miércoles, 15 de febrero de 2012

El cuarto cine y la geografía global

Jorge Zavaleta Alegre (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los paisajes apocalípticos de América del Sur fueron separados en dos mundos a partir del canal en la antigua gran Colombia. Colón en el Atlántico y Panamá en el Pacífico, donde antaño no había nada ni una triste carretera.

Cuando empiezan a pasar naves de China, Perú, Argentina, Nueva York, Europa y otras latitudes, los norteamericanos, si bien poseían el canal, ignoraban Panamá, a sus gentes, a los negros, a la selva negra y las montañas inhumanas.


Georges Simenon, en Barrio Negro - una de las 117 novelas que lo convierten en uno de los más brillantes escritores del siglo XX - denuncia el racismo y el atraso social sobre el resto del continente de aquella masa aplastante de América del Norte.

Simenon, en boca de sus personajes, señala que el presidente de la república panameña, es un indio medio rural que ha nombrado a su cuñado embajador en París, pero quien a su vez quiere ser primer mandatario. Y al lado mismo, en Venezuela, el presidente era aquel que tenía más de cuarenta mujeres y un buen centenar de hijos reconocidos.

Desde la Europa del Este, Milán Kundera en La Broma, manifiesta su tristeza y desilusión al retornar a su Praga natal y ver la ciudad descuidada, cuyos monumentos no representan su ilusión juvenil, y lo peor es que sus amigos han perdido, incluso, el humor, porque resulta víctima de una broma incomprendida en un entorno donde solo se permite la alegría por el triunfo obrero.

En el presente siglo, despiertan interés las nuevas formas de socialización, con la volcánica presencia de la informática, pero cuyas redes sociales no son aún, ni por asomo, sindicatos, asociaciones, ni partidos políticos.


Para aproximarnos a la temática de la neo comunicación, al individualismo y la relación con las condiciones de vida, Los Aprendices, una de las catorce novelas de Carlos Eduardo Zavaleta, es un aporte interesante. Se trata de una novela inspirada en los años cincuenta que recién fue publicada en 1970. De haber aparecido antes, hubiera sido un aporte primigenio a lo que sostienen después José María Arguedas en Todas las Sangres o Vargas Llosa en Conversación en la Catedral.

En Los Aprendices, retrata los desencuentros de las clases medias provincianas que logran trasladarse a Lima e ingresan a la Universidad de San Marcos como la plena realización de sus sueños y proyectos personales y familiares. Pero, poco a poco, esas esperanzas se desvanecen en la medida que no se sienten identificados con los obreros y campesinos y tampoco son aceptados por la sociedad tradicional, que conserva hábitos coloniales.

La Literatura no está o no debe estar separada de las humanidades ni de la tecnología. El cuarto cine y la violencia en América Latina, novedosa investigación de la Universidad de Pittsburgh escrita por Jorge Zavaleta Balarezo, constituye un atractivo para redescubrir la Región. La verdad es que la “pobreza estructural”, cuyas raíces son seculares, va reduciéndose según estadísticas oficiales y múltiples programas sociales. Pero a ella se suma la “nueva pobreza” o deterioro en las condiciones de vida de las clases medias y el saldo de los rurales olvidados. La sociedad en general transcurre aparentemente mejor comunicada, pero el racismo, la exclusión, el desprecio a los marginales y la solemnidad con el poder de cualquier origen, sigue vigente, inclusive, en mayor medida, entre las clases emergentes. Las fiestas en las provincias, los migrantes miran con indiferencia al terruño y al paisano que vive con los rutilantes amaneceres y las tardes bucólicas, esperando el reencuentro en la siguiente festividad. Los guiones del cuarto cine son elocuentes.

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