miércoles, 7 de marzo de 2012

Silbidos en la Sombra

Chara Lattuf (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un grito desgarrador se oye en plena sabana. A solo 5 kms. del pueblo vive una familia que sólo posee unas pocas sillas en el comedor y un sofá en la sala. En el centro está un televisor encendido, intermitentemente emite imágenes. Luego una sombra cubre toda la sala, a la vez un silbido irrumpe entre las ventanas. Frente a la TV un señor de 40 años de edad se lleva las manos al rostro, siendo atrapado por el pánico, mueve sus dedos para cambiar los canales con el control remoto; pero siempre veía las mismas caras, las mismas escenas de terror que anunciaban la destrucción de un país.

Al amanecer todavía continuaba la pantalla chica transmitiendo su noticiario instantáneo. Pedro Escobar se levanta con los ojos enrojecidos y apaga la TV. Una angustia lo acompaña al ver a sus dos niños correr en el patio, despreocupados juegan por tener varios días sin clases. Su esposa seguía durmiendo, agotada al multiplicarse sus labores en el hogar.

Al salir Pedro, sólo es acompañado por su perro Lester, que le ladraba a todo aquel que pareciera andrajoso, al caminar 1 km. Observó que la extensa sabana no había sido arrasada por los anunciadores del fin del mundo. Su caminar es detenido por la presencia de su amigo Ortega Molina.

- Hola Pedro, ¿sabías que queda poco tiempo para que tengamos un nuevo país?

- Sobre ruinas y cenizas no se construye un país.

- Pedro, no exageres, estamos lejos de la capital y los cuentos de terror los acabó la modernidad.

- ¿Cómo? ¿Y la paralización del país, sin gasolina, sin comida y la divulgación del terror por los medios de comunicación?, ¿A eso le llamas cuentos?

- Creo que te has vuelto paranoico.

Pedro se voltea indignado y regresa a su casa; mientras pasaba cerca de su vecino una sombra se extiende desde lo lejos y mientras más apuraba el paso una nube gris amenazaba cubrirlo. Tal fue la carrera que llegó a su casa fatigado. Encontrando sola su morada. Una nota de despedida de la esposa en la mesa, diciéndole que se cansaban de tantos gritos de terror en las noches y tantos anuncios en la televisión, de la eliminación de aquellos que no se parezcan a sus personajes.

Ya cayendo la tarde, la sombra cubre todos los espacios y un estruendoso silbido le da entrada a un chaparrón de agua. Pedro no le quitaba la mirada al televisor, era la hora del llamado “Al último día”, trancazos, desobediencias, militares en la plaza del Obelisco y un grito de guerra que no salió de la pantalla, sino de la garganta de Pedro. Sus ojos perdían su brillo. Dirigiéndose al resplandor de la caja chica, le amenaza: No me vas a convencer, porque sencillamente no ganarás esta batalla, ya que esta guerra que me has declarado se gana es con dignidad, con hermandad, con amor a nuestra familia y de eso careces, porque sólo eres un montón de circuitos guiados por satélite. Te falta alma, corazón.

Aunque luego de sucesivos anuncios televisados, la familia Escobar terminó visitando a Pedro en un sanatorio, esperando su pronta recuperación.

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