viernes, 20 de enero de 2012

Monólogo sobre la perversidad (o como yo cuento el cuento de un viejo que habla con un mapache)

JM. Rodríguez (Desde España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Epígrafe primero

Entenderé a los que no se detengan a leer esto. En un mundo donde las precariedades del empleo pasan a llamarse desregulaciones laborales y la frustración personal encuentra como consuelo “construir” un avatar en Second life, debe haber poca gente a las que le quede espacio libre donde encajar el cuento de un viejo que dice hablar con un animal encerrado en una jaula. Es comprensible, en estas circunstancias de vida tan comprometida, que no se quiera “invertir” el tiempo, tal como aconseja el espíritu empresarial, oyendo la narración que hace este viejo de su conversación con ese bicho del bosque, medio gato, medio oso, que, la antigua lengua de los descendientes del “Colibrí del Sur” llamaba maplacti. A los pocos que sí están dispuestos a aventurarse en la escucha les diré que lo aquí referido es tan real como la ocupación de esos otros tan atareados. Y como no se trata, tampoco, de abusar de la generosidad de esas almas libres y ociosas, oigamos, de una vez, al solitario conversante.


(Es media mañana en la cafetería. Hay escasos parroquianos. En una de sus mesas, frente a un ventanal, está un viejo que mira absorto a través de él. Tiene cuidado aspecto. Deja sobre la mesa una taza de café aún humeante y comienza a hablar. Lo hace con voz reposada y la mirada fija en ese ventanal)

Lo conocí en el zoológico, hace ya algún tiempo. Me había sentado al lado de su jaula para comerme unas nueces cuando el animal, sacando una de sus patas delanteras por el entretejido de alambre que lo encierra, me dijo, en náhuatl, ¿Me das una? Yo lo miré doblemente sorprendido y vi, tras su negro y divertido antifaz, una inteligente mirada. Le di la nuez que tomó con mano hábil y con agradecimiento. Nos hicimos amigos. Siempre regresaba a hablar con él, tenía una talentosa conversación.

(Pausa para tomar un sorbo del café)

Un día comenzó a hacerme preguntas sobre ese aparatito que llaman blackberry. Quería saber por qué la gente le prestaba tanta atención. ¡Ni me lo preguntes, no es fácil entenderlo!, le dije, A mí, que nunca he sido retrógrado, ni lo soy ahora como resultado del reblandecimiento que trae la vejez, me cuesta mucho comprender las razones que llevan a tanta gente a colgarse literalmente de ese aparatito. Lo hacen mientras manejan dándose trompicones contra otros vehículos conducidos por choferes que andan en lo mismo. Tampoco lo sueltan cuando se llevan la cuchara de sopa a la boca y ni siquiera en esos momentos en los cuales se disfruta, y disculpa mi concupiscencia, montando las caderas de la pareja. Es más, aseguraría que, estando en esos esfuerzos amatorios, más de uno es capaz de mostrar a su amante el tuiter que acaba de recibir, que es, sin duda alguna, un chiste, un chisme o una mentira, y seguí, Hablando de caderas, antes los hombres chocábamos nuestros vehículos porque nos quedábamos viéndolas, y te puedo decir que, en algunos casos, bien valía la pena. Creo que estas últimas reflexiones desconcertaron al mapache porque me interrumpió: Ahora me resulta más difícil entender a qué te estás refiriendo. No me hagas caso, le dije yo, quise decir que es tal la dedicación que prestan a ese artefacto que, cuando levantan la vista no miran nada, sus ojos ven, claro está, pero el cerebro no interpreta, sólo reconoce la imagen, como la memoria de un disco duro reconoce un documento. Me ven y oyen que estoy hablando contigo pero no se asombran por eso, a lo sumo alguno me compadece ¡Pobre viejo, no tiene con quién hablar! A mí no me oyen, dijo él, Contigo no hay remedio, ninguno de los de que carga ese aparatito en la mano puede escucharte. Imagínate cuántos millones de personas están imposibilitadas de oír tus palabras, y mira que ellas son un asombro, mucho más que ese artefacto de circuitos electrónicos que las escribe. Las tuyas han recorrido todas las edades desde aquel lejano tiempo de los ocelotes, le dije para reconfortarlo. No es sólo que no nos escuchen, viejo, somos invisibles para los que no hablan nuestra lengua, que es bastante peor, me dijo. La invisibilidad de los que no son iguales es un fenómeno corriente entre los humanos, más aún si esos “no iguales” hablan lenguas desconocidas, ¿quién puede oír a un mapache? y menos aún hablando náhuatl, le dije yo. Tú lo haces. Mi caso no es común, yo soy un invento.

(Larga pausa, el viejo toma el resto del café y, con la tasa aún levantada, se queda mirando al vacío)

Y si eres un invento ¿por qué sabes más de nosotros que yo de ustedes?, dijo. No es cierto que conozca mucho de esos que poblaron las tierras que habitabas, pero sé que son una herida abierta con un dolor oscuro e interminable, dije yo. El dolor, la nostalgia o el desaliento de la gente que habita allá, se convirtió en piedra y sus palabras enmudecieron, dijo él, y continuó, Sólo entre ellos se escuchan, como tú me escuchas a mí. Yo le dije, Lo que oigo a través de tu lengua son los sonidos de la naturaleza, y él respondió, Ya no es así, cuando uno está encerrado aquí, en esta jaula, lejos de donde nacimos, hasta los sonidos de la naturaleza nos resultan difíciles de interpretar.

(Una pausa, se para, mira al techo y continúa)

Tu vida aquí es una mierda, lo que escuchas son sonidos mecánicos, y los naturales suenan tan extraños que no los reconocerías, le dije con brusquedad, y continué, en la naturaleza el trueno tiene un sonido esperanzador, en la ciudad es ominoso, en la naturaleza, y tú lo sabes muy bien, los sonidos acompañan al tiempo, cambian con él, son diferentes cuando llueve o al caer la noche, y se transforman con cada estación. Con voz apagada él me contestó, Por estar encerrado aquí oyendo esos sonidos que llamas mecánicos, he perdido mis instintos. Ya no estoy alerta por las noches, no olfateo la fragancia de las montañas, no oigo al grillo tocar, ni veo a la rana saltar en el agua. Cuando ustedes se van, que son nuestra distracción, todos los animales que permanecemos aquí, terminamos por dormirnos. Para nosotros, los animales de la noche, la oscuridad ya no produce ilusiones, eso es lo peor de este encierro. Se quedó un rato callado y luego volvió al inicio de nuestra conversación, Continúa hablándome de esos aparatitos que todos contemplan como si se tratara de una obsidiana rayada.

(Pausa, aún de pie, dibuja en su boca una ligera sonrisa)

Esa es la realidad, todos andan ridículamente embelesados con esa obsidiana rayada, como tú la llamas, y le conté, había en el sur, hace ya algún tiempo, un gran dibujante que diseccionaba con muy fino humor la estupidez humana, sus dibujos eran como una cuchilla afilada. Recuerdo ahora uno de ellos, dividido en tres cuadros: en el primero aparecía un sujeto grabando en un aparato el trinar de un pájaro que estaba parado en su ventana. En el segundo cuadro, completada la grabación, el sujeto lanza un manotazo al pájaro para ahuyentarlo. En el último aparece el sujeto, sentado cómodamente en una butaca cerca de esa ventana, oyendo complacido la grabación del trino del pájaro. Ahí tienes una explicación certera, y premonitoria, de ese embelesamiento por la obsidiana rayada.
(Pausa larga, el viejo vuelve a sentarse.)

Trato de entender el cuento del trino del pájaro, no es fácil comprender la racionalidad humana, dijo él y concluyó: Imagino que cuando hablas de la grabación del trino te refieres a replicar su imagen, la imagen del sonido. Sí, así es, le contesté. Esto resulta extraño, me dijo, la imagen del sonido del pájaro es el pájaro, como el rayo es la imagen del trueno o, dicho de otra manera, la cascada es el sonido del agua. Eliminar la imagen para quedarse con el sonido, o al revés, es fragmentar lo natural, cosa que ustedes, los humanos, hacen permanentemente. Yo le dije, Tienes que reconocer, mapache, que no todo es así con nosotros, con la lengua, por ejemplo, hemos podido avanzar más allá del sonido de las palabras, hemos podido con ellas, con las palabras dichas y con las escritas, construir imágenes, con tanta fuerza como esos dibujos que te mencionaba. Y él lo entendió bien, Es bueno que sea así, la palabra dicha se pierde en el viento si no es recogida y transformada en imagen. Así lo hicieron en Aztlán, y esas imágenes eran memorizadas por los sabios de las doce tribus, que por eso eran sabios. ¿Eran también doce tribus? ¿Cómo las de Abraham?, le pregunté yo. ¿Quién era Abraham? me preguntó él. El origen de las bajezas contra los cananeos, le dije.

(Pausa, el viejo adopta una postura distendida)

No sé de qué hablas, dijo. Es muy complicado, dije, lo cierto es que la memoria de esos sabios que tú mencionaste fue liquidada por la intervención de aquellos, venidos de afuera, que tenían más de guerreros que de sabios. Esos eran bárbaros, expresó con enojo, cometieron tantas bajezas como las que atribuyes a ese tal Abraham. Sí, lo eran, del alma, le dije, pero venían respaldados por un poder mayor que el acero de sus espadas y corazas. Era la palabra escrita que, a diferencia de la de ustedes, contenía el vocabulario total de la palabra hablada.

(Pausa, se mantiene recostado del espaldar de la silla mientras gira su cabeza de uno a otro lado)

Entiendo a lo que te refieres, he seguido la historia primera de aquellos lugares y la que luego se estableció. He visto las grandezas y también las perversidades que han realizado, el lenguaje es una de esas grandezas, fragmentar el mundo en pedazos para flotar, como bloques de hielo en mares tormentosos, es su perversidad. Sólo los dedicados a la flor y el canto… ¿La flor y el canto?, le interrumpí. Eso que ustedes llaman poetas, me dijo, los de la música y los de las artes, ellos se han salvado de ese derivar, el resto de los humanos son ocupantes transitorios de esas plataformas flotantes, unas grises, tan grandes como depauperadas, donde se trasladan, masivamente y con sus penas, todos aquellos que han sido objeto de la fragmentación. Otras, las que llevan a los que fragmentan, acumulan sobre ellas tal cantidad de riquezas que producen encandilamiento… Y mentiras, dije yo. Por eso es un resplandor engañoso, dijo él, y aún así todos tratan de llegar a ese resplandor, no comprenden que como es engañoso resulta inútil el esfuerzo. Para ser animal describes bien la situación de la humanidad, debe ser más fácil observarla desde afuera. Si se toma la distancia suficiente puedes ver lo real y lo que de esa realidad se cuenta, contestó él. Los que no miran y sólo oyen los mensajes que, paradójicamente son visuales, solamente ven el brillo de los que los emiten, no ven las oscuras sombras que tras ellos se generan, le dije yo. Los fragmentadores necesitan mantener constante el resplandor engañoso para que esas sombras no sean vistas, me dijo él.

(Pausa, el viejo, de nuevo de pie, parece seguir un movimiento.)

Volviendo al blackberry, que tú tan hermosamente has llamado la obsidiana rayada, le dije, él tiene la potencialidad para establecer y mantener redes sociales extensas que, sin duda alguna, facilitan a la gente expresar sus dolencias y querencias, sus adhesiones y repulsiones, sin embargo, lo visual se antepone al pensamiento y, como si fuera poco, unas relaciones operacionales, que alguien decidió, fragmentó la escritura, no en sílabas que es como se construyen las palabras, sino en caracteres que terminan uniéndose de cualquier manera. Es la paradoja del largo alcance y la corta profundidad, que no es brevedad como en el haiku. Con ese aparato la flor y el canto no tienen mucha vida, nadie desea leer algo que requiera más que una mirada de venado. Entiendo la imagen, me dijo escondido en la zona oscura de su jaula, sé como miran los venados, y te pregunto ¿resultaría muy difícil para ti traerme uno de esos aparatitos?, no te sorprendas, mi interés está en conocer cómo funciona.


Epígrafe segundo

No nos detengamos –por aquello del poco tiempo– oyendo al viejo describir las dificultades que tuvo para lograr que alguien le prestara, por un día, su blackberry, sin tener por ello que aclarar que quería mostrarle su funcionamiento a un mapache –tal cosa le hubiera costado que no le prestaran nada y lo mandaran visitar al psiquiatra–. Y la dificultad estaría, no sólo, en esta temporaria cesión, tendría, adicionalmente, que recibir las indicaciones mínimas necesarias para su uso. No sabremos nunca si tal cosa sucedió, ni qué fue más difícil: conseguir que un afectado del corazón dejara su marcapaso o, que un analfabeta digital como el narrador, entendiera las operaciones que hay que realizar con este artefacto para hacer lo que deseas hacer. Lo cierto es que el viejo afirma haber logrado ambas cosas, pues nos cuenta que pudo llevar la obsidiana rayada a su amigo, quien mostró, rápidamente, por qué lo llaman “el de las diestras manos”.

(El viejo, ahora en cuclillas, parece sacar algo del bolsillo de su saco extendiendo la mano para ofrecerlo.)

Aquí tienes lo que me pediste.

(Hay una larga pausa mientras mueve la cabeza como si siguiera algún movimiento.)

Tienes una habilidad sorprendente para manipular ese aparato que mantiene a tanta gente ocupada, le dije, y continué, Ahora podrás ver, gracias a las diferentes cadenas de relaciones que se pueden establecer con él, junto a los cortos mensajes desestructurados que te contaba, reflexiones algo serias, insólitas argumentaciones y perversidades que hacen dudar de la racionalidad humana, con imágenes incluidas. Manipularlo es una cosa, me dijo, leer lo que contiene, otra, no conozco el idioma de ustedes y no creo que, por aquí, alguien pueda mandar mensajes escritos en náhuatl. Tu dificultad la resolvemos con mi traducción, le dije yo, Lo que quiero leerte es un artículo que está ahí, que me parece ejemplar para darle dimensión a la perversidad que tú mencionaste en nuestra anterior conversación. Lo que más asombra es que, quien lo escribió, no parece ser un vocero de intereses multinacionales, o dirigente significativo de algún partido político empeñado en alcanzar el poder, no es un fragmentador, sólo un ciudadano como cualquier otro, seguramente un buen padre de familia que luego de acostar a sus hijos y mientras la esposa coloca en el aparato de lavar los trapos sucios, se sienta a descargar en la computadora los odios que arrastra, y a tener sexo con el dibujo animado que construyó para su segunda vida virtual, donde no hay hijos, ni esposa que lave trapos sucios.

(Pausa, el viejo hace otra larga pausa antes de volver a hablar, luego lo hace en voz baja, como para sí mismo)

Tuve que hacer un largo rebusque del artículo en cuestión, en ese terreno mi capacidad operativa es muy deficiente. Cuando lo encontré procedí a leérselo al animal que permaneció, sentado como los osos, sobre sus cuartos traseros, atento a la lectura. Se trataba de un escrito en el que, curiosamente, las palabras estaban aleatoriamente impresas en diferentes colores. Era una escritura literalmente en technicolor. Su autor, el posible buen padre de familia, se quejaba de que, luego de la demolición de aquel país del Magreb, habría que esperar treinta años para que la Organización del Tratado para Arruinar Naciones hiciera lo mismo con este territorio, pues ya habían conseguido todo el petróleo que iban a necesitar durante ese tiempo. El individuo decía con desaliento: “nos quedaremos esperando que las potencias decidan, algún día, demoler la basura que aquí tenemos para construir el modo de vida de ellas”. Terminada la lectura le pregunté al mapache ¿Qué te parece esto? ¿quién en su sano juicio dice lo que dice y además en technicolor? que por cierto, es mucho peor que el extravío de sodomizar dibujos animados en una limusina virtual que circula por Coral Gables. Eres terrible viejo, puedo decirte que, más allá de la atropellada redacción y esa infantil manía por las letras en colores, lo significativo está en que ayuda grandemente a entender aquello de las plataformas flotantes y el resplandor engañoso, ese que lleva a la gente a decir y hacer cosas insólitas, inclusive, a soñar con eso que acabas de describir. ¿Cosas insólitas, mapache? Está loco de la cabeza, le dije escandalizado. Habría que decir, acotó él, en descargo de ese señor, que sólo está respondiendo a los estímulos que copan su espacio sensorial. Y el mayor estímulo, yo diría el único estímulo, es el resplandor que emana de esas lejanas plataformas flotantes, ese resplandor obnubila todos sus sentidos, dijo. Bueno, si no está loco, es un pobre animal respondiendo a estímulos engañosos, le contesté yo. Tampoco es eso, viejo, los animales estamos atados a las leyes naturales, mira a cóatl, la serpiente del desierto, ella capta las vibraciones, el olor y el calor de su presa, y también, en la época del celo, los efluvios de su potencial pareja. No se engaña, ni se equivoca en su objetivo, no busca apropiarse de nada, no acumula nada, sólo la mueve la contienda de la vida. ¡Qué bueno es oírte decir esto!, le dije, siempre he desconfiado del relevante papel que le asignan a la competencia, ella es, para mí, un desarrollo instintivo de los animales, necesaria, como tú dices, para la sobrevivencia de su especie, los humanos sólo la necesitamos para los juegos físicos, en lo demás la razón la hace innecesaria. Sin embargo se estimula para acumular poder y riquezas, que siempre significará apropiarse de lo que le corresponde a otros que no tenían como llegar. A mí me parece fácil entenderlo, dijo él. No es nada fácil, mapache, la competencia, la propiedad y la acumulación conforman valores fundamentales para la sociedad occidental, cristiana y capitalista. Y eso, frente a un mundo lleno de injusticias, y no por causas divinas, es una perversidad. Tú lo explicaste muy bien con lo de los hielos flotantes. El asunto ideológico, acotó él, o el religioso, no explica la totalidad de lo que la gente hace, no todo está contenido en las tesis filosóficas que ustedes escriben, los de uno u otro lado, ni por las escrituras sagradas o teologales. Ellas no permiten explicar la tortura y el asesinato colectivo, sólo la perversidad, que no queda disminuida por las sicopatías que la generaron. Y yo le dije: Cuando dices eso, mapache, supones que la perversidad sólo es una sicopatía. Hay otro tipo de perversidad, la ideológica. La primera es simplemente un trastorno de la mente del cual el enfermo puede o no estar consciente pero que le es inevitable. La segunda, la ideológica jamás es reconocida por quienes la portan, ni identificada por los médicos. El que te encerró en esta jaula no lo hizo porque sufra de la primera perversidad, seguro que sí de la del segundo tipo.

(Pausa, el viejo, se levanta de nuevo y gira en círculos.)

A mí, que ya me cuesta mucho entender las convicciones que ustedes, los humanos, construyen, eso que llaman ideología, se me hace más difícil aún entender que se las construyan perversas. Entiendo tu incredulidad, le dije, en definitiva no perteneces a la especie humana, pero no te engañes idealizando la vida pasada en tus tierras de origen, allí, los pobladores originarios también tenían convicciones perversas a la luz de cualquier consideración de humanidad, que es el aliento vital de la especie. ¿A qué te refieres?, preguntó con sorpresa. No te hagas el tonto mapache, abrirle el pecho a la gente porque Tezcatlipoca lo exija para apaciguarse, no forma parte precisamente de la flor y el canto, le respondí yo. Sin embargo, así ha sido siempre, ve a Abraham dispuesto a degollar a su hijo a petición de un supuesto dios, pareciera que no es posible para los humanos construir convicciones para la vida en colectivo sin la muerte de otros, concluí. No confundas, viejo, la muerte ritual con la perversidad, aquella es parte de las convicciones religiosas. Eso sólo es así, le dije, cuando el sacrificado lo hace de manera voluntaria, el mito de Cristo. Pero cuando se sacrifica ritualmente o en el trabajo a los esclavos que fueron tomados por la fuerza, la religión es una mierda perversa. No si tus dioses te lo piden, dijo él. No me vengas con esos cuentos, y sé que lo dije perdiendo mis serenos modales, La perversidad está en atribuir a dioses inexistentes algo que sólo es una satisfacción humana, o una justificación de conductas aberrantes.

(Pausa, continúa su movimiento circular.)

Tú eres un descreído, y lo dijo con voz cansada. No se trata de eso, y disculpa mi irreverencia, le dije, ya las muertes rituales quedaron atrás, ahora la muerte de los otros es más rápida, directa y masiva cuando de imponer valores se trata. Te voy a dar tres ejemplos, y hay muchos más, de la perversidad de origen de la ideología dominante en el mundo, que es perversa por ser una ideología de la exclusión y la muerte: la asociación del cristianismo a los intereses del capital que hace, a los ojos de los creyentes, congraciar a dios con la acumulación de riquezas; la propiedad de la tierra, que implica la subordinación de la naturaleza al capital, ya que la tierra fue su base fundamental, y por último; la subordinación de la vida a la capacidad de consumo, un consumo innecesario de cosas desechables. Estos tres fundamentos de la ideología hegemónica han generado y está por generar, aún de peor manera, consecuencias tan terribles para la humanidad que, ríete de los sacrificios rituales.

(Pausa, el viejo ha detenido su movimiento.)

Yo pudiera decir que el enunciado de esos tres fundamentos, con una explicación diferente a la que tú das, es decir, sin la carga maligna que le colocas, habla de los principios y valores que guían la vida de los que asumen esa ideología como suya, me dijo. ¿Estás hablando de la ética del capital?, y de nuevo levanté la voz, Pues te lo digo de una vez, eso es otra manifestación de su perversidad de origen, ya son cuatro, no tiene ética, el capital sólo tiene un norte: acumular fuerza y poder para imponer su voluntad. Y va más allá, cree que sólo con el control oligopólico del mercado, que es como llaman a la gente, se pudiera plantear alguna posibilidad real de actuar éticamente, le dije. El mapache, con voz pausada me contestó: Seguramente esas cosas que señalas son ciertas, como lo es que, en los territorios controlados por los que, se suponen, creen en una vida en colectivo, ocurren perversidades semejantes, incluyendo a los animales encerrados en tristes jaulas como esta. Yo no le di tregua, Estás perdiendo profundidad, mapache, la perversidad sicopática puede impregnar el ejercicio político, de hecho, es de lo más frecuente, y eso afecta también a los que dicen defender lo social del arrebato capitalista. El poder político es parte de ese gran resplandor que obnubila todos los sentidos, y cuando alguien se adueña de él ocurren las peores tragedias. Así ha sucedido. No se diferencia ese uso unilateral del poder político colectivo del que ejerce una corporación, sólo que el engaño es mucho mayor. En todo caso, los deseos enfermizos de disfrutar de lo que llaman la “buena vida” o, por resentimiento, de castigar a quienes la disfrutan, incluyendo el uso de la mujer como objeto sexual, está detrás de las aberraciones y asesinatos que diariamente nos estremecen. Ahora el animal hablo con suavidad: Hay un poema que cantaban los seres que habitaban nuestro territorio, que dice: “Amo el canto de cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces, amo el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero más amo a mi hermano, el hombre”, y concluyó, Sin embargo, ahora pareciera que los deseos del hombre no son para el amor sino para el arrebato. Así es, mapache, así es. La cosa es peor cuando ese arrebato se convierte en política, es lo que lleva a una potencia mundial, a bombardear países dirigidos por gente que no “facilita” los objetivos de la potencia. Ellos lo justifican diciendo que están actuando para mantener su “buena vida”, y hablan sin un sonrojo, de la defensa de sus intereses. Y peor aún, los muertos que tales acciones irremediablemente producen son, para ellos, sólo daños colaterales. Igual que si, en un secuestro para pedir rescate, se armó una balacera y murió el que iban a secuestrar, eso fue un daño colateral. El objetivo de los bandoleros no era la muerte del rehén sino su dinero, le dije. Suena un poco panfletario, y perdóname el adjetivo, viejo, lo que quiero decir es que cuando este tipo que escribe en technicolor se queja de que, por ahora, eso que llamaste la OTAN, no los invadirá a ustedes, no lo hace por ser un agente de ellos, y ni siquiera porque sus convicciones sobre el capitalismo le permitan darse una explicación que justifique el sacrificio, lo hace porque le importa un bledo los miles de muertos que se van a producir, sean o no partidarios del bombardeo. Él en lo único que piensa es en ponerle la mano a una parte del botín que no tiene, o de defenderlo si ahora lo posee y supone que lo va a perder, es puro individualismo.

(Pausa, el viejo mueve la cabeza en clave negativa, frunce la boca con desaprobación y se pone a caminar de un lado a otro)

Está bien, mapache, soy panfletario, pero ese individualismo que mencionas es deshumanización pura, que es la quinta perversidad. Contra eso no es la bondad lo que puedes contraponer, no es Quetzalcóatl o Cristo, tan benevolentes como imaginarios, lo único que puede revertir la injusticia y la desigualdad es la equidad. Y tal cosa no florece sino en un paisaje donde la igualdad sólo sea contrariada por la diversidad. Ese es el paisaje de lo social, de la complementariedad comunitaria, del intercambio equivalente.

(Pausa.)

Viejo, si de revertir la injusticia se trata ¿por qué no me ayudas a escapar de este encierro? Regresaría a mis tierras, allí hay un paisaje propicio para sembrar las flores que mencionas.

(Ahora, el viejo se sienta en el suelo, esboza una sonrisa abierta y concluye su monólogo)

Y deben saber que un buen día, la alambrada amaneció cortada y la jaula vacía.

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