jueves, 9 de febrero de 2012

Recicladores del derrumbe post anarquía

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A las palabras se llega. Y es posible que, en este tiempo donde se le da excesiva importancia a los formatos (como si la vía hubiese matado al mensaje), no estemos logrando llegar a ninguna palabra. Todos, por ejemplo, es una palabra a la cual aún no hemos llegado. Mientras tanto, significa hipocresía. De la opinión convertida en derecho secuestrado pasamos a la opinión como grito fragmentado. Y es tanto el grito (que retumba como una secuencia de ecos interminables) que no se comprenden las (pretendidas) palabras. En el tiempo el poder ha utilizado la palabra como medio de dominio. Descartarla, por creer que es un asunto de sabios, es tan contraproducente como manosearla como si fuese un objeto desechable. La palabra es una puerta hacia la liberación del ser. El poder lo sabe y por eso la sella.

A veces parece inexplicable que hoy, en el siglo XXI, la discusión pública le de mayor importancia al formato que, según el poder, terminará dominando la vía para difundir los medios escritos (literatura, prensa, etc.). Sin embargo, esto más que asombro, es parte de la vieja dicotomía que el poder le introduce al pueblo para que dirija su atención hacia asuntos que sólo consiguen tapizar lo verdaderamente importante. Todo esto como si la antigua discusión entre forma y fondo aún fuese un interminable lago que no terminamos de atravesar. No obstante, como de costumbre, el poder deja al pueblo con su enredo conceptual (que como telaraña atrapa la cotidianidad de las personas) y, como monstruo insaciable, devora el fondo (de una vez por todas) y deja en el camino la forma como un cascarón vacío. (El final del mensaje se decreta tanto cuando se omite como cuando satura). Observar, desde una distancia prudencial, la actual vorágine que parece llevarlo todo hacia lo digital, como si el mundo fuese a explotar en dos meses, permite descubrir, con la risa contenida, que esta mala tragicomedia persigue dejarnos vacíos de fondos. Y lo de la risa es por la forma (hablando de forma) como tan fácilmente aceptamos discutir lo que nos ponen a discutir.

Si la discusión no estuviera dirigida, y si mirásemos de frente el trecho que hemos recorrido, quizá nos parecería absurdo que en este momento de la historia le estemos dando mayor importancia al invento que al mensaje. Todavía el medio es el mensaje. Hoy, a simple vista, parece que se atiende más al formato (si ya es e-book o si aún sigue siendo impreso) en el que un autor publicará su próximo libro que al contenido de la obra. Sin embargo, sospecho (sólo sospecho) que la actual desvalorización de la palabra, y lo que ella significa como puerta, llevará al individuo a una salida donde no sean necesarios los medios como intérpretes del todo. Sería el colapso del medio como vehículo uniforme de la versión de realidad que diseña la cultura dominante. Se trataría de un hombre no mediático nacido de la saturación de la palabra y de la desvalorización de los medios convencionales. La anarquía de internet, donde cada quien se asume como la opinión, la crítica, el testimonio y el evangelio totalizador, podría desencadenar, en un momento de la ruta, en la implosión de todos los contenidos generalistas y ridiculizantes (de la vida) que durante tanto tiempo nos han vendido los medios conservadores. La vida que no era vida, que nos vendieron los medios segundo a segundo, podría estar recluida en un largo período de terapia intensiva. ¿Qué surgirá después del derrumbe del sistema mediático conservador? ¿Qué ocasionará la anarquía del evangelio individual que opera como una batalla silenciosa entre el yo material y el yo virtual que se libra ante la pantalla de un ordenador que simula ser el epicentro del universo? A la anarquía global podría llegarse más que por un problema económico, alimenticio o ecológico, por un problema de no comprensión de lo mínimo.

Mientras llegamos a las respuestas, hay que saber llegar a las palabras que, como desperdicios, han quedado en el camino. Es posible que, como recicladores del derrumbe post anarquía, aprendamos a reutilizar lo que una vez creímos que sabíamos.

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