 2011

“La Cultura Fariana”. Tres novelas del guerrillero Gabriel Angel

Dick Emanuelsson (ANNCOL. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

“La Cultura Fariana” es una parte indispensable de la actividad política-militar de la guerrilla de las FARC. Cada periodista que ha visitado un campamento de la guerrilla se sorprende la primera vez cuando los mandos guerrilleros reúnen a todos los guerrilleros y se sienten en su aula.
Sube el primero guerrillero y si no es nervioso antes y durante un combate con el enemigo en el campo de batalla, pues se nota que es casi asustado para estrenar su nuevo poema, un poema cuyas líneas ha escrito arduamente durante toda una semana para oficializarlas este miércoles, que es el Día Cultural en la guerrilla, ante de sus camaradas.
Y uno se sorprende por el profundo contenido de pensamientos y sentimientos acumulados, no solamente durante su estancia en la guerrilla sino de una vida como campesino, obrero, estudiante o un colombiano en común.
Abajo presentamos uno de los más destacados poetas y novelistas de la guerrilla, GABRIEL ANGEL, que presenta tres nuevas novelas. Me imagino que esa parte del movimiento político-militar más antiguo en Latinoamérica ha sido no muy publicado en los grandes medios. Pero ahí está, una parte de la formación de los combatientes que muchas veces es tan importante como el ABC del marxismo o cómo manejar el fusil.

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1) LA CAÍDA DEL GUERRERO
Por GABRIEL ANGEL, poeta y guerrillero de las FARC-EP
Montañas del Magdalena Medio, 19 de mayo de 1998

Al principio Romaña tuvo vacilaciones serias acerca de lo que realmente sucedía. Descartó que soñaba porque el tiempo transcurrido en aquellas tinieblas era demasiado largo. Sus sueños siempre habían sido breves, y en ellos la sucesión de los acontecimientos lo trasladaba de una situación a otra en forma desordenada, mientras que aquí, la conciencia de hallarse sumido en la más absoluta oscuridad se prolongaba indefinidamente sin principio ni fin. No entendía bien cómo había resultado metido en aquel universo negro. Sólo sabía que estaba allí y que no veía nada, no escuchaba nada, no olía nada. Inicialmente pensó que estaba muerto, que esa era la muerte, pero desechó esa sugestión cuando no obstante haber intentado en vano contar los dedos de su mano que ubicaba frente a sus ojos, descubrió que al posarlos sobre su rostro los sentía. Tenía la certidumbre de que las almas no palpaban, de que todo cuanto intentaran tocar sería traspasado por ellas. Al menos eso había escuchado desde niño cuando sus padres, tíos y abuelos conversaban en la finca sobre esos temas. Pero él sintió perfectamente su cara, sus dedos y todo el resto de su cuerpo, cuando inquieto por la duda deslizó sus manos por sus brazos, sus piernas, su cabeza y su tronco. En voz baja se dijo: “Estoy vivo”. Y tras pensarlo unos instantes, agregó: “Y no estoy herido”. Decidió que lo mejor era esperar. Muchas veces se presentaban cosas que no se podían entender y frente a las cuales la primera reacción era el reclamo por una explicación. Después, cuando ya todo resultaba claro, se caía en cuenta de lo imprudente que había sido obrar de esa manera, y se deseaba mejor no haber abierto la boca, pues con ello sólo se conseguía disminuir la opinión sobre la confianza que podían tener en uno. En el momento menos pensado, lo llamarían de la Dirección. Ellos decidirían la ocasión más conveniente para ello.

Lo que más llamaba su atención era que salvo su conciencia de sí y el hecho de sentirse, parecía como si no hubiera nadie ni nada más en la sombra espesa en que se hallaba. Su temor a violar la disciplina venció por un tiempo su deseo temprano de gritar para llamar a alguien. Después, su necesidad de compañía venció sus aprensiones y llamó con todas sus fuerzas a quien pudiera escucharlo, sin obtener siquiera la respuesta de su eco. Lo hizo una y otra vez, muchas veces, con largos intervalos de tiempo entre una y otra ocasión, hasta que se cansó y resolvió no volver a insistir. Nunca tropezaba con nada ni sus manos encontraban ningún tipo de objeto. No tenía referencias para saber en dónde estaba el norte o el sur, y no podía saber si estaba arriba o abajo. Eso mortificaba especialmente su ánimo, pues tantos años de guerra lo habían habilitado para orientarse aun en la más oscura de las noches, hasta el punto de ser capaz de regresar por la misma ruta sin haber encendido una sola vez la linterna. Aquí tenía que reconocerse absolutamente perdido, pues no tenía la menor idea de a partir de cuál punto había empezado a deambular. A la molestia de no toparse ninguna cosa, se añadía la de no poder captar el transcurrir del tiempo. Allí no había días ni noches, mañanas ni tardes, inviernos ni veranos. Tampoco sentía que le crecieran las uñas, ni el cabello, nunca había tenido barba, luego no podía saber cuánto tiempo llevaba allí. No le valió llevar la cuenta de las veces en que se acostaba a dormir, porque el sueño se tenía con frecuencia unas veces y otras tardaba mucho en manifestar sus afanes. Incluso, si se quedaba en silencio, no podía distinguir con certeza si estaba despierto o no. Sólo esperaba que la explicación que le dieran los de la Dirección compensara la paciencia de que hacía gala. Se felicitaba por haber sido siempre un hombre de pocas palabras, pues pensaba que si hubiera sido uno de esos que necesitan estar hablando a todas horas, seguramente ya se habría vuelto loco. De lo que sí tenía la certeza era que su estadía en aquella oficina de tránsito, como había resuelto llamar su estado, se estaba prolongando mucho más allá de cualquier cálculo. Y sin posibilidad de terminar la biografía de Camilo que tenía pendiente. Ésta hubiera sido la oportunidad para leer ese y otros libros.

Pensaba en eso, cuando le pareció ver una mariposa brillante que en forma fugaz voló nítida a una distancia no muy lejana. Era la primera vez que podía calcular una distancia, lo que le abrió enseguida las puertas a su curiosidad. La mariposa, o lo que fuera que se le parecía, se mostraba y luego volvía a desaparecer, unas veces a la izquierda, otras a la derecha. Romaña, intrigado, quiso acercarse a ella, pues su vuelo más bien era suave y lento. Caminó hacia allá. Como sus pasos no producían ruido alguno, estaba seguro de no asustarla. Por su parte, la cosa que volaba detuvo su movimiento y quedó fija como si flotara en el aire. Entonces le pareció a Romaña que en realidad no era una mariposa, sino un par de cocuyos gemelos que danzaban tomados de sus patas. Al arrimarse más, percibió que aquellos foquitos también lo habían detectado a él y que se le aproximaban. Se le situaron a unos 50 centímetros, justo a la altura de sus ojos, apagándose por instantes pero brillando de nuevo enseguida. Romaña comprendió que se trataba de otra persona y que lo que había estado siguiendo era su parpadeante mirada. Apenas le dijo: “Buenas”, escuchó de inmediato una voz familiar que le respondió: “¡Jefe! No sabe cuánto tiempo llevaba buscándolo, mi hermano”. Emocionado, Romaña se lanzó a los brazos del otro, que no veía pero sabía que estaban allí, y abrazándose a él exclamó: “¡Aníbal! ¡Negro! ¡Es un gusto encontrarlo!” Diez segundos después, el par de guerreros lloraban felices por volverse a encontrar, y se contaban atropelladamente todas las desventuras soportadas tras su caída en aquel laberinto. Más calmados, se sentaron en el suelo y continuaron su conversación. Aníbal advirtió que no tenían ningún afán, pues si querían podían quedarse hablando allí para toda la eternidad: “Estamos muertos, Jefe. Hace ya mucho que abandonamos el mundo”. Romaña no quiso creerle. “Yo que le digo, mi hermano. A mí ya me lo confirmaron”, insistió el negro. Romaña discutió: “Pero ¿Cómo? Si estuviéramos muertos no estaríamos aquí hablando, ni sentiríamos nuestros cuerpos al tocarlos. ¡No somos almas!” Aníbal respondió: “Tal vez no seamos almas, pero lo que sí somos es finados, Jefe. Créale al negro cuando le dice”. Romaña empezó a recordar. Claro, se dijo en silencio. Si al negro lo mataron cuando estaba con la Franco por el Opón. Y eso hace meses ya. Entonces pensó que estaba dormido y que soñaba. En la Escuela había aprendido bien que la muerte era la interrupción definitiva del funcionamiento del organismo y que sin éste no existía pensamiento, ni sentimientos, ni nada. Luego hallarse conversando Aníbal carecía de lógica. El negro siempre se dormía en clase y por eso no había aprendido. Eso lo explicaba todo. Aníbal interrumpió sus cavilaciones: “Sé lo que piensa, Jefe. Pero acuérdese de una cosa: los revolucionarios nunca mueren, aunque destrocen sus cuerpos”. Romaña quedó mudo. El argumento había sido contundente. Aníbal agregó: “Nuestra tarea es contribuir a mantener en alto la moral de los muchachos”. Romaña se sorprendió con el alud de recuerdos que se precipitó a su mente. La carrera del civil en la Cooperativa y el grito: “¡Viene gente uniformada! ¡Y armada!” La balacera que siguió. Se vio a sí mismo como en un video, rodilla en tierra cubriendo la retirada de los demás. Y su decisión: “¡Aquí me hago matar, pero los civiles salen!” Lo comprendió todo. Había caído combatiendo. Aníbal prosiguió: “Los que morimos para que los demás vivan, ganamos el derecho a continuar”. Romaña balbuceó: “Explíqueme el resto negro”. Aníbal lo atendió: “Después de vagar por las tinieblas también hallé unos ojos. A mí me explicó todo Sandra, la del 12. ¿La recuerda? En adelante, cada uno será el espíritu guardián de la región donde cayó. Ahora que lo encontré a usted, Jefe, puedo cruzar otra vez el Magdalena y situarme en el Opón. Ya casi me voy. Romaña preguntó: “¿Con quién voy a encontrarme yo?” El negro respondió: “Con otro del mismo Frente, hay alguien que espera por usted”. Romaña interrogó: “¿Miryam?” “¿Y quién mas iba a ser?” Repostó Aníbal. Y añadió: “Sandra me dijo que Miryam no aceptaría a ningún otro y que si usted también la prefería a ella, iban a dejarlos juntos para que cuidaran de la región del Nordeste”. Romaña se sintió poseído de una violenta ansiedad. Preguntó: “¿Cuándo me encuentro con Miryam?” El negro aclaro: “Después que me prometa una cosa Jefe. Ustedes van a ayudar a los guerreros vivos para que puedan conservar a su lado la pareja que aman”. Romaña contestó: “Eso es lógico. No tiene discusión”. Y picado por la curiosidad preguntó a Aníbal a qué se había comprometido él. No pudo ver la sonrisa del negro, pues el vicio de fumar había cubierto su dentadura de una película que le impedía brillar. Pero Aníbal estaba más que complacido. “La misión principal es mantener viva la llama de la esperanza en la conciencia de los combatientes, Jefe. Ellos nunca nos verán, pero sentirán nuestra presencia. Lo de la promesa es un favor al que tenemos derecho. Yo voy a ayudar a los guerreros vivos para que nunca les falten los cigarrillitos, mi hermano. Los días en la Franco fueron difíciles”. Romaña preguntó: “¿Entonces yo hubiera podido comprometerme a otra cosa?” Aníbal respondió: “¡Claro! Pero ya no. Ya me hizo una promesa”. Romaña argumentó: “Pero fue una viveza suya negro. No me dijo que podía escoger”. El negro exclamó: “¿Y se arrepiente de lo que dijo?” “No. Eso está bien. ¡Pero ni en la otra vida deja usted de ser tramposo, negro!”, le replicó Romaña riéndose de la inagotable malicia de su interlocutor. Éste le dijo: “Lo que pasa Jefe, es que a la gente hay que ayudarla en sus cositas. Ustedes sólo piensan en la política. El negro poco entiende de eso, pero mis mafias son buenas. El negro siempre ha sido firme con su gente”.

Romaña lo abrazó y se despidió de él: “Gracias por todo, negro, me voy a buscar a Miryam”. Tras la calurosa despedida de Aníbal, Romaña echó a andar sin ningún rumbo. Entre semejante oscuridad le era imposible saber a dónde dirigirse. Sentía una felicidad enorme. Había muerto como caían los guerreros, combatiendo. Había ganado el derecho a la eternidad. Y para rematar, iba a volver a encontrarse con Miryam y a seguir con ella para siempre. Volvió de nuevo a sentir la opresión del silencio y de la ausencia de las cosas. Al cabo regresó su inquietud por no poder determinar el transcurso del tiempo. Cuando ya comenzaba a desesperar, divisó a lo lejos el aleteo de una mariposa dorada. Seguro de su significado se abalanzó hacia ella en veloz carrera. No fue sino abrazar a Miryam y la oscuridad desapareció enseguida. Desde lo alto, en medio de una atmósfera infinitamente azul, vieron los dos cómo los rayos del sol iluminaban la margen izquierda del Río Magdalena. Y como si fuera un mapa, empezaron a localizar sobre el terreno los sitios conocidos. Sus ojos, un poco encandilados aún, distinguieron el valle del Río Cimitarra, las ciénagas, las montañas tapizadas de verde, el barro rojizo de las minas, los pastizales de los potreros. Buscando con más detalle, descubrieron una columna guerrillera que avanzaba por entre la selva. Se acercaron a ellos. Reconocieron su gente. Miryam tomó de la mano a Romaña y le susurró al oído: “Vamos. Marchemos siempre con ellos. Nuestra tarea nos espera”. Romaña asintió, recordó a Aníbal y dejó escapar una carcajada de alegría.
Montañas del Nordeste, primavera de 1.997.

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2) El umbral de la felicidad
Por GABRIEL ANGEL, poeta y guerrillero de las FARC-EP
Montañas del Magdalena Medio, 19 de mayo de 1998

A papá

Solamente dos varones eran admitidos dentro del convento de aquella comunidad religiosa. El primero, Antonio, era un hombre delgado, bastante entrado en años, de cabello cano y maneras solemnes, quien por obra de tantos años de trato con las sucesivas madres superioras que ocuparon la dirección del claustro, había adquirido un tono de voz semejante a susurros y una mirada de ojos nerviosos notablemente sumisa. Su función era la de portero y mandadero, una especie de vínculo ocasional entre el conjunto de mujeres consagradas de por vida a la oración y al culto a Dios, y el mundo exterior al que habían renunciado para siempre. Por su talante servicial, casi rayano en la abyección con las prioras, resultaba odioso para muchos de las novicias, quienes veían en él una especie de delator, siempre presto a informar a la Superiora cualquier indicio de comportamiento irregular, hombre a quien no podían confiar absolutamente ningún secreto, algo grotesco y odioso. Por el contrario, el jardinero del convento, a quien se ubicó en una celda del primer piso de la edificación, era casi un muchacho. No muy alto, de escasos 22 años, blanco, cabello perfectamente negro y liso peinado hacia atrás, de facciones bellas, imberbe aún y de trato amable y grato, se había ganado las simpatías de todas las religiosas, por quienes, no obstante tener una relación muy ocasional y fugaz, siempre estaba dispuesto a correr el riesgo de traer de afuera y entregar de manera clandestina cualquier encargo o razón. Sus salidas del convento eran mucho menos frecuentes que las de Antonio, pero se le permitía de vez en cuando ir de visita a la finca de sus padres, una familia de campesinos pobres que vivía en una vereda próxima a la del convento, en aquella región de cordilleras abruptas, de clima frío y en la que llovía con frecuencia. Juan, como se llamaba el jardinero, apenas tenía la cultura elemental que le había suministrado una maestra rural durante los únicos 4 años de educación primaria a que tuvo acceso, antes de que su padre resolviera que ya era tiempo de que se sumara a las tareas agrícolas de su pequeña propiedad. Era sí muy diestro en todas las labores del campo. Desde ordeñar cabras, sembrar papa y maíz, lidiar con bestias de carga, manejar el azadón y el machete, cultivar flores y trabajar la madera con destreza. Por recomendación de un antiguo alcalde conservador del municipio, a quien su padre apoyaba fielmente en épocas electorales, había logrado obtener su empleo en el convento. Las relaciones de las sucesivas madres superioras con el jefe conservador local se fortalecieron desde cuando supusieron un peligro en el hecho de que en las 4 últimas elecciones presidenciales hubiera ganado siempre el partido liberal. Desde la primera vez, hacía 15 años, se había empezado a oír que donde quiera que las alcaldías eran ocupadas por liberales, los mismos alcaldes iniciaban acciones de violencia contra los conservadores que habían estado antes en el poder durante casi medio siglo, y que en esa persecución eran incluidos los curas y las monjas por haber estado tan ligados al anterior régimen. Aunque eso no había ocurrido en ese municipio, el jefe conservador, el cura y las monjas, consideraban que había que tomar precauciones. Allí el conservatismo se había impuesto abrumadoramente en las urnas, porque la gran mayoría de sus más longevos habitantes todavía conservaban en el recuerdo como un episodio personal, el triunfo en la batalla de Palonegro, y esa emoción se la habían logrado transmitir a su descendencia. Pero los alcaldes eran designados por el gobernador y éste directamente por el presidente de la república, por lo que al frente de los destinos de la localidad habían permanecido liberales todos estos años. Las superioras de la comunidad nunca habían dejado de temer un asalto al convento. Y no tenían confianza en la policía porque sabían que era gobiernista. Juan, como otros antes que él, había entrado a trabajar como jardinero en el convento, precisamente como consecuencia de esas prevenciones. Contar en el claustro con un hombre joven, fuerte y obediente, de mente sana y familia confiable, que pudiera llegado el caso hacer respetar de algunos agresores el edificio, o cuando menos que estuviera en condiciones de correr deprisa en busca de ayuda, se les había antojado imprescindible a las superioras, y una excelente idea a don Pedro, el jefe conservador local.

Juan tenía una especial habilidad natural para agradar. Su tono de voz siempre cortés y afectuoso, el hecho de nunca presentarse al convento de regreso con las manos vacías, sino con algún obsequio para la madre superiora, que podía ser un queso, una arepa grande de maíz, un Cristo tallado pacientemente en madera, o un tarro de arveja verde ya desgranada, o para las monjas de manera subrepticia, a quienes fascinaba la cuajada con panela, la miel de abejas o los dulces que hábilmente preparaban su madre y sus hermanas, sumado todo a su actitud cómplice con las sencillas veleidades que se permitían algunas novicias, de las cuales ni una sola vez había informado a la priora, lo tenían convertido en la nota alegre y simpática de aquel encierro lúgubre y aburridor. Fueron esas circunstancias las que le permitieron un día en que se ocupaba de cuidar las flores con dedicado esmero, acariciar la mano a Sor María de los Ángeles, quien había sido enviada por la madre superiora al jardín a pedirle un atado de rosas para adornar su habitación. Ocurrió cuando ella se le acercó y le señaló con el dedo índice las flores que quería que él cortara. La novicia retiró su mano deprisa e intentó un reproche instantáneo con la mirada. Pero no dijo una sola palabra. Juan poseía una expresión verdaderamente angelical en el rostro. Sus ojos negros despedían un aire tal de ternura, que María de los Ángeles más bien se sintió dominada por él. Juan le pidió que no fuera a enojarse, le dijo que solamente de esa manera había podido valerse para enterarla de que entre todas las monjas del convento ella era la más linda y la única que lo atraía, y que aunque había logrado esconder sus inclinaciones por mucho tiempo, ya en ese momento le resultaba imposible contenerse y tenía que hacérselas conocer. Sor María de los Ángeles lo mandó a callar y al ir a recoger con afán las rosas para marcharse de allí, se pinchó los dedos con varias espinas por lo que lanzó un pequeño quejido, dejó caer las flores al piso y se llevó los dedos a la boca para chuparse la sangre que brotó por los pinchazos. Juan recogió rápidamente las rosas y se las ofreció con delicadeza diciéndole: “Hermanita, por lo que más quiera, perdóneme. Me duele tanto que por mi culpa se haya hecho daño. Le juro que mi única intención era la de hacerla feliz a usted”. Sor María de los Ángeles lo miró al rostro y leyó en él tal expresión de vergüenza y pesar que no pudo evitar conmoverse. Entonces procedió a tomar las rosas con precaución por su tallo, y sonriendo bondadosamente con gratitud le respondió en tono amigable: “No se afane tanto por eso Juan, tampoco es que se me vaya a salir el alma”. Todo el cuerpo de la novicia estaba cubierto por el hábito y sólo su rostro enmarcado por el óvalo de sus prendas permanecía al descubierto. Quizás tendría unos 18 años. Su piel era intensamente blanca y sus ojos brillaban con la tonalidad del mar. Sus facciones eran finas y hermosas. Juan se lo dijo y además le agregó que estaba profundamente enamorado de ella. Sin darle tiempo de reaccionar ante su atrevimiento, le aseguró que si aceptaba su amor, él estaba dispuesto a volarse de allí llevándola consigo para que se casaran y tuvieran muchos hijos bonitos. Sor María de los Ángeles, más interesada en partir que en continuar oyendo tales blasfemias, le dijo sin embargo antes de darse la vuelta y correr en dirección al edificio, que otro día hablarían de eso. Unos días después se cruzaron otras breves palabras y Juan logró a partir de ruegos, arrancarle la promesa de acudir a su habitación en la noche, a las escondidas, cuando todo el mundo estuviera durmiendo, para que pudieran conversar con toda libertad. Llena de pánico, con la voz temblorosa, a eso de la media noche, la novicia cumplió su palabra. A partir de entonces, cada vez que les fue posible, la pareja de arriesgados enamorados se reunía en secreto para dar rienda suelta a su mutua admiración. Su amor creció como la espuma de las crecientes del río y los condujo a apresurar los planes de su huida. La prepararon todo para un día sábado. La noche previa a su escape, desnudos y adorándose con una devoción casi sublime, el par de muchachos se juraron amarse para toda la vida y dedicarse por entero en adelante a alimentar su felicidad.
Tan sólo unos cinco segundos habrían transcurrido desde cuando sor María de los Ángeles salió de la habitación de Juan, cuando éste escuchó la voz de Antonio afuera, en el pasillo, que con acento fuerte preguntaba: “¿Quién va ahí?” Y lo oyó agregar de inmediato: “¡Espere! ¡No corra!” Con el alma en vilo alcanzó a distinguir el sonido de los pasos en carrera de María de los Ángeles hasta donde comenzaba la escalera y sintió que el susto lo paralizaba. Casi enseguida oyó que se aproximaban hasta su puerta unas pisadas y uno a uno sintió los golpes que Antonio daba en ella como si se los estuviera dando a él en el corazón. Lo escuchó gritar: “¡Juan! ¡Ábrame! ¿Quién era la novicia que acaba de salir de aquí?” Optó por no atender ninguna de sus preguntas, a pesar de su larga insistencia en repetirlas. Al fin oyó que se marchaba. El resto de la noche estuvo llena de horror para él. Sólo lo reconfortaba la certeza de que Antonio no había podido saber cuál de las monjitas había estado encerrada con él. Y se juró que por boca suya jamás se sabría. Nunca le pareció tan demorada el alba. A la mañana siguiente Juan caminó con la angustia de un sentenciado a muerte hacia la oficina de la madre superiora. Su palidez y el aire supremo de tristeza en los ojos eran las manifestaciones más evidentes del inmenso sufrimiento que lo embargaba. Dos pasos atrás de él caminaba Antonio, quien con mirado acusadora e inquisitiva había ido a buscarlo en nombre de la priora. El interrogatorio de la madre superiora fue implacable. Sus amenazas también. Le habló del tremendo pecado mortal en que se hallaba y como el alma suya y la de la impía estaban condenadas al infierno. Le juró hacer caer sobre él todo el poder del señor Pedro. Profirió cuanta advertencia se la vino a la cabeza. Pero Juan no abrió la boca una sola vez. Su consciencia estaba en otra parte. Viajaba por los límites infinitos del dolor y la desesperación. Comprendía que había perdido a su María de los Ángeles para siempre, que ni siquiera iba a poder verla una sola vez más. Una terrible tempestad ocurría en su interior. Sentía que iba a morir por causa de aquel dolor y hasta lo deseaba. En algo más de un mes Juan había conocido los dos extremos del par de sentimientos más profundos que puede experimentar el alma humana, el del amor que crece y el del amor que muere. Era demasiado para su noble naturaleza. Cansada por averiguar inútilmente por el nombre de la novicia pecadora, la madre superiora soltó al fin su veredicto: “Está expulsado del convento, Juan. Jamás volverá a poner un pie en esta casa de oración que ha mancillado. Y ninguna de las novicias saldrá de aquí nunca. Márchese. Ya hablaré con don Pedro”. Aquellas palabras le sonaron a Juan peores que una condena a muerte. Cuando la reja del jardín se cerró a sus espaldas, una amargura desconocida hasta entonces por él amenazó con ahogarlo. Respiró por última vez la fragancia de las flores que tanto había cuidado y por primera vez desde la impresión de la noche anterior, como no le ocurría desde hacía muchos años cuando dejó de ser niño, un par de lágrimas comenzó a rodar por sus mejillas. Al caminar como un autómata, las lágrimas se hicieron más abundantes, y desde su pecho subió hasta su garganta un gemido de dolor. Con el codo derecho en alto, Juan tomó el camino intentando contener las lágrimas con el dorso de su mano y quejándose como una cría. Sólo hasta el día siguiente, hambriento pero sin el menor deseo de probar alimentos, se presentó a su casa. A su padre le dijo apenas: “Me echaron del convento. Volveré a trabajar con Usted”. Poseído completamente por la amargura, se hizo el juramento de vengarse de Antonio. Para ello se llevaba todos los domingos un enorme cuchillo debajo de sus ropas y se ubicaba a una prudente distancia del convento vigilando la salida del delator, con el ánimo de sorprenderlo solitario cuando se dispusiera a ir al pueblo. Pero el maldito no le dio el gusto. Debía haber cambiado el día en que acostumbraba a salir porque Juan nunca pudo topárselo. Unos dos meses más tarde, con el alma destrozada y sin esperar nada de la vida, Juan decidió bajar al caserío. Allí fue enterado de que don Pedro necesitaba hablar con él. Entró a su casa temeroso de la reprimenda, pero para su sorpresa el jefe no le reprochó nada. Tras preguntarle por su padre y hacerle saber que estaba enterado de su aventura en el convento, le dijo: “Juan, ya usted es todo un hombre. Los tiempos están difíciles y el partido conservador necesita que hombres de su confianza se preparen en el ejército. Para calmar la ira de la madre superiora y a la vez asegurar un servicio a la patria, he pensado que es bueno que usted se vaya a pagar el servicio. Presénteseme aquí el lunes preparado para marcharse”. Juan respiró aliviado cuando salió de allí. Y regresó el día señalado. Había decidido que lo más conveniente era marcharse a otro lugar, al que fuera, con tal de calmar ese dolor que amenazaba con destruirlo. Y se hizo un juramento: nunca más volvería a enamorarse de una mujer para no soportar de nuevo un martirio como el que vivía. Partió para el cuartel. Más pensando en arrancar de su alma el recuerdo de María de los Ángeles que en complacer a don Pedro. No entendía qué significaba la patria.

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3) LA DANZA DE LAS LIBELULAS AZULES
Por GABRIEL ANGEL, poeta y guerrillero de las FARC-EP
Montañas del Magdalena Medio, 19 de mayo de 1998

Aquella madrugada, una nube de exóticas libélulas azuladas de alas transparentes se fue posando sobre las aguas mansas del magnífico río, como si los compases musicales de alguna misteriosa melodía les estuvieran indicando cada uno de los pasos de su rítmica danza. Tras hundir por turnos su cola en las suaves olas, los alargados insectos de ojos gigantes se elevaban en el aire, revoloteando inquietos a la vista del vigía indígena que atisbaba las orillas. Persuadido de que un fenómeno así no podía indicar nada distinto a la presencia próxima de inesperados visitantes, el nativo ocultó su cuerpo de manera tal que no pudiera ser observado desde ninguna embarcación que navegara por las aguas. Su piel canela, recubierta por el grueso barniz de color pardo usado desde la antigüedad para evadir el acoso de los mosquitos imperecederos, se confundió con la coloración natural de la jungla que poblaba las vegas desde tiempos inmemoriales. Desde allí divisó la canoa a motor que se aproximaba lentamente aguas abajo, mientras sus ocupantes examinaban la ribera como si anduvieran en busca de un sitio para desembarcar. Exactamente cuando se hallaron frente al grueso árbol situado unos 5 metros arriba de donde se ocultaba el vigía, los 4 tripulantes parecieron estar de acuerdo en que ese era el sitio más apto para su propósito. El indígena escuchó con claridad cuando el piloto preguntó al que parecía su jefe, si arrimaba la proa a tierra. Entonces, sintiendo en sus acerados músculos la señal de alarma enviada por sus nervios, estiró la mano derecha hasta tomar una flecha corta que inmediatamente acomodó con movimiento sigiloso en el arco que sostenía en su mano izquierda, y se aprestó para hacer blanco en el primero de ellos que pusiera pie en la orilla. El hombre de sombrero de alas anchas recogidas a ambos lados, bigote espeso y largas patillas que casi se confundían con una incipiente barba de varios días, estuvo pensando durante unos momentos la respuesta, como si vacilara acerca de la conveniencia de atracar. Luego respondió que no hacía falta, que bastaba con haber determinado el punto que les serviría y que era mejor regresar atrás, antes de que comenzaran a aparecer los primeros pescadores del día y pudieran observarlos. Al tiempo que el motor canoa giraba y emprendía veloz su marcha atrás, el nativo bajó suavemente el arco que había mantenido tensado por varios segundos y vio maravillado que las libélulas danzantes de un rato atrás parecían haber enloquecido, pues chocaban unas contra otras como si estuvieran disputándose el espacio en el aire, que no parecía suficiente para todas. Ante tan extraña casualidad, el vigía decidió partir de inmediato hacia el campamento escondido en donde se refugiaban los sobrevivientes de su tribu desde hacía casi 4 siglos, con el fin de comunicar lo más rápidamente posible la novedad. En su mente resonaba aún el nombre con el que escuchó que el piloto se dirigió al que parecía su jefe: “Camarada Franco”. La riña de las libélulas y aquel nombre trajeron a su ánimo una suma de presentimientos extraños. La última vez que habían coincidido cosas semejantes, la tragedia se había cernido sobre la raza de los yariguíes.

Los ojos del Cacique brillaron con una mezcla desmedida de dolor e ira en cuanto recibió el informe del vigía. No había la menor duda, el odiado Capitán Franco volvía nuevamente a deambular por las aguas del Yuma. Por una infausta determinación de sus dioses, cuando el Cacique había vuelto a reunirse con los sobrevivientes de su tribu tras su habilidosa fuga de Pamplona, a donde fue confinado con los jarretes cortados para burla de los españoles, tuvo noticia de que Yarima, la princesa adorada, la preferida entre sus esposas, jamás pudo volver con su pueblo. Los sabios hechiceros que indagaron con sus artes mágicas la razón de aquel misterio, terminaron por concluir que la dura determinación de sus deidades obedecía a que ella había sido forzada por el conquistador antes de darle muerte, y en consecuencia su sangre se había hecho impura. Desde entonces el Cacique había resuelto permanecer solitario hasta tanto no pudiera lavar la afrenta. Los hombres blancos habían arribado primero a Latocca y luego de incumplir sus promesas de amistad llevaban más de 60 años haciendo la guerra a su gente y hurtándoles todas sus riquezas. Se habían hecho fuertes en ese lugar que era la capital del reino yariguí, a la que denominaron caprichosamente Barrancas bermejas, y habían empujado los nativos a la jungla por haberse negado a aceptar su religión y su gobierno. ¿Quién podía entonces reprocharle a él y su gente la determinación de librar una guerra a muerte contra ellos? ¿Quién se atrevía a llamar saqueo la recuperación que su tribu realizaba atacando los convoyes de blancos que transitaban por el río, para obtener víveres y recursos para la guerra? ¿Acaso los extranjeros habían mostrado alguna piedad con los ancianos, las mujeres y los niños indígenas que morían apestados entre los pantanos de la selva incandescente? Si aquellos conquistadores hubieran sido fieles a las ideas que proclamaban los frailes que los acompañaban, y con las cuales estuvieron intentando adoctrinar naciones aborígenes como la suya, su comportamiento hacia los indios hubiera debido ser muy distinto. Pero no. Su desmedida ambición terminó por conducir al alzamiento yariguí. No tenían ningún derecho para haber entrado a aniquilar a su pueblo. Él y los suyos no habían hecho otra cosa que defender lo que les pertenecía desde cuando las primeras generaciones de sus ancestros subieron por el gran río desde el mar a poblar ese inmenso valle. La embestida por todos los flancos contra su tribu pretextando el ataque de ésta a un convoy conformado por 170 soldados españoles que resultaron muertos, no había sido nada más que la consumación de la más ruin de las injusticias. Y la toma como rehenes de toda su gente inhábil para la guerra por parte del Capitán Benito Franco, el golpe más bajo que cualquier rival hubiera propinado a otro en las tierras de América. Por correr en su rescate, él, el Cacique, había caído en la trampa del conquistador. Un disparo de arcabuz hecho a quemarropa por el violador jefe enemigo, lo dejó tendido mal herido en el piso y precipitó su captura. Y con ella la derrota de sus bravos guerreros. Sólo unos pocos lograron salvarse. Con mucha paciencia entonces, procedió a reagruparlos cuando pudo regresar de la cordillera emparamada. Desde entonces los conquistadores conocieron la furia vengativa, el espíritu de sacrificio y la sed de justicia que animaron cada uno de sus ataques. Sin embargo, en el fondo de su alma nativa se revolvía una aspiración que fue creciendo día a día, año tras año, siglo tras siglo, hasta convertírsele en una obsesión: tener entre sus manos al autor material de sus desgracias. Ahora, por fin, pasados casi 400 años, su enemigo se había vuelto a poner a su alcance. Por eso sus labios se abrieron con un rictus de determinación inquebrantable para afirmar que tras un siglo de quietud, esta vez iría él mismo, en persona, a dirigir el combate contra los conquistadores. Era a él a quien le correspondía atrapar a Franco.

Cuando el Cacique llegó con su partida de guerreros desnudos hasta el grueso tronco del árbol que según las indicaciones del vigía correspondía al punto elegido por los extraños como desembarcadero, tan sólo encontró las huellas de un grupo numeroso de hombres que parecía haber permanecido reposando allí durante varias horas. Siguiendo orilla arriba, la vegetación no revelaba trillo alguno. Igual sucedió cuando buscaron en dirección norte. La idea que se formó en la mente de los guerreros indígenas fue la de que tras haber llegado hasta allí por el agua, la patrulla del Capitán Franco estuvo esperando alguna cosa, y quizás tras obtenerla había continuado su viaje por el río. La expresión de decepción que apareció en el rostro de algunos que llegaron a considerar perdida la presa, se esfumó como por encanto cuando el Cacique afirmó que sentía el olor de los hombres blancos venir con la brisa que soplaba del oeste, por lo que convenía hacer el cruce del río y explorar aquella ribera con cuidado. Esa decisión implicaba violar un antiquísimo código aborigen, según el cual la orilla opuesta del río no debía ser asiento ni tránsito de su tribu, razón por la cual ningún yariguí pisaba nunca la margen izquierda del Yuma. Sin embargo, todos estuvieron de acuerdo con el Cacique en que cuando se trataba de deudas de honor, éste era el máximo código al que debían atender. Tras abordar de a tres guerreros en cada una de las pequeñas canoas, el golpe de los remos fue haciéndolas avanzar silenciosamente a través de la corriente, bajo un cielo gris encapotado en el que de manera amenazante el destello de frecuentes relámpagos anunciaba la proximidad de fuertes lluvias. Cuando los indígenas sudorosos se irguieron para saltar en la playa de destino, los gruesos goterones de un violento aguacero chocaban contra sus cuerpos y convertían rápidamente en fango la mezcla pardusca de arena y tierra en la que se les hundían los pies. Esta circunstancia se tradujo en la rápida convicción de que la naturaleza se estaba interponiendo desfavorablemente a la consumación de sus planes, puesto que el invierno venía inoportunamente a desvanecer cualquier rastro que de su rumbo hubieran dejado las pisadas de los blancos en el piso. El Cacique dispuso atar fuertemente con bejucos las canoas a las ramas de los frondosos palos que crecían en la ribera, y luego ordenó buscar un lugar apto para guarecerse de la furia de las aguas que se desmandaban desde el cielo. Solamente volverían atrás cuando hubieran cumplido con el propósito que los había llevado hasta allí, así tuvieran que explorar centímetro a centímetro toda la extensión del inmenso valle que se abría ante sus ojos.

Aquello que para los criollos alzados en armas contra el imperio de la metrópoli fue siempre atribuible a la gestión de la divina providencia o a un imprevisto presente del azar, en realidad no fue otra cosa que la intervención en su favor de los imperceptibles espíritus yariguíes. Cuando desencantado de su mediocre destino en el caluroso puerto de Barrancas, el coronel Bolívar optó por insubordinársele a su jefe francés Labatut para lanzarse a reabrir la navegación por el Río Grande de la Magdalena, el Cacique y los suyos, que se hallaban por entonces explorando aguas bien abajo de su tierra la posibilidad de infligir un daño certero a los conquistadores, una vez enterados de los audaces propósitos del caraqueño desterrado, determinaron hostigar de tal modo las guarniciones españolas, que el naciente héroe las fue encontrando vacías. Alguna razón tendría el futuro Libertador para considerar que el abandono apresurado de los aterrados españoles que corrían hacia Ocaña, obedecía al empuje de sus armas y al efecto de su propaganda desestabilizadora. Otro habría sido su razonamiento si hubiera llegado a conocer de la invisible intervención nativa. El Cacique siempre encontró la manera de deslizarse subrepticiamente entre las filas de las tropas del rey para propinarles golpes inesperados. De allí su perfecto conocimiento de las corrientes de agua, de cada uno de los pantanos de las vegas, de las orillas y desembarcaderos de las ciénagas. Y cuando supo que el último Virrey, en una fugaz ausencia suya de la ribera del Yuma, había descendido por el río y se había marchado a España para nunca volver, sintió como suya la victoria. Sin embargo, observó descorazonado que una decena larga de años después, aquel general victorioso, a quien siempre acompañaron abrumadoras manifestaciones de afecto, bajaba casi solitario y enfermo en busca del exilio, en medio del desprecio e indiferencia de cuantos lo habían aclamado en sus tiempos de gloria. Aquel suceso habría de despertar entre los de su raza y en él mismo, una desconfianza irremediable hacia los hombres que se habían hecho cargo de las cosas después de que fueron vencidos los españoles. Y aunque alguna que otra vez, tomó la decisión de intervenir en sus disputas internas cuando le pareció que uno de los bandos se hallaba en verdad animado por una causa justa y libertaria, terminó por adoptar, casi medio siglo después, la resolución de abstenerse para siempre jamás de inmiscuirse en sus desquiciados conflictos. Sólo una razón muy poderosa y de sobrenatural importancia lo llevaría a alzarse de nuevo en pie de guerra. Mientras tanto, sus hombres almas patrullarían las aguas del Yuma para ayudar a que los escasos descendientes mortales de su tribu, defendieran su inexpugnable territorio de las nuevas hordas de buscadores de quina, tagua, raicilla, perillo y maderas. La persecución, el olvido, las plagas y el hambre, borraron de la faz de la selva las últimas semillas de los yariguíes vivos, justo cuando las compañías norteamericanas iniciaban la explotación de aquellas riquezas en aceite negro que siempre pertenecieron a los aborígenes. Entonces en el ánimo del Cacique y en el del puñado de guerreros que lo acompañaban desde 3 siglos atrás, renacieron los sentimientos de rebeldía. Pero solamente cuando el vigía indígena vino con la noticia de que el Capitán Franco navegaba cauteloso durante el amanecer por las aguas del Yuma, supieron los nativos que era esa, sin lugar a ninguna duda, la señal por tanto tiempo esperada para iniciar nuevamente el alzamiento.

Los guerreros asentían con respetuosos movimientos de cabeza cada una de las indicaciones que recibían del Cacique para adelantar su labor de rastreo. Y las cumplían sin ninguna variación, cruzándose entre sí miradas que reflejaban la sincera admiración que sentían por los conocimientos de su jefe. Jamás erraba en una apreciación y sus advertencias siempre se adelantaban a la aparición de los peligros. Sabía interpretar el vuelo de las aves, los rumores del viento, la gruesa voz de las tempestades, el tintineo de la luz de los cocuyos, el canto de los grillos en la noche. Por ello los guió con seguridad por entre aquel laberinto de brazos del río, caños, bajos, montículos, pantanos, ciénagas y numerosas islas dispersas escondidas de la vista por arbustos y tapones, en un avance lento de muchos días, penetrando cada vez más en aquella manigua habitada por manatíes, caimanes, garzas azuladas, peces de todas las clases, nutrias, ponches, tortugas, víboras, venados y mil especies más arrulladas por el zumbido incesante de millones y millones de mosquitos furiosos. Ahora, iluminados por la claridad de una enorme luna blanca, los 6 guerreros que acompañaban al Cacique mientras los demás aseguraban otros puntos, rodeaban el rústico rancho de palma hasta donde los había conducido su paciente búsqueda. Adentro, protegido con un toldo de seda negra, dormitaba profundamente, tendido en un camastro construido con materiales del monte, el hombre que con tanta ansiedad habían seguido. A su lado, sobre una mesa fija de varas atadas con bejucos, se hallaban un largo fusil F.A., unas cartucheras al estilo bandolera, un puñal acerado largo y pesado, una camisa, una franela y un sombrero de alas anchas recogidas. El Cacique cruzó solo la puerta sin hoja, y clavó sus ojos en el cuerpo que dormía. Unas botas de caucho con los calcetines dentro, estaban cuidadosamente colocadas al lado de la cama. Su ocupante se había acostado con el pantalón puesto, dejando caer su cuerpo sobre una carpa de lona. Una toalla enrollada bajo su cabeza le hacía las veces de almohada. Dormía boca abajo, con un brazo estirado en un costado y el otro formando un ángulo recto con su torso a la altura de la cabeza. El Cacique recordó que el Capitán Franco lo había herido a él por la espalda antes de darle captura y sintió deseos de hundirle entre las costillas la filosa daga que empuñaba en su mano derecha. Pero se detuvo a tiempo. Quizás le ocasionaría una muerte rápida y él no había esperado todos esos siglos el momento de su venganza como para cumplirla tan deprisa. Su enemigo tendría que padecer un sufrimiento largo y estar por completo enterado de quién lo ejecutaba y por obra de qué razones.
En algún recoveco de la memoria de Franco, permanecían insertados los vagos recuerdos de cómo se había iniciado para él aquella guerra. Tal vez tendría 6 años cuando escuchó a su padre decir con decepción que el doctor Gaitán había perdido las elecciones para la presidencia y que los godos habían vuelto al poder. Después arreciaron las versiones de escandalizados parientes y visitantes que llegaban constantemente a la finca, según las cuales los amigos del gobierno habían emprendido una persecución implacable contra el partido liberal. En su mente habitaba nítida la imagen del semblante horrorizado de su padre, cuando un tiempo después revelaba al resto de la familia que el caudillo había sido asesinado en la capital. Desde entonces el mundo y su vida se transformaron por completo. Era como si la locura se hubiera apoderado de todos los hombres. Hordas de criminales que acompañaban a los chulavitas desolaban regiones enteras y la gente huía despavorida abandonándolo todo. Se oía de muertes horripilantes, de saqueos, de incendios, de miedo. Él mismo no alcanzaba a explicarse cómo había sucumbido la vida familiar en el hogar paterno, pero sí recordaba que se hallaba escondido con uno de sus hermanos mayores, pasando la noche en un rancho solitario rodeado de monte, cuando fue despertado por un tropel de asaltantes que cayeron por sorpresa sobre ellos disparando indiscriminadamente sus armas. En medio del fuego cruzado oyó la voz de su hermano que le ordenaba saltar por la ventana y escapar deprisa. Aquel “¡Corra Gilberto! ¡Corra! ¡No se deje agarrar!”, fueron las últimas palabras que escuchó decir a uno de su misma sangre. Cuando huía en la oscuridad sintió un violento golpe en la espalda que lo arrojó de bruces al piso. La llamarada roja que se encendió al arder el rancho quizás con su hermano muerto adentro, le sirvió para orientarse entre los arbustos por donde se arrastró pegado al piso, sintiendo que la sangre le bañaba el cuerpo después de rodar por su camisa abajo. Cuando volvió en sí, se encontró bajo el cuidado de una gente que no conocía y que vivía escondida entre la montaña. Eran hombres, mujeres y niños como él, a quienes protegían un puñado de campesinos armados con carabinas, escopetas y revólveres, que de cuando en vez salían a comisionar contra el ejército, la chulavita y los pájaros, de donde regresaban con armas recuperadas en combate y más deseos de pelear. Era la guerrilla que espontáneamente se formaba para hacer frente a la agresión. Un tiempo largo después, cuando estuvo por completo repuesto de la herida de bala que recibió aquella noche, Franco, como se llamó en adelante, empezó a sumarse a las acciones de retaliación y defensa que realizaban esas gentes perseguidas. Nunca más había vuelto a ser sorprendido por cuanto había aprendido y hecha suya la sentencia según la cual quien tiene enemigos no duerme. Por eso ahora, que era obligado a caminar con las manos atadas a la espalda y una mordaza que le impedía hablar, se preguntaba furioso qué se habían hecho los centinelas encargados de la guardia en su campamento, y cómo era posible que aquel grupo de extraños asaltantes hubiera llegado hasta su isla extraviada y se hubiera apoderado de él sin quemar un solo disparo. Además aquellos hombres ni siquiera poseían armas de fuego, sólo arcos, flechas, lanzas y rústicos puñales que parecían tallados en hueso. Cuando sintió que varios brazos como tenazas lo reducían a la impotencia en su propio lecho sin darle oportunidad de reaccionar mínimamente, había oído claramente la voz de uno de ellos que le decía con firmeza: “Ahora nos perteneces, Capitán Franco. Yarima y los demás guerreros podrán descansar.” Salvo su nombre, ninguna de tales palabras había tenido para él algún sentido. Sin embargo, al escucharlos dialogar entre sí en una lengua que no conocía, y tras reparar con mayor atención en su apariencia, llegó a la conclusión de que sus captores eran indígenas. Pero se preguntó por qué habían venido por él, y cuál era la razón por la que parecían querer consumar con su vida una venganza. Al salir a la orilla de la ciénaga tras dar un largo rodeo, la luz de la luna los iluminó por completo. Fue en ese preciso instante cuando el Cacique observó la cicatriz en la espalda de su prisionero, y sintió una violenta sacudida interior al reconocer que era idéntica a la que él mismo llevaba en la suya, causada por la herida que le propinó el español hacía siglos. Seguro de que sus voces ya no podrían ser escuchadas por los demás hombres de Franco, el Cacique dispuso quitarle la mordaza para averiguar por el origen de aquella seña. Aunque la pregunta le pareció absurda, Franco tuvo la seguridad de que de su respuesta dependía su suerte y procedió a relatar detalladamente la historia de su infancia. Al concluir agregó: “Ocurrió hace 30 años, en tierras que están muy arriba por el río grande, y que llaman Tolima, donde habitaron antiguamente las comunidades guerreras de los pijaos. Yo siempre me he sentido descendiente de ellos.” El Cacique lo reparó de arriba abajo. Realmente este hombre no tenía aspecto de español y más bien, poseía en el rostro huellas de rasgos aborígenes a pesar de tener su piel tan cerrada de barba. Con un gesto severo ordenó a sus acompañantes liberarle las manos. Franco se encontró frente a frente con el Cacique y las miradas del par de hombres permanecieron clavadas fijamente entre sí. La presencia apabullante y magnífica del indio inspiró en el guerrillero la sensación de hallarse inexplicablemente ante una aparición sobrenatural. Por su parte, el Cacique tuvo la impresión de que aquel hombre poseía la templanza y la nobleza características de los guerreros curtidos en largas y justas luchas. Fue él quien rompió el prolongado silencio al afirmar con tono amistoso: “Conocí a ese Gaitán que tú nombras. Estuvo más de una vez en Latocca y navegó por el Yuma a los poblados vecinos, siempre al apoyo de quienes reclamaban derechos. Todos lo seguían y amaban. Jamás vi tumultos tan grandes como los que produjo su muerte.” Tras una pausa, prosiguió como si invitara a hablar a Franco: “Creí que tras la entrega de Rangel las guerrillas se habían terminado”. Aunque Franco procuraba en su mente hallar una interpretación sensata a la delirante situación que soportaba, entrevió tras aquellas palabras que el peligro había cesado para él. Recuperando su aplomo, respondió: “Regresemos al campamento. Allá hablaremos de eso”. El Cacique asintió y todos iniciaron la vuelta atrás bajo la luz de la luna.

Iluminados por un par de velas y acomodados en forma dispersa al interior del rancho que habitaba Franco, los indígenas oyeron de su Cacique una vez más el relato de las penurias y rebeldías de su raza. Franco lo escuchaba atónito. La escena le recordaba las extrañas historias que oyó en el Pato sobre Januario Valero. Según decían, retuvo consigo durante largo tiempo a un tal Olivar, quien practicaba una religión llamada Obra Espiritual, y le invocaba cada vez que se lo pedía, los espíritus de Stalin, Gaitán y Santa Teresa de Jesús, para que le dieran opiniones sobre su lucha. Aquellas sesiones debían ser muy parecidas a lo que él vivía realmente con estos yariguíes venidos de ultratumba. Pero lo comprendió todo cuando el Cacique explicó lo de la venganza con el capitán español. El ansia de justicia de los pueblos lo hacía todo posible, eso lo sabía él mejor que nadie. Entonces pasó a contar a aquellos seres admirables que lo seducían por su constancia, la historia de las columnas de marcha del sur del Tolima y su dispersión hacia Marquetalia, Riochiquito, Villarica y Sumapaz. El drama de las 5.000 familias atacadas sin misericordia en las montañas de Galilea por orden de Rojas Pinilla, y su diáspora final hacia el Duda, el Ariari, el Pato y el Guayabero. Él mismo se había transformado de niño en hombre durante todos esos años sin haber conocido jamás tiempos de paz. “Igual que les sucedió a Ustedes, los pretendidos amos se obstinaron en que formábamos unas repúblicas aparte, a las que había que someter a cualquier precio. Y nos agredieron violentamente por aire y tierra. Yo estaba en el Pato, allí tuvimos que enterrar más de 100 muertos, en su mayoría niños, mujeres y ancianos. Los que no fueron asesinados con villanía por las tropas, fallecieron por el hambre y las inclemencias del tiempo. Los bandidos de uniforme se robaron centenares de niños, se apoderaron de nuestros haberes, convirtieron en cuarteles las escuelas de la región. Por eso nos rebelamos, para jamás dar ni pedir cuartel hasta conquistar el poder para el pueblo”. Los ojos de Franco brillaron intensamente, y su voz, que apenas lograba contener la inmensa ira con que hablaba, tuvo dificultad para seguir brotando. Todos los indígenas se habían puesto de pie al oírlo. Era como si estuvieran siguiendo otra versión de su propia epopeya. Fue cuando el Cacique le dijo: “No hace falta que sigas. Nuestros ancestros han obtenido por fin la redención. Tu y los tuyos pueden seguir en estas tierras y contar con nosotros hasta la victoria”. Franco y Pipatón se fundieron en un fuerte abrazo. Amanecía. Los primeros rayos del sol levantaban de la selva el eco maravilloso de la vida. Bandadas de patos silvestres, garzas y pájaros multicolores cruzaban veloces por el cielo. Una nube de exóticas libélulas azuladas de alas transparentes revoloteó por los alrededores del rústico rancho, como si los compases musicales de alguna misteriosa melodía les estuviera indicando cada uno de los pasos de su rítmica danza.

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Dos cuentos chinos

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para Argenpress Cultural)

En la caverna Pin Yan Tung

Estamos en Nun Men: “La Puerta del Dragón”, a 12 kilómetros de Lo Ian:

Antes se llamaba I Chue por el río (el río I). Se halla ubicada en la provincia de Ju Nan. En la Caverna Pin Yang Tun o cueva de los Diez Mil Budas, más de diez mil esculturas entre grandes y pequeñas. Creaciones desde hace 1460 años, en la Montaña del Oeste. El poeta Pai Chu Lli está enterrado en la Montaña del Norte. La caverna Pin Yan Tung, construida por un hijo de la dinastía Uei, donde los dioses del cielo pisan a los diablos. Hay poemas en las paredes. Uno de los budas tiene una botella “con agua milagrosa” en la que contiene toda el agua del mundo. En una de esas paredes está escrito un poema que data de unos 1400 años, por un poeta anónimo y cuya traducción sería más o menos ésta, versión de mi bella traductora Li Pu Ti:

toda el agua y la tierra a lo mucho
caben en el ojo de una liebre pequeña

todas las ambiciones
caben en un diente de rata

el mandarín no es más importante
que la nariz de una ladilla

------------------

Los dragones azules

(Versión de la hermosa Li Pu Ti)

Los descendientes de Kublai ya habían sido expulsados y los miembros de la dinastía Yuan debieron regresar a Mongolia, no sin antes dejar a la ciudad de Lo Ian hecha un desastre, con botellas de mo tei vacías, tiradas por todas partes. Para colmo, se habían llevado hasta el combustible y aquel invierno fue de una crudeza no registrada anteriormente. El viento del sur recorría el río I y traía un cierzo helado que ni los dobles portales de palacio, cerrados a ese viento invernal, lograban impedir.

Li Po había escrito que si se pudiese construir una mansión con miles de cámaras, que protegiera a todos los que tienen frío, los hombres tendrían una mirada más dulce. Estas palabras del gran poeta resonaban entre los cortesanos, quienes temían que el populacho tratara de poseer esa mirada más dulce, y además, dichos funcionarios veían y sentían que el propio emperador podría amargar su mirada y hacerles perder la cabeza. Por lo pronto, el palacio no era muy confortable acusando la escasez de combustible.

Agotados el carbón y la leña, usaron la grasa y el cerebro de los esclavos y prisioneros (según Yu Chuan, contenían un noventa por ciento de sebo) pero asimismo se acabaron. Los caminos nevados cerraban los desfiladeros para que los carretones pudiesen traer el carbón o la leña de los bosques del norte hasta los puertos y por otra parte, el río se hallaba helado. El emperador había visitado la cueva de los budas y orado, pero sus plegarias no dieron resultado. Un día en el que había estado leyendo a Su Tung Po , se detuvo en aquella estrofa que decía concededme la gracia y que despierten vuestros dragones. Se inspiró en este verso y entonces, previa reunión del Consejo del Templo, ordenó –como última medida- que a los dragones azules, orgullo de palacio, se los despertase y fuesen utilizados para calefaccionar los recintos. Semejante medida no podía sino desmerecer la augusta prestancia de los dragones, sobre todo de los azules, pues si se hubiese tratado de los dragones rojos, vaya y pase.

Y más cuando, pasado ya el invierno, la burocracia de palacio los inventarió junto con los calefactores y las salamandras. Los dragones azules nunca habían llorado, pero entonces sí lo hicieron. Las lágrimas apagaron el fuego de sus gargantas y por lo tanto el mandarín ordenó decapitarlos por inútiles.

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La guerrillera

Abel Samir (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Recuerdas cuando caminábamos
por el sendero de la vida que hoy nos marca?

¿En aquella montaña brava cubierta de cedros
que ocultaba las casitas de piedras blancas?

Valles vestidos y engalanados de verdes olivares
y del dulce aroma de las clementinas y naranjos.

Aquella huella tan angosta y pedregosa
pero tan inundada y repleta de tu gracia.

Contra el azul violeta de esos cielos
tus rasgados ojos negros resaltaban brillando.

Muy cansados marchaban los guerrilleros
pero con el corazón ardiendo y muy en alto.

Unidos cantábamos a la tierra negra
que tiempo atrás vio nacer a nuestros viejos.

Y nuestro paso firme horadaba el camino
rompiendo el silencio de los de abajo.

Muchacha, tu gracia mostraba el sendero
a los que padecen de hambre y de frío.

Nuestros cánticos guerreros retumbaban
como aullido de las almas en el infierno.

Esta azorada vida dejar no temíamos
porque a toda costa había que cambiar al mundo.

El eco de nuestras fieras voces
de monte en monte se las llevaba el viento.

Y la noticia de nuestra llegada
espantaba a todos los opresores arteros.

La vida tan rápido que transitó por mi lado
y ahora sólo me queda tu amoroso recuerdo.

El recuerdo de tu bella voz cristalina
y de tus ojos negros y almendrados.

Que rompiendo la oscuridad de esa noche
iluminaban y le daban fuerza a nuestros pasos.

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El cuerpo de Bush

Gustavo Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay en tu vena
sangre dura
que corta lagunas

Hay en tu boca
saliva gris
estancada en campos
de pasto blanco.

Hay en tus dientes
cemento rojo
de sangre
de cuna muerta.

Hay en tus orejas
gritos rayados
con ácido sulfúrico.

Hay en tus ojos
la mirada sucia
de una calavera
indiferente.

Tu intestino
es un gusano
que da vueltas
y vueltas
alrededor de Hiroshima.

Tu piel
es pergamino
de mortajas
amarillas.

Y por donde
podrían salir tus hijos
hay diarrea
de balas secas.

Tu putrefacción
tendrá olor
a rosa
a jazmín
y a madreselva.

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El Quijote cabalga en Los Andes

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En los pueblos de la sierra sur del Perú, El Quijote es una figura emblemática. El origen andino de los gobernantes latinoamericanos tiene en este siglo XXI un gran peso en la configuración de las democracias. La expresión más elocuente es Bolivia, con Evo Morales, primer presidente indígena del país altiplánico. Y las elecciones generales en el Perú confirman esta tendencia, porque los candidatos a la presidencia de la República, suelen recorrer las comunidades y distritos más alejados en un intento de conocer mejor el territorio nacional donde habitan 44 culturas diferentes, de las 400 familias lingüísticas que habitan América del Sur.

En el Perú más de la mitad de los 19 millones de electores, son poblaciones indígenas nativas, amas de casa y trabajadores agrarios o urbanos que simpatizan con las propuestas políticas que alientan el mejor aprovechamiento de los recursos naturales para construir el desarrollo local, que no se percibe a lo largo de siglos y menos en 20 años de prédica incesante sobre las bondades del libre mercado.

En este año, los pueblos ayacuchanos, ubicados al pie del volcán Sara Sara, son visitados constantemente. Si en el siglo XVI estas tierras fueron famosas porque presenciaron por primera vez en América la escenificación de “El Quijote de la Mancha”; hoy adquieren notoriedad porque Oyolo, un remoto distrito, a 18 horas de Lima, es la cuna de los Humala Tasso, familia que a través de Ollanta Moisés, ahora ex agregado militar en Francia y Seúl, tiene grandes posibilidades de que su Partido Gana Perú gane los comicios del domingo 5 de junio próximo.

Gana Perú en las elecciones de primera vuelta del 10 de abril logró una bancada de 49 congresistas de 120 miembros. Y Ollanta Humala (50), goza del mayor respaldo ciudadano, aunque las encuestas que no son muy confiables, indican que su victoria será voto a voto, contra el movimiento fujimorista Fuerza 2011, representado por la hija mayor del ciudadano japonés Alberto Fujimori, condenado a 25 años de prisión por delitos de lesa humanidad y por corrupción generalizada durante su régimen de 1990-2000.

Sin embargo, el mayor escollo para asegurar el buen futuro del Perú, es el sector empresarial de raigambre conservadora, incluyendo gran parte de la prensa, inversionistas extranjeros y partidos políticos que prefieren la continuidad del caos administrativo del país, que en la década del 1990 facilitó el ingreso del ultraliberalismo, con el consiguiente remate de las empresas públicas y la instalación de un red delincuencial codirigida por el ex capitán Montesinos, también en prisión, y que sigue actuando en los altos niveles de decisión del país.

Ollanta Humala está asociado a un levantamiento en los días finales del fujimorismo y a la asonada de Andahuaylas, que terminó con el encarcelamiento de su hermano Antauro por la muerte de varios policías. La oposición lo acusa de violación de derechos humanos en la zona amazónica de Madre Mía, donde enfrentó al senderismo terrorista. Estas acusaciones han sido deslindadas por el Poder Judicial, además el candidato goza del respaldo de las poblaciones dónde las bandas terroristas y la represión militar fueron responsables de la muerte de más de 70 mil personas.

EL QUIJOTE Y LA LITERATURA PERUANA

En la presente campaña electoral la obra literaria de José María Arguedas y de Carlos Eduardo Zavaleta, entre otros, adquieren especial interés para reconocer que la mayor riqueza del Perú son sus diversas naciones o culturas, además de sus recursos naturales en el macizo andino y la Amazonía.

El Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, conocido ideólogo del liberalismo, tras un deslinde público, anuncia su voto a favor de Humala para consolidar la democracia, respetando los logros del libre mercado.

Ayacucho - rincón de muertos, en quechua - es una región emblemática de la historia sudamericana, porque en ella se dio en 1824 la última batalla por la independencia regional de la corona española. Y en estos tiempos electorales salen a la luz las bondades y limitaciones de provincias como la de Páucar de Sara Sara, al pie del volcán del mismo nombre, con su capital La Pauza, la ciudad Cervantina de América, y Oyolo, uno de los distritos más rebeldes.

Estas localidades han sido estudiadas por sociólogos, politólogos, antropólogos y periodistas. Recién se descubre, por ejemplo, que ni la Comisión de la Verdad y la Reconciliación llegó a Oyolo, “zona roja” en los años noventa, para inventariar la barbarie de Sendero Luminoso y de los militares. Antes, en 1914 y 1930, los campesinos se levantaron contra los “mistis” y gamonales, en épocas de sequía y fríaje, en que se agudiza la escasez de alimentos para el ganado y la población.

Durante el Virreinato, el eje del comercio mundial fluía entre España, Boston, Lima, Huamanga (capital de Ayacucho), Potosí y Buenos Aires. Pues con el tiempo, la cruz y la espada instauraron fiestas y costumbres eternas.

La Pauza, cuna de músicos y artesanos, vivió una fugaz fama literaria, que los maestros de escuela suelen repetir, como una quimera de oro. En aquella ciudad serrana, ocurrió algo histórico a partir de un 19 de octubre de 1607, por espacio de dos meses. Ese día, El Quijote de don Miguel de Cervantes, salió del libro para viajar a los andes americanos. A esa localidad había llegado el recién nombrado virrey Marqués de Montesclaros. Pues, el corregidor de Parinacochas, Pedro de Salamanca, en homenaje a la autoridad, propició la escenificación de la obra cumbre de la literatura castellana. Se trataba de la segunda puesta en escena en el mundo, después de Valladolid, en junio de 1605. A la plaza de La Pauza acudieron los españoles radicados en esa rica zona de oro y plata.

En Páucar de Sara Sara, cada 14 de septiembre, se adora al apóstol Santiago, protector de las víctimas de los “matamoros” y “mataindios”. De lejanas latitudes, retornan los hijos y amigos, con regalos y con dinero, dispuestos a mitigar la nostalgia, con misas, comilonas, bailes y corridas de toros.

A seis horas de La Pauza, un tramo en vehículo y otro a pie o en acémila, está Oyolo, uno de los 10 distritos de Páucar, que fue formado en 1572 y protegido por la imagen de San Juan. En Oyolo actualmente solo residen 700 personas y disponen de un presupuesto municipal anual de apenas medio millón de soles (150 mil dólares).

Oyolo recupera notoriedad, porque allí nacieron los Humala, que algunos lo recuerdan como “notables” o “mistis” y que abandonaron la tierra para nunca más regresar. Sin embargo, el candidato presidencial de Gana Perú, para explicar las condiciones de vida de aquella región, dice en plazas públicas que su padre Isaac conoció los zapatos recién a los 10 años.

Don Isaac Humala, es abogado, con militancia en el Partido Comunista y con su esposa Elena Taso, formaron a sus hijos en el sueño de un partido de raigambre indigenista. Los nombres de sus dos hijas, Kalia Kusikoyllur e Ima Sumac, Ollanta; y Ulises que también postuló a la presidencia con su partido Avanza País, en las elecciones del 2006, ratifican esa aspiración de servicio público. En el 2006, el aprista Alan García le ganó la presidencia a Ollanta Humala por escasa votación.

Los que se fueron de Oyolo, no lo olvidan. Es uno de los distritos rurales del macizo andino, que proporcionalmente a su población, recibe interesantes beneficios de la globalización. El único teléfono comunal en la Plaza de Armas siempre está ocupado. Las familias, hasta hace un año, esperaban remesas de sus hijos emigrantes. Pero la crisis financiera mundial, iniciada en los EEUU, ha eliminado prácticamente esa fuente de ingresos del norte del Río Bravo.

Los oyolinos ven con simpatía las propuestas nacionalistas de Gana Perú, y valoran el símbolo electoral de la olla de barro, como garantía para mantener viva esa cadena de solidaridad entre peruanos de ultramar y los que quedan perdidos en los andes, cabalgando, como El Quijote, a través de cabinas de Internet, ven que ya llegó la energía eléctrica, en gran parte con el apoyo de la mano de obra de sus moradores.

Ollanta Humala, refuerza su ideología nacionalista al afirmar que “considerará siempre al Perú, como fuente infinita de creación...”, recordando los 100 años de nacimiento del escritor de “Todas las sangres” José María Arguedas y al suscribir el Acuerdo Nacional junto con otros grupos políticos. Su objetivo es buscar la concertación como la mejor arma política para descentralizar el Estado y desarrollar las zonas rurales, empezando con educación de calidad, atención a la salud, generación de empleo para jóvenes y pensión vitalicia para los mayores de 65 años edad, de preferencia a las mujeres, más impuestos para los que más tienen, implacable guerra contra el narcotráfico y la corrupción endémica, respeto a las tratados asumidos por el Estado, ente otros puntos clave de su plan de gobierno.

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Cuentos de Ombudsman, de “conserjes” y esclavitud: Mierda, 5 bolos por ensuciarme las manos

Indira Carpio Olivo (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Este domingo 22 de mayo, hice algo que hace muchos años no hacía (y antes lo hice por obligación académica). Malgasté 5 bolívares comprando un ejemplar de Últimas Noticias -ÚN-. Y les digo más, mi morbo sólo llegó hasta la página 2 de este pasquín de ralea escuálida (1), en el que un artículo titulado De conserjes y esclavitud (2) me detuvo por un rato.

Utilizando el subterfugio de una carta de José Ángel Laguna, el Defensor del Lector Escuálido (3) expresa su opinión en contra de la Ley Especial para la Dignificación de Trabajadoras y Trabajadores Residenciales (4). En el artículo, tanto el remitente como el destinatario banalizan el trabajo esclavo, pareciéndoles más relevante el cambio de la definición de conserje a trabajador residencial.

Semanalmente, Jesús Cova -el Ombudsman- entre otras cosas, destroza los artículos de sus compañeros periodistas pretendiendo ser el abogado del diablo. Además, explica el origen de las palabras y su uso, lo que da la impresión de que otorga importancia a la etimología y al papel del lenguaje en la formación o deformación histórica y social. Ésta vez no le dio la gana de reconocer que la práctica social cambia el significado de algunas palabras, este es el caso de la palabra “conserje”.

Según el inocente diccionario del que “defiende al pueblo”, conserje define a una persona que trabaja en el “mantenimiento (aseo y cuidado de una instalación)”.

Lo que olvida el señor Cova es que las y los conserjes son personas que trabajan sin horarios, sin beneficios de tickets de alimentación, sin seguro médico, sin utilidades, ni bonos vacacionales, sin derecho a enfermarse, sin derecho a sindicatos.

Tienen, eso sí, derecho a humillaciones, derecho a gritos y hasta golpes porque olvidaron lustrar bien el piso, derecho a no tener derecho y ser llamados “señor/señora conserje” por un connotado periodista y su periódico, que tal vez en toda su carrera sólo hoy los visibilizó únicamente para decirles que se resignen a llamarse conserjes, pues llamarse “trabajador residencial” no cambia el hecho de que deban seguir limpiando la basura ajena.

Según el autor de la carta, merecedor de una página completa en ÚN, estas personas pueden “hasta estudiar y prepararse en cualquier área del saber humano”. Sólo le falta agregar que estas personas son pobres porque quieren.

La única forma que tienen esta parte de la población de estudiar se las proporciona el gobierno, a través de la Misión Robinson, Ribas y Sucre, educación que los escuálidos, opositores, antichavistas, anticomunistas, capitalistas (y demás sinónimos y redundancias) tildan de ineficiente, cuando no para burros e ineptos.

Laguna escribe y Cova certifica que sus quejas no tienen tinte político alguno; a pesar de ello, sólo critican la connotación peyorativa de las palabras “escuálidos” y “majunche”, usadas por el presidente de la República en medio de la diatriba política del país para referirse a los escuálidos majunches.

Asumir que unas palabras etiquetan negativamente a un colectivo y otras no, no es una postura inocente. La decisión de darle una página entera o sólo unas líneas del periódico a lo que el defensor considera que está bien o no, tampoco ocurre al azar. Se impone una visión sobre el mundo, sobre los otros, es decir es una postura política y, el criterio de este Ombudsman, defiende el derecho de unos a estar por encima de otros cuando dice que está bien llamar conserjes a unos trabajadores explotados. Las palabras forman realidades. Nada inocente.

El término conserje no es en sí peyorativo, como tampoco lo es la palabra negro, pero la práctica es lo que ha convertido a esta comunidad en esclavos modernos. Entonces, por qué no empezar por cambiar el lenguaje con el que hacemos referencia a los Trabajadores Residenciales ¿Cuál es el problema? ¿Que lo haya dicho Chávez? ¿Qué no se le ocurrió a Primero Justicia? ¿O que no lo haya moqueado Maria Corina en la Asamblea? Ah ya sé, que afecta a la clase a la que pertenece el Ombusman, a los patronos clase media con aspiración a nuevos ricos.

El autor y su fuente dicen que no es trabajo esclavo porque los “conserjes” son asalariados. Es que ¿el pago suprime el esclavismo? ¿Acaso no le pagan a los bolivianos que se encuentran recluidos-esclavizados en fábricas textiles argentinas, sin poder siquiera salir a gastar su dinero?

Cova asume que “visto así tan esclavos son los conserjes como lo son/somos cientos de miles de abogados, médicos, ingenieros, enfermeros... y casi todos los periodistas”, pero pasa por alto que los abogados, médicos, ingenieros, enfermeros y los periodistas son los patronos de los trabajadores residenciales y si ellos son esclavos, entonces los conserjes están más abajo, todavía.

Son estos “profesionales” los que se refieren a éstas personas como “el piazo e conserje”, frase que también admite el periodista, ombudsman, defensor y asalariado de ÚN. Desconozco cuál sea su profesión más allá de escribir mierda para un periódico, la misma mierda que le limpiará su conserje, la misma mierda que me costó 5 bolos y me ensució las manos.

Para ampliar las informaciones:
1) Últimas Noticias es un periódico de circulación nacional cuyo dueño es la familia del aspirante a candidato a presidente, Enrique Capriles Radonsky.
2) De conserjes y esclavitud: http://www.ultimasnoticias.com.ve/Opinion-Original/Firmas/El-Defensor-del-Lector---Jesus-Cova/De-conserjes-y-esclavitud.aspx
3) El nombre que le da el ÚN es Defensor del lector, pero por su postura política decidí llamarlo Defensor del lector escuálido.
4) Ley habilitante recientemente aprobada por el Presidente Hugo Chávez, decreto que cambia la relación laboral entre los trabajadores residenciales y los condominios, sus patronos.

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Amores pasajeros

Liliana Perusini (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La vida me dio amores,
amores de una noche
cuando la luna cómplice
se asomaba en el cielo.

Sólo una noche…

Y amé…
sin permisos ni disculpas,
y esos fueron mis sueños.

Caminos sin destino,
pasión, amor y encanto,
que se los llevó el tiempo.

Adormecida está mi vida,
en estos días de enero.

No quiero desear amores,
sólo estar despierta,
y volver a leer tus poemas,
aunque me duela.

Y en el calor de la noche,
revivir tus versos,
y volver a sentir,
en mi piel adolescente,
las emociones primeras,
de mis veinte años,
de juegos y promesas
y amores verdaderos.

Y así…
volver a acariciar la vida,
desnuda y sin miedos.

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Relatos de “El chalet de los Quintana” (Novela)

Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
MONTOYA Y LINDOR

La fiesta se hizo en la estancia La Filomena del Rincón. Ayí me di cuenta de donde viene la mano que se conocen todos.

De esa fiesta todavía se habla, aunque pasaron dos años.

Contrataron cuatro orquestas para el bailongo fino y que en los jardines arreglados a propósito tenían luces priendidas de todos los colores como era la última moda traida de lauropa, y que los fuegos artificiales se vieron desde lo más lejos.

Vinieron parientes ricos de todo el pais y algunos desde más ajuera y pararon, antes de llegar al casorio en las estancias del Rincón, Coronda, Leyes y algunas otras porque no alcanzaron los hospedajes de la ciudá.

Que él, el Lindor, hasta ese día del casamiento nunca había visto fumar a las mujeres con unas cosas tan largas que de lejos y, para el inorante, parecían palos o lápices largos que largaban humo.

Después supo que se yamaban boquiyas.
.
Eran como unos tubos guecos que, en una punta le ponían el cigarriyo y, en la otra, que tenía una terminación más finita al igual que la bombiya del mate, las damas se la ponían en la boca y chupaban el humo cuando ya estaba priendido el cigarriyo.

¡Que lo parió!

¡Me lo hubiera gustado ver eso!

El Lindor seguía con la charla, no paraba.

Seguidito me dijo que se estaba por casar con la hija del cocinero yamada Romilda y que ya le habían dado el consentimiento para que vivieran donde él tenía su dormitorio que estaba en el alero de los servicios a los fondos del jardín que mira al este.

Yo, le priegunté como iba a hacer para dormir, cocinar y comer en un dormitorio y me contó que todos, aquí le dicen la servidumbre, comen en la cocina grande central, después que comen los señores en el comedor. Que los cocineros son tres y los mucamos y mucamas son más o menos tres o cuatro para cada señor Quintana.

Que él, el Lindor, me repitió que su patrón era don Hilario Francisco, su señora Carmen Isabel y el hijo, César Ignacio.

Ansina se acostumbró este indio acristianado a hacerme las visitas y ansina me juí enterando que aquí mesmo, en el 1839, estuvo refugiado el dotor don Domingo Cullen., meses antes que lo fusilaran.

Aquí lo acompanió su seniora que estuvo sólito un día. Eya quiso acompañarlo y juir con él, pero el dotor no lo quiso. Que no era para una dama correr tanto riesgo, dijo. Era todo un cabayero el dotor Cullen y ya se sabía del salvajismo del Rosas.

_ ¿Cómo? ¿Fue Rosas el que quería fusilarlo?- preguntó Montoya.
_Si, es un hombre muy cruel y vengativo- dijo Lindor- eso me lo contó el mucamo de Jesús de la Cruz, el hermano de mi señor que supo ser amigo de los padres de la niña Camila, que murió muy joven.

_ A mí me supieron contar que mandó a matar a una dama llamada Camila que pecó por amor. ¡casualidá del mesmo nombre!
_ No es casualidad Montoya- le aclaró Lindor- es la misma persona que venía de niña a jugar con las de esta casa.
_¡Cuanta maldá don Lindor y ahorita está juyido en la Inglaterra!
Lindor se santiguó. Un gesto de infinita tristeza transformó su rostro aindiado de rasgos rectilíneos.
_ Era una hermosa y delicada niña.- dijo luego de un prolongado silencio que Montoya no se atrevió a interrumpir al ver su sobrecogedora expresión.
_ Venía siempre con sus padres y hermanos y se hizo muy amiga de la niña Rosarito y se escribían cartas y siempre Camilita venía a las fiestas y a los cumpleaños, debe haber sido por el año… a ve… déjeme pensar.

_ Sí don, piénselo tranquilo- contestó Montoya.

El silencio volvió a instalarse por unos minutos.

Ambos parecían una estampa dibujada por Juan Arancio el pintor santafesino de los paisajes rinconeros y campesinos:

Lindor, mirando sin ver al estilo de algunas personas cuando sacan mentalmente un recuerdo de sus pensamientos y Montoya, observándolo intrigado pero respetuoso del tiempo que se tomaba el indio.

Pero el cuadro no estaba en el contexto gauchesco que caracteriza al genial Arancio con el mate, el rancho o un gurí descalzo y despeinado. Al contrario, esas dos figuras estaban entre un fino mobiliario y sentadas en dos lujosos sillones Luis XVT enclavados en el sótano del chalet de los QUINTANA,

Dora

Entré.
Cerré la puerta.
Me senté en el living.
Abrí el sobre que contenía cuatro hojas.
La primera comenzaba diciendo; “YO ME LLAMO DORA”
Intrigada, seguí leyendo:

“Yo me llamo Dora y le debo agradecer este refugio a Marisa Alonso una de las nietas del dueño de este chalet.
Ella ha sido amiga desde la infancia de Sebastián Guerrero.
Por lo menos eso es lo que creí hasta que la misma Marisa me explicó porqué, yo, estaba aquí.
Y, Sebastián Guerrero es…
¿Cómo debería decir?
¿Mi pareja?
¿Mi comandante?
¿Mi ex -compañero?
Recuerdo, mientras trato de definir mi relación (¿finalizada?), que Marisa y Sebastián han sido vecinos desde la infancia.
En unos de los sectores de la mansión, vive Marisa con su mamá, Soledad Quintana viuda de Ramón Alonso, fallecido, en una avalancha de público producida, en la Cancha Colón durante un partido de fútbol.
Comentándomelo, una noche, Sebastián me dijo.

_ ¿Podés creer? ¡Morir en un polideportivo Colonista y ser fanático de Unión!

Aunque yo soy cordobesa, dado que mi residencia santafesina es de seis años, sé que la rivalidad entre colonistas y unionistas es legendaria.

Pero me estoy disgregando en situaciones banales y no le doy el valor y el riesgo que supone, para Marisa Alonso Quintana, el refugio que me brida. Aunque, debido, indirectamente, a su amistad con Sebastián cuyo alias de guerra es Comandante Chino.

Y, a quién conocí el mismo día de mi ingreso en la Universidad Nacional del Litoral, para estudiar abogacía.

A los tres meses vivíamos juntos en la casa de otro camarada y su pareja.

La militancia revolucionaria, para mi criterio snob, le daba al Comandante Chino una aureola de heroicidad que me subyugó y caí creyendo que ascendía al nivel de heroína libertaria.

Para Sebastián el E.R.P. era su razón de ser.

A esta altura, no pretendo invocar mi inocencia, que no era tal, pero sí una dependencia absoluta a las decisiones que él tomara.

Yo respiraba, pensaba y militaba por amor al Comandante Chino.

El Comandante Chino respiraba, pensaba y militaba sólo por la Lucha Revolucionaria del Pueblo.

Yo sólo fui una soldado en el ejército comandado por él.

Fui un medio para un fin.

El romanticismo corrió por parte mía, la causa de parte de él.

Son ironías de la vida, del amor idealizado y de los pies de barro.

Lo veo más claro que nunca, ahora que estoy en un refugio bajo tierra donde no me llega la luz del día.

Cayó la venda de la dependencia miope que por seguir a uno, arriesgué a muchos otros: familia, amigos, vecinos.

Estoy tan segura que no nos veremos más como que ya me olvidó.

El estaba en mi vida, yo, sólo en sus planes, no en su vida.

Es evidente que la soledad, el silencio de un sótano, han aclarado mis ideas.

El abogado que me trajo la noche del sábado y me presentó a Marisa, se llama Llerena.

La misma noche que llegué, Marisa bajó conmigo.

Yo la había visto, anteriormente, una sola vez, de refilón, cuando en una Asamblea en la Universidad se acercó a Sebastián que estaba (como siempre) en el estrado, exhibiendo sus cualidades dialécticas y de líder.

En esa oportunidad, le tuve celos a ella y le adjudiqué todas las “cualidades” de niña rica rebelde sin causa.

Pero mis deducciones fueron equivocadas.

Frente a mi estaba una muchacha sencilla, de pelo corto, sin maquillaje, vestida como una estudiante cualquiera.

_ Nunca nos presentaron- me dijo con una sonrisa- pero a vos te tengo presente porque siempre acompañás a Sebastián.
_ Sí, el me comentó que ustedes fueron vecinos en la infancia.- contesté.
_ Y, algunos años de la adolescencia, confirmó.
Haciendo una pausa, me invitó a sentarnos y continuó:
_ Ahora yo estoy militando también, pero no en la misma ruta, -se sonrió- bueno, corrijo, voy por otro sendero pero es la misma ruta. Un día llegaremos juntos los monto y los erps. A este refugio llegaste por mediación del doctor Llerena, no fui yo.

La miré extrañada, y ella siguió explicando:
_ Sucede que yo ofrecí este lugar por seis meses dado que mis abuelos están radicados en Rincón hasta que se efectúe la venta de la quinta que tienen allí. ¡Y mirá que coincidencia! Te tocó a vos, la novia de Sebastián.

Seguidamente me preguntó que ropa necesitaba y si quería enviar alguna noticia a mi familia.

Le agradecí y le di el teléfono de mi madre en Córdoba, convinimos que se le diría que estaba en viaje de estudios con un contingente universitario.

Cuando me saludaba despidiéndose, no pude evitar la pregunta:

_ Decime ¿Cómo es que el doctor Llerena refugia a una del ERP en la casa de una Monto?

Marisa sonrió y me contestó:
_ El doctor Francisco Llerena es un ser muy especial y esto lo demuestra. Desde su juventud ha integrado el peronismo. Ahora, si bien no es un monto “activo”, pertenece a los cuadros del movimiento y su misión es defendernos jurídicamente en caso de necesidad. Pero, y aquí te aclaro porqué es un ser especial, dejó constancia que él defendería también a cualquier integrante del ERP, como así también a cualquier organización que surgiera desde la izquierda revolucionaria. Vos no sos la primera de tu cuadro a quién le consigue refugio, aunque no fue aquí.

Recordé que Sebastián me había dicho que, de ser necesario, contaríamos con la ayuda de un abogado santafesino, pero nunca me dió su nombre.
Marisa se despidió con un abrazo.
Mirándola pensé que ella también era un ser especial.

Me estoy volviendo obsesiva.

Una y otra vez rememoro cuando Sebastián y yo salíamos a la calle en “misión” Recuperar Armas de la Policía.

El ERP le había asignado un Citroën que dejábamos a cuadras del “operativo”.

La misión cumpliría doble finalidad:

Provisión de armas.

Debilitar a la fuerza Policial tanto moral cómo económicamente.

Íbamos a los parques, a la costanera o al puerto.

Simulábamos besarnos, abrazarnos o aparentar escándalo moral. Al acercarse el cana, el Comandante le daba un golpe preciso desmayándolo y le sacaba el arma.

Otras veces simulábamos un altercado violento, yo caía gritando y llorando. El cana me auxiliaba pero seguía la misma suerte con el sorpresivo ataque del Comandante Chino.

Una tarde, en el diario local, apareció el identikit del supuesto atacante.

¡Era casi una foto de Sebastián!

La orden fue:

Refugiarse y abandonar la ciudad.

Por eso estoy aquí.

Esta noche, en la vianda, junto a los cubiertos enrollados con la servilleta, había un mensaje:

Necesitamos datos completos para su pasaporte y demás documentos.
La foto ya la tenemos.
Urgente, conteste en este mismo papel.

Abajo escribí:

Dora Trinidad Robles
Lugar Nacimiento: Cruz del Eje-Provincia de Córdoba.
Fecha nac.: 25/06/50

Con el número de documento terminaba abruptamente la última hoja de DORA, la guerrillera que se refugió en el chalet.

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La realidad que se desinfla

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El tema de la realidad como un proyecto previo (que antes de ser realidad fue una abstracción) debería, algún día, ser asumido con mayor agudeza por las opciones políticas que se dicen de izquierda. La derecha (el conservadurismo) es la forma de poder que ha inventado la realidad que conocemos hasta ahora (el formato de realidad dominante). Decir que la humanidad ha transitado, en su generalidad, una noción de realidad distinta a la ecuación poder controlador-pueblo sumiso (que impuso el imperio romano y sofisticó el imperio estadounidense) sería una ingenuidad o un chantaje. Los matices, que se le quieran dar, son asuntos inherentes a la publicidad como norma de adoctrinamiento sofisticado. La realidad del siglo XX y la que va del siglo XXI ha sido parida desde la industria mediática. Mucho es lo que los medios nos dibujan para alimentarnos los prejuicios; demasiado es lo que terminamos opinando según la versión de las grandes corporaciones informativas. En el día a día (y ante nosotros mismos) participamos en la trampa de creer que “algo existe sólo si lo muestra la tv” (sobre todo la tv). Damos y quitamos confianza según los juicios de valor de la pauta periodística occidental. Incluso, cuando, en buena medida, el esquema de izquierda responde lo hace desde la lógica conservadora (llevamos demasiado tiempo peleando desde las cuerdas de un cuadrilátero hecho a imagen y semejanza del hábil contrincante). En los años 80 del siglo XX el poder controlador aceleró su dinámica (la trampa) de dominio a escala global; a partir de entonces la salvajada capitalista dio el salto hacia una mutación de dominio superior (y virtualmente invisible). No obstante, también es cierto que en este mismo período han ocurrido acontecimientos populares que parecen encaminados a romper el molde (la rueda) de realidad absoluta que nos inventaron en beneficio de un grupo rigurosamente administrado (en lo económico, lo político y lo cultural).

Un rompimiento importante, y quizá el primero desde que se impone la globalización mercantilista, fue la respuesta que el pueblo venezolano dio en los sucesos del llamado caracazo del 27 de febrero de 1989. Luego de más de un siglo cumpliendo el guión de la realidad establecida, aquella rebelión representó para el pueblo venezolano un quiebre de realidad. Desde ese quiebre ya nada ha sido (ni será) lo mismo. Esa sola valoración hace trascendental el suceso. Todo pueblo (e individuo) debe tener derecho a discutir y quebrar un modelo de realidad injusta y asfixiante (¿quién que no sea un domesticador del sueño colectivo puede pretender que la realidad colectiva no se parta cuando quienes la dirigen pisotean la justicia? ¿Existen o no existen construcciones de la realidad? Y si asumimos esto, ¿podemos o no podemos participar en la búsqueda de realidades más justas y equitativas?). Si bien el mundo conoce, desde el 27F venezolano, otros ejemplos de “rompimientos de realidades” (reconociendo el histórico antecedente de la Cuba revolucionaria que, desde lo pequeño, enfrentó la “realidad global” del imperio), más recientemente hay que observar con lupa el llamado 15M español. ¿Se rompió un concepto de “realidad” el 15 de mayo de 2011 en España? Y, si fue así, ¿qué “realidad” se “rompió”?; ¿hasta dónde llegará el “rompimiento” de esa “realidad”?; ¿estamos ante una seguidilla de “rompimientos de realidades” a escala europea? Son muchas las preguntas que sólo el tiempo y los acontecimientos podrán ir respondiendo. Lo que ya tiene una respuesta (por lo menos para mi observación) es que los pueblos (desde el 27F venezolano hasta el 15M español, cada uno en su geografía y realidad) se están atreviendo a caminar por senderos más espinosos (y necesariamente arriesgados) que los políticos. ¿Fue esto siempre así? Creo que no, pues lo que ha imperado, hasta ahora, ha sido el formato social poder controlador-pueblo sumiso (que sólo reacciona, nunca actúa en papel protagónico). Ante esto, algún escéptico podría decir: “alguien tiene que liderar el rumbo, ¿acaso quieres anarquía?”. A lo que yo respondería con otra pregunta: ¿es que no podemos trabajar para construir una sociedad de líderes articuladores de realidades distintas y equilibradas en un todo? (Ese podría ser el gran reto colectivo de los individuos del siglo XXI).

Nada de lo que está ocurriendo forma parte de sucesos aislados (ni provocados por otra cosa que no sea la necesidad humana de justicia). La caída del mudo de Berlín se celebró de una manera anticipada (quienes aplaudieron que se guarden los aplausos); es posible que aún faltaran muchos muros por caer. Quizá, después de todo, Gadhafi, por ejemplo, pase a la historia como ese punto nefasto donde implosionaron, por igual, dos conceptos de poder absolutistas e igualmente mediocres (la derecha y cierta izquierda cansona y mercenaria que, como colchón, sostuvo su dominio). Tal vez la última piedra de la Unión Soviética sea la última piedra, aún por caer, del bloque capitalista.

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