miércoles, 28 de marzo de 2012

Mi 15-M

Manuel Filpo Cabana (Desde España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Recién comenzadas las manifestaciones del 15-M en las ´setas’, abarrotadas de jóvenes manifestantes las escalinatas de la costosa edificación, colocado en un carrito el rudimentario amplificador, después de intervenir algunos, solicité la palabra. «Faltaría más, suyo es el micrófono, aquí puede hablar cualquiera».

Antes de agradecer el ofrecimiento del joven, recuerdo que le dije: «¿Te fías de un viejo más que jubilado y de las posibles tonterías que pueda lanzar?». Me ojeó ligeramente: «Seguro que usted dirá algo o mucho de interés». Aunque tenía contadas ideas confiaba en mis resortes o dotes de improvisación por la experiencia contraída años atrás cuando formé parte de dos movimientos: Comisión Antivertedero de Gerena y Plataforma por la Homologación de la Enseñanza Privada, donde más de una espontánea charla pronuncié.

«¡Lleváis toda la razón, sois una esperanza viva, símbolo de una juventud que no estimo anquilosada ni refugiada en los paraísos alcohólicos. Sabed que mucha gente os apoyará en unas reivindicaciones justas e imprescindibles para instaurar nuevos valores. Mantened rabiosamente vuestra independencia porque muchos querrán canalizar para sus intereses vuestro noble sentir…!».

Gran sorpresa cuando un día me enviaron un vídeo, ajeno en aquellos momentos a la filmación. Reconozco que pude argumentar mejor, quizá me faltó algo de práctica dado el tiempo de inactividad parlanchina. Al finalizar quedé sorprendido por el calor de unos largos aplausos por mi arrojo y ancianidad.

Me parece que el discurso resultó algo más largo pero el núcleo es lo escrito. Cuando terminaron las efusiones me buscaron grupos de muchachos para felicitarme, un par de periodistas esperaban mis comentarios, otros jóvenes me grabaron para salir directamente en Internet. A este paso –pensaba aturdido– me convierto en un divo de esos que presumen de imprudentes en las cadenas televisivas…

Pero lo que más me impresionó fueron las palabras de una encantadora muchacha: «Gracias, señor, muchas gracias, se nota que está acostumbrado a hablar en público. ¿Cree que este movimiento tendrá continuidad?, ¿Podremos seguir independientes y sin un líder?». Me lo dijo con tal calor y dulzura que desarmó mi objetividad: «No tengas la menor duda, seguro que la semilla de vuestra cívica revolución fructificará. No podrá la dictadura del capital sofocar tan nobles sentimientos. Vuestro es el futuro, luchad por él».

Muchas veces veo su bello rostro rebosante de ansiedad y agradecimiento. Seguí deambulando hasta muy tarde por las gigantescas setas, impávidos leviatanes de una ilusión emanada en sus pies, y entablé conversación con muchos. Presencié sus asambleas, los acuerdos, las originales formas para expresar los pactos, la sorprendente disciplina, la puesta en marcha de una incipiente lucha.

Pero no dejé de pensar en ella, en la joven citada, personificación de las muchas criaturas preparadas y sin futuro. Tuve que mentirle, no podía expresarle con el frío análisis de esta puerca vida que lo tendrían muy difícil, que ya se encargaría el tinglao de estrechar filas con su tradicional contubernio.

Charlé con un camarero de aspecto agitanado que perdió el empleo, padre de dos hijos, conocedor del mundo clásico, un filósofo que me dejó prisionero de una sana envidia. Lo escuché con gran atención y, posiblemente desacostumbrado por la falta de audiencia, no dejó de buscarme para continuar con su jovial pesimismo. Hablé con un doctor en biología, también en paro, pordiosero de una beca, carne de emigración. Me enfadé con un viejo porque, siendo el único emblema visible, se empeñaba en enarbolar una bandera republicana. «Mire, señor, que no es el lugar, que no soy sospechoso, que navegamos en el mismo barco pero que ahora y aquí somos ciudadanos de un mundo internacional y sin emblemas…».

Me abordó un antiguo alumno, rechazado en su niñez por sus excentricidades artísticas y literarias. Encontró en mí un apoyo y le animé en sus actividades intransigentes, aunque tuvo que abandonar el centro donde la norma y el canon imponían su acerada armadura. «¡Don Manuel, no sabe cuánto me alegro de verle aquí! Si no tiene mucha prisa espere, que pronto terminaré de escribir el acta de la reunión». Lo vi marchar presuroso para busca un rayo de luz filtrado por las aberturas de los famosos hongos. No vi rostro político significativo, posibilidad a todo el que hubiese participado como un ciudadano normal. Seguramente dormirían tranquilos, seguros de que antes o después el control volvería a sus expertas manos.

Marché, sin prisa cuando la noche reinaba. Dejé a algunos envueltos en mantas y cartones para pasar una fría madrugada bajo la original techumbre, simbólica guardia de una nueva cosmovisión. Seguro que soñarían con un mañana más justo y solidario logrado a golpes de paz…

Durante el camino recordé una larga charla con don Antonio García Santesmases en el bar de la Universidad: «Amigo, hay carencias de debates de fondo: los partidos han institucionalizado la participación, son máquinas electorales aconsejadas por los asesores de imágenes. Existe un tercio de la sociedad marginado, invisible. La clase media va desapareciendo. La política es más espectáculo que otra cosa…».

Aquella noche dormí balanceado entre la esperanza hecha carne en la bella muchacha y el desánimo ante el machaqueo por la corrupción de una clase política, profesional de la manipulación.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.