jueves, 9 de febrero de 2012

Madres adolescentes

Ruth Ospina Salazar (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando lo creas todo perdido, no olvides que aún te queda el futuro, tu cerebro, tu voluntad y dos manos para cambiar tu destino.
Werner von Braun

De acuerdo con el Ministerio de Sanidad Español, alrededor de 18.000 menores de diecinueve años quedan embarazadas en España (2008).

Del 25% de adolescentes, entre 15 y 17 años, que reconoce tener relaciones sexuales, sólo el 12,7% asegura que usa algún método anticonceptivo.

El aumento de los embarazos entre los jovencitos, según algunos expertos, se debe a la poca educación sexual, que se imparte en colegios e institutos, pero más allá de la conciencia que tal educación puede crear; pienso, desde una mirada psicoanalítica, en la existencia de otros factores inconscientes que pueden llevar a los chicos a embarazarse a pesar de todo lo que sepan acerca de la sexualidad, en la medida que están sometidos al juego del deseo.

Entre las causas más comunes de la falta de responsabilidad y cuidado con respecto a quedar embarazada están las fantasías omnipotentes, propias de la adolescencia, que alteran el juicio de realidad y favorecen algunas suposiciones, entre ellas:

“A nosotros no puede sucedernos esto”.

Pero estos factores causales de la gravidez entre los chicos, son diferentes de acuerdo a que se esté en una fase temprana de la adolescencia, en medio de ese camino o en el momento de decir adiós a esa etapa de la vida.

En la adolescencia temprana, la dificultad para renunciar a la fantasía de bisexualidad, que todos portamos de alguna manera, puede llevar a la adolescente a sentir al hijo como una obturación de aquello que le falta, que no puede tolerar.

El conflicto, entre la dependencia infantil y la autonomía adulta como ideal, es propio de los adolescentes y puede inducirlos a sentir el embarazo como una afirmación de su independencia.

Y cuánto más joven es la chica, más dificultad tiene en aceptar las transformaciones psicofísicas que produce el embarazo, salvo cuando media un cuidadoso trabajo de psicoprofilaxis obstétrica, para que la jovencita pueda reconocer al hijo como propio y desarrollar, hacia él, conductas de apego.

Si esto no se da, puede sobrevenir el pánico, tanto en relación con la gestación misma como en el momento del parto y el puerperio, sobre todo si se trata de embarazos no deseados, o muchachas sometidas a traumas previos por violencia sexual y/o familiar, que puede llevarlas, incluso, al filicidio.

En la adolescencia media, el enamoramiento puede ser una causa consciente o inconsciente de querer tener un niño para retener al compañero afectivo y sexual; es así, por ejemplo, que en las barriadas medellinenses, los padres ofrecen al sicario dominante a sus hijas, quienes enamoradas del héroe de turno, buscan darle “la pinta” a esos muchachos que de sí mismos dicen que no nacieron para semilla.

En la adolescencia tardía surge el embarazo como una salida exogámica que es entorpecida ya sea por la familia o el grupo.

Muchas veces, sin ser muy conscientes de ello, las jovencitas actúan, a través de la gestación, el deseo de tener un hijo como una pertenencia exclusiva, mientras se acude aún a la negación del papel y de la función del padre o pueden estar movidas por situaciones de desamparo y sentimientos de soledad, que las llevan a buscar un hijo como una forma de reasegurarse en la vida.

Todo esto, nos demuestra la hipótesis de Laura Kait, que más que el embarazo en sí, lo conflictivo es la maternidad adolescente.

Para madre e hijo, el embarazo acarrea riesgos para la salud, tanto corporal como psicológica; de hecho la incidencia de trastornos postparto en madres adolescentes es el doble que para el resto de la población femenina fértil.

El bebé presenta un mayor riesgo de mortalidad, pues hay una relación negativa entre la edad de la madre, la salud y la buena nutrición.

Varios estudios demuestran que la deserción escolar toca con la fecundidad en la adolescencia.

En Argentina, según datos oficiales, la tasa de fecundidad adolescente mostró una tendencia al alza, en el período del 2003 al 2005, tras veinticinco años de haber bajado en forma progresiva, lo que permite suponer que factores como la falta de sentido de la vida, la carencia de recursos culturales y económicos más la ilegalidad del aborto se entrelazan como factores objetivos y subjetivos que culminan con embarazos de adolescentes.

En España, en la última década, Cataluña, registró el mayor número de gestaciones en adolescentes menores de 20 años. El 75% de estos embarazos tuvo el aborto como destino final.

El proceso psicológico, por el que atraviesa una chica gestante, es difícil de anticipar; eso depende de sus creencias, su formación y el estado en el que se encuentre su constitución psíquica como sujeto, sin hacer caso omiso de los apoyos que pueda encontrar en el entorno.

Lo que no es difícil de anticipar es que, al convertirse en madre adolescente, cambie el rumbo de su proyecto identificatorio en otros campos de la vida social, académica y laboral, puesto que, en adelante su destino será distinto.

La maternidad adolescente genera, a corto plazo, la reclusión doméstica de la joven, lo cual le limita su proyecto de vida como persona. Se embaraza y tiene que insertarse laboralmente para criar a su bebé.
A largo plazo, se termina teniendo un trabajo pobre, mal remunerado, debido a la falta de formación e instrucción, de donde se incrementa aún más la inestabilidad económica, en contextos como los tercermundistas, donde la maternidad temprana es más frecuente en los círculos sociales más pobres, lo que hace que se entre en un círculo vicioso en el terreno económico.

Las relaciones afectivas madre-hijo se dan en un momento en el que las chicas no se encuentran preparadas para desempeñar las funciones maternales, la adopción brusca del papel de madres genera conflictos que interfieren e impiden la creación de un ambiente socioemocional adecuado para el bebé.

Todo ello conduce a que las progenitoras presenten estados emocionales alterados, de labilidad afectiva o incluso a sufrir trastornos depresivos de diversos grados.

Para defenderse de su angustia, muchas madres son menos sensibles en relación con el bebé y sus necesidades, están menos disponibles para cumplir con funciones de continencia y sostén emocional para su infante, lo que puede generar problemas en el desarrollo y la socialización de los pequeños.

El embarazo de adolescentes se convierte en una crisis accidental dentro de la crisis misma que supone la adolescencia, implica tanto a la mujer como al producto de su gestación, por esta razón, considero pertinente hablar de cómo llegan los seres humanos a constituirse como sujetos.

En ese proceso, es fundamental, el vínculo con la madre, como bien lo expone el psicoanálisis.
Según Winnicott, el desarrollo psíquico comienza desde la concepción, cuando el niño comienza a existir en el deseo y la fantasía de los padres, de tal forma, que depende de ello que este proceso pueda desplegarse o restringirse; por esta razón, lo que ocurre durante la gestación y en las primeras semanas de existencia del bebé en el vínculo madre-hijo tiene gran importancia, puesto que puede conducir bien sea a la salud o la enfermedad.

El vínculo se da en una relación entre dos, entre uno y el otro, de acuerdo a sí hay presencia, estabilidad y continuidad dentro de él. En él, se encuentran dos yoes y algo que los liga en un espacio inconsciente, dentro del cual quedan ubicados y contenidos. Así el sujeto se constituye en una trama vincular, supuestamente, entre un sujeto con un mundo mental constituido, el de la madre, y otro en vías de constitución.

De ese modo, el vínculo se encuentra en lo más originario del sujeto, en una relación de doble vía, en un mundo de dos.

Poder profundizar en las cualidades del primer vínculo del ser humano es fundamental.

Éste no nace en el parto; más allá del parto, el sujeto humano surge en un proceso que implica a la madre y los demás.

En un principio, la madre permite descargar las tensiones y excitación producidas por el incremento de las necesidades internas, tanto físicas como psíquicas de la criatura.

Ese encuentro del infante con una mamá que le provee suministros para la descarga de la excitación y la tensión, hace que el bebé tenga una vivencia de satisfacción, al sentirlas disminuidas.

Cuando el bebé encuentra un otro que lo gratifica, se da una comprensión mutua entre el y su progenitora. Cuando ésta responde de una forma adecuada, Winnicott nos habla de una madre que brinda sostén, a ella la denomina Bion, madre con capacidad de ensoñación, lo que podría ser una locura de amor normal.

En esa llamada locura de amor se daría lo que Donald Winnicott nos mostró de que en un principio no hay nada que se pueda llamar bebé, puesto que lo que se observa es una fusión, una unidad madre-bebé, de tal modo que para que el crío se constituya en un nuevo sujeto ha de pasar por procesos de integración, personalización e iniciar las relaciones objetales.

Del lado materno para que esto se dé la mamá ha de dar:

1. Sostén.
2. Cuidados y asistencia corporal al infante.
3. Presentar los objetos.

De ese modo la integración va a ser el núcleo de la experiencia de continuidad de la existencia, lo que se logra mediante una adaptación activa de la madre a las necesidades del bebé, un sostén, el cual implica una capacidad de empatía con esas necesidades tanto físicas como emocionales de ese bebé que depende totalmente de ella, aunque él no tenga ninguna conciencia de esa situación, pues no comprende que él y la madre son seres distintos.

Superada esta fase, se pasa a la de personalización, en la que lo psicológico viene a habitar el cuerpo, lo que permite que el pequeño logre completar su imagen corporal, en un momento en que los cuidados y la asistencia por parte de la madre, hacen que ella como un Otro, venga a manejar la situación de su infante.

Esto da lugar a la relación con los objetos, que la mamá ha de presentar al chico, uno a uno, por separado, y aún, ella misma, tendrá que mostrársele como alguien, como un sujeto aparte, pero a su vez, un objeto externo que no depende por completo de él, ante lo cual, el bebé tendrá que enfrentarse con pequeñas frustraciones, pues una madre suficientemente buena, si bien gratifica, también frustra, puesto que lo que en el vínculo de la mamá con su hijo lo que se logra no es otra cosa que una complementariedad; ella recibe las demandas del bebé, en la medida que pueda comprenderlas.

Es en este proceso que el niño logra empezar a tener un mejor contacto con la realidad material, más allá de sus necesidades y deseos, lo que lo obligará a aprender a aplazar las gratificaciones de sus demandas.

Sólo una madre con suficiente capacidad de ensoñación y de empatía, será la que permita que estas pequeñas angustias del bebé no se conviertan en un terror sin nombre o en una sensación de caer para siempre, en un hueco negro y sin fondo.

Esa madre es la que será capaz de proveer, de una manera pertinente, las necesidades de alimento, calor y amor de su lactante, lo que hará que en el niño quede siempre una marca de confianza y esperanza, de alguna manera, ese niño mamará, con su leche, ese modelo de madre que le permita comprender que en el mundo existen seres bondadosos y que él mismo puede llegar a serlo, lo que Erik Erikson llamaba seguridad y confianza básicos, puesto que es, desde la lactancia, cuando surge la esperanza, como sentido y significado de la continuidad de la vida.

La mamá se constituye entonces en madre-ambiente para su bebé, de tal modo, que éste pueda ir logrando avanzar en la adquisición de su condición de sujeto humano.

Durante la gestación la progenitora puede sentirse completa, completada y llena pero después cuando ella tiene que hacerse cargo de un bebé en la realidad material, resulta que este llora, hay que alimentarlo con demasiada frecuencia, la ilusión de unidad se rompe, y para superar esta situación, la madre tiene que constituirse en madre-ambiente.

La adolescente puede no sentirse con la capacidad de ser una madre suficientemente buena y puede irritarse frente a este bebé llorón, que no la llena por completo, sino que por el contrario la presencia del infante, se torna en una exigencia. El bebé entonces no la colma, como tampoco colma a ninguna madre, lo que hace que la mujer sienta el deseo de terceros que rompan esa relación, con lo cual se busca ya sea al padre de la criatura, o ya sea el entorno familiar o el medio cultural que los abarca a todos.

Es cuando la adolescente puede pensar que habría sido mejor continuar con los cuadernos para ir a la escuela, más que quedarse pendiente de un bebé al que rechaza.

Magdalena Manami nos presenta una viñeta clínica, la de Carolina, quien le decía a su doctora:

Ahora es lo más importante en mi vida pero cuando nació, un día agarré el moisés y lo sacudí. Le gritaba: “¿qué querés? ¿qué querés?”. Ya lo había cambiado, ya había tomado la teta, ya había dormido, no la aguantaba más – y su voz se exasperaba como lo debía haber hecho seis años atrás cuando a los quince años tuvo a la dulce Sofía, del momento de la entrevista.

Es, en estos momentos, cuando se hace más urgente que en la mente de la madre haya un lugar destinado al padre, como posibilitador de la relación de la mujer y su hijo.

Para ello, la madre ha de presentar ese padre, como un tercero ante el niño y ese papá ejercerá una función de separación entre esa amalgama que han sido madre e hijo en el estado de locura de amor del inicio de la relación de la mamá con su bebé.

Con lo cual aparecerá en el psiquismo del infante una triangulación, ya no son uno ni dos, si no tres, de esta manera, el sujeto infantil queda inmerso en el complejo de Edipo.

La adolescencia vendrá después y representará un nuevo ciclo de la vida pero, a su vez, es un estado de la mente del sujeto humano, en el cual éste sufre una serie de transformaciones en un período que, usualmente, está marcado por la confusión y la inestabilidad; es el momento, en el que el sujeto empieza a independizarse, con mayor fuerza, de sus vínculos más primarios con sus padres, mientras construye múltiples vínculos en el ámbito de lo cultural, lo que supone la construcción de una identidad, que lo haga diferente del conjunto; ahí, entonces, el adolescente tendrá que enfrentarse con situaciones nuevas, para poder decir adiós a la infancia, tanto a su cuerpo infantil, como a los roles desempeñados en la familia hasta ese momento; ha de despedirse de los padres de la infancia, para relacionarse con éstos de una manera distinta, a pesar de que empieza a sufrir cambios físicos, inducidos por toda una explosión hormonal, que sirve de fuente a las pulsiones eróticas, lo cual los lanza al erotismo y a la capacidad procreativa.

Es cuando inician sus relaciones sexuales y genitales, buscan sus parejas, guiados muchas veces por las experiencias previas de la infancia, en sus familias de origen.

Además empiezan a prepararse para la construcción de nuevas familias, lo que implica desvincularse del mundo infantil, para meterse en uno más adulto.

Es entonces cuando los seres humanos somos expulsados del paraíso endogámico, dentro de la familia, para ser lanzados al mundo fuera de ella, al mundo exogámico, como los pollitos que tienen que romper el cascarón para empezar a caminar solos, por su propia cuenta, cuando se empieza a sentir la falta de un semejante para construir nuevos vínculos afectivos y sexuales.

Ello implica abandonar el lugar de hijos para pasar a ocupar el lugar de maridos o compañeras y, posteriormente de padres.

Las nuevas familias se inician mediante un vínculo de alianza entre dos sujetos de grupos familiares distintos que buscan aunarse por afinidad electiva, para establecer una suerte de contrato que implica compromisos recíprocos, lo que es distinto del vínculo de filiación anterior, en el que los sujetos ocupamos los lugares de hijos o padres, más relacionados con el linaje que con la complementariedad de los sexos.

Y dentro de las estructuras elementales del parentesco también se dan los vínculos de consanguinidad, por compartir una misma sangre, como el que se da no sólo en el vínculo de filiación, sino también en el vínculo fraternal con los hermanos.

Toda esta trama vincular nos permite comprender la estructura familiar y los lugares que cada miembro ocupa dentro de ella, de una manera dinámica y particular, en el caso por caso de cada familia.

Y la forma como se den estos vínculos tiene implicación tanto en la vida de los sujetos como en su desarrollo psíquico, lo que se presenta, obviamente, en la adolescencia.

Así, el embarazo de una adolescente pone en crisis a su estructura familiar, al quebrar un equilibrio previo, adquirido por ese grupo, el cual tiene, entonces, que enfrentar una situación novedosa que implica su asimilación y elaboración.

Éste sería el marco psicosocial de una madre adolescente, aunque un embarazo, desde el punto de vista más biológico, es un episodio normal, en la mujer que tiene un organismo sano, lo que permite que transcurra sin mayores molestias, pero la chica embarazada no encuentra que ese deseo tan antiguo, que brota desde la infancia, como algo que puede llenar sus carencias y faltas, encuentre tantos obstáculos como los que suele encontrar en el mundo familiar y social.

Desde el punto de vista fisiológico, en el embarazo no existe una diferenciación demasiado clara entre la madre y el feto, por lo menos, desde lo más aparente, ya que un cuerpo envuelve al otro y es como si fueran una unidad orgánica completa, en la que las perturbaciones de una parte afectan la otra, por lo que malestares y bienestares se comparten, incluso hasta que la muerte del uno suele implicar la muerte del otro, como bien nos lo señala Helene Deutsch en su Psicología de la mujer.

Es como si el feto parasitara la madre y el cuerpo de ésta se transformara en protector de su huésped.

Esa vivencia de parasitación hace que muchas mujeres se quejen del sacrificio que la gestación les implica y si existen dificultades psíquicas para aceptar esta situación biológica, el embrión será psíquicamente lo que es desde el punto de vista biológico, aunque puede llegar a convertirse en un enemigo que explota el organismo maternal.

La existencia de esa unidad hace que la mayoría de las madres vivan a su hijo como una parte de su cuerpo.

De la misma manera sucede en lo psíquico: la mujer embarazada es capaz de transformar al parásito en ser amado, gracias a una identificación, en donde la mujer siente el fruto de su cuerpo como una parte de sí misma, pero para llegar a ese sentimiento de unidad es necesario que no intervengan en el yo influencias perturbadoras.

El yo debe sentirse libre de culpas, para que pueda idealizar ese ser que alberga dentro de sí, de tal manera que la experiencia de embarazo no la llene de vergüenza, amargura, odio hacia el genitor o hacia el niño que aún nacido.

Es preciso que el feto sea soñado como un niño futuro, deseado y amado con alegría, pues si el niño se vive como una carga puede ser odiado por la madre y el embarazo convertirse en una maldición.

Una gestación armónica supone una salud física y psíquica suficientes, en buenas condiciones ambientales, maritales, familiares, económicas y sociales.

Luego vendrá el parto, uno de los momentos más importantes de este proceso, el cual se da de una manera diferente en cada cultura. Es un hecho que implica tanto lo psicológico como lo biológico, por lo cual muchas veces se precisa de la intervención de un psicoterapeuta puesto que exige, dado lo agotador que puede llegar a ser, de una gran tolerancia al sufrimiento, los temores y las angustias que conlleva, ya que supone una gran tensión interna que revuelca a la mujer tanto física como psíquicamente y su desenvolvimiento depende de la historia que la parturienta traiga consigo,.

Así, tanto en el proceso de gestación como en el del parto se requiere de un clima emocional lo suficientemente bueno, el cual depende tanto de la realidad psíquica como de la realidad material con las que se relacione la mujer.

Es por ésto que las mujeres, en general, y los hombres en particular pueden requerir de un acompañamiento psicoterapéutico, para lo cual se requiere de personas con formación tanto en lo teórico como en lo clínico para poder intervenir en la situación de los procesos implicados en la maternidad, los cuales no son sólo biológicos sino también psicológicos y sociales, puesto que el embarazo resulta de crucial importancia tanto para las madres como para los bebés y la constitución psíquica de éstos. De ahí que sea importante tener en cuenta:

1. Cómo recibe la mujer la noticia del embarazo

2. La manera cómo reacciona el entramado vincular en el que está inmersa.

3. Las vivencias en la gestación, los cambios corporales.

4. Los cambios en el estilo de vida

Generalmente los embarazos adolescentes son gestaciones no planeadas, por lo cual, la noticia produce en miedo, resulta ser una gran sorpresa, surgen sentimientos de culpa, donde el embarazo puede ser vivido como inesperado y adverso, por lo que puede ser negado y ocultado.

Muchas chicas expresan: cuando yo vi que la prueba era positiva decía, eso es mentira, es mentira. Otras dicen, yo no sé qué hacer. Otras se atreven a revelar su secreto mucho más tarde.

Las madres de estas chicas tratan de esconder la verdad a los padres durante varios meses; la madre normalmente se entera primero, luego papá.

La familia tiende a rechazar y censurar, en especial los señores, quienes dejan de hablar a sus hijas embarazadas, o cambian y les echan en cara hasta la comida.

Muchas jóvenes se sienten rechazadas y reprochadas por toda la familia ampliada, que incluye abuelos, tíos, y primos, así más tarde todos entren a apoyarlas y a acogerlas con el nuevo bebé, a pesar de la dureza de tener que aceptar la situación pero, después de la tempestad viene la calma.

Las parejas de las chicas pocas veces reaccionan con alegría y brindan apoyo porque ellos también sienten el rechazo y el desconcierto; se tornan huidizos, lo cual es bastante desilusionante para las chicas que pasan a sentirse solas, tristes o empiezan a culpar al bebé por el daño de la pareja.

Sin embargo, hay algunas adolescentes que responden a la noticia del embarazo con confianza y alegría mientras confiesan haberlo deseado desde hace tiempo.

También en algunas ocasiones la familia responde positivamente desde el comienzo e incluso el compañero, pero los sentimientos y vivencias de los adolescentes son muy variados durante la gestación.

Frecuentemente se tienen que enfrentar sentimientos recurrentes de soledad, al no encontrar el apoyo que deseaban ni en la pareja ni en la familia.

También aparecen temores a ser abandonadas por el compañero si éste no huyó desde el principio y, lamentablemente, es una situación que ocurre con mucha frecuencia, lo cual hace que las chicas se sientan solas y sin poder contar con el apoyo del genitor de su bebé.

Todo esto es causa de irritabilidad dado el grado de fragilidad de las adolescentes gestantes, a quienes empiezan a molestar las circunstancias que antes no les afectaban.

Esta irritabilidad se acompaña de crisis de llanto, lo cual llena aún de más temores a las jovencitas, quienes piensan que, si ellas tienen mal genio, los bebés saldrán así. Que si lloran, los bebés saldrán llorones, pero muchas veces no pueden controlar la ira que sienten.

Los cambios corporales generan incomodidad, inconformidad y malestar, en especial, en aquellos casos donde las jovencitas muestran resistencia a aceptar la maternidad y el embarazo, puesto que ese bebé que impone la realidad es muy distinto al hijo imaginado, deseado y fantaseado.

Muchas adolescentes sienten preocupación por cómo les quedará el cuerpo después del parto, preocupación por las estrías, el cambio de talla, dejar de ser bonitas y esta preocupación se aumenta ante la posibilidad de una cesárea. Las chicas desearían que no ocurrieran muchos cambios ni en su cuerpo, ni en su cotidianidad y temen la responsabilidad de cuidar de su cuerpo durante la gestación y al bebé después de que éste nazca.

Así pues, no toleran la vida en función del bebé, más allá de sus necesidades, y deseos individuales, máxime cuando la relación con su pareja se perturba.

Ellas sienten la inconformidad ante el hecho de que les cambie la vida definitivamente, de una manera más trascendental de lo que suele ocurrirle a sus compañeros varones, lo cual les hace expresar:

Yo veo a mi compañero salir; mi panza no lo detiene, porque al fin y al cabo el bebé no lo ata.

Tienen miedo al parto, espanto que se aumenta en la medida que las instituciones de salud las consideran madres de alto riesgo; temen el dolor y los problemas del postparto; temen la maternidad propiamente dicha. Se tornan ambivalentes ante el producto de su gestación. Aman y odian al niño. Temen el parto pero esperan con ansias el nacimiento del bebé. Temen que su pareja rechace el bebé si éste no nace sano.

Algunas por el sentimiento de culpa, están dispuestas a cumplir con el precepto bíblico, de parirás con dolor.

El momento del parto, marca una gran diferencia; a partir de éste el bebé imaginado se materializa en un bebé real, de carne y hueso. Cuando nace el nené, el momento es vivido como un rito de expiación, es como si se hubiese hecho una especie de “borrón y cuenta nueva”, al constatar que nació sano y completo.

Una vez nace el bebé, cabe preguntarse, ¿de quién es el hijo?

La respuesta a este interrogante hemos de buscarla en la dinámica familiar, que genera el acontecimiento del embarazo, la cual puede tener una orientación trágica, en el sentido literario de esa tendencia a un desenlace fatal (detención o deterioro del desarrollo psíquico), o un desenlace romántico, en el que el héroe tras una serie de obstáculos y desafíos logra alcanzar sus metas y la realización (avanzar en la constitución del psiquismo).

Normalmente, las adolescentes quedan bajo el cuidado y la orientación de su familia de origen y en la minoría de los casos se constituye una nueva familia.

Con frecuencia la nueva madre es desplazada de su lugar por la abuela materna, quien ocupa su función, en buena parte por el estado adolescente de la chica, pero también por el deseo regresivo de ser cuidada como su hijo, con quien en ocasiones rivaliza.

Esta conducta de la una abuela, que se ocupa de la crianza del nieto, genera fantasías de robo el hijo a la adolescente, tanto como de la independencia de su hija.

En tales casos, el desarrollo psíquico de la madre adolescente se detiene o se deteriora; en ellos, el entramado vincular, entonces, se torna confuso para la constitución del psiquismo del bebé.

La historia se convierte en romántica si la familia de la adolescente sufre un proceso de reorganización tal, que permita cada uno ocupar su lugar, al devolver, a la chica, su función de madre, si la abuela materna la apoya en el desarrollo natural de su potencial psicobiológico para la maternidad y en el proceso de adquisición de su identidad femenina y de mayor autonomía. En este caso el entramado vincular no sólo favorece el desarrollo psíquico de la madre sino también el del bebé.

El papel que desempeñe la pareja de la adolescente en esta trama también será importante en su destino trágico, romántico o realmente liberador.

Cuando el compañero huye y no cumple con la función de dar cuidados a su compañera y su bebé, ni con la función de corte de la díada madre-hijo que se requiere más adelante se agrega un mayor sufrimiento.

Además de la pesadumbre y del malestar, que ello genera en la chica, esta situación plantea una pregunta ¿de quién es el hijo?

Ella será respondida adecuadamente cuando se reconozca el lugar y la función del padre en el entramado vincular, sea que se trate del padre biológico o de aquella persona que actúe como su substituto.

Las fisuras en la ligadura afectiva, en el vínculo de alianza de estas adolescentes, aún en los casos donde el compañero no ha huido, y aún en el de que se haya constituido una nueva familia, permiten pensar que la historia se orienta hacia un desenlace trágico, en aquellos caso en el que se reproduce generación tras generación el desdibujamiento de la figura masculina, cuando se conforman hogares monoparentales con jefatura femenina o en hogares recompuestos en los que circulan figuras masculinas, con las que se busca inconscientemente el padre, sin que se permita que alguno ocupe este lugar tanto real como simbólicamente.

Por el contrario, si a partir de la experiencia del embarazo se fortalece el vínculo de alianza con el padre del hijo, o se construye una nueva y verdadera relación de pareja, en la que la adolescente logre vivirse a sí misma como una buena madre y como una mujer independiente y sexualmente deseable, entonces la historia se orienta hacia un desenlace romántico.

Notas:
1) Lenarduzzi, H. y _S. Koatz. Efectos desorganizantes del embarazo en la adolescencia – valor de la interdisciplina. Trabajo presentado en el Congreso Metropolitano de Psicología. s. f.
2) Ortegón, A. Comunicación personal.
3) Salazar, A. No nacimos p’a semilla. Corporación Región-Cinep, Bogotá, 1990, 223 pp.
4) Kait, L. Madres, no mujeres. Embarazo adolescente. Ediciones del Serbal, Barcelona, 2007, 140 pp.
5) Gutiérrez, M. y cols. La atmósfera psíquica y los vínculos significativos de madres adolescentes gestantes y lactantes de bajo estrato socio-económico. Implicaciones sobre el desarrollo psíquico.
6) Flórez, C.E, y cols. Fecundidad adolescente en Colombia: incidencia, tendencias y determinantes. Un enfoque de historias de vida. Documentos CEDE 31, 2004.
7) Manami, M. La maternidad adolescente es lo conflictivo, no el embarazo. Cimacnoticias. Periodismo con perspectivas de género. http://edicionesdelserbal.com/doc/clip/clips_17.pdf
8) UNICEF. La adolescencia. Una época de oportunidades. http://www.unicef.org/devpro/files/SOWC_2011_Main_Report_SP_02092011.pdf
9) Horstein, L. Piera Aulagnier y el contrato narcisita. http://psicoletra.blogspot.com/2009/10/piera-aulagnier-luis-hornstein-y.html
10) Freud, S. Proyecto de psicología en Obras Completas (t. I). Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976, pp. 323 – 336.
11) Klein, M. Algunas consecuencias teóricas sobre la vida emocional del lactante en Obras Completas (t. I). Paidós, Buenos Aires, 1974, pp. 177 – 207.
12) Bion, W.R. Volviendo a pensar. Ediciones Hormé, Buenos Aires, 1972, 236 pp.
13) Winnicott, D. Escritos de pediatría y psicoanálisis. Paidós, Barcelona, 2002, 430 pp.
14) Winnicott, D. Los procesos de maduración y el ambiente facilitador: estudios para una teoría del desarrollo. Paidós, Barcelona, 1993, 391 pp.
15) Berenstein, I. Devenir uno con otro (s). Ajenidad, presencia, interferencia). Paidós, Buenos Aires, 228 pp.
16) Erikson, E. El ciclo vital completado. Paidós, Barcelona, 2000, 136 pp.
17) Bordignon, N.A. El desarrollo psicosocial de Eric Erikson. El diagrama epigenético del adulto. Revista Lasallista de Investigación, 2: 50 -63, 2005.
18) Manami, M. La maternidad adolescente es lo conflictivo, no el embarazo. Cimacnoticias. Periodismo con perspectivas de género. http://edicionesdelserbal.com/doc/clip/clips_17.pdf
19) Berenstein, I. Psicoanalizar una familia. Paidós, Barcelona, 1990, 298 pp.
20) Deutsch, H. La psicología de la mujer. (2 tomos) Losada, Buenos Aires, 1968, s.p.

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