jueves, 2 de febrero de 2012

La radicalidad que nos faltó

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando comenzó el año 2012 un amigo me dijo “Espero que este año ganen los buenos”. Mi amigo, con ese hermoso grado de humildad que le hace no incluirse entre “los buenos”, me hizo pensar en el estado de pesadumbre en que, desde hace algún tiempo, se encuentra sumergida la humanidad que se presume honesta. “De la honestidad no se vive”; “ahora de nada vale ser honrado”; “el estudio y el esfuerzo son cosas del pasado”. Estas y otras muchas expresiones similares se han convertido en el decálogo de la resignación. “Eso era antes que la palabra valía para algo”, dice en voz muy baja el sujeto que guardó el título de filósofo en el armario para asumirse veloz y astuto como manda la era de la estupidez.

Lo honesto y lo sublime se mencionan como valores de un pasado. Los honrados, como el sentenciado que asume su final aún sabiéndose inocente, tanto como los corruptos, reconocen que nos encontramos en el tiempo de los valores invertidos. Mas, sin embargo, me asaltan preguntas que se repiten como titulares de noticias no corporativas: ¿Qué valores se han invertido? ¿Quién y en base a qué paradigma creía tal cosa? ¿Qué tan frágil era esa honestidad como para haber cedido al chantaje de los líderes de turno? ¿Sería el valor absoluto de esa honestidad lo que ocasionó el descalabro de su perspectiva de mundo? De ser así, ¿se aprovechó de esa fragilidad el cinismo para manipular situaciones a favor de sus intereses? (¿Será que la honestidad que nos enseñaron sólo fue una etiqueta que la lavadora de la historia ha dejado desteñida?).

Fuimos educados para no la interpretación. Nos dieron un programa que incluía el contenido y la mirada para identificar la realidad (una realidad). De eso se encargaron los tentáculos del poder. Religión, educación, cultura, política y medios de comunicación (en su progresiva globalización de la propaganda) adoctrinaron la cotidianidad de los pueblos. En paralelo, la economía de los clanes, en el entramado invisible de la rutina, imponía su mandato. Y fue la formación, superflua y engañosa, lo que nos llevó al colapso generalizado que hoy invade al globo. Los conceptos están cayendo tan rápido como la tabla de los valores. El sistema hace malabarismos para maquillar la realidad (su realidad) y mover el descalabro hacia el rumbo de sus intereses. Las masas no encuentra las respuestas que antes le daba la religión y en los individuos crece el descontento. Será este el siglo en que la masa se quiebre en individuos rebelados contra toda forma de corporación (pública o privada) que pretenda dominar el todo.

Mi amigo, con su deseo a favor de “los buenos”, me hace pensar en la radicalidad que nos faltó para evitar que la estupidez se adueñara del funcionamiento del mundo. Primero poco a poco y más tarde a paso atropellado fuimos cediéndolo todo. El “cuánto tienes cuánto vales” lo aceptamos nosotros; el dominio absoluto de la tecnocracia por encima del humanismo contó con la bendición de nuestra eterna paciencia. Tanto en el hogar como en la calle nos faltó valor para decir “no” cuando los otros decían “sí” a la obviedad de la canalla. O viceversa. Y cuando cito la radicalidad no me refiero a tirar piedras y mucho menos a la lucha armada. Pienso en una radicalidad estratégica, una radicalidad que sirva de contrapeso a la radicalidad inteligente con la que amablemente nos han dominado quienes, desde el poder milenariamente establecido, se asumen como los “amplios” de la historia. El sistema es radicalmente cerebral y desde la frialdad de su viejo proyecto nos alborota la rabia y la sensibilidad barata. Siempre he creído que el sistema desearía que en lugar de ideas lanzáramos balas (con la rabia y la pasión nos dominan tanto como con el miedo). La radicalidad que nos faltó fue la de la posición de las ideas. En el tiempo anterior al del actual reino de la estupidez no fuimos capaces de colocar sobre la mesa del debate la convicción estratégica de nuestro ideario humanista. Y todo se inició en lo pequeño: Si alguien dijo “cuánto tiene cuánto vale”, no por chiste sino por dignidad, nadie se atrevió a contradecirlo. La máquina del adoctrinamiento nos enseñó a respetar la voz de las mayorías. Y la mayoría fue educada a imagen y semejanza del sistema. Por ello el concepto de mayoría está cayendo tanto como el modelo que la engendró. Después de todo, es posible que la radicalidad ideológica que nos faltó haya que sacarla, con nuevas fuerzas y estrategias, en algún momento del desplome. Y hablo de una radicalidad que le abra espacio a la comprensión de las ideas (Que algún día se diga que antes éramos loros de un sistema y ahora somos participantes del todo). Y por la delgada ruta de las contradicciones seguimos andando. De la opinión sembrada a la vida en expansión; de la puerta hacia la ruta; del umbral al camino abierto; del sendero al cosmos. Un paso (con la sensación de un renacimiento) después de la radicalidad. Y ser (uno mismo) el otro modelo.

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