viernes, 20 de enero de 2012

La Geometría del profesor

María Fernanda Quintero (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El profe partió con sus recuerdos.

El profe, como lo solían llamar sus alumnos, se distinguía por un bigotico hecho en ángulos de noventa grados a cada lazo de su bozo. ¡Todo en él parecía medible! A diferencia de otros enclenques maestros, tenía unos enormes brazos musculosos, que desde joven había adquirido en el deporte. Estos le daban un aspecto fornido. Según decía su esposa, su prominencia torácica estaba marcada por sus luchas en el cuadrilátero. Gozaba de haber practicado, de jovenzuelo, la lucha libre.

Su padre, estricto y despreocupado, decía:

-¡Esto es diversión de sinvergüenzas, que se camufla como deporte!

En su casa permanecían obras de arte, libros, revistas y periódicos hasta en los baños. Cada miembro de la familia que entraba a cagar al baño se ponía a leer. ¡No alcanzaba a desocuparse la cisterna, cuando ya debía terminar la lectura! Algunos duraban sentados por horas, hasta que otro tocara la puerta. La casa del profesor era bien particular…o ¡singular!

Recuerdo.

En el baño colgaba una reproduccioncita exacta del cuadro de Cézanne, pintor de Aix-en-Provence. Pintura de nutridos colores que, con matices encendidos, resaltaba ciertas flores diminutas muy al estilo mediterráneo. Ese signo del arte le daba un aspecto tranquilito al baño, la ducha y el sanitario. Hoy día, el famoso original reposa en el museo de Vincent Van Gogh, en Holanda.

-¿Original?

-Sí. Sin ningún decoro, la propiedad de la pintura estaba extraviada y no era precisamente en el baño de la casa del profe. Ridículamente, las obras de arte no descansaban donde debían. ¡Siempre en el mundo artístico están el robo, el plagio y el enredo bien institucionalizados!

¡Nunca están las cosas en su lugar!

El profesor, aborrecido por tantas almas en el pueblo, se sentaba todos los días al mediodía a leer el periódico. ¡Sólo lo amaban los libros y un par de gatos! Nadie lo estimaba más que aquellos animales. Lo querían como él se lo merecía. Él, un alma buena, limpia e impecable, servía a la ciencia desde su casa. ¡Trabajaba de día y noche como burro de carga! ¡Leía testarudamente! Para sus habituales lecturas, compraba las tres prensas que circulaban en su ciudad. No le importaba que todas dijeran las mismas mentiras con diferentes verbos: a él le gustaba leerlas. Tenía sus preferencias, pero no las dejaba conocer.

Una mañana, sin más, el profesor, que tanto insistía sobre la ecuación de segundo grado, dijo que la fórmula se la habían robado al poeta Omar…

-¿Cómo? ¿Cuál poeta?

-Omar Khayyam.

- ¡Ah! El poeta persa.

-Sí. Omar Khayyam, el matemático, filósofo, astrónomo, conocedor de la lengua Farsi y gran reformador del calendario musulmán.

-¿Escritor del poema el Quatrenio?

-Sí, ¡el adorado por los musulmanes!

Hábilmente, decía nuestro profesor que los europeos se “tumbaban” lo que fuera. Los árabes, con su cultura magnífica, habían quedado en la línea suspendida de la historia y con ello nuestro mal aprendizaje del universo. Los occidentales se adjudicaban inventos, conocimientos y saberes de la historia que a veces no les correspondían o que plagiaban. Justamente eso le había pasado al poeta Omar Khayyam. Los europeos, deslenguados, desvirtuarían lo que fuera de los árabes con tal de no sentirse sacados en el tiempo.

A su casa llegaban habladores, profesores, amigos y estudiantes de todas partes para que les explicara sobre las mediciones, las variables y hasta la lógica que muchos ineptos no sabían. Decía de ellos:

-¡No saben, ni sumar!

Una mañana se levantó en un pueblo, era el nuevo profesor de la escuela. Caminando por la calle principal, con su maletica de libros, vio que se le acercaba un muchacho mulato, quien le preguntó:

-¿Eso qué es?

-¿Qué?

-Lo que lleva debajo del brazo.

-Una escuadra.

Siguió recorriendo la calle principal, pero al llegar a una esquina la policía lo detuvo. Llevado a la caseta, sentado, con su maletica al lado, el oficial, lo interrogó:

-¿Qué hace usted?

-¡Soy matemático!

-¿Y en este pueblo?

-Vengo a enseñar geometría.

-…y, profesor, ¿qué lleva usted allí?

-Mis libros y mis instrumentos geométricos, ¿por qué?

- Dicen que usted lleva un arma…

Mostró su maleta de cuero, llena de libros con temas de: astronomía, matemáticas, literatura, historia, antropología y algunas revistas de Play boy. ¡Su escuadra de geometría la sacó de debajo de su axila! Le explicó que era una escuadra de medición y no un arma. ¡No dispara!, dijo.

El oficial lo miró….y agregó:

-Perdone usted profesor, nos equivocamos. ¡Confundimos una escuadra con un arma! Usted sabe que nosotros los policías no sabemos de matemáticas. ¡Conocemos de otras cosas…!

Silencioso, el profesor lo miró fijamente y suspiró…

Recogió los libros, no sin antes cerrar su maletincito y dejar las chicas de playboy en la superficie de la maleta. Su escuadra la colocó debajo de su brazo y se despidió con un: ¡Hasta luego!

Esa mañana, no se contuvo un día más de ver el mundo al revés y decidió irse. Agotado, se cansó hasta de su mujer y de sus hijos.

¡Desapareció!

Hablaban algunos de que se había ido para otras tierras, pero seguía dándole importancia al álgebra de Baldor. Explicaba que si la gente no entendía mínimamente a Baldor… ¿qué podrían aprender?

¡Nunca supo que sus hijos serían matemáticos! Todos ellos respondieron a las variables matemáticas y al cálculo que, gustosamente, habían aprendido con él.

¡Las matemáticas las pondrían al servicio de sus existencias!

El profe partió con sus recuerdos. Se fue con su ábaco, la escuadra geométrica y su maletica llena de libros. Nunca regresó.

María Fernanda Quintero, colombiana, es docente universitaria e investigadora en el tema de memoria histórica. Articulista en análisis político. Participa en exposiciones y publicaciones en fotografía. Es conferencista nacional e internacional.

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