jueves, 23 de junio de 2011

Médium

Marcelo Colussi

“Cuando pasa una ambulancia haciendo sonar la sirena, los perros ladran porque, distintos a nosotros, pueden ver la Muerte que va corriendo atrás”. Lo decía con tanta solemnidad que nadie osaba contradecirla. Al contrario: ya se había ganado una reputación de curandera/adivina/bruja/hechicera tan grande que hubiera sido imposible no tomarla en serio. Sólo Jair se permitía contradecirla.

Biringeira, 20 años mayor que él, le toleraba esa osadía pero únicamente en privado; había un pacto tácito entre ellos por el que en público el joven nunca la rebatía. Al contrario, le servía de asistente, y en muy buena medida la promovía. Pero ante todo, eran pareja.

Las filas para consultarla aumentaban día a día. Su fama iba muchísimo más allá de esa favela de Río de Janeiro; la venían a ver de todo Brasil, e incluso de fuera del país. Se decía por ahí –creo que era rumor, no me consta que haya sucedido– que la visitaron un presidente de alguna nación latinoamericana y una conocida estrella de Hollywood. Pero eso no importa: lo cierto es que Biringeira se había transformado en un mito viviente. Hasta la habían venido a entrevistar de la televisión francesa para un documental, conocida internacionalmente como ya era.

Pero Jair no le creía una palabra. O, para ser más exactos, sabía que había mucho de escenificación barata en todo el asunto. De hecho, era él quien a veces, escondido en el cuarto de al lado, hacía los ruidos de las “almas en pena” que invocaba Biringeira ante algún cliente. Aunque al mismo tiempo había cosas que lo dejaban atónito y lo llevaban a pensar que su amante y protectora tenía realmente dotes especiales. A veces, sin que él hubiera siquiera comenzado a hablarle, ella lo interpelaba repitiéndole frases literales que Jair había dicho algunas horas antes con alguna persona, incluso lejos de la casa.

–“¿Por qué le dijiste eso a Claudinho, mi bebé? Tú sabes que no me gusta que andes contando nuestras intimidades”– lo encaraba molesta a la noche, cuando se estaban desvistiendo antes de hacer el amor. Jair quedaba estupefacto.

–“¿Cómo hace para saberlo? ¿Será bruja de verdad esta vieja?”– se preguntaba desconcertado. Su sentimiento por su Biringeira era ambiguo: la despreciaba considerándola una impostora, una vulgar charlatana, pero al mismo tiempo la admiraba. Más aún: la temía. Y también –esto era lo básico– le gustaba estar ahí. Se sentía su protegido, tal como efectivamente lo era. Era ella quien aportaba todos los gastos. Jair no trabajaba. Con sus 20 años, siempre transcurridos en la favela, jamás había trabajado. Aunque tampoco nunca había estado seriamente comprometido en ninguna actividad ilícita; su “transgresión” no había ido más allá de algún cigarrito de marihuana por ahí, y la crónica vagancia. Era un aprovechado, simplemente. Su ilusión, según decía sarcástico, era “ser locutor de partidos de ajedrez”.

A Biringeira esa indolencia/vagancia/dejadez de su amado le caía muy bien. Secretamente ella también sabía que se aprovechaba de él: era su “bebé”, en todo sentido. Nunca había podido tener hijos. La única vez que quedó embarazada lo perdió a los pocos meses. Eso la dejó muy deprimida, y fue ahí, hace ya largos años, cuando comenzó su carrera de pitonisa. Nunca tuvo pareja regular; sólo ocasionales encuentros furtivos. Jair hacía las veces de todo un poco: el hijo que nunca había podido tener, el amante apasionado, el asistente en el trabajo, el zángano a quien mantener y que la hacía sentir importante…

La única vez que el muchacho había pensado seriamente en trabajar, ella misma se encargó de desestimularlo, colmándolo de regalos (ropas y zapatos), y de más sexo.

Biringeira era enfermizamente celosa. Si Jair se demoraba apenas un cuarto de hora más de lo esperado, ella ya estaba ansiosa, hecha una fiera, y los reclamos comenzaban desde las primeras llamadas nerviosas al teléfono móvil antes que llegara hasta varias horas después que se veían. En esas circunstancias era cuando mejor sexo tenían.

–“No sé, no lo veo con claridad, pero me doy cuenta que por engañarme te va a pasar algo muy grave”– sentenciaba Biringeira con solemnidad. “No lo entiendo bien… pero te veo convertido en un niño. Te vas a volver un bebé de verdad… ¡Y yo te quiero todo un macho bravo, así como ahora!”.

Jair reía. No se atrevía a decirle abiertamente que todo eso le parecían locuras, delirios de vieja trastornada. Pero era lo que pensaba. Ante ese tipo de cosas, dichas por Biringeira con la más afectada pompa, con aire ceremonial, al joven se le abrían serias dudas: “¿estará en sus cabales o de verdad está media chiflada?”, se preguntaba desconcertado.

Él, en realidad, no estaba precisamente enamorado de su benefactora; no era, al menos, un amor loco, total, perdido como el que ella sí sentía. En todo caso, Biringeira representaba eso: una benefactora, una mujer mayor que lo colmaba de regalos,…pero no la pasión de su vida. También alguien que lo colmaba de sexo, muy espectacular por cierto. Pero las hormonas juveniles de Jair no se contentaban con eso. Ávido de conocer cosas nuevas, siempre al borde de la transgresión –había nacido y se había criado en ella– no le importaba andar buscando otras muchachas por ahí. La favela, por supuesto, era lo más a la mano. Si en esa búsqueda aparecían varones, travestis o las combinaciones más inimaginables, también eran bienvenidas.

En el barrio donde vivían había varios “pesos pesados” en el campo de la distribución de drogas. Por muchos dentro del vecindario eran temidos, tratados con respeto casi reverencial. Pero para Jair, tan amigo de la transgresión como era, no eran sino uno más. A veces, incluso, en forma deliberada los ignoraba. Cuando pasaban llenos de guardaespaldas armados hasta los dientes, prefería mirar para otro lado e, indolente, rascarse los testículos.

Por sentido común todos sabían que no era conveniente tenerlos de enemigos. Aunque parece que Jair carecía de este sentido. En realidad sin aparente necesidad, sin nada que lo justificase más allá de su insaciable deseo de andar siempre de “travesuras”, comenzó a mirar con ganas a la pareja de un reconocido capo. ¡Y no era cualquier capo! No, para nada: puso los ojos sobre Sonia, una de las jóvenes más bonitas de toda la favela, desde hacía dos meses atrás la nueva “novia” de “Dinamita”, uno de los más sanguinarios mafiosos dedicados al narcotráfico.

De todos era conocido que Dinamita –de quien casi nadie conocía su verdadero nombre y sólo se sabía que años atrás había sido policía– gustaba de cambiar “novia” con mucha frecuencia. Cuatro, seis, siete meses era ya una eternidad. En muchos casos estaba con ellas el tiempo suficiente para dejarlas embarazadas, y luego, asegurándoles los gastos del parto y de los primeros meses de vida del bebé, cambiaba. De Sonia, sin embargo, de acuerdo a lo que se comentaba en la favela, se había enamorado.

Según decían algunos, su pseudónimo provenía de la costumbre de hacer explotar a sus enemigos; aunque otros afirmaban que se debía a su carácter tremendamente explosivo. Como fuere, era mejor tenerlo de amigo que de enemigo. La policía de Río de Janeiro jamás lo molestaba. Más aún: lo protegía.

Sonia, de 17 años, aprovechándose de su belleza, sabía que era codiciada por una larga fila de varones en la favela. Si ahora estaba con Dinamita era por varios motivos: por un lado, porque no le quedaban muchas alternativas –nadie podía contradecir la voluntad de un capo de esa categoría–. Pero por otro lado, porque encontraba ahí la posibilidad de paliar sus crónicas carencias, novena hija como era de un hogar humilde, con un padre alcohólico y una madre mulata que trabajaba como empleada doméstica. Cuando hacía el amor con Dinamita, apretaba los dientes y pensaba en otros varones para poder pasar el mal trago.

Jair, sin dudas, tenía “pegada” con las mujeres; la seducción le salía con total naturalidad.

Con Sonia se conocía desde toda la vida. Hacía ya un buen tiempo que la veía irse transformando en una mujer cada vez más atractiva. Ahora, al estar con su protector, lujosamente vestida –al modo que se pude entender el lujo en un barrio marginal, a veces con toques de nuevo rico extravagante– y con implantes de silicona que la hacían más exuberante aún, lo volvía loco. Jair la puso en la mira. “Tiene que ser mía en no más de dos semanas”, se planteó. Sabía que lo que se proponía, en general, lo conseguía.

Una vez más, lo consiguió. Sonia, que dudó mucho en corresponder a Jair sabiendo que se podía meter en problemas; más aún: que su vida podía peligrar dado lo sanguinario de Dinamita, aceptó esa relación sexual transgresora sin pensarlo mucho. El odio que iba sintiendo por su obligado “novio” pudo más que su seguridad económica. Esa “travesura” representaba, en cierto modo, una forma de venganza.

Como en las favelas todo se sabe, todo se divulga y no existe la privacidad, la aventura de Sonia rápidamente llegó a oídos de Dinamita. Su gente armada, virtual policía interna del barrio, hasta una foto pudo tomar del momento en que ambos jóvenes se encontraban en la casita del Sector 4, prestada en la ocasión por un amigo de Jair para su desliz. La ira del engañado no tuvo límites.

Biringeira estuvo especialmente sensible esos días. No sabía decir qué sentía en particular, pero su sensación no era la de siempre. Presentía algo grave. Cuando se lo hizo saber a Jair, éste no rió como de costumbre sino que reaccionó airado.

–“¿¡Y de dónde sacas que estoy metiéndome en problemas!? Creo que cada vez estás más loca con esto de hacerte pasar por bruja. Es más: me parece que no sólo te lo creíste. ¡Creo que eres una bruja!”–

Biringeira quedó atónita. Nunca antes Jair había reaccionado de esa manera. Esta vez había sido ofensivo, cortante. Lo cual le reafirmó que efectivamente algo grave estaba en juego. No había otra explicación.

–“¿Habrá otra? ¿En qué lío se habrá metido mi bebé?”– se preguntaba ella con amargura. Frente a un Jair desorbitado, rojo que parecía a punto de estallar, no le salían las palabras. Entrecortadamente, lloriqueando pudo agregar:

–“No te enojes, mi niño. No te enojes…Si todo lo que te digo es por tu bien. Ahora veo algo muy feo que viene en camino, algo que te va a transformar, que te va a hacer mucho daño. Si te lo digo es porque te quiero mucho y no me gustaría que te suceda nada”–, agregó maternal Biringeira.

–“Pero, dime la verdad, con toda franqueza, porque sabemos que lo de las voces de ultratumba y todo eso son mentiras que montamos entre los dos para esquilmar a tus pobres clientes. De verdad, Biringeira: ¿tú te puedes creer las taradeces que dices?”–

Biringeira tuvo ganas de llorar incontenible. Pero pudo contenerse. También sintió deseos de atacarlo, de pegarle hasta caer exhausta. E igualmente se contuvo. Con una mezcla confusa de odio, venganza y amor piadoso, con una sonrisa franca que le cruzaba todo el rostro, le contestó mirándolo fijo a los ojos:

–“Sí, Jair. Las creo totalmente…porque no son taradeces. A veces miento un poco, lo sabes, para darle más sabor al espectáculo. Pero muchas veces, la mayoría te diría, no miento: siento lo que va a suceder”–

–“Realmente estás loca”– le escupió a la cara Jair con una risa mordaz.

–“Piensa lo que quieras”– agregó Biringeira con resignación, –“pero de verdad que no quiero perderte. Y hay algo que hiciste que, lo siento, nos va desunir. O peor aún: nos va a transformar. Más que nada: a ti te va a transformar”–

Sin decir más una sola palabra, resentidos el uno con el otro, se acostaron. Lo único que tenían para quitarse el calor en esa pesada noche carioca era un ventilador. Todos desnudos, empapados en transpiración, Jair prendió un cigarrillo. Ella lo buscó, pero él, como cosa increíblemente extraña, la rechazó.

–“Esto es más grave de lo que me imaginaba”– pensó Biringeira para sí. No quiso dormirse esperando alguna reacción del joven.

Éste, luego de fumar tres cigarrillos uno tras otro, se durmió. Pero antes, la cabeza le estallaba en elucubraciones. –“¿Será bruja de verdad esta loca? ¿Cómo puede intuir lo que hice?”– Como siempre, sus sentimientos para con ella eran ambiguos.

Biringeira “supo” de la travesura de su pareja sin saberlo conscientemente. Sin ver ninguna foto, percibió de qué se trataba el asunto. Y vio, incluso, la reacción de Dinamita. Éste supo de la transgresión por lo que sus secuaces le contaron con lujo de detalles. A Sonia prefirió ni preguntarle. –“Un macho que se precia de tal no puede perder el tiempo pidiendo explicaciones”–. Según su evaluación de la situación, era mejor perder una muchachita tan hermosa como Sonia – los “muchachos” le tuvieron que dar más de ochenta balazos, siguiendo sus órdenes terminantes– que “pasar por débil”.

Pero quien la pasó realmente mal fue Jair. Quizá la verdadera intención de Dinamita no era lo que terminó sucediendo, aunque cuando lo supo no dejó de alegrarse, pensando incluso que así estaba mejor. El granadazo que le arrojaron debía matarlo, pero por esas cosas inexplicables no fue así. Claro que los fragmentos lo lesionaron de tal modo que hubiera sido mejor morir. El ojo derecho que perdió no era lo que más le importaba; los testículos sí. Quedó impotente de por vida.

–“¡Un bebé!...”–, se decía con amarga resignación. –“¡Puta!, esta vieja me lo había advertido. ¿Será bruja de verdad entonces?”–

Marcelo Colussi, escritor y politólogo argentino (Rosario, 1956). Actualmente reside en Guatemala (Centroamérica).

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La Carta de Manden

ARGENPRESS CULTURAL

El Kouroukan Fouga o Carta de Mandén era la constitución del imperio de Malí (1235-1670). Es una declaración que fijó las reglas básicas en las que se fundó el Imperio, con la intención de evitar la guerra y garantizar una convivencia armoniosa. Estableció formalmente la federación de las tribus mandinka bajo un gobierno, definió cómo funcionaría éste y estableció las leyes que regirían al pueblo. El Mansa Sundiata Keïta presentó la ley en 1235 en un llano cercano a la ciudad de Ka-Ba (actual Kangaba), y ha sobrevivido gracias a la tradición oral a través de generaciones de djeli o griots. El djeli ha preservado la historia del imperio de Malí incluyendo sus reyes, batallas y sistema de gobierno.
Debido a esta tradición oral, la Carta del Mandén, proclamada en Kurukan Fuga, fue inscrita en la Lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco en 2009. Pone como principio el respeto por la vida humana, la libertad individual y la solidaridad. Afirma la oposición total al sistema de esclavitud que se había vuelto corriente en África occidental. La abolición de dicho sistema fue uno de los logros más importantes de Sundiata Keita y del Imperio de Malí.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Kouroukan_Fouga

Los cazadores declaran:
Toda vida (humana) es una vida.
Es cierto que una vida aparece previamente a la existencia de otra vida,
pero una vida no es "más antigua", más respetable que otra vida,
así como una vida no es superior a otra vida.
Los cazadores declaran:
Toda vida que es una vida,
todo daño causado a una vida exige reparación.
Por lo tanto,
que nadie robe a su vecino,
que nadie cause dolor a su prójimo,
que nadie martirice a su semejante.
Los cazadores declaran:
Que cada uno vela por su próximo,
que cada uno venera a sus progenitores,
que cada uno educa como es debido a sus niños,
que cada uno "mantenga", cubra las necesidades de los miembros de su familia.
Los cazadores declaran:
Que cada uno vela por el país de sus padres.
Por el país o patria, faso,
es necesario oír también y sobre todo los hombres;
ya que "todo país, toda tierra que viera a los hombres desaparecer de su
superficie se volvería nostálgica inmediatamente".
Los cazadores declaran:
El hambre no es una buena cosa,
la esclavitud no es tampoco una buena cosa,
no hay peor calamidad que esas cosas,
en este bajo mundo.
Mientras que tengamos la aljaba y el arco,
el hambre no matará ya nadie en Manden,
si por ventura el hambre viniera a prevalecer;
la guerra no destruirá más al pueblo
para tomar esclavos;
es decir que nadie colocará en adelante la mordaza en la boca de su semejante
para ir a venderlo;
a nadie se golpeará tampoco,
ni a fortiori condenado a muerte,
porque sea hijo de esclavo.
Los cazadores declaran:
La esencia de la esclavitud es extinguida este día
"de un muro al otro", de una frontera a la otra de Manden;
los tormentos nacidos de estos horrores se terminan a partir de este día en Manden.
¡Qué prueba es el tormento!
Sobre todo cuando el oprimido no dispone de ningún recurso.
El esclavo no goza de ninguna consideración,
en ninguna parte en el mundo.
La gente de antes nos dice:
"El hombre como individuo
hecho de hueso y carne,
tuétano y nervios,
de piel cubierta de pelos y cabello,
se alimenta con alimentos y con bebidas;
pero su "alma", su espíritu vive de tres cosas:
ver lo que tiene deseo de ver,
decir lo que tiene deseo de decir
y hacer lo que tiene deseo de hacer;
si una sola de estas cosas viniera a faltar al
alma humana,
sufriría y se marchitaría seguramente".
En consecuencia, los cazadores declaran:
Cada uno dispone en adelante de su persona,
cada uno es libre de sus actos,
cada uno dispone en adelante del fruto de su trabajo.
Tal es el juramento del Manden
dirigido a las orejas de todo el mundo.

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Cuentos para no dormir 1: Humanidad de plástico

Indira Carpio Olivo (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Esta era una vez un planeta llamado tierra, que para el año 2050 tendría una población de 10 mil millones de personas. Hombres y mujeres trabajarían el triple que sus ancestros, porque según los científicos, consumirán tres veces más de lo que puede producir la tierra.

A partir de ese año, debido a la escasez de recursos y su distribución fatalmente desigual (más para lo que tienen más y bastante menos para los que no tienen nada) los dos peores inventos del hombre: la guerra y la contaminación, constituirían una plaga sin precedentes. Seríamos la única especie en acabar consigo misma.

De seguir el mundo como va, seremos partícipes y testigo de los estragos producto del calentamiento global, que exterminarán una cuarta parte de todas las especies animales y vegetales del planeta en una de las extinciones más grandes, sólo comparable con la de los dinosaurios.

--Mamá, pero ¿nos vamos a morir como REX?

--Si, en algún momento nos toca morir. Se trata más bien de cómo elegimos morir y qué dejamos a nuestros seres amados ¿No te parece?

--Ujum

--Continuemos

Hoy han muerto 4mil niños y niñas como tú. Esto pasa todos los días, los más pequeños fallecen por falta de agua potable o saneamiento adecuado y unos 25 mil por hambre (1).

De los casi 7 mil millones de personas que habitan la tierra, mil millones están desnutridos, otros mil millones padecen enfermedades crónicas debido a la obesidad, mil 200 millones más viven en la indigencia y la mitad de la población, más de 3 mil millones, sobrevive con 2 dólares diario. Hijo, con eso sólo te alcanzaría para comprar un pan canilla, en Venezuela.

Como si fuera poco, hasta mediados de junio de 2011, la tierra habrá perdido más de 5 millones (2) de hectáreas de bosque, por eso habrá menos oxígeno y más dióxido de carbono y metano en la atmósfera, en una incidencia nunca vista del efecto invernadero sobre las temperaturas y eventos naturales del planeta.

Dicen que la mayoría de las especies vegetales y animales sobre la tierra resistieron el cambio climático -producto de las erupciones volcánicas- de la era del hielo hasta la actualidad. Todavía sobrevive la esperanza: algunas especies pueden adaptarse... menos los humanos.

--Mami y ¿por qué no aprendimos de los animales?

--Porque mucho de los inventos nos alejaron de nuestra propia naturaleza, creyéndonos superiores.

La adaptación de la especie humana a través del desarrollo tecnológico que, debió facilitar la vida de todas y todos, se volvió contra el planeta, contra nosotros mismos.

Por ejemplo, una inocente bolsa de plástico (de las cuales se producen anualmente 150 por cada habitante del mundo) tarda más de 150 años en ser degradada por la naturaleza. Un vasito plástico, como el que usamos para el café en la panadería, llega a transformarse en moléculas sintéticas luego de mil años en la tierra.

Por todos estos indicios, primero desaparecerá el ser humano, cumpliendo la profecía -ya no de ficción- de que los propios inventos acabarían con sus creadores y les sobrevivirían, adueñándose del planeta.

--¡Guao, mami! ¿Como en las películas, donde los robots matan a los hombres y se vuelven dueños del planeta, y le rebanan los sesos y con un rayo láser...?

--Bueno, bueno, calma... más o menos así, sólo que no son robots los que se quedan; sino una montaña de desechos y basura.

Suponen los especialistas que para el año 2050 se acabaría el petróleo en el mundo (3). Pero con ello no finalizaría la sociedad de plástico. Actualmente, la energía, las casas y hasta los implantes mamarios, se elaboran con derivados del petróleo, del cual el plástico es rey.

Tanto reina este material, que nuestros mares se ven inundados. La sopa de plástico (4)... “si una sopa de plástico” es una mancha de basura que mide casi un millón y medio de kilómetros, flota en las corrientes del pacífico y acumula un vertedero de desperdicios humanos dos veces más grande que el tamaño de Brasil, aproximadamente.

En 2010 descubrieron que en el Atlántico norte también se mueve, como un monstruo con vida propia, una masa de desechos marinos, con una densidad de 200.000 fragmentos de basura flotante por kilómetro cuadrado.

Cada año, ese monstruo de basura del que te hablo provoca la muerte de más de un millón de pajaritos y cien mil mamíferos acuáticos que confunden sus desechos con alimentos y se envenenan. (5)
___________

Sin embargo y paradójicamente, la única salvación de la especie reposa en la formación del sexto continente, una masa de basura compacta que se mueve mientras duermes... la tierra prometida.

Mientras decía esto, mi hijo abrió los ojos y me dijo:

-- Mami, ese no es final ¿verdad?

-- No, a mí me gustan los finales felices.


Para ampliar informaciones:
1) Mueren por hambre 25 mil personas diariamente:
http://www.paginanoticias.mx/noticias/Internacional/20110115/4433525/Mueren-por-hambre-25-mil-personas-diariamente.htm
2) La cifra real es 5.206.800, según: http://www.worldometers.info/es/
3) ¿Cómo sería el mundo en el 2050? http://www.soberania.org/Articulos/articulo_1531.htm
4) Sopa de plástico: http://es.wikipedia.org/wiki/Sopa_de_pl%C3%A1stico
5) Plástico y fósforo amenazan los océanos: http://www.unmultimedia.org/radio/spanish/detail/170662.html

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Acerca del documental sobre Jorge Ricardo Masetti: El empeño de la acción (guerrillera)

Demian Paredes (LA VERDAD OBRERA - PTS)

Osvaldo Bayer define a Masetti como un ‘revolucionario sacrificado’. ¿Están de acuerdo con esa definición?

J.P.R: Totalmente, Masetti no fue sólo un intelectual de palabra sino también un hombre que expuso su vida. El hecho de que haya desaparecido en la selva luchando por una sociedad más justa termina de pintarlo como un hombre entregado por completo a sus ideas, que eran también las del Che”.


Juan Pablo Ruiz y Martín Masetti han realizado un documental sobre el abuelo de éste último: La palabra empeñada, que se exhibe en el cine Gaumont. Como explica el primero: “La película ensaya una posible biografía del periodista argentino Jorge Ricardo Masetti (1929-1964), quien luego de fundar y dirigir en 1959 Prensa Latina, la agencia de noticias más importante de Latinoamérica, desapareciera trágicamente en los montes de Salta, al encabezar la avanzada de la guerrilla del Che Guevara en la Argentina. Está estructurada a partir de un relato coral, con más de veinte testimonios de primera mano”(1).
“El periodista”, “El Comandante Segundo” y “La revolución en la Argentina” son los tres “capítulos” del film, que nos llevan a recorrer junto a Masetti la isla de Cuba, Argelia y el norte argentino, en la provincia de Salta. Desde un inicial trabajo de información periodística para radio El Mundo al paso a la acción política.

El documental va de las entrevistas al Che y a Fidel Castro, en 1958, a la militancia activa en defensa (y luego extensión) de la revolución: Masetti fue el primer director de la agencia de noticias de Cuba Prensa Latina (según recuerda un testimonio, Masetti decía de la labor: “Un periodista debe ser objetivo, no imparcial. No se puede ser imparcial entre el explotado y el explotador, entre el oprimido y el opresor”); allí participó en la defensa de Playa Girón, y luego en la guerra por la independencia de Argelia. Finalmente organizó el grupo guerrillero EGP que se instaló en Orán, tras la caída del gobierno de Frondizi.
Los testimonios que hay en La palabra empeñada son los de Alejandro Doria (cineasta que previamente codirigió con Masetti la revista Cara y ceca en 1955), Rogelio García Lupo (compañero en la Alianza Libertadora Nacionalista), Gabriel García Márquez (quien trabajó con Rodolfo Walsh y Masetti en Prensa Latina), Osvaldo Bayer, José Bodes, Conchita Dubois, Alberto Castellano y Ciro Bustos.
También relatan su experiencia de intentar iniciar el “foco” en el monte salteño Miguel Tirantti, Jorge Paul, Héctor Jouve. Y habla el suboficial mayor retirado Belisario Lauro López, miembro de la patrulla de Gendarmería Nacional que sorprendió al grupo y lo apresó –y que niega, nuevamente, las torturas y vejámenes que sufrieron los combatientes del EGP, según han relatado los mismos sobrevivientes-.
Aún siendo valioso lo que han conseguido los dos autores, tras cuatro años de investigación, con sesenta horas de testimonios grabados en Cuba y en Argentina, hay que decir que el resultado es a la vez interesante y pobre –tan pobre como el sonido del documental, que empaña la calidad y cantidad de testimonios-.
Es interesante en tanto los autores consiguen un “retrato biográfico” de Masetti, personaje poco conocido; aunque lamentablemente se omite el conjunto de la época, circunscribiéndose al itinerario militante del guerrillero guevarista.


Y es pobre porque si el objetivo es, como dice Juan Pablo Ruiz en la entrevista ya citada, “intenta(r) echar algo de luz sobre una historia que ha sido escondida o tergiversada durante mucho tiempo”, la luz arrojada es muy poca para la cantidad de respuestas que se necesitan.

Porque La palabra empeñada se suma así a una cantidad de libros, revistas y películas que hay, sin responder, por ejemplo, a otros films ya aparecidos ni tampoco al engendro (llamado por su autor “novela”) Muertos de amor(2), de Jorge Lanata, donde -supuestamente- se hace un relato de la experiencia de Masetti. Ni se adentra en la gran discusión política que finalmente se plasmó en el libro No matarás, a raíz del llamado “debate del Barco”(3). (Oscar del Barco es quien -tras haber pasado por el PC, haber sido del grupo Pasado y presente y haber simpatizado con el EGP- propuso como balance una especie de filosofía humanista-derechista de la “teoría de los dos demonios”(4), donde el EGP fue uno de sus blancos… junto a otros “asesinos” como Lenin y Trotzky (sic).)
Agreguemos que la experiencia del EGP se inscribe en las de otros breves y fracasados proyectos similares, como el de Uturuncos, las FARN del “vasco” Bengoechea y las FAP de Taco Ralo.
La gran tragedia de las guerrillas en los ’60 fue que minusvaloraron al movimiento de masas, oponiéndose a la estrategia “clásica” inaugurada con la Revolución Rusa de impulsar la huelga general, la insurrección urbana y los soviets como vía para derrocar al capitalismo, por alguna variante de la “guerra popular prolongada”, extraída de Mao, Giap y los guerrilleros vietnamitas, y las propias teorizaciones del Che Guevara. Esto, y en el caso particular del EGP, la falta de ayuda del régimen de Castro –algo que aparece llamado en el documental “sectarismo”, y que era la burocratización de tipo stalinista que buscaba la autopreservación de la casta gobernante, y condenaba toda iniciativa que alterara el statu quo, tal como se proponía el Che con el internacionalismo de “hacer dos, tres, muchos Vietnam”-, jugó en desmedro de la misión que se proponía Masetti –dentro de una estrategia equivocada-, que finalmente terminó de la peor manera: sin haber entrado nunca en combate, en crisis, apresada y con su dirigente desaparecido para siempre… Parecido destino al del Che, quien cayó en la selva boliviana.

Y prácticamente en paralelo emerge el movimiento de masas, urbano, proletario y juvenil; se desarrolla una acción revolucionaria enorme en una serie de países (incluida la misma Bolivia, con la Asamblea Popular de 1970-’71, o el Cordobazo, con el “aristocrático” proletariado industrial y la juventud), demostrando que el voluntarismo de la estrategia guerrillera, y la prioridad dada al campesinado y a la acción de pequeños grupos de vanguardia, estaban errados(5).
***
El sacrificio, la acción de la militancia revolucionaria pasada, sus triunfos y derrotas deben servir no sólo como ejemplo de rebeldía, alta moral y abnegación, sino también para extraer conclusiones que permitan mejorar y fortalecer la lucha contra el actual sistema de explotación y opresión. La palabra empeñada muestra algo de esto, en la voluntad de Masetti, pero deja muy por fuera de contexto una gran cantidad de hechos y protagonistas que permitirían entender más cabalmente las estrategias y opciones políticas puestas en juego entonces.

Notas:
1) http://www.escribiendocine.com/entrevistas/juan-pablo-ruiz-y-martin-masetti-que-este-material-recien-ahora-salga-a-la-luz-se-relaci
2) Buenos Aires, Alfaguara, 2007.
3) Acá está la carta que inició el debate:
http://www.elinterpretador.net/15CartadeOscarDelBarco.htm. Otras respuestas:
ttp://laempresadevivir.com.ar/2010/04/22/respuestas-publicadas-en-la-revista-la-intemperie/
4) Ver el artículo de Juan Dal Maso “Ideología y política de los intentos de relegitimación estatal. Debates sobre los años ’70 a treinta años del golpe militar”, en revista Lucha de Clases N° 6, junio de 2006, especialmente pp. 92-94.
5) Una crítica desarrollada exhaustivamente a la estrategia y variantes guerrilleras se encuentra en Insurgencia obrera en la Argentina. 1969-1976, de Ruth Werner y Facundo Aguirre (Bs. As., IPS, 2009), especialmente los capítulos XVI y XVII (“El guevarismo y la revolución latinoamericana” y “El PRT-ERP: militarismo y frentepopulismo”).

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Primeros pasos del hombre (que no los últimos)

Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Introducción

“2001, Odisea del Espacio”, guión de Arthur C. Clarke, es un filme clásico. En una de sus primeras secuencias, varios primates dan vueltas alrededor de un bruñido monolito negro. Uno de ellos se distancia del grupo, recoge un palo y lo arroja al aire donde gira hasta reaparecer como nave espacial, viajando más allá de los cielos. Estas secuencias me resultan impactantes, se desarrollan en dos límites: nuestro remoto pasado, el de los abuelos primates, y el futuro previsible en manos de la Cosmonáutica, sin olvidar lo enigmático, representado por el monolito. Y el palo que deviene nave espacial nos dice del rasgo común. Uno es lo simple de lo simple, permanece en bruto, tal cual ha sido tomado de la naturaleza. La otra es muestra de la tecnología más sofisticada. Y ambos están separados por millones de años. Nada de esto obsta a que tanto palo como nave espacial sean herramientas del hombre destinadas a intermediar entre éste y la naturaleza.


Los primeros pasos del hombre -o proceso de hominización- cubren en efecto varios millones de años sin que todavía pueda precisarse cuántos, si nueve o “solamente” cuatro o cinco, e imponen seguir las huellas dejadas aquí y allá, sobretodo en África donde al parecer reside la cuna del hombre. Es la tarea de la ciencia antropológica, cuya llama se enciende en el siglo XIX, abarcando el vasto panorama de la vida y del hombre bajo una lente común que dio en llamarse “evolución”.

Debo confesar: no estuve por ahí con la video cuando los primeros pasos del hombre. Ya ven, todo lo que se cuenta de aquel entonces es como el átomo: nadie nunca lo vio pero “tiene que estar ahí”. Pues los efectos constatados en el mundo físico sancionan: no hay de otra. Idem en el mundo antropológico con los abuelitos primitivos: no hay de otra. Es lo que se llama “construir un modelo”, que no es real pero apuesta a serlo, esperando confiadamente por la hora de la verdad, si verificación cabe, difícil está examinar en vivo al abuelito. Pero ha debido pasar por un previsible camino de adquisiciones. ¿Y si no existió? Entonces, no hay más que hablar: lector, autor y texto desaparecen rumbo a la nada. Es la desventaja respecto del átomo, que es de ayer, de hoy y previsiblemente de mañana, una sistemática herencia asegurada por largos trechos. El mundo antropológico no nos da esa pauta. Pero a su vez el modelo del hombre primitivo guarda una ventaja sobre el modelo del átomo: hay una referencia parcialmente analógica en ciertas tribus de África, que están al alcance. Y sobre ellas, como se sabe, han caído los antropólogos.

Muy bien, puede el lector confiar en esta visión del remoto pasado del hombre, de los superabuelitos.

Parte uno

Darwin y Wallace, cada uno por su lado, con mayores trabajos y acopio de evidencias el primero, siguieron las líneas evolutivas en las especies animales, ese entrecruzamiento de demandas del medio y respuestas a nivel biológico y de conducta. Seres del mar que devienen anfibios y luego, seducidos por las posibilidades terrestres, dejan para siempre las aguas. Las aletas serán patas o músculos que arrastren el cuerpo al serpenteo. Y luego, los seres de la tierra a su vez serán seducidos por las posibilidades del aire, y las aletas se verán resucitadas como alas... Para la densidad del medio agua, aletas, para la densidad del medio aire, alas. Es la evolución de las especies, presidiendo la selección natural. Hasta aquí, Darwin y Wallace.

Quien lea la obra del primero, verá desplegarse un minucioso alegato científico, donde Darwin es el abogado defensor. A cada momento presenta pruebas a favor de su causa, a cada momento saca conclusiones. Se detiene al llegar al hombre, la última especie animal conocida, sin por ello dejar de indicar la filiación. Entrar al tema de cómo el ser humano fue sacudiéndose del pasado animal, no es problema de Darwin, otros deberán tomar el relevo en los estudios. Y bien, lo que sigue es asombroso. En menos de cien páginas, un no especialista, autodidacta alejado de las universidades, cuya actividad central transcurre entre atender una empresa mercantil, hacer política, soñar con la dialéctica de la naturaleza y mantener a un amigo que admira y a su familia, deja planteado el proceso de hominización en opúsculo inconcluso.

Ese hombre es Federico Engels. Y ese texto, que él mismo consideraba secundario, se titula “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Desde luego, su terminología no es la vigente ni tampoco incursiona en los aspectos debidos a la Antropología cultural. Engels muere en 1895 y esos temas hay que buscarlos bien avanzado el siglo XX en Lévi-Strauss, Boas, Margaret Mead y otros. Pero el fenómeno de interacción a la base planteado pioneramente por Engels sigue vigente, aun en el caso que no se esté de acuerdo con el autor. Su texto es rescatado por los evolucionistas del siglo XX, Vere Gordon Childe a la cabeza. Como así por Bruce Trigger y otros, entre quienes destaco a Eric Klamroth. Éste trabajó en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de ciudad de México y, encontrándose dedicado a investigaciones de campo en Sudáfrica, murió en accidente carretero en 1985 cuando contaba treinta años y ya era un científico que aunaba rigor con experiencia. Su tesis doctoral recepta ampliamente las ideas de Engels.

Veamos entonces los factores sobresalientes dentro del proceso de hominización. Uno de ellos, la posición erecta, tal vez el primero de los cambios evolutivos y que, al ocurrir, deja libres las extremidades superiores. La mano pasa a ser el multiusos al manipular los objetos, y en particular las herramientas, al punto de que “no sólo es el órgano del trabajo, sino producto de él”, escribe Engels, quien suscribe la tesis de que “la función hace al órgano”. A la vez, ya el fabricar las herramientas requiere un mejor y más preciso lenguaje, la necesidad de comunicarse entre sí los miembros de la horda se incentiva, es preciso coordinar actividad laboral y actividad cotidiana. Es de suponer que desde entonces el lenguaje evoluciona de gutural a articulado. Además, las herramientas, transformadoras del entorno según un previo plan que se formula la mente, requieren de una nueva racionalidad. Y ella necesita de un mejor cerebro, al cual hay que hacerle lugar ampliando la capacidad craneana.

Un desarrollo donde la ingesta de carne cumple la función de nuevo recurso alimenticio (proteínas animales) específico para otorgar la materia prima necesaria a ese cerebro en crecimiento. Así, posición erecta, liberación de brazos y manos, fabricación y uso de herramientas, lenguaje, empleo del fuego, dieta alimenticia, capacidad craneana, cerebro en crecimiento -y cada neurona que éste se agrega implica un beneficio general para el manejo del cuerpo-, son inéditas adquisiciones y aparecen como elementos interactuados de un conjunto que culminará en el hombre.

Naturalmente, hay más. Alimentación carnívora a su vez se recombina con control y aprovechamiento del fuego, lo que lleva a cocer la carne, haciéndola más digerible y readaptando gradualmente el tamaño de mandíbula y piezas molares, que se reducen. Ni qué hablar de los cambios anatómicos con motivo de la posición erecta, particularmente en los huesos. Y el bípedo caminador no tarda en fabricarse no sólo herramientas, sino armas, lanza, arco y flecha, asegurando su defensa, caza, y pesca con elemental arpón. A estos factores hay que agregar el entierro de sus muertos. En una palabra, la nueva cadena anatómica y psicofisiológica produce un ajuste en el cuerpo del primate y una revolución en su conducta. Y esa cadena y esa revolución y ese conjunto de elementos interactuados, es el hombre. Quien sea el o los antecesor(es) animal(es) ha(n) sabido dar una buena respuesta al reto de adaptarse o perecer. Mamacita Naturaleza ha procedido al examen de calidad del producto y ha resuelto aprobarlo. He aquí el nuevo modelo, ya no del año sino de los varios millones de años, listo para emprender su carrera sobre la faz de la Tierra.

Ah... aquella vez Dios, furioso, expulsó a Eva y Adán del Paraíso, desterrándolos a la Tierra, apostrofando al segundo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Así es, Dios lo conminó: ¡A trabajar, basta de holgazanería, sólo ha servido para que tengas malos deseos! Quién hubiera dicho que el Altísimo iría con el paso de los siglos a coincidir con el comunista Engels, quien escribió en el opúsculo citado: “condición básica de toda la vida humana, el trabajo, hasta cierto punto, ha creado al hombre mismo.” Tal vez no faltará quien pegue el brinco y exclame que también los nazis participaban de esta valoración, que a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, se leía: “Por el trabajo seréis libres”. Así estuvo escrito pero, lo siento mucho, así se lee: “Vosotros que entráis, abandonad toda esperanza”, al igual que a las puertas del Infierno de Dante.

Parte dos

Y bien, tuvimos un encuentro con Darwin, quien nos presentó a las especies animales en general, y de ahí partimos a particularizar una, esto es, el proceso de hominización. Estamos hablando del hombre de la horda, esencialmente nómada. Cuando se resuelve pasar a sedentario, cautivado por la posibilidad de domesticar plantas y animales, entramos a considerar un nuevo ciclo de desarrollo. En este punto el relevo lo toma Lewis H. Morgan, quien asocia la pauta evolutiva a factores cada vez más sociales, entre ellos las relaciones de parentesco y la división del trabajo por géneros. Su libro “La sociedad antigua” (1887) será glosado y ampliado en sus conclusiones por Engels en su trabajo titulado “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Morgan es considerado uno de los fundadores de la moderna Antropología. Y con su aporte, estamos a la puerta de las civilizaciones, unos diez mil años atrás. Se cierra entonces el periodo que abarca la Antropología.

¿Y por qué el siglo XIX resultó tan “antropológico”? Ante todo, recibía el aire refrescante de la anterior centuria. El siglo XVIII “de las luces” puso al oscurantismo en retirada en Europa occidental, y en Estados Unidos cooperó a crear una corriente de libre pensamiento. La revolución industrial a todo vapor, las burguesías pioneras reclamaban espacios para el progreso de las ciencias y tecnologías, dentro del marco de la democracia republicana. El hombre nuevo, de raigambre renacentista, pedía explicaciones, iba de más en más preguntándose por sus orígenes, por su identidad. Fue necesario retroceder hasta dar con las especies animales antecesoras. Allí donde se abrió el proceso de hominización, demandando saber cómo fue que somos lo que somos.

Y las interrogaciones del hombre a sí mismo no cesarán hasta lo más reciente, el noticiero visto hace un momento en la tele. Pero cerrado el ciclo de hominización, así se considere que provisoriamente, la historia posterior de un “hombre socializado” agrupándose en tribus y más tarde en pueblos, el nacimiento de las civilizaciones, todo eso es ya “otra historia” que deja atrás a la Antropología. ¿O simplemente cambia de nombre para llamarse Historia pues qué es la Antropología sino la Historia del hombre primitivo y de sus orígenes?

Existe gente que se tortura con la cuestión de saber cuál es nuestra diferencia con el animal. La sociobiología sostiene que no la hay, que rige la continuidad. Intelectuales brillantes han sugerido diversos factores que harían la diferencia. Entre ellos, Albert Camus, escritor de gran predicamento en los años de posguerra, cuya obra narrativa y teatral retoma eternos grandes temas del hombre: la muerte, el suicidio, el absurdo de la existencia, su falta de sentido. Un libro en especial le ha sobrevivido, su novela “El extranjero”, con algo así como diez millones de copias vendidas. Murió en 1960, de resultas de un sospechoso accidente de carretera, como lo señala William Styron, el escritor norteamericano, él mismo tentado de acabar de una vez con todo.

Albert Camus, autor de textos de reflexión trascendente como “El mito de Sísifo” y “El hombre rebelde”, ha indicado que el animal no se suicida. Una pareja de delfines viviendo en estanque, desmiente al intelectual. Bruscamente separados, la hembra, desesperada, se arroja una y otra vez contra las paredes hasta darse el golpe de muerte. Hoy manejamos un volumen de información sobre el mundo animal varias veces mayor al de medio siglo atrás, en tiempos de Camus, y la Etología, disciplina que estudia la conducta de las especies, cada vez tiene mayores pruebas de que el reino animal es “más humano” de lo que se creía y estamos hablando de los salvajes, no de las mascotas hogareñas.

Y luego, durante los millones de años del proceso de hominización, hubo tiempo para las adquisiciones base. El hombre deja de ser mero recolector y pasa a depredar su entorno. Antes, debió hacerse de la posición erecta, tras el objetivo “anfibio”: no abandonar los árboles, refugio y provisión de frutos para el primate, ampliando a la vez el radio de acción al echar a andar por los suelos sobre dos pies. La cuestión quedaba puesta a la orden del día cuando, en determinadas áreas boscosas, el alimento comenzaba a no encontrarse y era necesario emigrar, costumbre frecuente en las especies animales, desde las mariposas a los elefantes. Pero ¿qué ocurre con el primate? Es un torpe caminador, y urge un bípedo. Aquí, como señalamos, la selección natural es reina y ordena: te conviertes en bípedo o te extingues como especie. El cambio originario pudo operarse en la naturaleza vegetal y boscosa -probablemente una sequía prolongada- e impuso el cambio consecuente como respuesta de los primates herbívoros. Y en esto no hay excepciones, recuerden los bichos prehistóricos, los dinosaurios, enormes, al parecer invulnerables, adónde fueron a parar: al tanque de gasolina de los carros.

Sin contar el otro aspecto: la posición bípeda, al liberar la mano, multiplicó los poderes del hombre primitivo: tanto blandía un palo para la defensa o el ataque, como hacía girar una astilla para hacer fuego o daba forma a un instrumento cortante fabricado en piedra, destinado a diferentes usos, entre ellos despellejar de modo más eficiente las presas de caza, lo que antes hacía a dentelladas, tantas tareas podía encargarse a la mano. El primate de los árboles fue cada vez más haciéndose un habitante de los suelos.

Un buen número de rasgos distintivos de la vida grupal como el líder y la división del trabajo según géneros ya existen en la naturaleza, veamos otros casos: las sociedades de insectos plasmada entre las abejas, termitas y hormigas, o los pájaros y sus nidos, o bien la fabricación de herramientas -en el amplio sentido de la palabra- por parte de los castores, sus represas calculadas como un ingeniero lo haría, según corrientes de agua, resistencia de materiales, etcétera. Claro, surge una diferencia. Los animales repiten sus trabajos “desde siempre”. Entre la abeja fósil de hace ochenta millones de años y la de hoy, anatómicamente sólo se constatan variaciones menores. Continúa pues siendo arquitecta de un modelo de panal cuyos planos hereda desde tiempos inmemoriales y cuyo descubrimiento maestro ha sido la celdilla hexagonal, que optimiza el ahorro de espacio y la resistencia del material de construcción empleado. Pues bien, lo que en el animal es parálisis si los cambios externos no lo ponen en jaque, en el hombre es afiebrada compulsión creativa. Todos los hijos de Mamacita Naturaleza trabajan. Pero lo hacen con estilos diferentes.

Parte tres

Y la fraternidad humana, nacida al seno de la horda, hija, ella también, de la necesidad. Cada miembro del grupo adquiere un valor social frente al resto. Ocurre con motivo del trabajo y sobretodo en la batalla por sobrevivir. Cada quien es una unidad, no a secas sino de signo positivo, el aliado contra el medio hostil. Si cae en manos de otras hordas o de los animales feroces, su muerte es sentida como la pérdida del compañero, unidad de signo negativo, uno de menos al seno del grupo.

Las tumbas del hombre primitivo nada tienen que ver con las de nombre, apellido y leyenda “ad hoc” de nuestros cementerios, sino más bien con la tumba del soldado desconocido, dado de baja en acción de guerra sin importar de quién se trata, estuvo con nosotros en la trinchera y ya no contamos más con él. Y la guerra contra el medio hostil de hace varios millones de años impresiona dándose en dos escalas. Como crónica, es de baja intensidad, en fase aguda un bando extermina al otro. Es la horda bregando contra el hambre, por el uso de las fuentes de agua dulce, etcétera. En esas condiciones, la pérdida del aliado es sentida con fuerza al seno de ese colectivo trashumante. Se rinde entonces homenaje al muerto, su sepultura es una ceremonia. Tumbas del hombre primitivo, donde se dejan utensillos que continuará necesitando, dan al muerto una segunda oportunidad. Porque el hombre primitivo no se resigna a la desaparición de su aliado y su rebeldía pone los cimientos de las futuras religiones. Lo que no se comprende del entorno, sea la muerte, sea el rayo o la sequía, se vestirá con una representación contrastante que mucho después se llamó “los dioses”. A la vez, la pérdida del aliado despertará la conciencia de sí. Lo que a él le pasó me sucederá a mí tarde o temprano, será al cabo la conclusión de la mente primitiva.

Cuando tratamos de los factores de base que concurren al proceso de hominización, estamos tentados de decir, a la luz de la Etología: sucede igual entre los animales, sólo que en el hombre más. Sí, más de lo mismo. Y si somos hegelianos, llegar a la conclusión de que tales aumentos cuantitativos darán a cierta altura el salto cualitativo, y eso es el hombre. Como esquema no está mal, sólo que a menudo no es verificable. La represa de Assuán en Egipto ¿supera a las construcciones de los castores? Un jet ¿es más seguro en el aire que un águila? Las sociedades de insectos ¿por qué no se basan en la propiedad privada? ¿Y cómo se explica que les rija un sistema de división del trabajo donde a los soldados no se les ocurre tomar el poder, a los obreros hacer huelgas y a cualquier ciudadano reclamar participación y democracia?

Por mi parte, la idea es la siguiente. Los factores (elementos) del conjunto llamado “proceso de hominización”, si son tomados uno por uno, no se revelan como la condición necesaria. Ahora bien, la posición erecta y la liberación de las manos cumple ese rol “sine qua non” cuando se trata de desencadenar el proceso y, una vez adquirida, da paso a las herramientas como agente del trabajo, la herencia son las manos libres para manejar herramientas. El trabajo se mantiene luego a todo lo largo del proceso y hasta hoy, algo averiado por la automatización, que ya amenaza con darle los adioses. Tal vez pueda ser considerado como condición necesaria (aunque no suficiente) pero las réplicas que tiene en el reino animal le restan especificidad. Cada acción de cada individuo de cada especie así lo revela. Una abeja tomando vuelo, que lo emprende por necesidad, es decir, la búsqueda de la materia prima para fabricar la miel o la cera, o bien un león en actitud de olfatear la próxima presa, se “están tomando el trabajo”. La naturaleza es un inmenso taller, el hombre no está excluido. Así, argumentar que el trabajo es la condición necesaria del proceso de hominización es tan general e inespecífico como atribuir ese rol al alimentarse. En cambio, el cierre del ciclo del trabajo, su licenciamiento en bien de la automatización, sería noticia a registrarse como aporte de lo cultural, la capacidad del hombre para poner en marcha una maquinaria que sólo necesite del control, ya no ser accionada continuamente.

¿Entonces...? Las diferencias, más bien las observo cuando el hombre está en vías de coronar su presencia en la Tierra. Es la cultura, “su” cultura, levantando ciudades, aplicando tecnologías de punta para todo, el desplazamiento sobre la superficie de la tierra y bajo ésta, y por mares, aire y espacio exterior, desarrollando las artes y la guerra, las bibliotecas y el crimen ecológico. Este hombre, minado por sus contradicciones internas, recorre el largo camino que arranca de cuevas. No me refiero a las de territorio afgano donde presumiblemente se preparó un operativo a cumplirse en sus antípodas, contra las Torres Gemelas de New York. No, se trata de otro largo camino que arranca en las cuevas del hombre primitivo y viaja en el tiempo para un día levantar las Torres Gemelas y al siguiente demolerlas. Pues ambas son acciones del hombre, tan profundamente enemigo de sí mismo, este ser a punto de crear vida con sus manos mientras se especializa en autodestrucción, marcando, respecto de las otras especies, el dominio de la ruptura sobre la continuidad.

Y el punto de partida está en las tumbas primitivas. “El hombre es el animal que entierra a sus muertos”, nos indica el antropólogo Louis-Vincent Thomas. Para que esta observación no quede en lo anecdótico a la manera Camus, no estará mal preguntarse por su trascendencia.

Ante todo, en el tiempo. Por lo menos desde cien mil años atrás, el hombre viene ininterrumpidamente practicando la ceremonia del enterramiento, sean las tradicionales tumbas, sea el abreviado dar destino a las cenizas, muy propio de estos tiempos de apurones. La permanencia de la ceremonia llama la atención. Luego, por algo las religiones -y citaré la católica- se asientan sobre el hecho de la muerte y del miedo que ésta inspira: “memento mori” es el latinazgo de “recuerda que has de morir”... ya verás, ya verás cómo arreglarán cuentas contigo. Para el hombre primitivo ese “después” tras la pérdida del compañero comenzó también a preocuparlo: el muerto dejaba de hablar, se enfriaba, perdía todo movimiento, empezaba a oler. ¿Hay alguna manera de recuperarlo y también a mí cuando mañana me toque el turno? E inventa la ceremonia del enterramiento donde el muerto sigue viviendo rodeado de utensilios necesarios y bajo tierra, donde yo no lo vea y mi imaginación quede libre para hacerlo viajar, ahí está el detalle, el detallito que las religiones harán suyo y reelaborarán a la medida.

La muerte -y en ese marco entra el hecho del suicidio- es la negación de la vida y por eso mismo lo más importante. Tal testimonian las pirámides que se levantan en el desierto de Egipto. Calificadas como una de las siete maravillas del mundo, resalta su solidez como desafío al tiempo y, tumbas reales, de faraones como dioses, reiteran la pregunta: la muerte ¿da sentido a la vida o se lo quita? Todavía no nos hemos puesto de acuerdo, un día pensamos una cosa, al siguiente otra. Esa preocupación, muchas veces callada, y ese desconcierto ha permeado nuestra cultura. El hombre teme a la muerte y la ha problematizado o bien todo lo contrario, la ha hecho banal. Nuestros ancestros subidos a las copas de los árboles, no temen a la muerte y la aceptan cuando llega naturalmente, tras la vejez. El hombre, lejos de resignarse, la ha fabulado. Hoy ya no deja utensillos junto al muerto, sino que edifica iglesias y catedrales, inventando las historias más complicadas para diluir el miedo a la muerte, neantizando a ésta: hay una vida eterna para quien la merezca -y nosotros, los sacerdotes, diremos de qué manera lograrlo.

Por ahí, a mi entender, hay que buscarle. El hombre ha llegado al extremo de convertirse en “workaholic” -literalmente: “alcohólico del trabajo”- palabra de aplicación universal que ve la luz en inglés, se diría especialmente encargada para la sociedad estadounidense, y que al idioma mexicano traduzco como “chambadicto”. Así, el trabajo es contaminado en dosis cada vez mayores por la neurastenia del mundo de hoy. Y ésta pertenece a la cultura humana, cuyo desarrollo y autonomía respecto de los factores de base que la hicieron nacer, es tal que, en sumo grado de paranoia capitalista, no ve otra cosa que la ganancia: abate bosques, desata guerras, envenena tierra, agua y aire, fabrica armas de destrucción masiva y las agita amenazadora, recordando que por dos veces fue arrojada la bomba atómica, después de crear los campos de exterminio bajo los nazis... nada de esto encontramos en el reino animal, es propiedad de la cultura humana. Hemos ido tan lejos en la específica formación de nuestra identidad como especie que ¡por fin surge la diferencia buscada y lo hace en términos de cultura!

Parte cuatro

Ante este panorama no es de sorprender que la actividad humana, volcada a la destrucción, salga fuera de sí a la búsqueda del sentido de la vida y de la muerte que le pone fin, eje alrededor del cual gira el hombre tan desconcertado como aquellos primates lo hacían ante el monolito negro del filme comentado al comienzo. Es lo desconocido, su presencia a cada paso. Viktor Frankl, psicólogo y escritor de quien puede decirse que “vivió la muerte” en un campo de exterminio nazi, es creador de una escuela psicológica del “logos”, donde aborda estos temas.

Y así, el hombre se interroga: ¿vale la pena vivir para que luego todo sea aniquilado? Es el discurso de Mefistófeles ante Fausto, los dos personajes de Goethe, cuando está en tratativas para comprar el alma al segundo. Y es el discurso adoptado por Camus: “Si nada permanece, nada está justificado; lo que muere está privado de sentido.” Y es a un tiempo cuestionarse sobre la vida: debo cada día decidir si la acepto, y es aquí donde se inserta el tema de Camus: el suicidio es la única libertad del hombre, claro, si es visto desde el ángulo individual. Es decir, una cuestión de relojes, no la meta de derrotar a doña NOOjos, sino de adelantar la hora de su visita, cambiándole desconsideradamente el calendario. No te tenía agendado, tuve que salir volando al escuchar el balazo. Y bien que esos apurones le disgustan a doña NOOjos.

En una palabra, el animal vive, el hombre acepta vivir. Es una diferencia originada en la cultura, que en nuestras sociedades ha crecido sin pausa y desmesuradamente, generando la ruptura con el mundo animal, al cual, sin embargo, se conserva apego en el desván de las neuronas para reforzar los arranques de violencia ciega. Un regreso a ese pasado, el de “mata para comer y no ser comido”, ha sido muy útil en todos los tiempos para dar ímpetu a los soldados. Así, el vivir es una propuesta a la cual se deberá responder en términos de sobrevivencia o de autodestrucción.

Sobre esta última conviene destacar que se encuentra más generalizada de lo que se cree, adoptando formas individuales muy distintas entre la plena conciencia y la falsa conciencia. Paso a recordar algunas. El clásico “fast track” del balazo, la soga o el arrojarse al vacío. La sobredosis tan de moda, que a último momento nos deja una rendija abierta para dar marcha atrás optando por el urgente lavado de estómago. El suicidio vía lenta de la droga (incluyo alcohol y tabaco) o de la obesidad, todos en grado de adicción, incluso a la comida. Por imprudencia deliberada (conducir en copas, sexo casual sin uso del condón). El dejarse llevar a cuadros de depresión proclives a la caída de las defensas inmunológicas. La anorexia nerviosa y la bulimia. El daño físico en actitud de odio hacia sí mismo, cuyo último acto autodestructivo es el suicidio. Etcétera.

Casos y casos donde se ejerce la facultad de cortar la vida de un tajo o de aportar los medios para quitarle años poco a poco como lento veneno. La multiplicación en el número de casos y la diversidad de éstos, la mayoría encubiertos, vergonzantes, o avanzando y retrocediendo por miedo al fin que se desea anticipar, hace que la pregunta sea ineludible: ¿Habrá entrado el hombre en vías de extinción y esa proclividad a la autodestrucción será el signo aberrante que denuncia la caída de la especie? El lector, esta mañana al levantarse ¿notó que le había crecido una cola? Mamacita Naturaleza, luego de habernos admitido a la escuela de las especies animales como alumnos avanzados ¿nos habrá reprobado en algún examen posterior? Convictos de crimen ecológico, no sería nada difícil.


Conclusiones

El animal recibe la vida sin cuestionamientos, como don, como mandato indistinguible de su misión en tanto especie: el pato vive para ser pato, el primate para ser primate. No sospechaba éste que tras él veníamos nosotros. En cambio, el hombre no vive para ser hombre sino para la trascendencia. Divorcia el hecho de existir de su misión como especie, reclamando saber del doble más allá. Quiénes lo seguirán en la evolución, para qué nuevos seres cósmicos el terrícola hace de primate. Y qué le ocurrirá como individuo después de la muerte. Vanidoso desde que probó del fruto del árbol de la ciencia, pretende, a la manera de Dios, conocer los últimos secretos de la Tierra y del Cielo. Y recién entonces decidirá si la vida vale la pena o no de ser vivida.

Para eso ha servido al hombre su cultura, incapaz de asumir los millones de años que lleva sobre el planeta, de reivindicar la identidad que le brinda su pasado. Cuando las piernas se centuplicaron montando a caballo. Cuando el caballo se centuplicó al sentarse el hombre al volante del automotor. Cuando el automotor se centuplicó al decolar el pájaro mecánico. Y este bípedo, descendiente de primates, renuente a tomar una acorde perspectiva futura, sin contar el enfrentamiento entre las distintas lecturas posibles del pasado... ¡Jesús! ¡Mahoma! ¡Buda! ¡Moisés! Para finalmente, ironía de ironías, la Historia nos caiga con una inesperada salida. Pero son los riesgos de la empresa de vivir y ahí es donde el hombre flaquea.

¿Somos la vanguardia universal de la evolución o somos una especie animal más?

Quién sabe, las generaciones se suceden al seno de la especie para la continuidad sobre el tercer planeta del sistema solar, es nuestra certeza. Todavía no ha cerrado la fábrica de semen, tampoco ha cerrado la fábrica de ideas. Semen e ideas, todo cuanto hace falta. “El hombre se hizo a sí mismo” tituló uno de sus libros el antropólogo Gordon Childe. Y él se deshizo a sí mismo cuando se suicidó. “Cómo el hombre se hizo gigante” es otro título de un libro de Ilin, de divulgación en estilo narrativo. Pero si ese gigante va a asolar el planeta consumando el crimen ecológico, uno llega a preguntarse si habría sido preferible que no creciera y no se multiplicara.

Sin embargo, está escrito que se nos dijo: “Creced y multiplicaos”, tal el doble mandato y el hecho consumado. Ya qué. Por lo demás, valía la pena. Con todas sus implicaciones. Nada bueno se prometía a la humanidad desde que los primeros nativos de la Tierra, de padres inmigrantes, los hermanos Caín y Abel, inauguraron la relación fraternal con el crimen. Nada bueno, y tal fue desde entonces, nada bueno. Así, el presente, puestos en la sucesión de nosotros mismos. ¿Estamos dando los últimos pasos de una especie que ha entrado en vías de extinción? Si tal fuera, valdrá la pena ese futuro, recorrer el final puesto que se estuvo en la aventura desde el comienzo. Por lo demás, me he fijado bien, no me ha crecido ninguna cola. Todavía me falta mucho por hacer en el macrocosmos del sistema solar, y más allá. Y mucho que hacer en el microcosmos de la molécula, de la marcha indefinida hacia el 0 absoluto de las temperaturas, allí donde la gravedad es una traviesa, y del átomo, y de las partículas elementales. Mucho, sí, me falta por hacer. Por descubrir, por viajar, por un pasaje al mundo real de los sueños y al mundo soñado de lo real. Que nada, que nosotros mismos, no seamos quien lo impida.

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Decir

Gustavo Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Lo que se dijo
o no se dijo
es recuerdo y dolor
alegría y adiós.

Lo que se dijo
por no tener que decirlo.
Lo que no se dijo
por tener que decirlo.

Aquella palabra
aquella vez
el grito
de aquel silencio
el silencio
de aquella palabra.

Y nunca más
se podrá decir
lo que no se dijo.

No decir
lo que se dijo.

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Los recuerdos se orillan en el camino del olvido (Lisa se quedó solita entre desconocidos y John no mira el mar)

Yury Weky (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era viernes y yo iba camino a la Funeraria. Estaría un rato con familiares y amigos de Lisa y no iría al cementerio. La noche anterior recibí la infausta noticia. La persona que me avisó decía: ¿estás ahí? ¿Me escuchas? Yo colgué el teléfono sin hablar porque por un fenómeno, que aún no sé explicar, cuando fallece alguien querido me vuelvo muda. Tal vez por eso rechazo los cementerios. Tengo miedo a la mudez. No dormí toda la noche pensando en Lisa. No asimilaba la información de su muerte. Es difícil entender que una persona con quien compartimos momentos buenos se va y se va sin retorno y entonces nos viene el llanto o la mudez.

Estaba indecisa. ¿Iría o no a las exequias? Si no iba sentía que abandonaba a mi amiga en ese momento tan especial que era su muerte, si iba no quería verla. Prefería recordarla amable, conversadora, con su sonrisa de sol. La presentía saliendo del ataúd y viniendo hacia mí a abrazarme llamándome su hermana del cuadrante solar.

La dejamos solita en el camposanto. Ahí quedan los muertos con la inmensa soledad de la tierra encima, con el terrible silencio de la noche final, en el desamparo total. Ahí donde llega rápido el olvido. Algunas amigos y familiares lloraban otros estaban serios y yo enmudecida. Cuando abrieron el ataúd para la despedida final no me acerqué. Tomé esa decisión porque quería recordarla en el recibimiento y no en la despedida. De repente sentí que era inútil mi presencia y sentí que ya Lisa se había desprendido de las fechas, de las horas y que en la infinitud de su noche total de vacíos no nos necesitaba.

¿Por qué se fue Lisa si se veía feliz, contenta, con proyectos de vida? ¿Por qué no dijo que nos tenía esa sorpresa? Se fue sin avisar, sin una señal. Yo la pienso mucho, sobre todo en la soledad que tiene ahora en medio de desconocidos, ella que siempre estuvo rodeada de personas que la amaban.

Nos quedaron dos asuntos pendientes: festejar nuestro cumpleaños que se daban el mismo día con una diferencia de cinco años y un proyecto de Radio: Hablamos tanto de ese Programa, de sus alcances y la muerte_ no avisada_ de Lisa se lo llevó.

El cementerio es un lugar solo y triste donde todo se pudre, se marchita, se descompone. A él va poca gente, en días especiales, a llorar los afectos que se fueron. Creo que lloramos a nuestros desaparecidos porque no contaremos más con su amor. Es un llanto egoísta. No lloramos al que se va sino el abandono en que nos deja. Si supiéramos que vamos alguna vez a reencontrarnos sufriríamos menos.

Lisa dejó en el abandono a su pareja, a sus hijos a su madre, a los amigos, amigas y se llevó consigo lo que nunca nos dijo. ¿Cuánta pena escondida hizo estallar su corazón?

Yo he llorado el abandono de mi padre, de mi madre, de mi hermano John. A ese lo lloré hasta que la fuente se agotó. Yo lloré por los hijos que él no tuvo. Lloré por su ceguera, por su discapacidad, porque no dejó una mujer que le llevara flores a su tumba, una mujer que añorara su calor en la cama, porque nunca más me cantaría tocando su guitarra y porque no sentiría sus manos sobre mi rostro para adivinarme.

A Lisa la lloré con silencio. Sin lágrimas. Ella y yo hablábamos de alegrías no de tristezas; su optimismo lo impedía. Para ella la cotidianidad era una puerta abierta para avanzar. Nos reíamos de las cosas que nos sucedían y que guardaban similitud. Nuestra relación era tan limpia y amena que dudo encontrar a otra persona tan nutritiva y optimista. Nos veíamos poco y cada encuentro encerraba la complacencia de contarnos todas esas trivialidades de la cotidianidad, que muchas veces se parecían y nos conectaban. Con mi hermano John hablaba de historia. Era invidente, pero se hacía leer libros de historia universal, textos de documentos antiguos, los cuales nunca supe como los conseguía y que él disfrutaba para luego hacer largas disertaciones, críticas y comentarios. A John le gustaba tocar guitarra, la amaba. Había que ver la forma en que la sostenía en sus brazos arrancándole esos sonidos que acariciaban los oídos de su audiencia. Parecía que acariciaba a una mujer y le hacía brotar desde el corazón las notas que acompañaban su voz fuerte al cantar. Sus canciones_ repetido repertorio_ nos deleitaban las reuniones familiares. El también se quedó solito y nunca más lo visitamos. Se sembró en un cementerio nuevo sin vecinos. Yo lo recuerdo, pero no lo visito. A mí no me gusta ir a ese lugar. Su soledad, las tumbas, cruces, lápidas y epitafios en conjunto me llenan de melancolía así que no voy ni por Lisa ni por John. Tampoco iré por mí.

Allá quedaron ellos en ese campo de tristeza, de flores secas, de fríos mármoles, cementos nuevos y tierra removida.

Mi hermano fue sepultado en una colina y desde allí, a lo lejos se ve el mar Caribe con sus espumas, como encajes de nubes, su oleaje fuerte, sus barcos, los azules difusos del agua y el cielo conjugándose en un solo manto, el faro a la distancia y esa luz del sol durante el día y por las noches las lámparas flotantes que danzan en el cielo. Mientras que Lisa quedó en el viejo camposanto de la ciudad con sus alrededores ruidosos, su bullicio y ella en medio del desamparo, solita entre desconocidos.

Cuando acompañamos a John al camposanto éste era nuevo, luminoso y florecido de trinitarias de todos los colores que refulgían con la luz solar. Me sentí contenta que fuera un espacio brillante aunque John no pudiera verlo. En medio de mi dolor, con mis ojos nublados por las lágrimas, estaba todo el espacio vacío de tumbas y me dije debo recordar que John se queda aquí en un jardín y su cenizas abonaran esta tierra y la hará fértil. Eso me tranquilizará para que el olvido sea más lento y menos doloroso. El olvido duele, cabalga en nuestros días y no desaparece fácilmente; como jinete cruel clava sus espuelas en los ijares del alma. El olvido duele.

Los muertos se quedan solos porque ya no aman, por eso se les abandona. Se renuncia a ellos porque ya no nos regalarán ni su risa, ni sus conversaciones; entonces nos desentendemos porque se envuelven de silencios. Lisa no era silenciosa, ni taciturna, era toda luz y sonrisas. John era conversador de voz suave, convincente, acompasada; todo lo contrario a su canto que era fuerte y vigoroso. El canto de John era mágico porque nos ataba a lo íntimo: la unión de la sangre, del origen común. Con él sabíamos que éramos hojas de una misma raíz aunque de ramas diferentes. Cuando John falleció yo sentí que mi soledad crecía y que mi vida se sembraba de ausencias. Su muerte hizo en mi pecho otra cruz de abandono.

Cada vez que muere alguien del tren de mis amores, siento que se llevan los afectos que me dieron en vida y que queda un hueco en mi pecho. Esos huecos no se llenan ni con nuevos afectos. Esos vacíos quedan para siempre y producen un dolor crónico que nos acompaña sin remedio: son los recuerdos que se orillan en el camino del olvido.

Yury Weky: autora de La revolución es un camino sin tregua (2003)
Por los Caminos (2005)
Caminos de Revolución (2007)
Coautora de: El socialismo en el siglo XXI (2006)
Pedro, el insustituible (2008)
Premio accesit sobre ensayo, El Nacional, 1968

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Música: El timbal

ARGENPRESS CULTURAL

El timbal es un instrumento musical de percusión de sonoridad grave, que puede producir golpes secos o resonantes. Se utiliza golpeando los parches con un palillo o baqueta especial llamada "baqueta de timbal". Está formado principalmente por un caldero de cobre, cubierto por una membrana. Se puede afinar por lo que produce sonidos determinados, vale decir, notas musicales.

El ítalo-francés Jean-Baptiste Lully fue el primer compositor de relevancia que incluyó partes orquestales de timbal para su ópera "Teseo", en 1675. Pronto lo imitaron otros compositores del siglo XVII. En la música de esta época el timbal agudo se afinaba en la tonalidad de la composición, y el timbal grave en la dominante. Es interesante notar que frecuentemente el timbal es tratado como un instrumento de transposición, con la tonalidad indicada al comienzo de la partitura: por ejemplo "Timbal en La-Re".

Luego, ya avanzado el período barroco, Johann Sebastian Bach escribió una cantata secular titulada "Tönet, ihr Pauken! Erschallet, Trompeten!" donde los timbales aparecen en primer plano. La pieza comienza con un solo de timbal y luego coro y timbal recrean la melodía en diferentes combinaciones. Bach usó posteriormente este material en su Oratorio de Navidad "Jauchzet, frohlocket!"

Ludwig van Beethoven revolucionó la música de timbal a principios del siglo XIX. No solo escribió para instrumentos afinados en intervalos distintos de cuartas o quintas, sino que le dio la relevancia de una voz independiente sobre la base de "Tönet, ihr Pauken!". Por ejemplo su Concierto para Violín de 1806 se inicia con cinco golpes de timbal, y el scherzo de su novena sinfonía (1824) muestra al timbal en un contrapunto con la orquesta.

El siguiente innovador fue el francés Hector Berlioz, primer compositor en indicar las baquetas exactas a utilizar (madera, cobertura de fieltro, etc.). En muchas de sus obras, por ejemplo su Sinfonía fantástica (1830), requirió la actuación de varios timbales simultáneos.

Hasta fines del siglo XIX los timbales se afinaron manualmente, es decir, mediante una serie de tornillos denominados "llaves", que alteraban la tensión del parche al ser girados por el intérprete. Dado que esta operación era relativamente lenta, los compositores debían prever un tiempo razonable para que se pudiera cambiar la afinación durante el desarrollo de una obra.

El primer pedal de afinación se diseñó en Dresde en la década de 1870, con lo que los instrumentos resultantes pasaron a ser llamados "timbales de Dresde". Sin embargo, mientras los parches se construyeron en pergamino, la afinación automática resultaba difícil, ya que no podía predecirse la exacta variación de tensión en el material. Esto se podía compensar mediante la afinación manual, pero no con un pedal.

Los mecanismos y materiales continuaron mejorando durante el siglo XX.

Más tarde, otros conjuntos de música clásica, como las bandas de concierto adoptaron también al timbal. En la década de 1970 muchas de estas bandas comenzaron a incluir al instrumento. Cada intérprete lleva un timbal simple, afinado por llaves de mano. Estos modelos son difíciles e incómodos para tocar, ya que el parche queda en general a la altura del pecho del intérprete. Frecuentemente, durante pasajes difíciles, debe bajarse el instrumento al suelo sobre patas extensibles, para permitir una ejecución convencional. A principios de la década de 1980, la compañía DCI desarrolló timbales y otros instrumentos de percusión para permanecer apoyados en forma continua. Este fue el comienzo del fin para las bandas de desfile, generalizándose la introducción de grupos separados y estables para los instrumentos pesados, mientras el resto de la banda ingresa o efectúa una presentación dinámica.

Cuando las bandas de rock and roll comenzaron la búsqueda para diversificar su sonido, los timbales encontraron su camino a los estudios de grabación. A partir de la década de 1960, la percusión para conciertos de alto nivel de grupos como The Beatles, Led Zeppelin, The Beach Boys, y Queen incorporó al instrumento.

El timbal básico consiste en un parche estirado sobre la abertura superior de una caja de resonancia construida por lo general de cobre, o -en modelos más económicos- de fibra de vidrio o aluminio. En el sistema de clasificación de instrumentos musicales es considerado un membranófono.

La membrana se fija a un aro, que rodea a la caja de boca circular sujetado por otro aro que a su vez se fija mediante una serie de tornillos o llaves llamados "varillas de tensión", ubicados regularmente en el perímetro de la circunferencia. La tensión del parche varía al ajustar o desajustar estas llaves. La mayoría de los timbales tienen seis a ocho llaves de tensión.

La forma de la caja de resonancia -como un tazón o caldero- contribuye a la calidad del sonido. Los timbales de caja semiesférica producen sonidos más brillantes, mientras que los de forma parabólica dan sonidos más oscuros. Otro factor que afecta al timbre es la calidad de la superficie del tazón. Los construidos en cobre pueden tener una superficie muy lisa, pulida a máquina, o bien presentar un gofrado muy pequeño.

Los timbales se construyen en una variedad de tamaños, desde 84 cm de diámetro, hasta el "timbal piccolo" de 30 cm o menos. Un timbal de 84 cm puede afinar al Do inferior de la clave de Fa, y los piccolos tienen el rango de escritura soprano.
En el ballet "La creación del mundo" (1923) de Darius Milhaud deben afinar al Fa# grave de la clave de Fa.

Cada timbal tiene un rango de afinación de hasta una octava.

Como muestra, presentamos aquí dos ejemplos: de Russell Peterson, el Concierto para Timbal. (III. Maestoso, Allegro), y una cadencia para 6 timbales, de Peter Sadlo.



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Dos poemas

Liliana Perusini (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Amores pasajeros

La vida me dio amores,
amores de una noche
cuando la luna cómplice
se asomaba en el cielo.
Sólo una noche…
Y amé…
sin permisos ni disculpas,
y esos fueron mis sueños.
Caminos sin destino,
pasión, amor y encanto,
que se los llevó el tiempo.
Adormecida está mi vida,
en estos días de enero.
No quiero desear amores,
sólo estar despierta,
y volver a leer tus poemas,
aunque me duela.
Y en el calor de la noche,
revivir tus versos,
y volver a sentir,
en mi piel adolescente,
las emociones primeras,
de mis veinte años,
de juegos y promesas
y amores verdaderos.
Y así…
volver a acariciar la vida,
desnuda y sin miedos.


Asadito en el río

A veces unos mates,
otras sólo un paseo,
pero el más apreciado,
el asadito en el río.

No hay calor ni mosquitos,
en un asador de la costa,
familias, y amigos,
al costado del río,
festejando la vida y el ocio.
Guitarras, recitales, política,
el futbol de los domingos,
van y vienen las voces,
de todos colores, y credos,
enredándose las palabras,
al compás de la música,
la bebida y el fuego.

A veces un chaparrón interrumpe la mesa,
y a correr al quincho de paja,
y el sol abrasador del verano,
invita a tirarse en el pasto,
mirando las estrellas,
que a esa hora se esconden en el cielo,
sólo las chicharras se oyen en la siesta.

Los que bajaron del mionca,
choricitos, morcilla, achuras,
hasta el loro trajeron,
y la cumbia, y el cuarteto,
en el oído de todos,
aunque no quieran.

El abuelo, la abuela, los chicos,
todos coreando la música,
y si se escucha a Charly o a Fito,
es porque los pendes del centro
coparon la tarde,
y bardean a gritos.

Dos enamorados,
a la sombra del busto de un ilustre.
Para ellos no hay río, ni sol, ni viento,
el amor los colma a fuego,
sólo ellos dos en el mundo,
y los demás afuera.

Buenos y malos reflexionan a dúo
cuando la cana aparece,
los buenos aliviados,
los malos preocupados,
pero al final queda claro,
el motivo de ciernes,
el humo llamador del asadito.

Y así,
cuando el sol apaga sus rayos,
y los pájaros vuelven al nido,
buenos y malos,
pobres y ricos,
viejos y jóvenes,
todos juntos,
recogiendo las cenizas de
esa costumbre irrenunciable
del asadito en el río.

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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-“Nunca se vivirá como se quiere.”
-¿Qué es “nunca”, qué es “querer”?
O quién afirma lo contrario.
Hay un nosotros y un ellos. ¿Quiénes dicen “un otros”?
Las tierras, por ejemplo, con qué liiiindos linderos
se arrebatan.
En cambio, no encontramos las manos ni sus prótesis
para cansar de cuál fatiga
y agitamos
de a dos, dónde obtener comida.

Aprendiste que hay que comer para pensar.
Y que el llanto no basta.
A falta de pan pánico lucha hasta lograr falta de falta,
muerte incolectiva.

Mejor no mero dees
en derredor de rota de-rota, de reto a la retó-rica,
antes de que un des-astre -¿otro pre-texto?-, mas seguro
que no se vivirá como se quiere
mientras no se luche.

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El pueblo pobre tiene un pequeño poder

Juan Alonso (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El pobre del cerro, del llano inmenso
de la soledad con otros necesitados
de la cosecha mínima, el hambre y frío
sin escuela, médico ni electricidad
tiene un margen de poder en el voto
Puede transformar a un civil de casa de ciudad
en presidente de palacio, avión
guardia, foro internacional
El político traidor puede recorrer los campos
iluminar con palabras
según el día, la tarde, el nublado, la ira
de los ranchos
y cosechar votos y clamores de su nombre
Después sentado en la pirámide social
podrá ver lo que hay más arriba de las nubes
el sol de la espléndida arquitectura de riqueza
y abajo el orden real de los trabajos cotidianos
sabiendo que la traición y el robo se hacen olvidar

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