martes, 3 de abril de 2012

Cine: “Los hijos del paraíso”

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El plano secuencia inicial de “A touch of evil”, obra maestra de Orson Welles, sería homenajeado, a partir de una fina reelaboración, en la apertura de “Boogie Nights”, filme del talentoso Paul Thomas Anderson, quien progresivamente nos ha demostrado su capacidad para contarnos historias río, múltiples, fragmentadas y polémicas, adquiriendo un sentido del cine que, justo es reconocerlo, le debe mucho al autor de “Citizen Kane”.


El cine, como la literatura y otras artes visuales, opera y actúa a partir de genealogías, homenajes, herencias bien reconocidas. Halla en una obra previa el motivo preciso y perfecto para enfrentarnos a su propia transformación. La escena inicial de “Vestida para matar”, de Brian de Palma, es tal vez la más hitchcockiana que este director norteamericano ha filmado jamás, basándose en este caso en la célebre y sangrienta secuencia de “Psicosis”, en la cual la multiplicidad de planos y cortes, y la velocidad con que vemos cómo ocurre el asesinato del personaje encarnado por Janet Leigh nos lleva a interrogarnos, asimismo, sobre el caudal de ideas y reimaginaciones que un arte como el cine plantea desde su propio origen y esencia.



Así, podríamos pasar enumerando momentos memorables y célebres de la historia del cine que, habiéndonos capturado una primera, mágica vez, vuelven a ponerse ante nuestros ojos, con una serie de variaciones, granulaciones y tomas en la forma de una nueva versión. No sólo se trata de los “remakes”, que Hollywood ha hecho tan habituales y que en su mayoría pecan de simplistas, sino de las propias referencias que de una película clásica o consagrada se pueden hallar en una posterior, más actual, o dispuesta, precisamente por contar con ese inventario, a proponer su propia originalidad.


Ya David W. Griffith, uno de los grandes maestros de las etapas aurorales del cine, había descubierto la manera cómo mantener la tensión y curiosidad de una historia, o de cuatro, las que se reunían en “Intolerancia”, obra básica que habla de temas profundos, desde la culpa y el crimen, hasta la visión completa de una sociedad. Contemporáneo a él, Sergei M. Einseinstein, en Rusia, propuso su propia teoría del montaje, y en su disciplinado aprendizaje nos mostró, por ejemplo, que la emocionante secuencia de “Las escaleras de Odessa” en “Acorazado Potemkin” vivía y sobrevivía por sí misma, es como si desde su fuerza natural brotaran los significados y sentidos que podrían mostrar la desesperación de una madre por salvar a su bebé. Escena digna y también clásica, fue reinterpretada asimismo por Brian de Palma en “Los intocables” y hacía eco de su poderosa expresión.


Los directores de cine son por lo general soñadores, inventan mundos que deslumbran a miles de espectadores, crean historias que en apenas dos horas, o tres, pueden cambiar el rumbo de nuestras cotidianas existencias. En “El último emperador”, Bernardo Bertolucci filmó en la “Ciudad Prohibida” en China y nos contó la vida de un personaje clave en la historia de aquel país, hoy convertido en un gigante económico que mira al futuro con esperanza mientras otras naciones aún soportan y padecen crisis que son, además, morales y espirituales. Bertolucci no sólo estaba preocupado por la dimensión histórica de su película, premiada con varios Oscar a fines de los años 80, sino que lo atraía una reflexión sobre el poder y sobre lo fugaz que este es, pues se pierde cuando menos se espera e incluso cuando se está abusando de él. Ya en “El conformista”, adaptando la brillante novela de Alberto Moravia, Bertolucci había diseccionado a unos personajes motivados acaso por fuerzas ocultas que circulaban en un mundo de sospechas y mezquindades. En esta película de 1970 los protagonistas fueron Jean-Louis Trintignant, Dominique Sanda y Stefania Sandrelli. El primero traicionaba siempre, de algún modo, a los personajes encarnados por tan adorables actrices. Aquella escena en que Dominique Sanda cae asesinada sobre la nieve es de una potencia cinética inusual y, por lo mismo, desgarradora.

Porque de eso se trata. El cine es ilusión, la propia ilusión que construye y la que genera en los públicos espectadores. Además crea su propia mitología. Estamos ante un arte que, acumulando el saber de otras manifestaciones, las reúne y puntualiza en una expresión modélica, muchas veces cargada de lirismo, como en “Los mejores años de nuestra vida”, de Willian Wyler, “La decisión de Sofía”, de Alan Pakula o las cintas del francés Eric Rohmer, por ejemplo “La rodilla de Clara”, una reflexión vivaz y sentimental sobre el amor y sus paradojas. Pero alcanzar ese vibrante estado poético sólo le está permitido a unos cuantos. Las imágenes fluyen, se conjugan y nos contagian. Cuando la obra maestra logra su real objetivo es cuando nos sentimos gratificados. La ciencia ficción puede ser un motivo de ensueño, como en “2001, Odisea del espacio”, de Stanley Kubrick, o “Blade Runner”, de Ridley Scott. Ambas constituyen muestras clásicas del género y en ellas asoman los propios dilemas de seres enfrentados e incluso cohibidos por la tecnología. Fueron filmadas hace cuarenta o treinta años y apenas anunciaban ese futuro urgente, móvil, mediático y “líquido” que hoy nos lleva a desear y transgredir desde nuestra propia identidad, día a día.

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