jueves, 2 de febrero de 2012

De la longevidad

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tengo la edad precisa para ocuparme a fondo de asuntos que a otras son inquietantes, como la brevedad de la vida, la vejez, plácida o desolada aun en compañía, de la longevidad… Y ello, en tiempos en que algunos sociobiólogos pronostican el suicidio ma¬sivo de la humanidad. Desde luego planea desde hace tiempo la sombra de una ruina total del planeta causada por el cambio climático y por el saqueo incesante de todos los recursos naturales a cargo del propio ser humano, que justifica semejante vaticinio; en cuyo caso la longevidad podría considerarse bien como castigo bien como prerrogativa; la prerrogativa de esta última generación de asistir a tan extraordinario como definitivo acontecimiento, de la que habrían sido privadas las gene¬raciones precedentes…
Entre tanto y a la espera de comprobar en qué queda ese asunto, la longevidad ofrece aspectos que, como sucede con otras preocupaciones, a edades más tempranas no nos son manifiestas o no nos conciernen: sólo interesan a estudiosos y estadísticos. Pero a nosotros, a quienes hemos entrado en el último tramo de la existencia, a medida que vamos viendo la cercanía del fin se nos van mostrando de la vida detalles que hasta ahora estaban ocultos, por oscuros o por su propia obviedad, y despertando a la vez sentidos que hasta ahora permanecían naturalmente dormidos. Y con mayor razón o agudeza, si hemos perdido más o menos por completo alguno de los sentidos considerados principales.
Desde luego, cuando he rebasado los setenta, de la lectura apenas me interesa algo que no sea lo que me ayude a bien morir, y de la Naturaleza que tanto me emociona y ahora miro de soslayo y en conjunto, no el detalle (no sea que me sorprenda su agonía), sólo sus castigos. En realidad, a los ojos de las estrellas y ya casi también a los míos, la misma importancia tiene que un pueblo sea tragado por las aguas de un maremoto que una hormiga sea aplastada inadvertidamente en nuestro paseo. Lo demás, el trasunto social, lo observo también cada vez más con más escepticismo, con mayor displicencia, con el asco que nos provoca todo lo reiterativo, todo lo malicioso visto y sabido miles de veces...
Pero hablaba de longevidad: no creo que valga la pena ser longevo. Mejor dicho, no conviene desearlo. Desde luego a mí siempre me han venido bien las cosas tentadoras cuando no he ido tras ellas. No sé si será porque, como decían los pensadores áticos, "cuando los dioses nos quieren casti¬gar acceden a nuestras súplicas", o porque la fortuna sigue a quien la desprecia y huye de quien la persigue... Y es porque llega un momento en que, hay que elegir entre que nuestras defensas biológicas, el vigor, la constitución personal y los hábitos saludables corrijan por sí solos nuestros males, o vivir la vida a medias. Y vivirla a medias es vivir agobiado por la prescripción facultativa, por la presión del entorno para acudir al médico, por los efectos adver¬sos de todos los medicamentos, por la cirugía, por técnicas para respirar o para mantener durante un misérrimo espacio de tiempo el latir del corazón. En suma, en este caso, vivir una si¬tuación de dependencia con la atención ajena a la vida propiamente dicha, puesta simplemente en mantener el existir. Por eso prefiero dejarme llevar no por el miedo a los excesos que evito, sino por el comedimiento. En realidad siempre lo he cultivado, como siempre he procurado sustraerme en lo posible a la estadística. Por ello, si no deseo engrosar la tasa de los que se suicidan lentamente con adicciones perniciosas, tampoco deseo formar parte de la lista de los aficionados al quirófano y la pastilla, atraídos por la propaganda y por la propia clase médica. Otra cosa es nuestra debilidad en la circunstancia, y otra, la presión colectiva. Ambas nos inducen a poner enseguida nuestro destino en manos del médico y de sus pócimas y cirugías… Por ello hay que tener una personalidad de hierro, para no sucumbir a lo que a menudo entraña mayor riesgo que el que tratamos de evitar.
Pues -y aquí entra en juego la filosofía en la que hay más dignidad que en la ciencia médica-, ¿qué atractivo puede tener para quien ha vivido ocho décadas, por ejemplo, prorrogar su vida un día, una semana, un mes o cinco años comparado ese espacio de tiempo con el ya vivido? ¿Y qué comparado con la eternidad o con el vacío: las dos únicas posibilidades ciertas metafísicas que nos esperan después de que la muerte nos arrebate de la vida material? Aferrarse a la vida responde al instinto zoológico que hay en el ser humano, pero en el humanista es la razón, lo razonable y la aceptación de lo irrefragable lo que prevalece. Los dioses ayudan a quienes aceptan y arrastran a quienes se resisten, decían los estoicos. Yo acepto el destino que me tengan asignado; lo demás corre de su cuenta.
La propaganda dice que las sociedades desarrolladas han lo¬grado vivir más. Pero vivir más no significa vivir mejor (se enriquecen cada vez más, pero no hacen feliz a nadie) y si no, que se lo pregunten a las jóvenes generaciones sin apenas esperanza ni ilusiones, dada la rápida degradación de la Naturaleza y la deriva deshumanizadora de la sociedad. Y por otro lado, tuve varios amigos que han muerto bastante antes de los 65 pese a la esperanza de vida octogenaria en este país.
Y cuando se habla de longevidad, automáticamente pensamos en el "tiempo" y en la esperanza de vida; pero en el "tiempo lineal", es decir, el chronos griego constituido por las fases del ciclo cristiano que comienza con Adán y termina con la resurrección de los muertos. Sin embargo expresado en ese sentido el concepto "tiempo" no evoca la metáfora, algo "relativo", como lo percibe y siente cada cual según el momento y estado de ánimo. Al fin y al cabo la noción “tiempo” (como el idioma, dios, predestinación, libertad y otras) es otra más de las invenciones humanas, otra puerta por donde entró cada "cultura". Por cierto, algunas de ellas debieron tener originariamente el propósito de comunicarnos mejor y facilitarnos las cosas, pero terminaron por ser causa de más enconados enfrentamientos que los que pudo haber en la prehistoria... Cuando Einstein dio a conocer a la prensa la teoría de la relatividad un periodista le preguntó: "¿cómo explicaría en pocas palabras la teoría de la relatividad? Einstein respondió: "es como si usted tuviera sobre sus rodillas a una joven durante cinco minutos y luego a una vieja un minuto". Equivale a la postre a comparar la temperatura de un termómetro en un lugar determinado, con la sensación térmica experimentada por cada individuo en ese mismo lugar. En resumidas cuentas, tiempo, espacio y sensación son el tríptico conceptual sobre el que descansa el decurso de la vida enrevesado cada vez más a medida que avanzó la polisemia...
En la longevidad intervienen variables que a priori se consideran determinantes de la misma, como la alimentación y hábitos principalmente. Pero también es relativo. En círculos an¬tropológicos es proverbial el caso de un equipo de gerontólogos que visitó cierto lugar del Cáucaso, para un estudio de campo, donde había varios habitantes centenarios. Después de conversar con algunos de ellos fueron a ver al más longevo. Tenía 112 años. Le hicieron las preguntas de rigor a propósito de sus costumbres. El respondió que se levantaba al alba y se acostaba con el sol, que nunca fumó ni probó el alcohol, que practicaba el sexo esporádicamente, que caminaba todos los días y hacía un razonable ejercicio corporal. Mientras hablaban, se oyó un ruido estruendoso en la planta de arriba, como si estuviesen estampando vasos de cristal contra la pared y se moviesen muebles. Entonces el entrevistador le preguntó: oiga, ¿y quién vive ahí arriba que hace tanto ruido? Y él les contesto: es mi padre, que es un borracho, fuma como un cosaco, es un mujeriego, se duerme cuando sale el sol y se pasa el día tumbado en un jergón... Una alegoría para expresar hasta qué punto la longevidad depende más de la naturaleza, constitución, genes y azar que de nuestra voluntad, cuidados, cautelas, médi¬cos, medicinas y cirugías.
Porque el "tiempo" no sólo se mide por lo que tarda la tierra en girar sobre sí misma y alrededor del sol, por el calendario y las manecillas del reloj. También podemos medirlo, y sobre todo va¬lorarlo, por las vivencias tanto exteriores como interiores. Y sobre todo por la intensidad con que se vivan. Todos tenemos un reloj interior biológico, unos compases específicos que nos hacen percibir la realidad y el tiempo común de una manera diferente. Según cada cual el segundero va a un ritmo que tiene poco que ver con lo que dicen la biología académica, la astronomía, la estadística y el registro civil. Pero lo que es evidente es que vivir cien años sin vivir la vida ni por fuera ni por dentro, apenas como un vegetal, no interesa a nadie...
Lo que desde luego es habitual es considerar que hoy día se vive más que en siglos pasados. Y es cierto para el promedio de la población en el llamado primer mundo. En otros siglos y hasta hace relativamente poco las clases desfavorecidas, desnutridas y apenas sin higiene, que eran mayoría, morían pronto. Se sabe que la alimentación, el agua y la profilaxis son factores que influyen decisivamente en la salud, en el retardo de la oxidación natural y en la esperanza de vida. Y eso era justamente lo que les faltaba a aquellas grandes masas de población, "víctimas" de una corta vida medida por los patrones ordinarios en comparación con lo que hoy el pro¬greso depara a grandes porciones de población del planeta. Por ello, como todo eso ha cambiado, al "progreso" y a la Medicina especialmente se le atribuye la vida larga, cuando no es exactamente así. Lo es en lo que se refiere a las grandes masas de población comparadas con las de hace un siglo, por ejemplo. Pero atribuirlo a ese motivo es como si alguien encerrado en un monasterio o un convento, sostuviese que fuera del cenobio no puede haber ni vida ni plenitud posibles. Pues considerada la vida individualmente, la cosa cambia. Sabemos de octogenarios y nonagenarios de este país que efectivamente habrán podido beneficiarse del "progreso", pero nacieron casi hace un siglo y su vida está regida más por la moderación u otros factores que por la ciencia. De todos modos es preciso esperar los resultados confrontados con el tipo de vida que han seguido y siguen las generaciones posteriores...
En todo caso la vida de muchas personas concretas en otros siglos, esos siglos en los que la esperanza de vida de las grandes masas de población era corta medida en tiempo real, además de larga en tiempo lineal mucho más lo fue medida por patrones mentales. De hecho el promedio de vida de personajes históricos dedicados al pensamiento, a la ascesis y al arte (habría que estudiar también el caso de los oficios manuales) entre los siglos del XVI al XX, es de 62 años. Setenta, ochenta y más años fue bastante común... En términos generales contaban, todos, con una alimentación, inteligencia e higiene suficientes. El factor decisivo en este asombroso dato es la creatividad. Así es que una persona común del siglo XXI puede aspirar a una larga y gratificante vida antes sólo reservada a unos pocos, con tal de que a su vida pro¬cure suscitarla con la creatividad. Evitar en lo posible los "excesos" del "progreso" y eludir en lo posible precisamente la Medicina (arma de doble filo) es el desafío para aspirar a una larga vida, y además para vivirla con entusiasmo: un concepto éste, con la carga emocional que conlleva, que rápidamente pierde viveza y afecta a la vida de la sociedad entera cada vez más entristecida por mucho que se refugie en paraísos artificiales...
Hay ejemplos elocuentes de lo que quiero decir cuando hablo de entusiasmo relacionado con el "tiempo". En siglos pasados la gente que podía permitírselo necesitaba meses para recorrer la distancia que hoy se hace en horas. Stephan Zweig, el escritor austríaco, refiere el caso de un amigo suyo que viajó tres mil kilómetros sólo para estrechar la mano de otro amigo. ¡Cuántas vivencias no tendría aquel burgués humanista y privilegiado que se permitía el lujo de viajar! Sin embargo dar hoy una vuelta al mundo en condiciones turísticas no creo que proporcione más satisfacción que comer y beber más de lo acostumbrado. La mayoría de los viajeros de esa clase ni se bajan del barco para visitar la ciudad en la que atraca. Y si es avión a duras penas piensan en otra cosa que no sea cómo va o cómo ha ido el vuelo, y el deseo de contarlo... De aquí la presencia, otra vez, de lo relativo e irrelevante que es medir nuestra edad por el calendario. Porque, aun viviendo menos en otros tiempos, la riqueza de matices que presenta la aventura de un largo viaje que hoy se hace "sin sentir", se pierde justamente por completo en la mayoría de los casos por la manera vulgar, rutinaria y vertiginosa de realizarlos. Hasta tal punto eso es así que podríamos decir que un año de "otros entonces" puede equivaler a cinco años de la actualidad. Vivir un año absolutamente consciente, vivir los sesenta segundos implacables de que se compone cada minuto con lucidez plena, como se vivía en otro tiempo, con la métrica en la mano es mucho más que vivir un quinquenio atribulados, aturdidos, atosigados por el tedio o por la ansiedad que provocan estímulos excesivos debilitan el sistema nervioso, ofuscan la atención y entorpecen una mente sana y despejada... que es lo que sucede hoy día. En las condiciones generales que vivimos ha pasado un día, una semana, un año, sin habernos "enterado". Hemos vivido, por decirlo así, "enajenados", fuera de nosotros mismos ajenos a nuestra propia vida.
Es cierto que, como dice Montaigne, la muerte natural, y más la vejez, en aquellos siglos eran infrecuentes, pues las guerras y los crímenes acababan con la mayoría de la gente antes de envejecer. Pero este dato no se opone a la tesis general de que quienes no morían de mala manera y reunían las condiciones dichas, podían ser longevos. O al menos vivían durante tanto "tiempo mental" como hoy se vive el tiempo "atómico".
Por lo que a mí respecta, estoy dispuesto a ser longevo sólo a condición de que los órganos estén en aceptables condiciones y sus funciones, aun retardadas y naturalmente desgastadas, me valgan; es decir, que mi vida no tenga que depender de alguien o de algo que no esté en mí mismo. El asunto, pues, enlaza con otro concomitante: la eutanasia...
De muchas cosas sólo nos percatamos si las vivimos, pero no si nos las cuentan. Y hoy lo “sabemos” casi todo no porque lo vivamos, sino por los medios y redes sociales que al final sólo son intermediarios y además poco de fiar...

Tratar de vivir con arreglo a las condiciones psíquicas y espirituales de otros tiempos, añadir esfuerzo creativo y aprovechar del progreso sólo lo digno de ser aprovechado es como vivir doble: por un lado el tiempo cronológico de la modernidad esclavo del apetito de novedad y sujeto a continuas descargas en el sistema nervioso, y por otro el tiempo interior consciente y "vivencial".
Y al hablar de lo digno, me refiero a las formidables soluciones que aporta la Medicina contemporánea. Si bien es esencial evitarla, pues también entraña riesgos, y sus estragos son notorios aunque no constan en estadística alguna y sabemos de ellos sólo como fatalidad.
Lo diré de otro modo. Visto el asunto desde la atalaya de la historiografía, del pensamiento, de las sensaciones y de las emociones, en combinar los estímulos llegados de fuera con los que brotan desde la hondura del "yo" más la creatividad en sus múltiples manifestaciones, está el secreto de la longevidad a despecho del azar, de la suerte o del destino.
Y como en estos países occidentales, gravemente enfermos de codicia, lo que le espera al longevo es o bien la soledad y la inasistencia o bien una compañía insultante, interesada, comprada y desafecta, la longevidad no es un premio de la naturaleza o al esfuerzo por conseguirla, si no un castigo.
Sospecho que cuando llegue mi hora, parte de estas reflexiones resultarán ridículas, dada la distancia entre lo que habré de hacer o se me obligará a hacer o a dejar de hacer, y lo que aquí pienso ahora que debería hacer. Pero como me he pasado la vida hablando del "deber ser" y no del "ser", que no domino, y acerca del que sobran los especialistas, no podía estar este escrito redactado de otro modo…

Nota final. Se habrá adivinado desde el primer momento que el perfil de la persona eventualmente destinataria de todas estas reflexiones, pautas y observaciones (desgraciadamente en tiempos tan críticos) no puede ser la atribulada por el desempleo crónico o definitivo, por el sentimiento de exclusión del bienestar, del acomodo o de la despreocupación material que atenaza a tanta gente en el mundo, en Europa y a la cabeza de todos los países convencionalmente desarrollados, España.

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