jueves, 26 de enero de 2012

Tres cuentos cortos de terror

ARGENPRESS CULTURAL

La última llamada
Bruno Tenorio / México

Desde hacía ya cuatro días, a la misma hora invariablemente, recibíamos una llamada. Exactamente a las 4 de la mañana, el teléfono no dejaba de sonar hasta que mi esposa o yo contestábamos y cuando lo hacíamos sólo lográbamos escuchar una respiración, una respiración cansada, que se ahogaba en sí misma, como si se tratara de alguien que está exhausto o a punto de desfallecer.

Estábamos muy nerviosos, francamente preocupados, al principio creímos que se trataba de una broma, pero ya era demasiado. La quinta noche no dormí en lo absoluto, permanecí inmóvil frente al teléfono esperando que el timbre sonara de nuevo. Había comprado un identificador de llamadas, por fin sabría quien me estaba jugando esta mala pasada. Mi esposa no quiso esperar y se fue dormir sin lograr convencerme de hacer lo mismo.

Llegó el momento, el reloj marcó las 4:00 horas, mi esposa seguía dormida y en el identificador pude ver el número 5-5-2-5-7-8-8-3. ¡Esto no es posible! pensé, es mi número telefónico el que aparece en el display, seguramente estaba mal configurado el aparato, lo revisé como intentando reparar algún desperfecto que no existía. El timbre del teléfono no dejaba se sonar. El sonido empezó a molestarme, comencé a sentir miedo, mejor dicho un terror indescriptible se empezó a apoderar de mí, intenté contestar pero no pude, algo me lo impedía, las manos me comenzaron a sudar copiosamente y mi cuerpo se estremeció como si algo malo me fuera a pasar si descolgaba el auricular, mi garganta estaba tan seca que no podía tragar saliva.

Salí corriendo del apartamento, no podía permanecer un momento más ahí, no pensé en mi esposa, no pensé en nadie sólo en alejarme, en huir. Sabía que iba por mí, sabía que yo era el blanco de sus intenciones, cualquiera que fueran éstas. Sentía que estaba tras mi espalda y podía escuchar la respiración, esa maldita respiración, que no dejaba de resoplar, que me atormentaba en todo momento, casi podía sentirla en mi rostro. Tengo que escapar, me decía, tengo que escapar, ¡ya no lo soporto!

Me sentía muy exaltado, mi pulso se aceleraba a cada instante, casi no podía respirar, me estoy híper ventilando, pensé, mis piernas no respondían a las órdenes que mi cerebro intentaba darles. Desesperadamente pasé como pude por el parque, de pronto me detuve, sabía que tenía que hacer esa llamada, debía avisarle, ponerla sobre alerta y explicarle el gran peligro que corría.

Empezaba a salir el sol, no sé cuánto tiempo estuve corriendo, el alumbrado público se iba apagando poco a poco, sentí una sensación de angustia terrible. ¡Maldita sea!, no traía conmigo una tarjeta telefónica, de cualquier modo me acerqué a un teléfono público, por fortuna era de monedas pero muy diferente, descolgué la bocina, todo era rectangular, de color negro con rojo, no entendía nada, coloqué algunas monedas y comencé a marcar el número, ¡no puede ser!, susurré, en el teclado numérico no estaba el número cuatro, no es que se lo hubieran quitado algún vándalo, simplemente no estaba, nunca existió, quise alejarme de aquel artefacto pero algo me decía que era la única oportunidad que tenía de comunicarme con ella, debía avisarle, debía decirle que después de mi llamada no contestara el teléfono y que saliera lo más pronto posible de aquel lugar, intenté relajarme, mientras marcaba mi número telefónico vinieron a mi mente escenas perturbadoras estaba seguro de que a mi esposa le podía ocurrir cualquier cosa, sonaron dos tonos, descolgaron el auricular, quise decirle que huyera, que no se detuviera hasta estar segura, pero de mi boca sólo salió una respiración entrecortada, una respiración agitada y ahogada en sí misma mientras escuchaba por el altavoz un grito desgarrador que me paralizó por completo.

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El fin

Flavia Ignacia / Chile

Y luego se sentó, mientras desordenaba su abundante cabellera se fumaba el cuarto cigarro de la noche, sabiendo que a los minutos iría por el siguiente, reflexionó, miró sus manos, pero sabía que ya era tarde, no podía retractarse, el crimen estaba casi consumado, y él no acostumbraba dejar las cosas a medias , antes que el temor se apoderara de su seguridad innata, sólo le quedaba una cosa por hacer, levantarse, mirar por última vez aquella doncella que lo deslumbró, matarla para que ya no sufriera, porque sabía que era buena, al mismo tiempo que acabó con la vida de aquella mujercita, consumió el quinto con la garganta apretada y el corazón estrujado.

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Ideas fijas

Martha Lombardelli / Argentina

No quiero seguir pensando en todo aquello. Pero me cuesta apartarlo de la mente. Algunas veces pienso que mi otro yo fabuló toda esa historia para entretenerse. Pero, también aparece otra idea que refuta lo anterior. Entonces me doy cuenta que tiene el mismo peso, gravita de la misma forma una u otra de las dos posibilidades. Y ese es el gran dilema. Si nunca hubiera sucedido ¿por qué es tan claro su recuerdo, por qué hasta revivo la sensación del miedo que sentí a que nos atraparan con eso en el baúl? Además, odio la complicidad que se estableció con mi hermano porque sin su ayuda nunca hubiera participado en algo así. La mayoría de las veces me siento más motivada cuando trabajo en grupo o en equipo. Pero, después de revivir la intensidad de esa vivencia, respiro y me digo, ¡vamos, si eso no sucedió nunca! Si todo fue el producto de tu imaginación o el contenido de uno de los tantos sueños-pesadilla que por esa época me atormentaban. Era una época de muerte y terror...

Cuando estábamos entre amigos, solamente en esos momentos, nos animábamos a comentar lo que sabíamos: quienes habían escapado, quienes habían "sido boleta" quienes habían sido "chupados",... Y si sabíamos algo muy serio, hasta optábamos por hacer como el perro que se comió los chorizos del asado. Desde esa época, me quedó la inclinación por una proposición que dice: Más vale callar y pasar por tonto que hablar y despejar las dudas. Algo mencionábamos como si estuviéramos hablando de un buen libro que habíamos terminado de leer.

En fin, esos momentos funcionaban como descansos de la tensión permanente en que nos hacía vivir el miedo. Pero el descanso duraba poco, siempre duraba muy poco. Pegado al último beso y abrazo de la despedida, se nos ganaba nuevamente en el alma el dolor que produce el miedo intenso.

Recuerdo que costó un gran esfuerzo hacerlo entrar en el baúl del coche.

Pesaba y se nos escapaba de las manos, ¡agarralo fuerte!, ¡que se te cae otra vez! ¡Por favor, apurate! ¡No doy más, tengo miedo!

Después salgo de ese pozo oscuro; me alejo de la sombra de ese recuerdo,... No existe nada de todo eso que aparece en mi mente; nunca existió; nunca lo comenté ni siquiera con la persona que aparece como mi cómplice.

Ahora me pregunto: ¿por qué uso ese término: "cómplice"? ¿Es que realmente hubo algo donde alguien me ayudó o fui yo quien ayudó?

Tampoco puedo ir por la vida preguntando a mis amistades si en el pasado me vi envuelta en algo parecido a un crimen... ¿Quién puede hacer eso? Nadie.

Es cierto que dos o tres años después del tiempo de hierro y horror, yo caí en una histeria, padecí amnesias parciales,... y decidí iniciar un tratamiento psiquiátrico.

El tiempo como una gasa pesada fue velando capa tras capa, el pasado.

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