miércoles, 15 de febrero de 2012

Realidad y ficción, dos focos y una perspectiva

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La realidad, qué difícil es quitarse de encima esa realidad uniforme que nos inventan. Es posible que una realidad y una ficción (y más) sean dos focos de una misma perspectiva. Lo otro, lo que se vende como la realidad, es el entramado de una ficción generalista. De ahí que opto por hablar de realidades o de ficciones girando (y habitando) en torno (y dentro) de una perspectiva. Qué complejo es sustituir ese asfixiante singular (realidad) por un liberador plural (realidades). Harold Bloom dice que “la realidad es un término muy equívoco. ¡La palabra realidad quiere decir tantas cosas para cada ser humano!... Para mí la literatura no es sólo lo mejor de la vida sino una forma de vida que no tiene otra forma. Cuanto mayor me hago, más intensifico mi búsqueda de la vitalidad en la literatura”. Siempre es grato, en estos días donde sólo se difunde el valor absoluto de una realidad, ir a la literatura en búsqueda de las otras realidades. La realidad se inventa (y se comparte) desde la vida y desde la literatura. Sólo que desde la vida se nos hace harto complejo mantener en el tiempo la mirada de niño que nos permite descubrir las otras posibilidades. A Julio Cortázar, como buen ficcionista, se le hacía muy difícil sustraer lo fantástico de lo real: “…me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros”. Se trata de un mismo espacio habitado por múltiples situaciones. Llámesele a una realidad y a otra ficción, si se desea respetar las leyes de la lógica moldeada, mas, sin embargo, el reconocimiento de una sola realidad o de una determinada forma de ficción, resulta simplista incluso a la hora de abordar el universo de una persona. En un ser hay tantas perspectivas como realidades. Señala Cortázar que “Eso no es ninguna cosa excepcional, para gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese extrañamiento, está ahí, a cada paso… en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar”.

En la vida nos han enseñado que la ficción es un truco, pero en la literatura la realidad es una invención de la ficción. Eso lo sabe Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), uno de los escritores actuales que con mayor precisión levanta el entramado personal que se compone de recuerdos y vivencias. Toda la obra de Auster es un gran diario que aglutina realidad y ficción como espacios a los que se llega desde una misma puerta íntima y colectiva. Y, para tener acceso, el escritor utiliza el recurso de la memoria. Y reconstruye recuerdos que luego vierte en la obra en forma de realidades. O ficciones (a cada recuerdo se llega sólo desde la imaginación). El autor nos abre las puertas de Brooklyn y nos muestra el escenario del mundo. Un barrio todos los barrios. Cada novela un diario y cada diario una novela. “Diario de invierno” (Anagrama, 2012) es el regreso más evidente del Paul Auster que viaja a los laberintos de su memoria. Y digo evidente porque el universo Auster se podría dividir entre ejercicios de ficción directos (relatos y novelas) y ejercicios de ficción indirectos (diarios). “Diario de invierno” está escrito en segunda persona para hacer más real el entramado. Y Auster le dice a Auster que “Quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy. Un catálogo de datos sensoriales. Lo que cabría denominar fenomenología de la respiración”. Sin embargo, Auster sabe que cuando deja “sus historias” para tratar de “indagar lo que ha vivido” está, irremediablemente, invocando otras historias. Y vuelve a la difícil relación con el padre; al dolor por la pérdida de la madre; a la adolescencia con toda su carga de descubrimientos; al ir y venir de los años complejos. Es un nuevo viaje por todos los años de Auster. Si bien otros libros del autor (“La invención de la soledad”, “El cuaderno rojo”, “A salto de mata”) plantearon aspectos de ese recorrido, del regreso de ese viaje siempre se traen perspectivas inéditas para el hoy que las reconstruye. En “Diario de invierno” Auster hace una descripción detallada de veintiún lugares que lo cobijaron como inquilino, esto en homenaje a las interminables listas de su admirado Georges Perec, ese otro gran jugador de las realidades propias y ajenas. Paul Auster ha apostado de nuevo, y con éxito, al juego de la invención de su realidad. La gran diferencia es que, a sus 65 años, el autor se enfrenta al abismo de su existencia… “has entrado en el invierno de tu vida”. Harold Bloom, Julio Cortázar, Georges Perec, Paul Auster; la memoria, el otro, el mismo; el viejo, el niño. “Diario de invierno”. “Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levan¬tas de la cama y vas a la ventana. Tienes seis años. Afue¬ra cae la nieve, y en el jardín las ramas de los árboles se están poniendo blancas”.

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