martes, 3 de abril de 2012

Cine: Impunity (2010)

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: Colombo-franco-suiza
GÉNERO: Documental sociopolítico
DIRECCIÓN: Juan José Lozano, Hollman Morris
PRODUCCIÓN: Isabelle Gattiker, Marc Irmer
Intermezzo Films
Dolce Vita Films
Radio Télévision Suisse
Arte Morris Producciones
PARTICIPACION: Centre nnational du cinéma et de l’image Animée
Région Ile-de-France, Ville de Genève
Fonds REGIO Films
Direction du développement et de la coopération (DDC)
International Center for Transitional Justice (ICTJ)
Fonds de production télévisuelle and Films pour un Seul Mond
NARRACIÓN: Emiliano Suárez
GUIÓN: P.J. Wolfson, Frank Butler
FOTOGRAFÍA: Ray Rennahan
MONTAJE: Ana Acosta
SONIDO: Carlos Ibañez
MÚSICA: Gabriel Scottie, Vincent Hänni
DURACIÓN: 85 minutos

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Escuece el alma, cuando tras sobrevolar la selva colombiana, observamos lo que pudiéramos llamar la tragicomedia del Estado de Impunidad imperante en Colombia, otrora escenario de películas de aventuras hollywoodenses como Fuego verde (1954), con Stewart Granger y Grace Kelly, historia épica sobre un buscador de esmeraldas en Colombia, quien encuentra una veta prometedora de esas piedras preciosas, una cinta como para irla a ver en el matinal del teatro Metroavenida, allá en la Primera de Mayo del Medellín de mi infancia.

Ahora el escenario de la tragedia es el propio país, con damnificados de carne y hueso, protagonistas, desgarrados por el dolor, la impotencia y la ira ante la farsa de un Estado que se las ingenia para que las denuncias se acallen, al incumplir las garantías de una supuesta Ley de Justicia y Paz, para silenciar las acusaciones de un siniestro contubernio entre un gobierno supuestamente legítimo y legal con paramilitares, supuestamente fuera de la Ley, para salvar el honor de tantos interesados en mantener la anomia, bajo una autoritaria Ley del Monte, como la que han proclamado las Autodefensas Unidas de Colombia , caundo llegan a pueblos, donde cortan cabezas y despedazan cuerpos sin la menor clemencia, ya que son ellos quienes dictaminan quién hace el bien o el mal en un supuesto Paraíso, entre los Andes y los mares, donde los pobladores, quedan atrapados entre los fuegos de las facciones en conflicto, donde aparecen falsos Mesías como el victorioso Salvatore Mancuso, quien en pleno Congreso de la República, se propone como redentor de nuestro país, condenado aún a vivir más de cien años de soledad.

La violencia flamea por toda la cinta pero sin pornografía ni obscenidad alguna, en un filme en el que no corre sangre a borbotones, pero siempre ahí, omnipresente desde las tomas iniciales en que nos condolemos con esa nueva Antígona, que clama como una voz en el desierto, para echarse al hombro el cadáver de un púber decapitado por las fuerzas de un fascismo más que ordinario.

Durante casi una hora y media asistimos a un testimonio, que nos deja con el corazón en la mano, en medio de la frustración, la angustia, la ira y el desconcierto gracias a las crónicas, recogidas tras más de seiscientas horas de estudio de archivos, labor que, sin lugar a dudas, hemos de agradecer a Juan José Lozano y Hollman Morris, quienes nos exponen con una lógica meridiana, los tejemanejes que se han dado en los últimos años de una historia patria, que ha pretendido dictarse desde la cátedra de la versión oficial del uribismo, así poco o nada tenga que ver con la historia material, que se cuenta todos los días, pero que se ha tratado de esfumar pese a ser un secreto a voces; pero, aunque no estemos suficientemente preparados bien vale la pena poder reflexionar sobre las distintas maneras como enfrentamos los unos y los otros, un mismo fenómeno, el de la violencia social, el de ese fascismo ordinario que bien señalara el discípulo de Serguei Eisenstein, Mikhail Romm, en 1965, como paradigmático documentalista, que bien pudiera estar en el zócalo de la nueva cinta de Lozano y Morris.

El filme nos muestra como tras el contubernio de la clase política con los grupos paramilitares se ha expoliado a un campesinado, al que se lo ha despojado de sus tierras, para beneficio de intereses creados más rentables, con la creación de proyectos agroindustriales, que han servido de Baales a los que sacrifica un pueblo, mientras se coparticipa en el negocio del narcotráfico, lo que ha traído consigo además la muerte de sindicalistas, , de líderes políticos y de periodistas, con la comisión de cerca de 42000 delitos, 7800 que han ocasionado el desplazamiento, 3600 desapariciones y 1900 reclutamientos forzados, entre aquellos de los que se tenga noticia. Así, Colombia se ha convertido en uno de los países del mundo, fuera de Sudán, donde hay cerca cuatro millones de refugiados internos, los famosos desplazados, quienes pasaron de ser campesinos, relativamente productivos, a convertirse seres que entran a formar parte de la masa de excluidos sociales, condenados a la otredad y a la miseria más absoluta al emigrar a ciudades, las cuales no estaban listas aún para ser suficientemente solidarias y comprensivas, como para poder pensar que esos recién llegado hacen parte de una tragedia que hace que tengamos que entonar un réquiem por todos nosotros.

Cadáveres amputados, seres humanos, convertidos en objetivo militar por la máquina de guerra que han sido las Autodefensas Unidas de Colombia, pueblan la cinta, como otrora pudiera pasar en la Alemania Nazi, comandados por un movimiento nacional antisubversivo, como el que comandaran Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, para prometernos una Colombia digna, libre, segura, en paz, con amor por la Libertad cuando en la práctica lo que ofrecen es todo lo contrario. Pero quien proteste puede ser, cuando menos, tildado de loco por no seguir la lógica de una Sin Razón, impuesta por un pensamiento único al que debe aspirarse, mediante el sometimiento a una voz autoritaria, en una insensata inversión de las perspectivas, sin que el propio Mancuso pudiera ver las cárceles de los Estados Unidos de América como su destino final, cuando la correlación de fuerzas cambiasen y no conviniera que los delincuentes abriesen su bocota, para decir que no estaban solos en el momento de delinquir, discurso que había que silenciar tras las rejas norteamericanas, donde los paramilitares serían investigados no más que por los delitos de narcotráfico y lavado de dólares, sin tocar, para nada, los delitos de lesa humanidad porque el país de Bush y Obama no es signatario del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, jurisdicción entre el Río Bravo y los grandes lagos.

No deja de sorprender la indolencia frente al dolor, la inhibición y la angustia de las víctimas, cuando los “paracos” hablan simplemente de errores y accidentes, cuando, en realidad se han cometido miles de asesinatos, en una guerra que ha durado más de treinta años, mientras, sin pudor, declaran:

Campesinos es lo que enterramos…

Esa indiferencia es en gran parte garante de una impunidad cercana al 98% de los casos, pues lo que se ha llevado a cabo hasta el rodaje de la película de Lozano y Morris han sido trámites pseudojudiciales, sin juicio penal real, meras gestiones realizadas por funcionarios de los juzgados, mientras Francisco Santos, con su ingenuota tontería de Simón, el bobito, que no es sino la otra cara de la perversión, viene a hablarnos de las bondades del proceso de Justicia Transicional en Colombia, con datos estadísticos transversales, descontextualizados, que no tienen la complejidad del análisis histórico, diacrónico y longitudinal de los directores, así se los acuse de lo contrario, lo que viene a sonar a pura propaganda de un Estado, que nos ha dejado en manos de las bandas criminales, que aún operan en el país, sin ningún reato de llamarse a sí mismos, rastrojos, como para hacer gala de su condición rastrera, que sigue campeando como estructura acomodaticia, muy bien armada, para continuar produciendo terror en el país.

Es como si se hiciera caso omiso de la propuesta de que al paramilitarismo hay que reconocerlo para poder controlarlo, puesto que, como lo señala Iván Cepeda, hay que dejar el miedo para que el país cambie, lo que implica desautorizar que los jefes paramilitares continúen delinquiendo desde las cárceles, si realmente se aspira a un proceso en busca de la Verdad, la Justicia y la Reparación, más allá de jugadas gatopardistas, diseñadas para que la Verdad no salga a la luz y no se logren la Justicia ni la Reparación, ideales por los que, en realidad, deberíamos clamar, para hacernos del lado de las víctimas y no del paramilitarismo ni de la parapolítica colombianos, de tal forma que no caigamos en los sofismas legales que tan claramente denuncian el propio Iván Cepeda, Claudia López y la película misma pero se pregunta uno si Colombia está preparada para oír la verdad y lanzarse a una verdadera política de paz y si será que el ataúd que dé sepultura a la guerra cabe en la tumba que se le tenga asignada.

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