jueves, 15 de septiembre de 2011

Una visita científica…, y desconsoladora

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para leer como si estuviéramos en el año 2218 narrando lo acontecido en el 2216, año en que tuvo lugar el experimento relatado. (¡Y nos apuramos a aclarar que también este relato es verídico! Nos lo contó en una expedición de montañismo que tuvimos ocasión de hacer al Kilimanjaro en el año 2002 un visitante del futuro, enteramente similar a nosotros, que se permitió viajar en el tiempo un poco más allá de donde su misión se había fijado).

Era el interés científico lo que había motivado la expedición. Pero también la pura curiosidad. En realidad, no lo podían creer: ¡que el poder llevase a esos extremos! Como niños pequeños atraídos por lo desconocido, curiosos a morir, querían saber de qué se trataba. También, por supuesto, había intereses más terrenos, muy concretos: si eso formaba parte de su historia, querían aprender de ella para no repetirla. Pero había, fundamentalmente, esa pasión por conocer lo que se les antojaba increíble: ¡que la codicia hubiera llevado casi a la extinción de la especie humana no lo podían terminar de entender!

La misión había sido puntillosamente preparada por espacio de dos años y medio. Los seis viajeros (tres mujeres y tres varones) habían recibido una instrucción minuciosa, esmerada; de hecho hacían parte del grupo élite de científicos-investigadores especializados en historia y lo que en ese entonces se conocía como “ciencias de lo subjetivo”. La idea de poder viajar en el tiempo hacia atrás para influir en la historia y cambiarla –tal como se había visto en algunas creaciones culturales del Ser Humano previo a la Gran Hecatombe– había sido desechada ya mucho tiempo atrás. La historia era inmodificable; pero se la podía estudiar para obtener lecciones. ¿Cómo era posible que la lucha por el poder, siempre concebido masculinamente, pudiera desembocar en callejones sin salida donde se imponía la autodestrucción sobre la perpetuación de la especie? Esa era la pregunta de fondo: ¿por qué el poder es irreductible? ¿Por qué puede llevar a cometer disparates tan grandes?

De la época anterior a la Gran Hecatombe –año 2099, según la vieja cuenta de lo que se llamara calendario gregoriano, o año –1 (menos uno) de acuerdo al nuevo sistema vigente ahora– quedaban muy escasas evidencias físicas. Era lo poco, poquísimo que había podido salvarse de la gran explosión nuclear y de su posterior contaminación. Todo lo que se sabía ahora era básicamente producto de la reconstrucción histórica. En cierta forma la humanidad había debido recomenzar. Claro que no era un nacimiento de cero; la historia pesaba, por supuesto. Y la historia de los tres últimos siglos, con la aparición de la energía nuclear, el fin del petróleo y el casi agotamiento del agua dulce, estaba presente en la conciencia colectiva de la escasísima población que se había salvado. El grupo de privilegiados que había marchado a la luna, el único satélite no artificial del planeta, era otra cosa incomprensible para los habitantes de la actual civilización: ¿cómo podía un grupo de iguales abandonar a sus congéneres dejándolos librados a su suerte en medio de la tormenta nuclear, sin alimentos, sin agua potable, sin perspectivas de futuro en definitiva? ¿Cómo podía irse a vivir en un paraíso artificial con todos los satisfactores asegurados dejando a otros en la desgracia? ¿Qué había en la naturaleza humana que, más allá de lo recitado hasta el cansancio por las religiones –el amor, la solidaridad, etc., etc.– permitía acciones de esa calaña? ¿Tanto asustaban los límites, la finitud, que se debía erigir el poder como una vía de salvación casi mágica contra la flaqueza? Hoy día, año 2218, no se podía dimensionar lo que eso significó en la historia pretérita: ¿cómo poder matar a otro, o a toda la humanidad, en nombre de la superioridad de unos pocos? ¿Por qué espantaba tanto la sensación de finitud?

Los 17 millones de personas que vivían en esas 16 hiper tecnotrónicas ciudades del polo norte con calculada abundancia de recursos para no sufrir ninguna penuria pero sin ningún exceso, experimentaban una confusa combinación de sentimientos por sus antepasados. En cierta forma: admiración, porque habían logrado avances portentosos en cuestiones materiales pese a su manifiesta pobreza espiritual (la palabra “espiritual” ya casi no se usaba; se prefería decir “subjetiva/o”). Pero al mismo tiempo había una sensación de desprecio por esa marcada incapacidad de no poder resistirse a la finitud, a la perpetua carencia humana en el plano subjetivo, por lo que debían llenar enfermizamente con esa constante y disparatada búsqueda del poder. Cuando lograron reconstruir lo que un siglo y medio atrás se llamaron “técnicas de autoayuda” no supieron si reír o llorar. En un acto rarísimo en la sociedad global de ese entonces, realizado en cierta forma para remedar –burlándose– a sus ancestros, se dedicaron dos horas de luto al hecho. Si la búsqueda afanosa y desesperada del poder les parecía absurda, más absurda aún les resultaba esa jerigonza indescifrable de la autoayuda. ¿Por qué tener que sentirse siempre bien, felices y triunfadores si la realidad va en sentido absolutamente contrario? ¿Por qué esa perpetua y pertinaz fuga del dolor, de la finitud, de la sensación de incompletud buscando siempre parches supletorios? Para una sociedad que ponía una de sus insignias máximas en el disfrute físico (absolutamente todos practicaban un par de horas diarias de gimnasia y tenían sexo, desde que biológicamente podían, al menos dos veces por día durante todo los días del año hasta envejecer), para una sociedad que reconocía desde el inicio los límites, la idea de escaparle a los mismos con esos absurdos subterfugios de la civilización pre Hecatombe, le era incomprensible.

Movidos por esos afanes investigativos, el grupo de seis investigadores, con una compleja red de apoyo constituida por más de cien personas en el centro de operaciones, inició su viaje en el tiempo. Si bien ya se manejaba a la perfección la transmutación a través del tiempo, nunca dejaba de tener una cuota de cierto peligro. Pero más aún: era la sensación tan rara que provocaba en los viajeros, el desconcierto existencial… y la impresión de ceguera parcial que dejaba (debido a las microexplosiones de los fotones al superar la velocidad de la luz con tecnologías de aceleración asistida).

La misión no era fácil; debido a que no había habido ningún cambio sustancial en la estructura morfológica de los humanos pese a la radiación de años atrás, los seis viajeros deberían mimetizarse absolutamente con los seres de la época donde se transferirían –iban a viajar al 2094, unos años antes del desastre– para, pasando por uno más de ellos, incorporarse en la cotidianeidad de ese presente y aprender todo lo que se pudiera. La preocupación básica estaba dada por la posibilidad que alguna de las mujeres resultara embarazada. Aún no estaba definitivamente esclarecido si esa voluntad de poderío que caracterizaba a los humanos de la era “de la brutalidad” era algo genético –más bien se pensaba que no–, pero ante la posibilidad que una carga hereditaria pudiera filtrarse, no valía la pena correr el riesgo. De ahí que las tres viajeras fueron debidamente “desconectadas reproductivamente” por espacio de seis meses (el tiempo que duraría la misión).

El principal problema estaba dado por la comunicación oral. Ningún humano de fines del siglo XXI manejaba voluntariamente la telepatía, por lo que debía buscarse por todos los medios conocer y desenvolverse con alguno de los idiomas presentes en ese entonces. No les iba a costar trabajo aprenderlos, seguramente; pero eso tomaría al menos el primer mes de la misión. La capacidad intelectual de los seres humanos sobrevivientes del siglo XXIII, o de la “nueva era”, como se decía ahora, era enormemente superior, siendo las mujeres las más dotadas intelectualmente, pese a lo cual no habían desarrollado un espíritu de imposición de género como sí había sucedido con los varones por milenios y milenios anteriormente (decían “el Hombre” como sinónimo de la Humanidad. ¡Qué soberbia varonil!). Con los programas de computación actuales, más lo que se había podido reconstruir de las lenguas pasadas, no fue difícil para ninguno de los seis estar hablando rápidamente algunos de los principales idiomas de la época: chino mandarín, inglés y español.

Otra dificultad a vencer estaba constituida por la alimentación. En la nueva era que vivía ahora esta escasa humanidad, la dieta era muy distinta de aquella que tenían los habitantes del siglo XXI; pero la preocupación central estaba depositada en qué les tocaría comer, dada la situación económica en que se hallaran. Eso, para los habitantes de la nueva realidad, era por completo desconocido. No podían entender por qué no todos comían lo mismo, dándose enormes diferencias entra las dietas de afortunados (abundantes carnes rojas, muchas verduras y frutas, lácteos, repostería y, fundamentalmente, elementos que se ingerían para mostrar las diferencias de posición social –caviar, o langosta de mar, por ejemplo, o alcoholes largamente añejados– mientras mucha gente no pasaba del arroz o los guisantes, bebía agua contaminada, y en muchos casos ni siquiera comía –el hambre, pese al desarrollo tecnológico obtenido, seguía siendo una de las más frecuentes causas de muerte–). Para la misión, y por supuesto para los 17 millones de sus contemporáneos, era una pregunta sin respuesta cómo la humanidad había logrado desarrollar todo ese potencial destructivo con el que luego voló por el aire –22.000 misiles intercontinentales con cabezas nucleares múltiples– pero no podía alimentar adecuadamente a todos los habitantes del planeta. La idea de poder como relación de subordinación no entraba en sus esquemas. No podían creer que alguien “valiera más”, fuera “más importante” que otro por, por ejemplo, la parásita acumulación de dinero –que, demostrado estaba– no alimentaba a nadie (nadie de los sobrevivientes a la Hecatombe pudo comerse un billete de banco para alimentarse). Y menos aún, no podían procesar eso de que el color de la piel decidiera la suerte de un ser humano: ¿cómo era posible que un “blanco” valiera más que un “negro”? Para la situación actual, ser negro era un fabuloso beneficio, pues si se extraviaba en la nieve, era más fácil buscarle. Pero nadie, por esa condición, se sentía superior.

Otro de los disparates del pasado, que provocaban risa y al mismo tiempo consternación, era eso que se había podido reconstruir, y que años atrás se conoció –en la ahora desaparecida lengua inglesa– como VIP, very important people. Les resultaba patético que la humanidad hubiera vivido por milenios y milenios con la idea de superiores e inferiores.

Esas “locuras” tenían despistados, desconcertados, y al mismo tiempo, fascinados a los actuales habitantes de la Tierra. ¿Cómo sus antecesores podían haber sido tan imbéciles? Lo desconocido –parece que esta es una constante en la historia de la humanidad– puede repeler (en el extinto idioma alemán “siniestro” se decía Unheimliche: “no-familiar”), pero al mismo tiempo también atrae, fascina, hipnotiza.

A la mitad de la misión, es decir terminando ya el tercer mes de trabajo, los seis integrantes habían tenido experiencias disímiles pero en todos los casos muy enriquecedoras. Dos de los varones se habían integrado en lo que, por ese entonces, era la República Popular Socialista de Mercado China; el otro vivía mimetizado como un diplomático occidental en un país africano de composición negra (Umbansi, nacido de la unión de varias etnias artificialmente separadas en “países” un siglo y medio antes de la Hecatombe). Dos de las mujeres estaban haciendo su experimento en la República Multiétnica de los Estados Unidos de América, una, y en la República Federativa de Europa la otra, mientras que la tercera de ellas vivía en una favela en Río de Janeiro, Brasil (la más grande del mundo, por cierto, de más de 22 millones de habitantes). Adecuados debidamente a sus realidades sociales, hablando las lenguas locales y con una completa integración a sus entornos, todos iban consiguiendo importante información. Pero había cosas que, por más esfuerzo que entendieran, no lograban descifrar. A las tres mujeres les daba risa, y también profunda consternación, que los varones de la era pre Hecatombe alardearan siempre de una supuesta superioridad. La situación les resultaba patética, porque veían que eso tenía más de caricatura que de apoyatura en lo real. Esa forma “masculina” de concebir las cosas daba como resultado una forma civilizatoria que conducía, inexorablemente, a las guerras. Peleaban por todo queriendo tener siempre la razón. Les hacía gracia una metáfora que habían descubierto en el entramado cultural de aquella época por la que lo que más valía era ver “quién la tenía más larga”, en alusión al tamaño del órgano sexual masculino. ¡No podían entender que la superioridad de un varón se relacionara con eso! y no, por ejemplo, con quien golpeaba menos a su mujer. Eso les comenzó a dar pistas de por qué la forma masculina que había ido adquiriendo el ejercicio del poder los había llevado a la autodestrucción: ¡no podían evitarlo!

Eran muchas las contradicciones insalvables que encontraron en sus ancestros. Una de las más llamativas era el cortocircuito que hallaban entre lo que se decía y lo que se hacía. El hedonismo, por ejemplo, estaba entre uno de los bienes más preciados. Todo el mundo mencionaba de continuo la búsqueda de la satisfacción material como uno de las cosas más preciadas, lo cual ligaban a la posesión de artículos concretos, a realidades fácticas constatables materialmente: tener mucha comida, tener muchos vehículos, tener muchas viviendas, tener muchos aparatos electromagnéticos, y en algunos casos los varones: tener muchas mujeres… Pero curiosamente todos los habitantes desarrollaban conductas que iban absolutamente en contra del placer material: vivían en ciudades atestadas de gente y de vehículos donde no alcanzaba el tiempo para hacer todo lo que debían, consumían productos que les dañaban su salud (en algunos casos ¡hasta provocándoles enfermedades mortales!), eran más los esfuerzos y recursos destinados a proteger lo que llamaban sus “propiedades privadas” –hasta por las que llegaban a matarse– que los que dedicaban a gozar físicamente, hacían el sexo a escondidas y nunca en público, preferían no comer o pasar penurias para pagar deudas pero les preocupaba sobremanera verse bien vestidos o con aparatos nuevos y resplandecientes, le prestaban más importancia a las luces artificiales que al sol, casi no caminaban –se desplazaban sólo en vehículos– y, quizá esto era lo que más había alborotado al grupo viajero, para mantener los lujos de unos pocos preferían sacrificar a grandes mayorías a las más terribles privaciones.

Ya en el quinto mes, los seis deseaban regresar a su tiempo. Por profesionalismo y por una alta valoración ética, no lo hicieron; pero en realidad a todo el grupo se le hacía muy desagradable aceptar tanta estupidez, tanta orfandad subjetiva (la gente de ese entonces prefería pasar varias horas diarias sentados casi inmóviles ante pantallas ¡sin que nadie los obligara, sin que ello les proporcionara ingresos económicos!) Quizá ahí encontraron el colmo de los absurdos, viendo esos aparatos que llamaban “centro general de procesamiento de datos”, algo parecido a los antiguos “televisores” o “computadoras”; es decir: pantallas generadoras de destellos luminosos que la gente miraba y miraba y miraba en silencio, sonriendo a veces, llorando en muy raras ocasiones, y desde las cuales se comandaba buena parte de sus vidas.

En el contacto con sus contemporáneos, el grupo había podido descubrir que la idea de grupos “selectos” que preparaban su instalación fuera del planeta ya estaba presente algún tiempo antes de la Gran Hecatombe. El grado de desarrollo tecnológico alcanzado en ese entonces permitía a ese minúsculo grupo poder autoabastecerse eternamente. Lo que sí, más allá de la proeza del ingenio que eso pudiera representar, era la más repugnante operación que se pudiese concebir. Más aún, abandonando a sus hermanos y dejándolos condenados a sobrevivir en un mundo contaminado, semidestruido, casi sin recursos. Eso era enteramente inadmisible.

Ya de vuelta a su tiempo, sin haberse puesto de acuerdo en esto, al elaborar los informes (habría siete en total: uno por cada uno, más un séptimo como grupo) todas y todos coincidieron en algo: los “afortunados” que habían abandonado la Tierra y ahora vivían en esa ciudad artificial en el satélite lunar, constituían un inminente peligro para la seguridad de los habitantes de la “Nueva Era”. Por lo pronto, disponían de armas peligrosas (ya habían casi terminado con la Humanidad en el planeta), y nada indicaba que no volvieran a usarlas. Los 17 millones de actuales habitantes de la Tierra no tenían una vocación guerrerista; de hecho, aunque hubieran podido desarrollarlas, no disponían de armas.

Luego de más de dos meses de largas y concurridas asambleas de base, discutiendo el asunto hasta el cansancio, se tomó la decisión: se utilizaría por esa única vez todo el potencial creativo para inventar algún ingenio que en breves instantes permitiera terminar de un solo golpe con ese virus que habitaba en la luna.

El famoso fogonazo que vimos la vez pasada, ese destello azul violáceo que encendió la noche polar, significó el fin de esa insólita cosa surgida de los monos que descendieron de los árboles hace dos millones de años. Lo que queda ahora en la Tierra permite pensar que no se cometerán las mismas estupideces.

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Siguiendo con Sor Juana Inés de la Cruz...

ARGENPRESS CULTURAL

La publicación del poema “Redondillas”(1), de Sor Juana Inés de la Cruz, en el número anterior de Argenpress Cultural, motivó la reacción del lector Alejandro Teitelbaum, quien nos mandó lo siguiente:

Estimados amigos,
Las "redondillas" de Sor Juana dieron lugar a algunas réplicas. Una de ellas es de un mexicano el licenciado Justo Cecilio Santa-Anna, tabasqueño, que la publicó en 1888 y dice así:
Mujeres: ¿por qué os quejáis
de nuestra ardiente pasión
cuando sois la tentación
de aquello que reprocháis?
¿por que con odio mortal,
amor pagáis con desdén?
Y si os tratamos tan bien
¿Por qué nos tratáis tan mal?...
¿De veras no nos amáis?
¿De veras no nos queréis?
si no os buscamos, veréis
que vosotras nos buscáis...
¿Conque, sin hacernos caso,
caéis de puro rogadas?
Si anduvierais bien calzadas,
nunca dierais un mal paso;
Y os diré, no por enojos
ni por causaros agravios
que si no son vuestros labios
sí nos llaman vuestros ojos.
¿Y quién causa más horror
entre el hombre y la mujer:
el que compra su placer
o el que vende su honor?...
Decís que el hombre es tan necio
y tan loco en su rigor,
que se enoja del amor
y se enoja del desprecio,
y que toda resistencia
nuestro torpe instinto aguza,
¡para salir con la excusa
de vuestra casta inocencia!
Eso sí que no es verdad
y en ello vais muy erradas
pues siempre os hacéis rogadas
aunque os sobra voluntad...
¿Que como ha de estar templada
la que nuestro amor pretende?
Pues como ha de estar se entiende:
¡Locamente enamorada!...

Lic. D. Justo Cecilio Santa Anna, 1888

Nota:

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Las Naciones Unidas para qué

Juan Alonso (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Son gobiernos, no pueblos reunidos,
la mayoría políticos atados a hilos que tratan de hacer invisibles
Allí lo diplomático es hablar al revés
paz significa guerra
ayuda es intervención
independencia, obediencia
préstamo, cohecho
confianza, espionaje
país, provincia imperial
consejo de seguridad, terror
El aire de la Estatua global se compone de miedo
amenazas de armar al vecino
no pagar las cuotas del edificio
instigar allá un golpe de uniformes mecanizados
cerrar las acequias de monedas para los patronos locales
reírse de todos arrojando un veto descompuesto
Las Naciones unidas son un órgano fallido
de un plan exitoso,
la promesa que nunca fue sincera,
un velo de tono idealista para los bombardeos, dolores y robos
Si desaparece algún día habrá que encender primero un calor humano distinto
para levantar la esfera universal perfectamente geométrica y justa

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Ese rumbo apresurado hacia la nada

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Se oye un canto quejumbroso
por el agua suplicante
es un yigüirro trinando
desde un higuerón frondoso.

Roberto Gutiérrez, El Talolinga

La parejita trabajó mucho tiempo hasta lograr dar forma al nido que habría de contener la prolongación de su vida. Buscaron el sitio que les pareció más seguro y en ese lugar comenzaron la recolección de materiales para su obra. A los pocos días el nido estaba armado en la bifurcación de la rama de un árbol, apenitas alejado del caserío que se fue formando cuando el trabajo todavía era parte de la cultura popular, antes de entrar en vías de extinción. Las hojas protegían esa casita pequeña donde la tristeza también se instaló, como si hubiera sido empollada por la pareja de aves pequeñas, convirtiéndose en una pesadilla que cayó sobre sus alas inquietas. Con la misma fuerza de la lluvia que anunciaban con su canto cuando el chaparrón se acercaba. Pesadilla que se desplegó, además, sobre la vida, en esa zona donde tanta belleza hacía redondear las bocas con las exclamativas “oes” que provocaba.

Los campesinos esperaban el anuncio del yigüirro macho, considerándolo una bendición en la época de cosecha que enriquecía a los ricos y permitía alimentar a las lombrices residentes en las pancitas de los niños.

Una mañana triste, de esas que cuando llegan parecen encariñarse con los lugares, instalándose de prepo, los yigüirros cambiaron el anuncio por denuncia, alertando sobre otras desgracias que llegaban de la mano del hombre que subordinó su alma al sonido sibilante de la traicionera boa, cuyo largo y grosor se volvía impresionante. Alimentada con frutas robadas en cada paraje, impulsada por el silencio y el terror, ella seguía su paso de norte a sur, zigzagueando, atravesando barreras, recorriendo faldas de mujeres y faldas de montañas, contaminando aires, apagando cantos de niños. Desovando con rapidez, evitando que el tiempo abortara su deshumanizado raid delictivo legalizado.

Las parejas de yigüirros hacían su nido como si fueran artesanos del paisaje, utilizando barro y vegetales, cubriendo prolijamente su interior con pedacitos de cuerda encontrados por los pisos de tierra asentada por el tránsito continuo de los habitantes del caserío. Esa mañana su trino sonó a lamento. Fue lanzado exactamente desde el lugar donde se hace visible el tronco y se esconde la radícula cuando trata de fortalecer su base. Lugar donde cayeron para siempre sus pichones.

La posición de los cuerpecitos, apuntando hacia la copa sus escuálidas patitas rígidas, pardas, mostraba por última vez las manchas negras de los pechos y el beige de las alitas que ya no volverían a abanicar a los bananares.

La pareja, ese día, no llamaba a la lluvia. Requería la presencia de una mujer protectora para que intercediera ante la irracionalidad. Ante el ataque impensado que llegó de pronto para exterminar todo lo que oliera a naturaleza viva.

Esa mujer de piel un poco más clara que la de sus hermanas, a metros de allí, se preparaba para la urgencia. Conmovida ante el lamento alado del ave desprotegida, imaginaba, entre lágrimas, que encontraría una escena angustiante. Nadie podía creer que hubiera tanta fortaleza de hembra protectora en esa figura de contextura pequeña, tan hermosa y noble como las otras. Una corona de guairas moradas realzaba su belleza a la vez que evitaba que sus largos cabellos se abalanzaran sobre su rostro, mientras la brisa del guanacaste acariciaba los pétalos tratando de secar el llanto que brotaba de los ojos de la mujer hermosa, en camino hacia donde había comenzado el velorio, tan impactante como incomprensible.

Ella también vestía impecable túnica blanca que dejaba descubierta la redondez de sus dos hombros, abrazaba su cintura una faja tricolor formada por cinco franjas horizontales. La superior, azul, como reflejo del cielo, seguida por una blanca, símbolo de la paz y la pureza. La tercera, roja, como la sangre del pueblo a la que le sucedía otra tan blanca como la anterior y la quinta, igualita a la primera.

Ver su agraciado cuerpo ceñido por esa faja, permitía imaginar que su cintura era un trozo de satén bordado abocado a proteger los símbolos de la tierra, rindiendo un homenaje a la sangre añeja que descansaba su sueño final entre los humedales y los distintos tonos de verde desparramados hasta donde la vista ya no podía distinguirlos.

La mujer prendió sobre el lado derecho de su pecho, su joya más preciada, que consistía en un escudo formado por un marco de oro representativo del grano de café, también hijo natural del lugar. Compartía espacio con tres volcanes humeantes, retoños de las tres cordilleras que atravesaron desde siempre el país. Lucía estampado, además, un extenso valle entre dos mares sobre cuyas aguas flotaban dos buques mercantes. A la izquierda, encandilaba el reflejo de un sol bordado por las manos de la historia pasada. Circundaban al escudo, dos palmas unidas por una cinta con una leyenda en letras doradas, recuerdo de ayeres tan lejanos como irrepetibles.

A cierta distancia de donde se hallaba la mujer, las bocas abiertas de los volcanes emitían bostezos interminables como queriendo tragarse la tristeza de la mañana. En el caserío sonaba una marimba acompañando el quejido del yigüirro. La mujer, conmovida por el lamento, fue acercándose hacia el lugar donde yacían los pichones. Una bandada de aves revoloteaba asustada alrededor de la silueta delicada de la preciosa madre que no todos los ojos humanos podían divisar, aunque algunos lograban sentirla y otros, simplemente, la ignoraban.

Por allí también había pasado Chiquita-bra. Por allí también dejó sus huevos contaminantes que estallaron dando luz a otras vidas tan perversas como la de la idólatra de la muerte que observaba desde el basural de indolencia.

Un venado amigo, pese a que su paso comenzara a tambalear de pronto, hizo tremendo esfuerzo por arrimarse al escenario de angustias acompañado por monos, insectos y chanchos de monte. Todos se sentían extrañamente descompuestos y mareados, aunque dispuestos a custodiar, hasta donde hiciera falta, a esa mujer que portaba la humildad que sólo tienen los que se saben grandes. Fueron bordeando los huellones que se convirtieron en sellos impresos del reptar de la serpiente. Sellos del fuego del espanto que no se pudieron borrar, hasta el momento.

El paso de Chiquita fue preciso. Desde la estatua, su cerebro ordenaba seguir el camino emprendido a la vez que desarrollaba nuevos métodos de terror y sobresalto, bajo la mirada fría de la bellísima mujer de ojos tan celestes que parecían pedacitos de color arrancados al cielo. Ella consiguió que su andar fuera acompañado por el brazo represivo que logró formar, provocando que los hermanos comenzaran a pelearse entre ellos. A arrancarse la vida y a apresurar a la muerte que suele llegar a destiempo para imponer su ley forzada.

Chiquita-bra, empachada de ordenes y codicia, se enroscó entre el verde de los bananales arrancando cada racimo, encajonándolos prolijamente para luego depositarlos sobre los pisos fríos de los vagones que los llevarían rumbo a la estatua lejana donde serían estrujados. Con aceite de palma africana, embadurnaba su piel escamosa para que el sol rebotara como si pegara en un espejo. Lo utilizó para el desparrame sobre los engranajes del motor de ingeniería que habría de talar la pervivencia de los recursos naturales y humanos en cada sitio que reptaba.

Aseguraba con ello que llegaran señales a la mujer de corazón entumecido, la que hablaba diferente y no se entendía con sus hermanas, sino que prefirió ser arquitecta del odio y el despojo. Esa que logró aliarse a otros espectros vivos capaces de aniquilar hasta al futuro.

Dicen, los que siguen su historia, que ella permanece estática atropellando márgenes y códigos, enlutando auroras y desesperando noches, demorando el amor, acelerando el miedo. Atropellando y deshilachando los bordes de corazones que van perdiendo forma y color, latido y alegrías.

La otra hermosa dama, requerida por las aves, en su urgencia por acoger entre sus pechos a los yigüirros llorosos, sentía que los pétalos de su corona de guairas moradas rodaban por sus mejillas húmedas. Algo los desprendía, de pronto, pero no impidió que siguiera su camino hacia el llamado.

A medida que avanzaba iba encontrando otras aves caídas por el camino, los quejidos se unificaban en contradicción con la actitud del hombre que siempre pareció aferrarse al desmembramiento, permitiendo con ello el lamento hasta de la memoria. Sus piquitos quedaban abiertos como tragándose las sombras a medida que iban cayendo derribados por una fuerza invisible.

Encontró, también, agonizantes lagartijas y un extraño aroma a duelo se extendía, tiñendo al paisaje de un mortecino tono violeta lúgubre. Nadie trabajaba en el pueblo desde hacía días, la tristeza cubrió la región con su manto raído, dejando granos de sal sobre las heridas del miedo que comenzaban a supurar.

El canto y la risa de los niños estaban atrapados en laberintos confusos sin encontrar la salida donde se escondía la esperanza. En sus caritas pequeñas se perdía el color, sólo había ojos mojados y signos de interrogación que se desprendían de cada mirada casi muerta en momentos en los que deberían haber estado celebrando la vida.

Olía a veneno el pueblo, avionetas de acero, imitadoras del vuelo de las aves que iban cayendo tras el rugido de fiera de los motores, descargaban espesas nubes blancas engordadas de agrotóxicos capaces de reventar la vida desde adentro. Las almas caían sobre la tierra por donde había pasado Chiquita-bra dejando su baba como metástasis del cáncer diseminado por aquella presencia tan hermosa como perversa, que observaba la escena desde el coloso de cobre, acero y concreto.

El yigüirro entonaba su última melodía donde yacían sus pichones, apuntando a los racimos sus escuálidas patitas rígidas, pardas, que permitían ver las manchas negras del pecho y el beige de las alitas que ya nunca volarían por los bananares.

Antes de llegar donde se desplegara la apocalíptica visión, entre matas y alambrados una vaca abandonaba forzadamente su preñez; las aguas transparentes permitían ver cardúmenes flotando su final masivo. La túnica de la mujer hermosa arrojaba gotas de amor sobre cada cuerpo yacente, sin acabar de comprender qué era lo que provocaba esa visión perversa, tan criminal como quien arrojara una bomba sobre un rosedal.

Una madre que trataba de dejar su aliento sobre la boquita agitada de su pequeño, creyó sentir una caricia suave y levantó su vista sin encontrar a nadie. Dicen los ancianos que allí estaba la mujer bella tratando de limpiar la humareda mortal absorbida por los pulmoncitos débiles de la criatura.

Dicen que la mujer sacudía desesperada la copa del guanacaste para que el aire llegara a ese cuerpecito por el que se escapaba la vida. Pero el árbol se negó, por primera vez desoyó un pedido de su eterna compañera sabiendo que con su brisa acercaría aún más los efectos de las nubes y su carga de agrotóxicos. Porque el guanacaste, decían los aztecas, es el árbol que oye. Y oyó demasiado y también fue agredido, fumigado, privándolo de las cosquillas de los aleteos en los brotes nuevos que no llegaron a ser cuna de nidales.

La mujer de largos cabellos sostenidos por una corona de guairas moradas de pétalos cayentes, pensó en el pérfido paso de Chiquita-bra. Pensó en sus hermanas, tan sufrientes como ella, mientras se cubría el rostro con sus manos delicadas, impotentes para frenar tanto dolor.

-¡Maldita seas hermana de idioma diferente! Gritaba ante la masacre consumada.

-¡Maldita sea tu fuerza, que arrancó tantos hijos de mi vientre!

-¡Maldita tu impunidad y tu soberbia!

-¡Maldita sea tu herencia alimentada por nuestras lágrimas!

¡Maldita seas y malditos tus engendros! Siguió gritando al funeral de la mañana que daba paso a la tarde quejumbrosa.

Lejos de allí seguía sonando la marimba, mientras un artesano daba los últimos toques de color a una carreta desde cuyos lados desbordaba lo que quedaba del desarrollo económico de la zona. El artesano no pudo concluir su expresión artística, la nube con fuerza de dios vengativo salido de un útero infectado, arrastró su obra hacia la boca de un volcán dormido donde se estampó el arco iris de colores del pincel agonizante.

A la mole de cobre, acero y concreto, seguían llegando los bananos. La mujer que hablaba idioma diferente, sonreía en la distancia, antes de comenzar el conteo de cada racimo verde del producto que llegaba en vagones sobre las huellas que dejara Chiquita-bra por los caminos.

La mujer, mirando el desastre ecológico descargado sobre el lugar, pensó en esa carrera absurda donde los pobres corren últimos gastando lo que les queda de aliento. Pensó en los cosificados, los sobrantes, los que deslucen lugares porque la pobreza es fea, sucia, ordinaria. Como si repitiera un mantra, con sus ojos vueltos hacia donde yacían cada vez más animales, mientras la nube blanca seguía cayendo, comenzó a exclamar desde su ternura infinita.

-¡Cuánto dolor padecen nuestros hijos en su trayecto cercenado por el odio!

-¡Cuánta miseria ruin, tantos desvelos convertidos en espectros con la fuerza de rayos destructivos!

-¿Dónde encontrar las gasas que absorban las heridas sangrantes de las cicatrices de nuestra historia?

-¿Cómo apartar la necrosis generada por tanto coletazo aplicado contra nuestros pechos?

Dicen los que conocen los quejidos de la historia, que siguen abriéndose los huevos. Y dicen que el cerebro asentado en la estatua sigue rumbeando hacia el sur, desgarrando las arterias de cada mujer hermosa que se entiende muy bien con sus hermanas.

Y dicen que mientras tanto, la mujer desde la estatua, va transformándose también en piedra poco a poco. Que anda levantando muros, generando desprecios, desparramando espantos capaces de aniquilar la razón mientras crea un cordón umbilical que no ha de ser fácil cortar ¡porque es de acero!

Los yigüirros ya no anunciaban la proximidad de la lluvia. Desde el pecho de su madre gimiente, seguían entonando las últimas notas de un adiós a destiempo. Adiós que marcaba el rumbo apresurado hacia la nada.

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La muerte y el guitarrero

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Huinca tranqueaba temiendo que se mojara su guitarra, tanta joda, todas las noches de farra, siempre atrás de una guitarra y ahora esto. Había oscurecido. Metió un pie en una vizcachera, rodó por el suelo, perdió el rumbo, quería huir, regresar. El viento resplandecía para el lado de la laguna. Del centro de la laguna, ya poco visible, salía una tromba.

El Huinca sintió la corazonada de ver morir a un hombre: él.

La tormenta lo arrastraba. Para colmo de a pie, la puta, perder su caballo en aquella jugada de taba. Se agarró de una mata de gramón en el momento en que una especie de sobreviento más fuerte lo aplastó. Revolcándose para eludir el azote se cobijó bajo unas matas. Paja brava. ¡La guitarra! ¡Y justo en la víspera de la yerra en el campo del doctor!

Medio ahogado se arrastró enaltándola, cobijándola. Una vorágine de lluvia cañoneaba en los resplandores, en el estertor de vacas quebradas por el turbión, arrojadas con violencia junto a los pastos secos y ramazón de raíz.

En un momento de relativa calma vio un camino de perdiz que invitaba a seguirlo, a lo mejor finalizaba en algún refugio, qué sabía, algún árbol, una tapera. El cielo se hacía migas, sintió miedo, pero atropelló campo adentro, ojos afuera, corría a tientas, sujetándose con una mano las bombachas y con la otra su guitarra, sangrándose entre abrojos, de esos grandes. Llegó a un montecito chaparro, lo bordeó. El sendero seguía, ahora con unas extrañas y recientes huellas, de tres pezuñas. El montecito resistía, combado en un arco. Un relámpago iluminó el confín y entonces creyó ver a un enano encorvado, hurgando en el totoral, indiferente a la tormenta y a él mismo. ¡El enano Galíndez! exclamó el Huinca ¿Pero no había muerto?

La sombra se volvió con un mirar de ascua. El Huinca, espantado, cayó en un charco, los árboles cedieron y fue, en conjunto, un torrente de agua y carne.

Los peones habían llegado hasta las casas. El chalé del casco se mantenía firme pero el viento destechaba los galpones. Las mujeres rezaban a Santa Bárbara.

Sobre un catre tijera yacía el cadáver del Huinca, todavía abrazado a su guitarra, sus dedos izquierdos clavados en el diapasón, tiesos, y los de la derecha como en un arpegio. Afuera retumbaba la artillería de Satanás.

Los perros aullaban, pero con un aullido que denotaba algo más que miedo a la tormenta. Nadie se hubiese atrevido entonces a colocar en sus ojos la lágrima de un perro, quien lo hiciese vería algo terrible.

Habían hallado al Huinca en el galpón de los peones. Las mujeres lloraban, confundiéndose con los aullidos perrunos y el viento que metía baza, al crujir en las cumbreras y chapas de zinc. De pronto, calma absoluta. A lo peor, dijo Fosforito, allá aprende a afinar porque siempre se aprende algo y uno nunca se muere enantes. Su voz resonó extraña en el galpón. La gente miraba el rostro del Huinca que había madurado. Quisieron sacarle la guitarra, no iban a enterrarlo con el instrumento, que valía plata.

Una anciana se acercó a rezar el rosario y otras, hacían coro. Los dedos del muerto permanecían rígidos con una posición en sol mayor, bueno que se fuera, dijo Fosforito, con la música a otra parte, y una mujer reflexionó que a lo mejor el Huinca creyó que la eternidad es una música.

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Chile, impublicable

Indira Carpio Olivo (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dedicado a Salvador Allende, el compañero presidente de raíces anarquistas (aunque parezca insospechado)

La Moneda estalló en tu mentón
y los obreros perdieron el aliento
los estadios te agonizaron
y los vivos negados están
En un intento de país -baleado- la vida gime
y cuando naces mil veces
mil veces te matan, te ahogan en nombre de la corona de las espinas
Te resistes/ cualquier dictadura te resiste
y aquel limpiabotas alza el puño por donde tu estirpe camina
Algunos sobrevivieron al santo y seña del guardián propietario
y al himno de los soldados que pudrió las Alamedas
Allende no es sinónimo de lejanía
y aunque los césares del sur del sur te propaguen como pesadilla escalera abajo
algunos te sueñan y empuñan la lucha contra el cañón que te cerró los ojos y te abrió el cráneo
Tu sarcófago se desfunda cada tanto, porque el peso del pueblo es insoportable
De noche las linternas te profanan como sí pudieran
y acusan a Castro de haberte regalado la muerte
lo atestigua el “aGuijón” sin huellas
lo acompaña un muñeco de madera, innombrable
al que le creció la nariz por cada bala-vela que encendió un carabinero contra el rojo torturado, desaparecido
Creyeron que te fuiste
y te regaron en el campo laborioso de un Chile campesino
te fundieron en el metal del ejército proletario
Compañero, cuánto silencio celebra el aniversario de tu detonación
En el Chile que es sinónimo de un pimiento que adereza la mentira
una comuna de ciudadanos “alfa” vendan-venden los ojos
para no tropezar a los “omega” que un día, saeta en mano, amenazaron acabar la ciudad del hijo de los truenos aquel 11 de septiembre de 1541
432 años después, en el mismo día del noveno mes, las cenizas de Santiago tiznaron los guantes blancos de la burguesía que se resiste a abonar la tierra
las flechas-fechas se partieron y nos despedazaron
Desde entonces órganos humanos y piedras llueven sobre el palacio
y un madero ondea telas grana y negras
es el batallón de los muertos con capucha que se yergue sobre las ruinas
lapidando el invierno/ contemplando la primavera
Tierra mapuche corea el llanto de Salvador
mientras te bautiza el mar con nombres extraños
de engendros de hiena y piraña en el gobierno de los pálidos
tú, mitad hombre-mujer mitad pez resiste a la corriente
no firmas el destino, pero te pertenece
aunque tu lengua amarren
y un tsunami te muestre en la estantería de “ofertas”
aunque la deuda sea hereditaria
El gen de la revolución te infectó
te dejó intacta tierra con forma deforme de lágrima
de guardianes del tiempo en la Pascua
de guerreros dispuestos al paredón de la libertad
al sacrificio de la vida sin otoño
a las botellas de vino que vuelan y se estallan en la cara de los fascistas
La historia de Chile -como la de Latinoamérica entera- no cabe en la boca-pluma del desconsuelo
Es una espiral sin fin, la subida a un peñasco y una caída al vacío
Es una foto en blanco y negro de un hombre con facciones de topo y casco de topo y con alma de topo, de raíz constructora
Es Chile el destierro de la utopía y las cadenas que arrastra
Es una contradicción cedida al mercadeo
un poema que se añeja
uno impublicable

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Música: El reggaetón

WIKIPEDIA

El reggaetón es un género musical procedente del reggae con influencias del hip hop, que se desarrolló por primera vez en Panamá hacia mediados de los años 1980 y en Puerto Rico a comienzos de los años 1990 a raíz de la comunidad jamaiquina cuyos ancestros llegaron a Panamá, junto a inmigrantes antillanos durante el siglo XX. El origen de término reggaetón viene de la unión de las palabras "reggae" y "maratón" (maratón: nombre que se le da a un concurso de rima típico del rap). Se cree que el término probablemente fue acuñado por el portorriqueño Vico C, que ya a mediados de los 80s grababa rap en español underground.

El reggaetón se originó partiendo del reggae en español. Luego de este acontecimiento el reggaetón se siguió componiendo con las canciones de los jamaiquinos con los mismos instrumentales y las mismas melodías de voz pero con diferentes letras, mientras que en Puerto Rico se usaban pistas de rap pero con letras y canciones diferentes.

Las raíces del reggaetón remontan a la aparición del reggae en español en Panamá a mediados de los años 1980; luego fue evolucionado y modernizado en Puerto Rico en los años 1990 donde recibió su nombre actual. El reggaetón empieza como una adaptación del reggae jamaiquino (y del posterior dancehall jamaiquino) a la cultura latina en Panamá.

Los orígenes del reggaetón empezaron con las primeras grabaciones de reggae latinoamericanas hechas en Panamá durante los años 1980. La influencia del reggae jamaiquino en la música panameña ha sido muy fuerte desde principios del siglo XX, cuando importaron trabajadores de Jamaica para construir el Canal de Panamá. Artistas como El General, Chicho Man, Nando Boom, Renato y Apache Ness empezaron a cantar reggae en idioma español por primera vez. Era una práctica común traducir las letras del reggae de Jamaica al español y cantarlas en sus melodías originales; esta forma fue denominada reggae en español. Mientras tanto, durante la década del 80, el rapero de Puerto Rico, Vico C, lanzó discos de Hip Hop en español y reggae rap en su isla nativa. Su producción ayudó a extender el sonido del reggaetón, por lo cual se le da tanto crédito a este rapero. La extensión del movimiento del reggae en español en las comunidades latinoamericanas en los centros urbanos de Estados Unidos ayudó a incrementar su popularidad.

Se comienza a difundir el reggaetón a principios de los años 1990, con canciones de rap en español de la escena underground, como "Soy de la calle" de Vico C. El agrado por el rap dio fruto a éxitos como "La escuela" de Rubén DJ. La fusión del ritmo reggae con el rap en español dio origen a una fusión que ha evolucionado hasta lo que hoy conocemos por reggaetón. Entre las primeras canciones de la fusión destaca "Me levanto los domingos" de Wiso G, que fue flanqueado con exponentes como Big Boy y producciones más viables del propio Vico C.

El género comenzó acuñando el término underground en Puerto Rico, ya que debido a que no era un género conocido, era distribuido de manera clandestina entre la juventud. El primer casete que ayudó a llevar el reggaetón al mainstream fue "Playero 37", de DJ Playero, que contó con la participación de algunos artistas, entre ellos Daddy Yankee.

El reggaetón pasó de ser género clandestino, a ser uno de los principales géneros más populares en América latina. La comercialización dio paso a las «tiraeras»: DJ's enemigos comenzaron una guerra lírica, donde se fue escalando la enemistad y la rencilla. Estas rencillas y muchas otras hicieron decaer el reggeaton a finales de los años 1990 (1997-2000). Un acuerdo entre todos los DJ's de terminar con la «tiraera» permitió que se destacaran artistas a la misma vez que compilaciones. Se siguió difundiendo el ritmo, ya popular especialmente entre la juventud, que llegó a calar en los sentidos rítmicos del resto de América Latina y los Estados Unidos, lo que le ha dado una posición no esperada para un género que en los años 2000 se consideró en penumbra. A partir de ese año entró en su momento de apogeo, conociéndose el estilo en múltiples países.

Así como el reggaetón sigue evolucionando, también lo hace el ritmo Dembow, y muchos de los éxitos más recientes de reggaetón incorporan un ritmo más ligero y con adornos de música electrónica. Ejemplos pueden ser escuchados en canciones como "Permítame" (canción de Tony Dize junto con Yandel) y "Pa' Que La Pases Bien" (canción de Arcángel).

Las líneas de bajo y un ritmo repetitivo son las características del Dembow. Tiene una sincronización característica por la cual se guían la mayoría de las canciones, dando una referencia fácil para el baile. El ritmo es una variación de las líneas rítmicas del dancehall jamaiquino, que a mediados de los años 1980 fusionaba rítmicas inspiradas en el funk, creando así ritmos fuertes y bailables.

El DJ es tan importante que, por lo general, al inicio de las canciones los cantantes nombran al o a los DJ que mezclan la pista de la canción. Otra de sus características son las voces estridentes, que son distorsionadas con equipos electrónicos, agregando un suave eco que le da más poder a cada palabra pronunciada (tipo dub, por ejemplo).

Letras y temas

Las letras del reggaetón se caracterizan por apoyarse en la rima para lograr que la canción sea pegadiza y de fácil identificación para el público. Este estilo de rima está también inspirado en el raggamuffin y dancehall jamaiquino, aunque principalmente en el rap. Los temas de las letras desde su origen son de denuncia social. Las letras de las canciones se asemejan a las del hip hop. Al igual que el hip hop, la mayoría de cantantes de reggaetón recitan sus canciones con estilo de rap en lugar de cantarlas melódicamente, a diferencia de la música hip hop. Un porcentaje significativo de los artistas de reggaetón también son cantantes que pueden mezclar el rap y el canto. El reggaetón comenzó como un género compuesto por artistas en su mayoría hombres, pero con el tiempo ha aumentado el número de artistas mujeres tales como: Ivy Queen, K-Narias, Mey Vidal, Nina Sky y Glory.

Los temas de las letras típicos suelen hablar de denuncia social, reflexión, historias de amor, breves anécdotas y los problemas de la vida. En algunos casos, estos temas iniciales fueron derivando en rimas fáciles, letras sexualmente explícitas, muchas veces denigrantes y agresivas, lo que provocó un fuerte rechazo en ciertos sectores de la sociedad. Actualmente algunos artistas están comprometidos en sus interpretaciones con un cambio social.




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Lecciones para el endeudamiento externo: Perú mejora competitividad mundial

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Informe de Competitividad 2011-2012 del Foro Económico Mundial (World Economic Forum-WEF), señala que el Perú escaló seis puntos en el Ranking Global. Ha pasado del puesto 73 al 67 entre 142 economías, añade el Centro de Desarrollo Industrial de la Sociedad Nacional de Industrias (SNI).

Balance positivo en tanto condiciona la eficiencia como elemento clave para la competencia. En esta ruta, el país podría consolidar mejores resultados en el manejo del gravamen para la minería por 3 mil millones de soles y financiar los programas sociales anunciados.
Igual camino si nos referimos para Pensión 65. Aumentos del sueldo mínimo vital y del presupuesto para la Educación. Aplicación de la Ley 29785 que restablece el derecho de consulta previa a los pueblos indígenas u originarios reconocidoS en el Convenio de la OIT. Cumbre Antidrogas 2012, con la anunciada participación de los EEUU y de la Unión Europea, corresponsables del mayor consumo de droga en el planeta.

También se consideran fortalezas del país el crecimiento de la economía, la estabilidad macroeconómica, el sistema bancario y la apertura de mercado. Y entre los aspectos más problemáticos aparecen la corrupción, la ineficiencia de la burocracia gubernamental, las regulaciones tributarias, la restrictiva legislación laboral y la inadecuada infraestructura.

Para ayudar a corregir el BID, ofrece para este año más de 700 millones de dólares. Respecto a esta oferta, como lo recuerda la SNI, el Perú tiene serios desbalances en cuanto a independencia del Poder Judicial, al ocupar los últimos puestos del ránking, igual que los países africanos.

Esa sola banca multilateral, durante la década del 90 y en menor proporción durante el régimen anterior, endeudó al país en más de mil millones de dólares por año, para desarrollar, entre otros, programas de reconversión laboral, rehabilitación de la Panamericana y otras vías, modernizar el Poder Judicial, Aduanas, Parlamento y otras instituciones.

Una evaluación pública de esos recursos nunca se ha realizado. La transparencia no es tan elocuente entre las multilaterales. Las carreteras de los 90 en muchos tramos ya fueron inservibles antes de terminar el II Milenio. El crédito sindicado para la exportación del gas de Camisea, el apoyo a la modernización de la Justicia y auxilio a dos bancos privados ya desaparecidos, entre otras, son operaciones que deben ser revisadas.

Los módulos de Justicia en las principales capitales departamentales para descentralizar la administración, constituyen lecciones muy ilustrativas. Basta acercarse a uno de esos cómodos edificios, y uno se encuentra con placas inaugurales, en las cuales todos los que suscriben están prófugos, presos o han fallecido. Y en la otra cara, no pocos funcionarios responsables de esa supervisión, ocupan puestos destacados en la sede de la multilateral. En Washington DC, como afirma el Nobel Joseph Stiglitz, “se atiende la misma tradición de gran parte de países latinoamericanos”, en tanto proyectos de educación, como en La Rinconada de Puno, solo han consolidado la informalidad aurífera, la pobreza y hasta la muerte de familias, incluyendo humildes “consultores”.

El endeudamiento público 2011 comprende, según el BID, recursos para proseguir segundas etapas en cambio climático, gestión de riesgos, nueva matriz energética y saneamiento. También productividad y competitividad en general, inversión en Sedapal, desarrollo infantil, ciencia y tecnología, residuos sólidos, seguridad ciudadana y apoyo a gestión de subnacionales. Una línea contingente para emergencias por desastres naturales. Para la empresa privada, figuran los sectores financiero, infraestructura, transporte, energía y pequeñas y medianas empresas.

En palabras del ex canciller uruguayo Enrique Iglesias, ex presidente del BID y ahora representante de la Cumbre Iberoamericana, “las multilaterales no han tenido la capacidad y el coraje para alertar la gran crisis financiera de los EEUU y sus efectos en el planeta”. Todavía es tiempo.

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La historia y el puñal

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Antonio era profesor de historia. Enseñaba en la universidad y en el secundario.
Tal vez porque la palabra “historia” siempre fue muy fuerte para él.
Es que cuando era chico y vivía con sus padres su casa estaba llena de objetos que eran recuerdos. Recuerdos de historias.
Un cuenco de cerámica negra, hecho por preincaicos, que fue traído por su padre de Perú, que recorría América Latina de mochila.
Veía ese cuenco y se preguntaba que manos lo habrían hecho. De quien habrían sido. Como habría sido el que la hizo. En que estaría pensando en ese momento.
Pequeñas cajitas antiguas, algunas de marfil, otras de porcelana, que llamaban a preguntar que se habría guardado ahí. ¿Cocaína, agua bendita, veneno, pequeños papeles con mensajes, aros? Y las primeras fotografías de sus abuelas y tías, con abanicos y largas polleras, siempre sonriendo.

Grandes peinetas de marfil estaban de pie en un antiguo aparador, junto a abanicos abiertos y ceniceros de plata. Y dos candelabros de hierro con pequeños cristales colgando, cada uno con dos velas amarillas algo oscuras por el tiempo, encima de un piano de cola que nadie tocaba ya que fue de su abuela, pianista. También collares de perlas y pequeñas piedras negras.

Cuando eran objetos de uso, siempre preguntaba a sus padres de quien fueron. Y ahí ellos le respondían contándole la historia de quien los había usado. Y como.

Pero había algo del que no le dijeron nada. Nunca le respondieron.

Las veces que preguntaba quedaban callados, encogían los hombros y cambiaban de tema.
La pregunta era sobre un puñal que estaba colgado de la pared, junto al cuadro de un antepasado, puñal que parecía estar herrumbrado.
Aquel antepasado había vivido en la época de Rosas y, se decía, fue miembro de la Mazorca, esa policía de la época.

Pero el color de la herrumbre de aquel puñal era un poco diferente a la habitual del herrumbre.
Su color era más rojo.
Siempre preguntaba a sus padres por ese color, pero se miraban entre ellos y encogían de hombros como una forma de decirle que no sabían.

Sintió a partir de entonces una permanente curiosidad por saber como habría sido el momento, el instante en que una cosa fue usada.
Y poco a poco se fue dando cuenta que las historias, el pasado, lo que fue, se conoce desde el presente con una condición: preguntar.
Preguntar por qué pasó lo que pasó, para que fue hecha cada cosa, cada objeto. Si fue o no fue usado alguna vez, como aquel cuchillo de su antepasado mazorquero. Pregunta a la que después fue agregando: ¿cómo habría degollado, metido el cuchillo, por que lugar de las gargantas? ¿Habrían sido muchos a los que en esa época llamaban “inmundos, salvajes unitarios?
Fue por eso que, a partir de esas preguntas, se empezó a interrogar por el origen de todo, ya que la historia es siempre de orígenes, el comienzo de algo. Casi siempre un comienzo sangriento.
Palabra “historia” entonces, que para él pasó a ser muy fuerte. También el nombre de su propia historia.
Y fue profesor de historia.

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Milagro en... el Muñíz...

Carlos Alberto Parodiz Márquez (Desde Lomas de Zamora, Buenos Aires. Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay que moler los sueños.
La gente no debe pensar.
¿En realidad, la gente piensa?
El ejercicio de pensar alucina.
¿Y que es alucinar?

Las preguntas se deslizan muellemente, un mediodía de domingo, en la cautelar y silenciosa molicie, donde se siente el aliento ardiente de Dios o el otro, si son la misma cosa y que obliga a creer “que todos se han ido”. Nadie te deja sólo en la víspera, pensé, un consuelo pobre pero excitante de puertas adentro.

- Vamos primero al Muñíz para ver a Jorge – ordenó con displicencia Yon, ese día y a esa hora, incómoda para salir, cuando el sol nos da una fiesta.

- ¿Que Jorge? – atiné a ganar tiempo -lo único que puedo ganar -.

- ¿Cuantos Jorge amigos, tenemos con SIDA? –

- Ah... es cierto -, me disculpé.

- ¿Y como está? – quise reparar.

- Eso es lo que vamos a averiguar y como anda de remedios – agregó sin mirarme.

Estábamos en una mesa externa de “La Sextana” de Banfield. Dos Absolut con hielo granizado y jugo de naranja, nos hermanaban. Algunos bocaditos salados, dispersos, me parecieron apóstoles en retirada, mientras atacaba, implacable uno, adornado por majestuosa aceituna negra descansando sobre su capa de paté de ganso, apoyados en la meseta plana de una tostada “extra large”. Yon vigilaba mi dedicación, de ojos entrecerrados,. No había decidido si seguir llamándolo Yon Eibar, después de los vascos que como les cuadra, hicieron silencio místico.

- Vamos en tren porque el auto quedó en Constitución – informó detrás de la copa. No hice comentarios porque en realidad debía empezar por discutir su decisión inconsulta. Resigné, por supuesto y partimos rumbo a la estación.

La combinación “franquera” de control de pasajes y gendarmes, en el acceso al andén, nos dejó perplejos. Antes, en la boletería, eludimos el “tacle” de cuatro chicos que “piden” en ventanilla. Una adulta, a la izquierda “de su imagen”, vigilaba el desempeño de “los recaudadores”.

Esto chicos ya no tienen y es posible no hayan conocido, la inocencia.

Nacieron en un momento equivocado de un tiempo equivocado, de padres equivocados y en un mundo equivocado. Además, tampoco pidieron ser traídos y van a resistir para no irse. ¿Donde podrían haber encontrado la inocencia, con esa imagen como posibilidad?

Banfield luce, todavía, “fronteras abiertas”. Lomas ya esta alambrada entre los andenes dos y tres. Trenes rigurosamente vigilados y sin Lista de Schindler ¿para qué?, si estamos en un ghetto de límites imprecisos. Algunos se dan cuenta y hacen la vista gorda.

Accedimos a la plataforma y el “balita” blanco y verde, propios colores banfileños, llegaba deslizando algo tortuosamente su oruga de vagones. Las puertas se abrieron y los escasos pasajeros entraron decididos a escapar del calor, rumbo al aire condicionado. ¿Porque?... por la intermitencia de su funcionamiento, complicada con pasajeros ariscos que abrían las ventanillas para “dejar entrar el sol”. Es difícil ponernos de acuerdo hasta para sobrevivir. Marcha y la nave va.

Escalada sigue igual. Ni un peldaño más. Tanto arriba como abajo. Los puentes mantienen su condición de ratoneras, ahora de verano. ¿Cómo salís de la estación hasta las avenidas de cada lado, después de las diez de la noche, si tienes que caminar? Es un acertijo heredado pero, con este sol, esa figura queda lejos.

Igual, todo lo que sirvió en un tiempo te amenaza en el siguiente; por eso, mejor seguir “soplando en el viento”.

Lanús, que ya consolidó la venta ambulante en los dos puentes, el metálico provoca mayor flujo de adrenalina, debe ser por “los fierros”.

Dicen que “los fierros” los portan quienes autorizan la instalación ilegal, más la vasta fauna, donde se mezclan jerarquías de la corrupción: política, seguridad y legal, en esa fracción que todos llaman “territorio federal”; allí donde se mira y no se toca. Un indicador del repunte económico para estudiosos.

La reactivación, en Lanús, está en marcha.

¡Ah¡ y hablando de rigurosidades, los baños públicos de la estación, siguen cerrados, seguramente para conservarlos limpios. Mientras tanto ancianos, embarazadas, y discapacitados, por citar solamente a quienes deben resignar y no tienen escapatoria, adoptan la posición de loto, practican meditación trascendental, se hacen encima, porque para llegar a un bar cercano, hay que atravesar “el desierto de los tártaros”, con avenidas inclementes que, para estas instancias, hacen las veces de carrera de obstáculos.

La rueda de la fortuna es más segura que suponer una llegada a tiempo, sin olvidar que, con el pasaje aprobado, se corre el riesgo de no poder volver al andén; linduras del país del “master “.

La solución probable y no explorada es la venta dentro del tren y los andenes, de pañales descartables para adultos a precio de fábrica, si es que quedó alguna.

Se cerró la puerta automática, detrás del penúltimo vendedor que, por horario concedido por otra mafia comercial, tiene tres minutos “para hacer el vagón” y dejar su lugar al que sigue; si no creen, consulten con Diego, que da sus “recitales” de diez a trece, donde la fusión no es infusión, pero si está autorizada; no es lo mismo “hacer la gala” en un local que sale de Temperley, que intentar cantar Arjona a pasajeros varones del ramal Glew.

Lo cierto es que ese domingo, los cantautores se tomaron franco. Los vendedores, no.

Por suerte Gerli, una suerte de Iquique, meca del truchaje demente, reúne a los vendedores porque allí funciona la Aduana. La estación Gerli lejos de todo, permite ajustar las cuentas de cualquier manera.

Avellaneda es una cita trasnochada para compradores de hiper, nostálgicos de otras épocas; ahora se puede uno encontrar con Gardel a bordo de una jirafa, por repetir la postal que he contado otras veces.

Hipólito Yrigoyen impresiona. Supo ser un lugar de laburantes y fabriqueras y ahora, los edificios cantan silencios desde el pasado turbulento que se rifó.

Por fin Constitución, bajo los influjos de un maquillaje impresionante y restaurador. ¿Que será cuando suceda?, es parte de la gran pregunta, para mirar mejor la miseria de cerca.

A toda esta reflexión el vasco la compartió con una respiración acompasada, certeza de sueño breve, aunque no me engaña y menos cuando le da el sol en la cara.

- Vamos hasta Huergo, porque el auto está en lo de Raúl, un lugar seguro por el momento -, consignó antes de trepar al 62 rumbo a la parada de la imponente Facultad donde se mide con cuidado. Curiosamente Estados Unidos, Carlos Calvo parecen un muestrario de ausencias y catálogo de abandonos.

El Alfa gris, custodiado por expertos, reclamaba atención. Mentiras. El dueño de casa comía enfrente, Puerto Madero con la espalda al río se defiende como puede. Le hicimos avisar que regresábamos en breve y nos fuimos.

La guardia de un hospital es para mí un escollo insuperable. Le ofrecí esperarlo en el bar de enfrente. Yon me miró de una manera que me hizo bajar la mía y luego la cabeza. Así, contando baldosas, gastadas por tanta pesadumbre, lo acompañé y oí las consultas, las explicaciones de las enfermeras, el informe médico, la entrega de una caja cuidadosamente envuelta, que Yon entregó sin que me enterara de que medicamento se trataba, suponiendo que lo fuera y luego, lo más duro, esa charla con Jorge que yo no quería compartir. Cobardías imposibles de repasar. Jorge me palmeó comprensivo y su voz balsámica, fue un canto explicativo de la verdad, una charla didáctica, que Yon escuchó atento, como si nada supiera. El enfermo dijo:

- El Vaticano polemiza y pelea desde hace 20 años por el SIDA. Un pastor y un jesuita con asiento en África, dijeron que “los carteles de las farmacéuticas (laboratorios), decidieron el genocidio en África al no bajar el precio de los medicamentos contra el SIDA. 29 millones, son los africanos en riesgo. Los laboratorios ganaron en el 2002, 517 millones de dólares” -, tomó aliento, algo a su alcance, todavía, para seguir.

- La Organización Mundial de la Salud en ese año consigna tres millones de muertos; 42 millones de contagiados y 11 millones de huérfanos, sólo en Africa. ¿Y que hizo la Iglesia en esos mismos 20 años? Recomendar castidad y sexo sólo en el matrimonio. Condenar el uso de preservativos. Combatir la educación sexual en las escuelas y hospitales, salvo pregonar su “paternidad responsable” y obstaculizar campañas publicitarias apuntadas a evitar la propagación del mal – La mirada verde en la cara aniñada, guardaba expectativas. Yon lo tranquilizó.

- Tus medicamentos se los dí al médico -, respiró aliviado. El vasco lo abrazó estrechamente, yo no. Jorge volvió a palmearme en silencio. Soy negro, me dije, pero mi vergüenza enrojeció lo que quedaba de la tarde, salimos, el milagro estaba cumplido. Velozmente buscamos Puerto Madero y la vaca seguidora, así se llama el lugar o algo parecido, el viaje fue silencioso. Llegamos y estacionamos el Alfa gris, caminamos la elegante disposición de los adoquines grises, nos recibió la azafata de turno que, como siempre ocurre, se quedó prendada de las largas y sedosas pestañas del vasco, nos condujo a la mesa de Raúl que portaba una hermosa camisa tenuemente amarilla, pantalón tropical claro y zapatos caramelo pálido, un dechado de elegancia, propia del ejecutivo responsable que es, lástima que cultive nuestra amistad, me digo, en tanto ordenó con voz grave.

- La panceta con ciruelas; el lomo envuelto en el cinturón de panceta y una buena dosis de Cabernet Sauvignon, Catena Zapata cosecha 2000 -, pensé en el precio de cada botella y se me desengachó la mandíbula, me sentí sediento como nunca, atravesé la estepa arenosa de ojos cerrados, para encontrar a la mujer dorada; lo que ellos tenían que hablar, ya es otra historia.

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Allende, el sueño existe

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Eran las once y cincuenta y dos minutos, del 11 de septiembre de 1973, cuando estalló la primera bomba sobre La Moneda, pero él resistió. Estaba allí, esperando que su vida fuera una voz para decir y decirnos el futuro necesario. Por eso no pudieron asesinarlo, no pudieron, ni podrán.

Salvador Allende (Valparaíso, 26 de junio de 1908), el compañero presidente, está vivo porque el sueño existe, porque respira en cada fábrica, en cada escuela, en cada hospital, y vibra su voz clara en el tacto de las manos obreras y en las del niño que aprende a sumar. Todo en él fue dignidad del pueblo, todo en él fue esperanza y lucha, todo en él fue caricia y combate por la vida.

Allende, voz del sur infinito, voz de los sin voz del mundo, voz necesaria, como bandera henchida de libertades, voz nuestra para siempre.

“Nuestra responsabilidad se acrecienta, sobre todo en momentos en que sólo se descubren horas caracterizadas por amenazas reaccionarias o dictatoriales que, de concretarse significarán violencia y represión contra la juventud y los trabajadores. Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo el “compañero Allende”, anunció ante el senado chileno, en enero de 1970.

Médico revolucionario, Allende fue el presidente del pueblo chileno, de la unidad popular, desde 1970 hasta 1973, cuando un Golpe de Estado, uno de los más cruentos del sur del continente hizo estallar la esperanza de Chile y la de los pueblos latinoamericanos. El primer presidente socialista que llegó al poder a través de los votos fue y seguirá siendo un incendio de conciencia. Por eso su palabra, comprometida y honda, es un estandarte henchido de sueños y su memoria un espejo donde el futuro, urgente e imprescindible, se refleja.

“Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. (Fragmento de su última intervención por Radio Magallanes, el 11 de septiembre de 1973, a las 9:10 AM)

Y la historia lo lleva a él prendido de sus alforjas, convencida de que las páginas que faltan ser escritas, que aún no son contadas, tendrán su nombre y su figura como una ofrenda. Tiempo, tiempo que viene sin pausa, tiempo que se edifica en los andares del mundo y sus gentes, en los pasos victoriosos de los pueblos que hacen nacer las libertades, le dirán presente una y otra vez, al compañero presidente.

“Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. (Fragmento de su última intervención por Radio Magallanes, el 11 de septiembre de 1973)

Y porque él vive y viven los pueblos, el sueño de un mundo libre, solidario y justo, sigue siendo posible y sobre todo, imprescindible.

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Pelota romántica al poderoso señor Don dinero

Reinaldo Spitaletta (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

1. Obertura con un mundo feliz

El fútbol crea una especie de mundo irreal en el que, durante un partido, ya sea profesional o simplemente de barriada, se interrumpe la vida cotidiana y se entra, en apariencia, en una suerte de arcadia, en la cual todo da la impresión de ser feliz. Ya lo decía un personaje de Albert Camus: no hay mayor felicidad humana que la que se encuentra en un estadio lleno. En ese aspecto, el fútbol ejerce un hechizo al cual es casi imposible sustraerse, y que permite olvidar las contradicciones de la vida social, hundirse en la fascinación colectiva de jugadores y espectadores, soñar con la gloria de un campeonato, con el triunfo de su equipo preferido, o, en cambio, despertar y volver a la realidad con los dolores de una derrota.
En Colombia, casi todos los períodos históricos han estado marcados por la violencia, las desigualdades sociales, las represiones oficiales. El hombre de la ciudad está asediado por los desencantos, los desamparos y los miedos. Se viven días en los que los valores humanos se envilecen y ante esta situación muchos se preguntan, como lo sugería algún filósofo, si la vida carece de sentido, si ese continuo irrespeto por la coexistencia pacífica y por el otro nos lleva sin remedio a la destrucción, para qué por ejemplo asuntos como el fútbol.
Frente a la realidad, tan llena de miserias y desventuras, el juego, y en este caso, el fútbol, ofrece una suerte de aire, que puede ser visto por algunos como una especie de respiración artificial. Y es ahí cuando aparece el goce de los cuerpos en libertad, los hombres que corren tras una pelota mientras millones los observan. Aparece el entusiasmo de la contienda, en la que, se supone, no debe haber muertos ni heridos. Claro que todos conocen las excepciones, en las que, en los estadios, o en sus afueras se generan verdaderos campos de batalla, como suele ocurrir en Colombia desde mediados de la década del noventa. Estas turbulencias contradicen la esencia del juego y la diversión.

Como es fama, en los tiempos primitivos los pueblos tenían un tiempo dedicado a las fiestas, en las cuales la vida cotidiana quedaba en suspenso, y en la que se igualaban el guerrero y el esclavo, el patricio y el plebeyo, y en la que todo lo convencional dejaba de regir y entonces las jerarquías se trastocaban, como muy bien lo canta Joan Manuel Serrat. Los dioses descendían de su olimpo y de ese modo el rey era siervo y el siervo, rey.

En un campeonato mundial de fútbol las jerarquías establecidas entre las naciones parecen suspenderse y, en apariencia, todos están en igualdad de condiciones. Así que el desequilibrio en este caso depende de la habilidad, de la inteligencia, del talento, del arte de los jugadores. Y, en ese sentido, un africano o un sudamericano podrían convertirse en amos del mundo.
En el momento en que transcurre una gesta deportiva, aparece otro tipo de libertad, en la que el mundo así creado depende de las destrezas de los deportistas y no del sistema de dominación político y social. Surge, como si se tratara del acto de un ilusionista, otra realidad, en la que en lugar de las represiones, rigen la igualdad, la alegría de vivir, un comunismo de ficción. Ese mundo, así creado, así imaginado, hace parte de una utopía. Y ese universo irreal es capaz de edificarlo, en la fugacidad de un instante, el fútbol. Esta atmósfera de presunta gloria se puede percibir, a escala, en un barrio, en una calle, en cualquier lugar donde los muchachos estén jugando con una pelota.
El escritor español Manuel Vázquez Montalbán decía que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño. Existirá el fútbol mientras la gente crea en un club y en unos colores como señales de identidad en una sociedad en que cada vez faltan más referencias”. Y otro español, el novelista Javier Marías, apuntaba que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia.
2. La pelota de trapo

Había en una ciudad de Colombia, llamada Bello, cuna de la clase obrera en este país, un muchacho negro que era una maravilla para confeccionar pelotas de trapo con medias veladas de mujer. Se las sustraía a su mamá. En ese aspecto, era todo un destructor del pequeño patrimonio de su querida progenitora. Las rellenaba con retazos de tela que su padre traía de la fábrica donde laboraba, y salía todas las mañanas a hacer “treintaiunas”, a realizar malabares, a demostrar que era una especie de actor de circo callejero. Invitaba a sus compañeros de barriada a apreciar sus acrobacias, a jugar partidos de fútbol en cualquier baldío, en la calle, o en terrenos que aparecían durante mucho tiempo desocupados y que aquí en otros tiempos denominábamos los “solares”. El muchacho entraba en trance cuando tomaba la pelota, amagaba a la izquierda y se salía por la derecha, hacía tacos, bicicletas, jugadas exquisitas, con decir que era mejor uno estar de espectador que de rival suyo. O, de otro modo, era bien importante estar en su equipo. Esas pelotas, por supuesto, eran efímeras y a los pocos minutos ya estaban en pedazos. Él volvía por otras y así cada vez que éstas se rompían. Parecía como si su mamá tuviera una fábrica de medias de mujer.

El muchacho sentía un placer enorme cada que salía con una pelota de trapo, se exhibía, pero sin ninguna pretensión, convocaba a los otros a jugar y jugar, no importaba cuánto tiempo. Había una ventaja en ese tipo de balones improvisados: no quebraban las vidrieras del vecindario, ni a las señoras de la cuadra les molestaba el juego cuando era en la calle, lo que sí sucedía con pelotas de otro material, como las de cuero o de plástico. Aquel muchacho de los años sesenta era quizá uno de los más agraciados y técnicos para jugar con una pelota de trapo, artefacto que fue usual entre la muchachada de muchas ciudades colombianas. Sin embargo, no jugaba con tanta solvencia cuando lo hacía con balones manufacturados. Pero a él no le importaba: sólo quería participar en los partidos de calle o de manga, correr, gritar, divertirse, estallar en júbilo con un gol o con una gambeta. No quería competir ni pertenecer a ningún equipo organizado. De hecho, nunca lo hizo. Para él la totalidad del mundo estaba en una pelota de trapo y en la extraña atracción que ésta ejercía sobre los demás.
Él, tal vez sin darse cuenta, ya estaba planteando los principios de solidaridad, las relaciones colectivas que pueden crearse con una pelota desechable. Para él, como para el resto de aquella agrupación de muchachos, el juego era sólo eso: una fuente de placer, un ejercicio de la libertad, todo un manantial de emociones. No interesaba si alguien tenía camiseta o no, si otro jugaba descalzo o con zapatos deportivos, si uno tenía más estado físico que otro. Se reunían por el juego, y todo aquello quizá por la alegría del negrito aquel llamado Humberto pero al que todos en su barrio llamaban por el sobrenombre: El Gurre. Una vez, o tal vez muchas, su mamá lo sorprendió hurtándole las medias, recibió tremenda paliza, que tampoco le quitó las ganas de seguir jugando y de continuar fabricando las mejores pelotas de trapo que en el mundo han sido.
3. Los muchachos de Calella y un empate con sabor a triunfo

En el libro A sol y sombra, de Eduardo Galeano, el escritor advierte que se los dedica a unos niños que alguna vez se encontraron con él o él con ellos, cuando los muchachos venían de jugar un partido en la población catalana llamada Calella de la Costa, y cantaban a voz en cuello: “Ganamos, perdimos/ igual nos divertimos”. Ahí, en esas palabras, hay una clave, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento, o lo que André Maurois llamó “la inteligencia en movimiento”. Cuando el fútbol se tornó un jugoso negocio económico, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión pasó a ser un recuerdo, una nostalgia, una materia de atolondrados románticos. Aquello fue como una expulsión del paraíso. Esos muchachos del epígrafe del libro de Galeano reivindican, tal vez sin saberlo, el fútbol como un juego. Para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.
Aquí, en este punto, quiero recordar una anécdota muy bella, muy conocida en Colombia. Y es la del partido entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962. En aquellas calendas la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a Lev Yashin, llamado la Araña Negra. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo, el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “Bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Una propuesta arriesgada. Un equipo perdiendo por ese marcador de dónde iba a sacar ganas para la diversión. Sin embargo, ésa parece haber sido la clave del éxito, el ábrete sésamo mágico. Y ese equipo convirtió una derrota casi en una victoria; en realidad, se trató de una victoria moral, de la cual los colombianos vivieron mucho tiempo, sobre todo hasta que volvieron a un Mundial: el de Italia, en 1990.
Y los muchachos de Pedernera, el Cobo Zuluaga, Marino Klínger, Delio Maravilla Gamboa, Antonio Rada, Marcos Coll, en fin, salieron a divertirse. Esos muchachos, sin saberlo también, prefiguraban a los de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban divirtiendo, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, después otro, y la diversión subía de tono. Jugaban, gambeteaban, marcaron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho: no ganaron porque la Araña Negra se les creció y les atajó de todo. Fue una lección de pundonor deportivo. Parecían muchachos de barrio jugando a la pelota, sin pretensiones, sólo con el ánimo de sentirse bien y crear un mundo feliz.
4. La calle como escenario de fútbol

En los barrios de las ciudades de Colombia la cultura del fútbol ocupa un lugar relevante en la vida cotidiana. Ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y las capas pobres de la población. Éstas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño, una aspiración en la muchachada, y un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol tiene presencia permanente en el barrio. No se escapa de la conversación de tienda, ni del corrillo de esquina, ni de la tertulia de café. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier muchacho es capaz de hablar de alineaciones y tácticas, de controvertir aspectos futbolísticos. Y los espacios urbanos se han transformado para su práctica: una acera puede convertirse en una cancha, en un pequeño estadio, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de otros tiempos comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre las aceras, dado que esa parte es una frontera entre la casa y la calle, entre lo público y lo privado.
Hubo un tiempo, en especial las décadas del 60 y 70, en que las calles, algunas sin asfaltar y que eran muy aptas para otros juegos, hoy desaparecidos, como el de las canicas, las rayuelas, los trompos, el salto de la cuerda, eran un inmenso campo vedado para el fútbol. Jugarlo en la calle era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario. Decir esto hoy, recordarlo, parece cómico o increíble. Cuando los muchachos de antes jugaban un partido (o un “picado” como decimos popularmente) en la calle se exponían a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a fugarse a tiempo con pelota y todo. Otro, que el balón se metiera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba “preso” por unos días.
El fútbol urbano vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los policías de entonces pudieron evitar el auge del “futbolito” callejero, que, por lo demás, aumenta día a día, debido a que se fueron acabando los solares, los lotes urbanos, los baldíos. Para la práctica del fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era empinada, como es, por ejemplo, en los barrios altos de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un riachuelo, un abismo, o muchas ventanas de vidrio sin protección. Lo que importaba era jugar, recrearse, ganar o perder, pero sin dejar la diversión. No importaban las patrullas policiales ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público, pero, a su vez, un gesto romántico, una aventura de grupos de muchachos barriales, que lograron colonizar la calle y la convirtieron en un estadio.
El fútbol le dio y le ha dado identidad y carácter a las calles. Ha sido una muestra de vitalidad de las urbes. En una calle de domingo en cualquier pueblo de Colombia siempre habrá un balón. Y es en los barrios de las ciudades donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero ni ha sido enfermado por el mercantilismo y la usura. El de la calle es un fútbol sin pretensiones de mercado, todavía idealista, todavía lleno de ensoñaciones y gestas románticas.

Sin embargo, muchas mamás de hoy, o algunas con meses de embarazo, ya piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser un cotizado jugador profesional, que juegue en una liga de Europa. Ya por ejemplo, las palabras de aquel extraordinario cronista uruguayo, una de las estrellas de la revista El Gráfico de Argentina, el gran Ricardo Lorenzo, más conocido como Borocotó, no tienen vigencia en la barriada, porque el fútbol se volvió una manera de hacer fortunas. Ya no es el fútbol lírico del potrero, el de las jugadas impredecibles, el de las filigranas, sino otro que se hace para que algún empresario te ponga los ojos encima y te exhiba en los mercados más competidos del mundo.
5. El sueño del Pibe

En ciudades como Medellín, Bogotá, Barranquilla y Cali, hay barrios que transpiran fútbol. En los más pobres, el fútbol se ha erigido como un arma o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes figuras que se cotizan en oro en Europa, todo el proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los muchachos de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se torna el puente que hará pasar a algunos de la escasez a la abundancia, de vender paletas en un barrio marginado a convertirse en astros en alguna metrópoli del Viejo Continente.
Hubo un tango muy famoso en los bares de barrio de Medellín, un tango titulado El sueño del pibe y grabado en 1945 en la voz de Enrique Campos con Ricardo Tanturi. Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, llegar a la Primera, jugar en una estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera este tango hoy se baila en muchos barrios. Algunos jóvenes no sólo juegan por placer, sino, además, por tener la posibilidad de llegar a ser estrellas.
El muchacho de la barriada es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy reducidos, es capaz, digo, de desarrollar muchas destrezas. Es capaz de moverse con agilidad dentro de pequeños límites, y por eso se vuelve hábil para hacer “paredes”, para ejecutar una gambeta, un esguince imposible, y aprende a patear con precisión. Aprende, también, a eludir automóviles y rivales. Se vuelve un improvisador genial. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional decían en otro tiempo que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y el rebusque son necesidad. Ciertas dotes, como la picardía y la capacidad para no doblegarse en la contienda, la capacidad de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza.
Quizá por ello, el fútbol de Colombia, el profesional, tenía algunos rasgos especiales, muchos de ellos aprendidos por los futbolistas en las calles y solares, en los partidos de playa: el toque a ras del piso, la gambeta, la picardía, aunque, pese a esas virtudes, no sabía aprovechar las oportunidades de gol.

Lo lindo es que en muchas barriadas los muchachos todavía sueñan con llegar a la Primera, y todavía se divierten –pierdan o ganen- con el fútbol, una de las pocas alegrías que tienen en un país lleno de desamparos y miserias sin fin.

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