jueves, 12 de enero de 2012

La experiencia del presente en el budismo

Jorge Vergara Estévez (desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nuestra experiencia es siempre temporal. Pero, no es fácil reflexionar sobre el tiempo, porque es una realidad extraña y evanescente. Como decía Agustín de Hipona, llamado San Agustín, “si no me le preguntan, sé lo que es; pero si me preguntaran, no sabría expresar qué cosa sea el “tiempo”. Hay diversos modos de concebirlo y vivirlo. El tiempo matemático de las ciencias físicas difiere del de las ciencias sociales, por ejemplo, el tempo político democrático marcado por las elecciones. El de las religiones suele establecerse a partir de acontecimientos, por ejemplo, el tiempo de espera del cristiano de su encuentro con Dios y del fin de la historia. Las artes de la sucesión, por ejemplo, poseen diversos tiempos, el tiempo cinematográfico, el de la estructura del drama clásico, del andante en la música, entre otros. Me situaré en la experiencia del tiempo y de su carácter ilusorio, desde la perspectiva del budismo.


El tiempo vivencial es diferente del tiempo matemático y uniforme de los relojes, y no está separado, ni se puede experienciar, sino en los acontecimientos; por ello, no es un tiempo puro, abstracto, sino que forma parte inseparable de las experiencias. Por ejemplo, el tiempo cotidiano se hace lentísimo cuando experimentamos dolor físico o emocional; se vuelve fugaz“, “no se siente”, en las experiencias placenteras. Hay tiempos (períodos) dolorosos como el tiempo del niño que desea crecer, o el tiempo de gris incertidumbre del cesante que busca trabajo sin encontrarlo; el de la larga espera de un acontecimiento deseado, o el tiempo lento o lentísimo del remordimiento, del olvido o del duelo, “es tan corto el amor y tan largo el olvido”, dice Neruda.

Dice Buda, en su primera exposición de las cuatro nobles verdades: “el nacimiento es dukkha (doloroso), la vejez es dukkha, la enfermedad es dukkha, la muerte es dukkha”. (1) Podríamos agregar que muchas experiencias lo son, asimismo. En nuestra vida suele haber períodos que cada cual considera de “tiempos felices”. Para algunos lo fue su infancia, para otros “los buenos tiempos” de un período de su juventud, o de una relación amorosa. Sin embargo, con frecuencia, cuando recordamos serenamente y con realismo nos damos cuenta que, frecuentemente, hemos idealizado el pasado. En esos períodos que consideramos felices, solemos descubrir que no fueron tan alegres como hubiéramos querido, que experimentábamos también sentimientos aflictivos como la ansiedad, la preocupación, y otros. A veces, los momentos más felices suelen estar acompañados del dolor de su pronta finalización. Dice Goethe: “¡Detente instante! ¡Tú que eres tan bello!”.

Asimismo, existe la creencia cultural de que si consiguiéramos lo que hemos deseado intensamente ingresaríamos, por fin, en un período de interminable felicidad. Sin embargo, los estudios realizados sobre personas que, súbita e inesperadamente, ganaron un gran premio, muestran que tras un período de euforia, se va recuperando el tono emocional anterior, cualquiera sea éste. La vida emocional de casi todos nosotros, más allá de la alternancia de buenos o malos períodos, está surcada de sentimientos aflictivos, y habitualmente éstos se relacionan con nuestra experiencia del tiempo.

Vivimos en una cultura dualista en que la realidad se escinde en una red inmensa de categorías duales y opuestas: correcto/incorrecto; bueno/malo; importante/intrascendente; deseable/rechazable; humano/divino; sagrado/profano; positivo/negativo; favorable/desfavorable; etcétera. Gran parte de nuestras dudas, incertidumbres y sufrimientos se producen cuando intentamos de descifrar el sentido de los hechos y experiencias que estamos viviendo, y tratamos de tomar decisiones basadas en este discernimiento. ¿Qué es lo mejor qué puedo hacer? ¿Fue una buena decisión la que tomé? ¿Cuál fue mi error? ¿En qué me equivoqué?, etcétera. Una historia zen muestra claramente la inutilidad de nuestros grandes esfuerzos por descifrar el sentido, o mejor la esencia, de los principales acontecimientos que estamos viviendo; de la insensatez de nuestro afán por clasificarlos o por encontrar claves definitivas para orientarnos.

En un pueblo vivía un hombre de edad, supongamos que se llamaba Haruka que significa tranquilo en japonés. Tenía un hermoso caballo blanco, admirado por todos. Un día desapareció y sus familiares y amigos decidieron ir a consolarlo. “Sentimos tanto que hayas perdido tu hermoso animal, debes estar muy triste y venimos a acompañarte”. Haruka, serenamente, les agradeció su preocupación. Ellos, extrañados, insistieron en consolarlo. Entonces, les dijo, con ecuanimidad “Será para bien, será para mal ¿Quién lo sabe?”. Se extrañaron y pronto se fueron.

Transcurrieron algunos días y regresó el caballo blanco de Haruka, con éste venían un par de hermosos caballos salvajes que había encontrado en los cerros. Haruka y su hijo los hicieron entrar en un corral. Entonces, entonces familiares y amigos fueron a saludarlos y expresarle su alegría. Les dio las gracias por venir, pero no se mostró impresionado por los acontecimientos. Ellos le preguntaron si estaba muy contento. Tranquilamente, Haruka les agradeció su visita y les dijo como siempre “Será para bien, será para mal ¿Quién lo sabe?”. Les pareció desconcertante su respuesta. Se fueron molestos, pensando que no había entendido sus buenas intenciones.

Semanas más tarde, el hijo que Haruka domando uno de los caballos salvajes fue lanzado violentamente al suelo, y se quebró gravemente una pierna. A consecuencia del accidente quedó cojo. Entonces, familiares y amigos fueron a verlos y a expresarle su alegría de que estuviera caminando de nuevo, aunque en su voz se adivinaba la tristeza, pues sentían mucho que hubiera quedado rengo. Haruka, serenamente, le dijo lo mismo de siempre, y ellos se fueron arrepentidos de haber venido a ver a un hombre incomprensible.

Unos meses después, estalló una guerra, y prontamente llegaron al pueblo los soldados. Se llevaron como reclutas a todos los jóvenes. Hubo sólo uno, el hijo de Haruka, al que dejaron en el pueblo estimado que siendo cojo no servía para la guerra. Familiares y amigos fueron a visitarlos, a compartir su pena y preocupación por sus hijos, nietos y sobrinos obligados a ir a la guerra, pero también su contento porque el hijo de Haruka no fue reclutado. Este le contestó como siempre, y vecinos y amigos se retiraron decididos a no volver nunca más a visitar a este hombre insensible y excéntrico.


Esta historia puede interpretarse de diversos modos, incluso hay una interpretación católica de Anthony de Mello. Intentaremos descifrarla, desde la visión de mundo del budismo, desde donde proviene. Este relato estaría mostrando, sería una metáfora, de que vivimos en el mundo de la incertidumbre, de lo imprevisible; en un mundo de apariencias donde nada es como parece, donde el sentido de los acontecimientos y de nuestras acciones no reside, separadamente, en cada una de ellas, sino en la totalidad en que se encuentran. En el mundo del samsara, como lo denominan los budistas, del cambio incesante. Todo es impermanente, nada tiene identidad o esencia propia, estable e independiente de las otras realidades, y de los cambios. Dadas nuestras arraigadas creencias y hábitos culturales, creemos saber lo que significa cada cosa y acontecimiento; sin embargo, nos equivocamos, frecuentemente, y volvemos a hacer lo mismo. Buscamos, obsesivamente, conocer lo que no es posible saber.

Me parece que la pregunta del protagonista “¿Quién lo sabe?” es irónica, pues desde un razonable escepticismo insinúa que no hay quien pudiera saberlo, porque el misterio de cada cosa y acontecimiento no reside en una fantasmagórica esencia suya, sino en su relación con el todo. El maestro budista Tich Nhat Hanh dice que todas las cosas son en relación con las otras, interser, y el Dalai Lama dice que en un átomo está todo el universo. Para nosotros, es muy difícil llega a ver la realidad de esta manera. La racionalidad moderna se ha desarrollado como entendimiento que separa, que divide la realidad, la descompone como si cada cosa fuera una pieza de un gran mecanismo, como si ella fuera una gran máquina compuesta de muchísimas partes. Es así que Newton concebía el universo como un gran reloj mecánico. Y con ello, surge la ilusión, la imagen moderna de un Dios omnisciente, y nuestra pretensión de que podemos lograr conocer en forma absoluta como Él, descubriendo las leyes que rigen el cosmos, la vida, la sociedad, la historia, la subjetividad , etc.

Este campesino de un pequeño pueblo es hermano de Sócrates. Como el filósofo griego sabe que no sabe, mientras los demás creen que saben, y por eso son realmente ignorantes. Pero, este hombre es más sabio que todos nosotros, especialmente mucho más que nuestros soberbios expertos, por ejemplo, nuestros ministros de hacienda que creen saber y, con frecuencia, se equivocan. En nuestra sociedad se requiere valor para reconocer ante sí mismo, y más aún ante los demás que no sabemos. La sociedad chilena es heredera del dogmatismo de la sociedad colonial; en ella, reconocer que no se sabe es un demerito, una carencia, un signo de inferioridad. Por eso es tan difícil el diálogo y el debate entre nosotros. Cada uno cree saber y está convencido, “definitivamente” como se dice, que los demás están equivocados porque piensan distinto. Con espíritu socrático el filósofo Popper dice: “es posible que yo tenga la razón, o que la tengas tú o quizá ninguno de los dos”.

En la cultura occidental el tiempo no es concebido como una unidad, sino que es separado, escindido, dividido, en una sucesión estadios o fases: el pasado, el presente y el futuro. Quizá el origen de esta concepción del tiempo se encuentre en el cristianismo que escindió la historia en dos fases diferentes sucesivas e irrepetibles: antes de Cristo y después de Cristo. Con la venida del Salvador y con su promesa aparece la imagen o el mito del “fin de los tiempos”, del “fin de la historia” que se producirá con la segunda venida de Cristo y el advenimiento del “Reino de Dios”, definitivo e inmóvil. Esta concepción del tiempo y la historia es excepcional, y quizá es única en la historia de las culturas. Para los hindúes, para los budistas, para el I Ching, El Libro de los cambios, así como para los mayas, aztecas e incas, el tiempo era cíclico y no unidireccional, no había fin de la historia, sino grandes ciclos de crecimiento, desarrollo y destrucción que anunciaban una nueva era en la cual todo recomenzaba de modo distinto.

Nuestra cultura, nuestra vida social y personal está estructurada por esta concepción del tiempo lineal no cíclica, diríamos dramática, puesto que la historia humana es concebida como un gran drama en tres actos, “el gran teatro del mundo”. Esta habría comenzado con la expulsión de los primeros padres del Paraíso, con el cual se inició un largo y difícil desarrollo, el tiempo de la historia, y un final feliz con el término de la historia de la humanidad. La concepción de la historia nacional de los neoliberales tiene una estructura semejante: hubo un doloroso comienzo con la conquista, una larga y difícil historia de cinco siglos y habría un fin de la historia, la llegada a un estado definitivo y satisfactorio, el de la sociedad desarrollada. Este es un relato mítico, una versión secularizada del Reino de Dios en la tierra o al menos de la llegada de los judíos a la Tierra Prometida. (2)

Esta concepción se ha interiorizado en el discurso de las elites chilenas. Los presidentes, y sobre todo sus ministros de hacienda, desde hace más de treinta años, como nuevos Moisés, nos prometen el pronto advenimiento, en diez o quince años, de “la tierra prometida” de la prosperidad del desarrollo. Para llegar a ella hay que seguir peregrinando por el desierto, es decir hay que mantener “la disciplina fiscal” y “los favorables indicadores macroeconómicos”. Es preciso apretarse el cinturón, aceptar las monstruosas desigualdades y seguir trabajando hasta el agotamiento, ganando sueldos pequeños o míseros. Se trata de la versión neoliberal del mito estalinista o nazista, de la necesidad del sacrificio de las generaciones actuales para “heredar la nueva tierra” a nuestros hijos o nietos. Como se ve, el tiempo es la materia de los mitos sociales.

La credibilidad de este mito, aún aceptado por una parte de los chilenos, es una consecuencia de la creencia cultural de que “lo que importa es el futuro”; por tanto, que siempre es razonable sacrificar el presente, nuestro único tiempo verdadero, por el tiempo imaginado de un futuro mejor. A diferencia del hombre sabio del cuento zen, nosotros creemos conocer, estamos seguros de saber lo que está aconteciendo y sucederá. Aunque parezca absurdo, creemos posible “conocer” o “vivir”, lo que no se puede conocer; donde no se puede vivir, en el futuro, porque éste no existe.

Por ello, una de las mayores dificultades psicológicas y espirituales que tenemos –dado este condicionamiento cultural-, es la de vivir el presente, con plena atención. Siempre estamos preocupados de lo que puede suceder, de planificar el futuro, de evitar las experiencias negativas del pasado las cuales, sin embargo, recurrentemente, vuelven a “suceder”. Una expresión poética de esta obsesión por el futuro en nuestra cultura se manifiesta en un bello soneto español del siglo XVII llamado sugestivamente “Vana rosa”. En su primera estrofa dice: “Naciste ayer y morirás mañana/ ¿Para tan breve ser quien te dio vida?/ Si te engañó tu hermosura vana/ bien presta la verás desvanecida/ porque en tu hermosura está escondida/ la ocasión de morir muerte temprana” (3). En contraste, el poeta zen Basho escribe un poema breve, un haiku: “Un leve instante/se retrasa sobre las flores/ el claro de luna”.

El poeta español no puede disfrutar y permanecer en el resplandor de la experiencia presente. Imagina ser como el Dios omnisciente y cree poder contemplar este ser en todos los momentos de su existencia; a la vez en su pasado, presente y futuro. Por ello, se duele, melancólicamente, de que este bello ser habrá muerto mañana. Le reprocha la imperfección de su belleza que carece de eternidad, porque es perecedera. Su creencia de poseer este conocimiento absoluto, de “ser como los dioses”, de conocer lo eterno, le permite despreciar el magnífico aparecer de la rosa presente aquí y ahora. Basho contempla extasiado el espectáculo de la luz lunar, del “claro de luna”, que se detiene sólo “un leve instante” sobre las flores. No pretende retenerlo, ni inmovilizarlo, acepta su impermanencia, análoga a la de las nubes que se mueven llevadas por el viento del amanecer. En otro momento, caminando percibe un perfume floral y lo disfruta simplemente, sin exigirle nada, y sin pretender saber nada más. “! De qué árbol en flor/ no sé/pero qué perfume!”.


La ilusión del tiempo reside en esta distorsión cultural de atribuir realidad a lo que no es, a enajenarnos en nuestras representaciones del pasado y del futuro, que son “sólo mente”. Consiste en nuestra dificultad de vivir con plena atención y aceptar el presente, siempre variable, incierto e inpermanente, pero también sorprendentemente real, y a veces bello. “Los pensamientos relativos al futuro son muy turbios, en el sentido que se la da a este término al decir que un remolino de fango ha vuelto opaca el agua. Podemos encontrar la paz en el presente, pero la mayoría de los hombres la destruyen con la única finalidad de preocuparse del futuro”, escribe el maestro budista Bakar Rimpoche. (4)

Nuestros sentimientos aflictivos casi siempre están ligados al pasado o el futuro: la culpa por lo que creemos haber hecho mal; la ansiedad porque no sabemos qué va a pasar mañana; la rabia por lo que otros nos hicieron; el deseo insatisfecho por lo que deseamos lograr o poseer mañana; la depresión porque mañana todo seguirá igual de mal para mí; la envidia por lo que el otro es, y que quizá yo no pude o no podré llegar a ser u obtener lo que el otro consiguió; la pena por lo que perdimos; la angustia por los males que podrían llegar mañana; la decepción porque la realidad no ha correspondido a mis expectativas; el miedo a la futura vejez, al sufrimiento, a la muerte, a la pobreza, a la soledad, al sin sentido, etcétera, etcétera.

La terapia con que el budismo nos propone para aliviar -y quizá llegar a liberarnos de nuestro sufrimiento emocional consiste en el camino de la iluminación-, es, justamente, aprender a vivir con plena conciencia aquí, y ahora. Descubrir que “el momento presente, es un momento maravilloso”, como dice el maestro zen Tich Nhat Hanh. Esto no significa negar que hayamos tenido experiencias que nos dejaron recuerdos de pérdidas y de sufrimientos; tampoco nos dice que a futuro no experimentaremos otros dolores y decepciones. El budista sabe que hay sufrimientos compartidos por todos los seres humanos, propios de la condición humana, nacer, enfermar, separarnos de los que amamos y de lo que nos gusta, envejecer, morir, que son las principales experiencias dolorosas.


Tenemos la posibilidad de estar presente, sin recordar, juzgar o intentar configurar el futuro. Podemos contemplar, estar inmersos, sin sentir la distancia entre el yo y el mundo, aunque sea por breve tiempo. Las experiencias más significativas son de comunión con el mundo en la fusión amorosa, en la comunicación con el otro, en la profunda comprensión, en la contemplación estética. “Casi todos son capaces de experimentar aunque sea por un momento muy pequeño lo que significa estar sin pensamiento y al mismo tiempo ser plenamente consciente. La mayoría de la gente no se da cuenta de que incluso en un día normal, siempre hay intervalos muy pequeños entre dos pensamientos en algunos momentos. Los pensamientos no pueden reconocer lo profundo que es algo bello. El amor o la compasión no vienen a través de los pensamientos, vienen de una dimensión más profunda, y la gente que no tiene acceso a esa dimensión nunca experimenta la belleza, amor, compasión o una alegría más profunda del ser”. (5)

El sentido del budismo se expresa en esta búsqueda de la luminosidad, de la profunda realidad de estar plenamente presente. Se cuenta que estando Buda con sus discípulos se acercó a ellos un brahmán, un sacerdote y doctor de la religión védica. Le dijo que había escuchado que él era un hombre sabio y quería conocer en qué consistía dicha sabiduría. Buda quedó mirándolo y le contestó que cuando él y su grupo caminaban, caminaban; cuando descansaban, descansaban; cuando comían, comían. El brahmán repuso que todos hacían eso. Buda sonriendo le dijo que no era así.


La meditación cotidiana nos permite disminuir el sufrimiento que proviene de nuestra ignorancia, de nuestros deseos inmoderados, y de nuestra actitud mental de pretender conocer el futuro y de seguir apresado en las experiencias pasadas. Meditar va transformando nuestra vida: nuestros actos cotidianos empiezan a convertirse en prácticas de meditación en movimiento, en reconfortantes prácticas psicológicas y espirituales. Por ejemplo, podemos caminar más lento, pero concientemente, en contacto con nuestras sensaciones corporales de la planta de los pies, de la respiración, para calmar nuestra mente. Esta es como un pequeño mono, decía Buda, que incesantemente salta de rama en rama, de tema en tema. Tich Nhat Hanh nos ofrece varias gathas, pequeños poemas, que dan sentido a las experiencias cotidianas. Una de ellas, para meditar caminando, dice “Siento la tierra, y la tierra me siente a mí. /Sano a la tierra y la tierra me sana a mí./ Soy de la tierra,/ y la tierra se encuentra en mí”.

La meditación es una terapia inesperada que se inicia con la recuperación de nuestro cuerpo, en la experiencia de la momentánea reintegración de nuestro cuerpo y mente. Una experiencia sorprendente de recobrar nuestra cordura, dejando aparecer los diversos pensamientos, y permitiéndoles alejarse como las olas marinas que se disuelven al llegar a la playa. Una experiencia de recuperación de la armonía en un mundo caótico.

La meditación no es una evasión de la realidad como podría pensarse. Es un alto en el camino, o en el incesante movimiento cotidiano, que nos permite recuperar el contacto con nuestro cuerpo mediante la atención a la respiración y a las sensaciones internas, y de nuestras emociones, ansiedades, deseos, preocupaciones. Tich Nhat Hat lo ha expresado poéticamente, y con profunda verdad: “he llegado/ estoy en casa./Estoy en el aquí y en el ahora./Estoy presente,/ Soy libre,/ en lo real resido”. La meditación nos devuelve al sentido. Logra que, temporalmente, dejemos de sentir la vida cotidiana “como una historia contada por un idiota, llena de sonido y de furia”, como decía Shakespeare.

Quisiera finalizar estas breves reflexiones citando al maestro budista Trathang Tulku: “Las frustraciones son los gestos de la vida/ que nos permiten crecer en conocimiento,/ y la impermanencia es el giro circular de nuestra vida, /experimentada como un drama en que el sentido/ se revela como equilibrio”. (6)

Jorge Vergara Estévez es doctor en filosofía de la Universidad de París VIII, profesor de la Universidad de Chile. Las fotos son del autor.

Notas:
1) Dhaampada. La esencia de la sabiduría budista, traducción de Carmen Dragonetti, Sudamericana, Buenos Aires, 1967 p. 53.
2) Hinkelammert, Franz, Crítica de la razón utópica, Ed. Dei, San José de Costa Rica.
3) Este es un soneto atribuido a Góngora. Se encuentra en Luís de Góngora, Obras completas, Aguilar, Madrid, 1943, p. 481
4) Bokar Rimpoche (1995), La iluminación del budismo. Entrevista con B. R. realizada por Paco Rabanne, Biblioteca Bolsillo, Barcelona, 1998.p. 98
5) Eckhard Tolle, “Los pensamientos ya no me controlan” (Entrevista) en http://www.vidapositiva.com/nota.asp?idnota=8169
6) Tarthang Turku, Gesto de equilibrio. Guía para el desarrollo espiritual, la autocuración y la meditación, Planeta, Buenos Aires, 1988, p. 28.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.