jueves, 23 de febrero de 2012

Mis escollos para la crítica literaria

Manuel Filpo Cabana (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tengo un buen amigo miembro destacado de una asociación literaria. Todos los años tan dinámica entidad convoca un certamen en el que se presentan más de un centenar de trabajos, muchos de origen hispanoamericanos. Al estimar mi querido amigo unas cualidades críticas que en absoluto poseo, me ruega una apreciación de algunos según unos criterios concretos, pero con la libertad de hacer una estimación ponderada.

A pesar de mis ruegos, conmovido por el enorme trabajo que supone para mis altruistas amigos dilucidar tan abrumadora cantidad de relatos, accedo con una conciencia repleta de escrupulosidades.
No puedo evitar colocarme en el lugar de esos escritores que con tanta ilusión presentan sus logros. Pienso que una eliminación por mi parte sin la suficiente formación en la crítica literaria, podría perjudicarles en su futuro. Puede que exagere o, como afirmé, mis escrupulosidades posean demasiada entidad. Lo cierto es que me enfrento a justipreciar, recordando mis tiempos de maestro en los que mi disfrute residía en enseñar, no en evaluar al alumnado.
No hace mucho leí una crítica feroz a don Ricardo Senabre -personalidad filológica indiscutible en el mundo de las letras- por su juicio a una determinada obra literaria. Aunque el apasionamiento termina por descalificarnos, nada aconsejable en cualquier actividad humana y mucho menos a la hora de emitir juicios, reconozco que pudo don Ricardo yugular unos comienzos ilusionantes. El crítico que alcanza relieve tiene un difícil papel, colocado en esa zona intermedia entre los editores y los lectores. Seguro que una mayoría reconocerán las grandes tensiones que experimentan dado el complejo mundo de influencias que flota sobre tan inestable triángulo.

Por fortuna no es mi caso, condescendiente crítico de anhelos prófugos, pero mi formación anclada en conceptos clásicos no puede evitar sentir chirridos mentales cuando leo un texto, por ejemplo, sin un signo de puntuación de principio a fin. Escritos impecables en cuanto a faltas ortográficas, de gran originalidad, bien estructurados, pero al carecer de esos signos -quizá a la búsqueda de una rocambolesca originalidad formal-, a los cuales les di un gran protagonismo cuando enseñaba, marcadores de la inflexión, los que me colocan una y otra vez en continuas tesituras cuando escribo.

Mi asombro se une a una relativa satisfacción cuando a través de las cataratas que canaliza Internet llega un impetuoso oleaje de libros a los embalses de los concursos. Uno, que vive cabalgando a lomos de una intuición forjada a golpes de lecturas, suelo darme cuenta de aquellos autores que dominan tan difícil arte. Otros dan la impresión de haber aprendido en un cursillo acelerado; puede que olviden que solo la constancia a través del tiempo conseguirá el reconocimiento de los lectores. En cualquier caso, de ser perfectas las obras literarias no habría quienes las leyesen.
Después de mis circunloquios, valgan los certámenes para que la literatura nunca se queje de las historias perdidas o de los silencios olvidados.

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