jueves, 2 de febrero de 2012

El día que la “patria sindical” perdió la cabeza

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Otra vez el tiburón tartamudo, mostraba como se traga a la gente en la entrada del subte de Constitución.

Me cosí ambas manos a los bolsillos de los pantalones de corderoy negro, un regalo del Layer, generoso como siempre, y descendí las escaleras luego de reparar que en el hall de la estación lo único que mejoró es la cantidad de mugre que se respira. Mucha gente sigue en posición fetal, contra las paredes aledañas y flaquean la carrera de galgos suizos, que somos aquellos que todavía corremos para llegar a algún lado, con el atraso de siempre.

Los olores, mezcla rara de fritanga barata y desodorantes diversos, resultan una combinación letal, para los que tratan al paso de comer algo.

Al paso que van la carrera es irregular y pueden perder primero, el hígado, los pulmones o llevar los intestinos a las Naciones Unidas para que los salve algún veto del Comité de Seguridad.

Mi travesía no es quejosa, gratuitamente, Yon (Eibar) el vasco de larga historia me quería llevar a reconstruir 31 años después, en aquel penumbroso 2004, quien mató a Rucci en Flores.

Como tengo por costumbre no cuestionarlo, me va en ello sentarme a una buena mesa y beber mejores vinos si ello es posible, crucé desde Lomas de Zamora rumbo al arrabal de la ciudad, que hoy es Constitución donde me esperaría en el Alfa.

Por supuesto él abriga la seguridad que yo voy a escribir, como siempre, algo que se parezca a la verdad.

Mucho caso no le hago, porque finalmente la realidad es un cuento que casi siempre me supera.

Antes, la rubia cuarentena vestida de rosa, con una minifalda capaz de infartar a mil metros, fue atacada por un par de “confundidos” que suelen llevar, bolsos, cadenas y, en este caso, parte del culo soberbio, que era el tributo capaz de afirmar que “maravillosa esta noche”, no era sólo un casto deseo de Clapton.

Todo el hall, por rara unanimidad hizo vista derecha cuando pasó y los tentados tocaron y manotearon, toco y me voy; uno parece que conocía como esquivar los escombros, pero al otro se le dio por correr rumbo a las ventanillas, a cuya vera como celosos arbolitos se alineaban doce monos de la infantería de la Federal, ella gritó y tres de esos buenos muchachos, lo pusieron a resguardo.

Todo siguió luego, en el secreto del sumario. Para ser veraz, “Fideo fino” que iba - en realidad venía – para trabajar en el diario, fue quien como Traverso, contra Valdemarin en el último Boca-Vélez, ayudó a desparramarlo. No me vio y me produjo considerable alivio.

Lo rescaté al final del operativo policial y lo tomé del brazo, para ayudarme a recordar que es el vivo ejemplo de “con el alma en una nube y el cuerpo como un lamento”, como, repito, decía Patxi.

- Yon me dijo que te vengas con nosotros. Me ahorraste la espera en el andén tres, le dije para no darle tantos datos que en lugar de aclarar oscurecen -. No preguntó. Una cualidad de los hombres de ley, especie extinguida.

Salimos a la calle Salta y vimos el Alfa gris titilando que se aproximó con el suave ronroneo que lo caracteriza. Yon apresuró nuestro paso cansino.

Decidimos partir aunque alguna pregunta colgada nos quedó demorada en los apoya brazos.

- ¿Quien es el muerto, esta vez? -, pregunté

-Puede ser cualquiera, que le haya dejado un hueco a la historia - , dijo el vasco y lo miró de frente a fideo fino que no se daba por aludido.

- Siempre hay algún perejil importante para la gilada que coincide con otro y así se hace la referencia-, fue su única acotación hasta Flores.

-¿Que recordás de la muerte de Rucci?-, me preguntó y el dossier pasó raudo según los diarios de la época.

Se moría igual que él (ignoto), pero más tarde, el mediodía del 25 de setiembre de 1973, José Ignacio Rucci, dos días después del triunfo electoral de Perón - el más categórico de la historia - y tres años después de ser Secretario General de la CGT (3 de julio) curiosamente, en eso de morirse, también falleció pero de languidez en el tiempo, el ambicioso proyecto de Perón y casi de excluyente protagonismo, que se conoció como el Pacto Social.

Ese Pacto cumpliría funciones por las cuales obreros y empresarios se comprometían a garantizar la paz social para posibilitar el despegue económico y, supuestamente, “la dependencia y la injusticia social”, gustaba mentar el propio Perón

Como parecían no estar muy seguros hubo 35 tiros dicen algunos, en su cuerpo, otros más moderados contaron 23 razones para morir. No fue de buena educación buscar la paz social de esa manera.

Un espejo empañado de las reuniones que hoy desvelan a los “gordos” de la CGT y a los empresarios que reeditan el minué del acercamiento.

Yon me miraba a través de los anteojos oscuros.

Fue en el barrio de Flores, musitó en voz alta, casi como para que no le lleven flores, ironizó sin suerte, porque yo no sabía muy bien para que estábamos viajando a un pasado remoto.

Vos nunca escribiste ni afirmaste que fueron los “montos”, deslizó por lo bajo mientras el Alfa gris arribaba al barrio del Ángel Gris que cultivó Dolina.

En realidad, se quien pasó una hora después y siempre tuve que cubrirlo, los vecinos estaban en la calle y lo que habló con ellos no dio esa impresión, a la gente, de la autoría declamada un tiempo después; nunca estuve seguro, pese al Nun, a Tomas Eloy y el parte, tardío, de la “Orga”, pero ¿a que vinimos?.

Ya te vas a enterar y sorpresas te da la vida, fue todo su comentario. El barrio no conservaba nada y todo, casi como Buenos Aires después de las tormentas que se llevaron al país por una cloaca y nos dejaron, como ratas a la intemperie, donde nadie perdona a nadie, pero sobre esto que pensé, ni una palabra, porque él debería tratarme con algo más de respeto.

Un abuelo venerable, - ¿porque después de cierta edad todos parecen serlo? – es un misterio mimético, esperándolo con las manos nerviosas una sobre otra. El Alfa gris relucía al sol y nosotros nos quedamos en el auto dejando que él manejara estas cuestiones que nunca sabré muy bien porque le interesan.

Sobre todo esta, porque seguro que más de uno ni siquiera sabe quien es (Rucci) y adivinando peor, por ahí se salvan por la hija (Claudia), pero todo esto desapareció de la memoria, casi como la historia que ahora se novela, pecado que comparto, que joder.

Hablaron un rato y el hombre finalmente aceptó el amable refugio de un bar en la esquina, otra sobrevivencia, a la que llegamos luego de la seña discreta de Yon, tan meloso para estas cosas que me da asco.

Las mesas y sillas de madera, parecían registrar los ocasos del mundo. Un olor indefinible, luego decidí que sería barniz refrescante que les permitiría extender unos años más la vida, resultaría la causa, protegiendo el potencial como es debido.

Les presento al abuelo Nicolás, dijo Yon suavemente. Respondí con un gesto y el saludo que él merecía más cálido. No era culpable de mis desinteligencias con el vasco.

El abuelo Nicolás quiere contarte su versión de aquel 25 de setiembre de 1973, cuando mataron a Rucci, fue el largo prólogo, que me suele fatigar.

Antes del relato, las copas templaron los ánimos junto a levedad del sol inconstante.

Yo dormía, empezó su relato, dicen algunos vecinos que unos tipos les hicieron bajar las cortinas de las ventanas por lo menos una hora antes, sin dar otra explicación que la amenaza silenciosa, que es la peor; fue el cierre de una introducción imprescindible.

Permanecí en silencio, mirándolo, imaginando esa cara 31 años atrás, pero la vereda de entonces no es la vereda de la misma vida que hoy transitamos. El tampoco reconoció. A Fideo Fino, que de allí a aquí había engordado 50 gramos. Sin embargo estaba advertido de su paso por el lugar.

Pero usted es mucho más joven, pareció rezongar en voz alta luego de escrutarlo. No dije nada, ni siquiera para desanimarlo.

La cosa es que unos ruidos me despertaron y sin saber porque subí a una pequeña azotea que teníamos casi detrás de un tanque de agua que instaló mi cuñado, un tano bruto capaz de poner la ventana donde va la puerta.

Ellos no me vieron, avanzó.

¿Quienes eran ellos?, lo apuró el vasco.

Los que andaban por los techos y parece que desde hacía un buen rato; estaban vestidos de verde (¿ropa de fajina militar o paramilitar?), eran todos rubios, por lo menos los que vi, altos, atléticos, como si formaran parte de una formación especial de cuerpo, llevaban armas largas que no pude distinguir, pero lucían cómodos tomando posiciones, detalló el abuelo con aceptable memoria.

¿Esperaban algo?, jugo la cuota de inocencia, Yon.

Por supuesto, esperaban al hombre que cada tanto venía. En el barrio sabían, no todos, que Rucci tenía un, llamémosle lugar, dicen que además otros varios, agregó.

¿Esperaban que saliera y como hicieron con la calle o pasaba gente por allí, en ese momento?, fue socarrón el tono del vasco, lo sé por años de vida en común.

Tenían todo controlado, no me pregunten como, desviaron el tránsito, pero a esa hora en ese momento dejaron la calle limpia. Sabían todo con exactitud, el abuelo Nicolás guardaba asombro y algo de admiración.

¿Y finalmente que pasó?, la estupidez del vasco salió a relucir por lo menos para
dar una imagen inconfesable a esta altura de la vida.

Lo cierto es que en el momento del ataque, no había gente, se tomaron su tiempo y luego que él salió de la casa lo acribillaron aunque también lo hicieron con algunos frentes de casas vecinas, suponemos que para justificar un enfrentamiento. Todas las casas tenían las cortinas bajas, los vecinos estaban adentro, por lo menos la mayoría, y nadie salió a la calle hasta un largo rato después.

Yo seguía pensando en esa hora de diferencia y en lo parecido a los operativos de ajuste, que se habían cumplido, por ejemplo en Banfield, con una importante jefa, a la que justificaron muerta en un enfrentamiento, también con cortinas bajas a lo largo de Alem entre la avenida y Manuel Castro.

¿Y para usted abuelo que pasó? Quiso epilogar Yon.

Sabían todos sus movimientos. Lo esperaron. Pero para muchos vecinos que nunca hablaron y mucho menos fueron interrogados, esa gente no era de “aquí”.

¿Y de donde eran entonces?, persistía el vasco.

Nosotros no lo supimos, pero ninguno bajaba de los 30 años y parecían una fuerza de tareas extranjera. No se hablaban por lo que vi y fuí uno de los pocos que vio y, por supuesto, calló. Ahora se los cuento, porque no entiendo más nada de lo que pasa y a casi nadie en la Argentina estas cosas le interesan.

Me quedé pensando, el hombre no aceptó la opípara invitación de Yon, que si hicimos Fideo fino y yo, para quienes la vergüenza es un objeto prescindible, casi conveniente, para salvar las distancias.

Aceptó ese “cinzanito” con soda, recuerdo melancólico que le devolvía protagonismo, viendo tres hombres pendientes de su palabra.

Por supuesto, debimos esperar que el hombre guardara las nostalgias y un brillo nuevo que se llevaría esa noche a dormir con la memoria. Vaya uno a saber que promesa rara, vaga o exótica le hizo Yon, sobre una nota, porque el hombre me miraba y yo hacía lo propio, pero para otro lado.

Fideo fino había cambiado de mesa y daba cuenta de la primera porción de anchoas complutenses, que el gallego del bar había rescatado de las entrañas del local. El blanco helado, sabor áspero y seco, elegido por el vasco, regaba su primer cantero. Fideo fino es infatigable para eso.

Las tostadas impregnadas en aceite de oliva atentaban contra toda prudencia. Yon acompañó al abuelo hasta la esquina, se abrazaron, él le tomó las manos, colgando el agradecimiento, por su última oportunidad. Cuando regresó el vasco, antes de ordenar el resto de los platos, me dijo como al descuido.

Le ayudamos a sacarse una espina de 30 años. Ahora está en paz. ¿La verdad, quien puede hablar de la verdad sin conocerla? No está mal darle una oportunidad a la paz, ¿no es cierto?

Me quedé a medio camino del asombro y la puteada. Fideo fino, dejó escapar su mirada detrás de otra mujer dorada, de la que él ignora pertenencias.

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