viernes, 20 de enero de 2012

La muerte del ángel negro

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La lluvia y el barro... sucundum., tarareó Yon en la niebla donde se cruzan los años 2003 y 2004, en este caso.

Me parece que tu musicalidad además de decadente es remota, casi paleolítica.
La lluvia y el barro... sucundum persistió.

Tu insistencia, tu indiferencia pueden ser tu propio caballo de Troya.

La lluvia y el barro... sucundum..., siguió inmutable, casi como el sordo Smith, sin su amigo el “Orejas”.

Me rindo, ¿se puede saber que te pasa?

Nada, ¿que me va a pasar?, en todo caso lo que pasó... pasó y no se a quien se lo vas a contar, cuando aparece un Robin Hood de barrio. Accedió casi obsequioso.

¿De que barrio?

El barrio de la parada donde se retomaba, en la calle Hornos, porque había cola de interesados por la “merca”, bien entregada y mejor organizada, se explayó Yon..
¿Y que pasó?

Que lo limpiaron al quia... abundó.

¿Quien es... perdón... quien era el quia...

El ángel negro le decían, por su propia sugerencia...

¿Se hacía autobombo?

Y... agente de prensa no tenía... salvo los perejiles que hacen policiales en algunos medios, y son “bancados” por otros “buenos muchachos”

¿Y porque vamos a creer otra versión?
Porque los vecinos son los que te la cuentan y ellos siempre dicen la verdad.

¿Desde cuando sos el oráculo de la plebe?

Mirá no me jodas y menos ahora, que tenemos varias cosas que hacer. En eso de hacer, hace cuatro semanas que no hacés nada y es hora que escribas, aunque tus boludeces de tan misteriosas, terminan por ser ciertas, pero nadie, menos mal, se da cuenta.

¿Y que tenemos que esperar?

Que venga el “Villa”, que te va a dar algunos datos. Fue punzante Yon.

¿Y yo para que quiero esos datos?

Porque tenés que escribir una nota, en realidad eso que se parece más a una entelequia, pero, bueno, es lo que tenemos. No te enojes, a mi me gusta ese estilo abierto casi de ficción. Ratificó el vasco, más cabeza dura que nunca.

Es que la ficción es la insoportable levedad de no ser...Vos estás lejos de Kundera

Y claro si creo, él es checo, ironizó.

No hablo de distancias...Dicen que la distancia es el olvido... y me parece te olvidaste de servir algo para matizar la espera.

La discusión debía interrumpirse, porque Yon es denso a la hora de ofrecer pruebas que nunca se para que sirven. Estábamos en ese amable lugar que parece suspendido en una postal del mediodía francés.

Las azafatas, con delantales blancos de Provenza, sobre vestidos a cuadros azules y rojos, algo largos para mi gusto, deambulaban entre las mesas donde, según mi curioso cálculo, falto de referencias porque nunca pagué, los visitantes invierten bien para vivir bien, para beber bien y pasarla de lo mejor. En la copa de los árboles anidan, amorosamente ocultos, los parlantes que desgranan la música de Bach, casi siempre oratorios, para que las jornadas ahora soleadas, resulten balsámicas.

Dejé vagar mi mirada tras un rayo dorado que me trajo la imagen errática de la mujer dorada perdiéndose entre los árboles con su andar rápido y nervioso.

Yon siempre prevé, por lo menos así lo creo porque no pregunto y me pareció que el Alfa gris, silencioso detrás del alerce, era promesa bucólica de un mundo que no me pertenecía – a él tampoco – pero que habitábamos con naturalidad incomparable.

Intrusos de la vida, de los otros me dije, pero los escenarios cambiantes son como el brillo del Mosela frío, en la copa de cristal checo que destellaba sobre el mantel rojo.

Los canapés de radicheta, bañados con queso fundido y caliente, pintaban los contrastes imprescindibles para anteceder a un buen almuerzo, por supuesto luego de escuchar esos testimonios que parecían provenir de la nada, en citas convenidas desde la nada y con resultados parecidos a la nada, salvo algunos ecos advertidos a lo largo del mundo, si los correos virtuales no mienten demasiado.

Un Falcón celeste metalizado, ingresó por el portón de madera oscura, custodiado por expertos, quienes por misteriosas autorizaciones facilitaron su ingreso. “el Villa” ni por la vereda de enfrente podría haber pasado, en otras circunstancias. Cosas de las exclusiones, tan comunes en este país de excluidos.

“El villa”, con los ojos grandes, gris verdosos, impregnados de asombro se acercó a la mesa, con el cuidado “de no romper”, propio de quien se sabe “sapo de otro pozo”. Se abrazó con Yon, exhibiendo una amistad para mi desconocida, pero no me molestó en demasía, pese a que me dio la mano con cierto distanciamiento, quise creer que por estas cosas de las urgencias.

Se sentó y probó el primer bocado, gruñó satisfecho para luego beber de un sorbo, su copa de mosela, cuidadosamente acercada por Babette, la azafata que nos atendía y ya había vuelto de la guerra.

No me sorprendí demasiado, porque nuestros encuentros reúnen personajes de diferente calaña, pelo y marca. Además la fauna suele ser rica y contribuye a la diversidad de la especie, me plantee, con selecto espíritu segregacionista.

¿Que pasó con “El ángel negro”?, deslizó el vasco apenas notó que las mejillas de “el Villa” se sonrosaban.

Fue boleta...

¿Por orden de quien?

Menos averigua Dios y perdona, en todo caso lo paga la noche

Sin embargo lo de “ángel negro” debe doler en algún sitio

El quiso que lo llamaran así y es claro, ahora hay mucha gente que ha quedado “destapada”.

¿Por qué?

Y, cuando una mujer necesitó una silla de ruedas para su hija, él “se puso”, la compró y se la trajo. Remedios para otra mucha gente de los “pasillos”, que hay aquí por Hornos, los compró él y le salvo la vida a más de uno, aunque otros las perdieron, pero a los tiros.

Parece ser que cuando los vecinos tenían algún problema estaba primero para solucionarlos, aunque hubiera que aguantarle eso de “ángel negro”, lo cierto es que a “su gente” siempre les dijo que con los vecinos no había que meterse y allí no se tocaba a nadie, agregó “el Villa”, con los carrillos hinchados porque los bocadillos de radicheta, los alcauciles sumergidos en aceite de oliva romano, lo tenían ocupado, naturalmente que luego de una prolongada abstinencia –el hambre no perdona y él tampoco a los bocadillos el mosela y lo que vendría luego -.completó “el Villa”.

La cuestión es que “su parada” está en otras manos y “otros monitores”, “mejor protegidos” parece; la que perdió es la gente del barrio y hasta que se les pase, no dejan de sospechar, porque “los sucesores” no le dan bola a nadie, sólo entregan “papelitos” como caramelos sueltos, cobran y a otra cosa, un maxikiosco de primera pero de falopa que, por otra parte, parece “mejorada”, tanto como par que la clientela no se les disperse. Precisó el visitante.

Bueno, pero alguna idea tendrás de lo que pasó con “el ángel negro”

Si la tengo. Lo mataron. Cinco tiros le pegaron, después de hacerlo volver al barrio donde “le tendieron la cama”; las cuentas nunca se sabe muy bien porque pasan de manos tan rápido, pero parece que se le acabó el hilo del carretel, lástima por la gente del barrio... esa que no tiene a nadie quien le escriba. Agregó condescendiente.

Igual que el coronel de García Márquez, me dijo Yon en tono quedo.

Yo seguí lo más indiferente posible, sin quitar los ojos de Babette que se acercaba como una promesa, portando sendos bifes de chorizo jugosos – como a mi me gusta- puré de manzanas californianas elegidas por Yon y, para empezar, el chateau vieux de López, que avisa, como los mejores, a la hora de brindar.

Me volví a preguntar por el sentido de estos encuentros y sólo se me ocurrió que las muertes de seres pequeños son iguales a las de aquellos más públicos lo cierto, pensé, es que siempre llegamos a la vida solos y nos vamos solos, aunque podamos morir en un avión rodeados de gente. A propósito, uno de estos días voy a contarle al vasco que pasó con los aviones rusos que “se cayeron” esta semana, nada más que para molestarlo.

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