jueves, 19 de abril de 2012

Cine: Mucho más que sumar y restar

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Las antiguas civilizaciones proclamaban que estaban basadas en el amor o en la justicia. La nuestra se basa en el odio. En nuestro mundo no hay emociones aparte del miedo, la rabia, la soberbia y el autodesprecio. Todo lo demás lo destruimos, todo... No habrá alegría, salvo la alegría de triunfar sobre un enemigo abatido. No habrá arte ni literatura ni ciencia. No habrá distinción entre la belleza y la fealdad. No habrá curiosidad ni goce en el proceso de la vida. Todos los placeres serán destruidos... Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota pisoteando un rostro humano para siempre.”

George Orwell

Si hago alusión en el título de este artículo, a la cinta de Víctor Gaviria, en ningún momento, es para descalificarla, sino porque considero que los latinoamericanos podemos hacer más que eso, que llamo intentos de elaboración artística de traumas locales, de los cuales son una muestra: Rodrigo D., La vendedora de rosas, Nieve tropical, La virgen de los sicarios, María, llena eres de gracia, El Rey, Los archivos secretos de Pablo Escobar, Rosario Tijeras, La Sierra y Sumas y restas, especies de memorias de nuestro subdesarrollo. No lo hago con el propósito de hacer una comparación odiosa, sino que creo hay formas mucho más trascendentes de elaborar lo traumático de nuestra historia suramericana y/o tercermundista.

Los argentinos lo han hecho con enorme maestría, en su intento de volver a pensar los tiempos del plomo, de la dictadura, de las desapariciones, de las torturas, con la intención de que la amnesia no oculte una realidad histórica a la que habría que decir con Sábato: ¡Nunca más! Una muestra de ello son La historia oficial (1985) de Luis Puenzo y La noche de los lápices (1986) de Héctor Olivera.

Brasil nos regala a Pixote de Héctor Babenco (1980), una predecesora de la filmografía de Víctor Gaviria, con una mejor factura y, quizás, con muchos más recursos técnicos; ahora se lanza con El jardinero fiel, no infiel, como lo anuncian algunas carteleras, cinta que me propongo comentar en este artículo.

Fernando Meirelles se une a John Le Carré para hacer una audaz denuncia, que se resume en la epístola, no religiosa, que leyese Ham, el primo de Tess, al final de la película, una suerte de nota necrológica de esa pareja inefable que constituyen Justin (Ralph Fiennes) y su mujer (Rachel Weisz).

La epopeya cinematográfica que se nos presenta se inicia con un lirismo absoluto, que nos muestra lo amoroso, en el más pleno sentido de la palabra, que va de la ternura, casi ingenua, a un sutil erotismo, evocador de las escenas de Un hombre y una mujer de Claude Lelouch (1966), que tanto excitara nuestra imaginación de adolescentes de antaño.

El amor se nos presenta, en esta cinta, en la más espléndida de sus posibilidades; es un amor que no reduce el proyecto existencial de los integrantes de la pareja aunque aparezcan pequeñas celotipias, esa pasión de los celos, ingrediente indispensable del vínculo afectivo, si escuchamos a Freud, ese profundo conocedor del alma humana.

Tess y Justin tienen proyectos identificatorios diferentes que, valga la redundancia, producen identidades distintas; los enamorados no se funden en un vínculo, que los haga desaparecer como sujetos de su propia vida. Ella lo preanuncia en su intervención en la conferencia sobre diplomacia, en el ámbito del primer mundo. Algo de eso permite el comentario del amante de que ella pretendía revolucionar al mundo, desde su más tierna infancia, cuando contaba apenas con una edad de seis años. Ella, adulta y joven, lo intenta con su accionar, tenaz y constante en África, movimiento que la conduce a la denuncia y al sacrificio, para constituirse en una de esas mujeres, que jamás se olvidan, aunque no pertenezca a la categoría de las femmes fatales. Si la fatalidad y la adversidad aparecen en esta obra fílmica no es precisamente por la voluntad de los protagonistas sino por las fuerzas oscuras de un contexto social corrupto, siniestro, comandado por intereses económicos mezquinos, ahora revestidos por las ideologías de la sociedad postindustrial y la economía política neoliberal.

Tess se lanza a su proyecto, como si fuera consciente de que es un ser-para-la-muerte, en el sentido heideggariano y realiza acciones que trascienden su excusa de ser llevada al África como novia, amante o esposa; su escenario no es el de la paz doméstica sino el de los tugurios del continente negro, impresionantes en su densidad poblacional, donde los habitantes, tan pobres como los de nuestras villas-miseria, no se dedican a la delincuencia ni al narcotráfico sino que nos permiten deleitarnos con el teatro dentro del teatro, teatro dentro del cine, para ser más precisos, y con las muestras de afecto y solidaridad a nuestra protagonista, que ella recibe con actos de absoluta reciprocidad.

Tess sabe lo que puede hacer porque lo desea intensamente pero respeta los deseos y propósitos de Justin, su esposo, quien a la manera de su creador, John Le Carré, fuera formado y se desenvolviera en el campo de la diplomacia, lugar estratégico para poder dar testimonio, escribir y denunciar los asuntos del turbio mundo de los negocios internacionales y de los servicios secretos.

La historia de nuestros dos personajes da un salto mortal, del ámbito de lo íntimo, de lo privado, al mundo de las relaciones de producción, en medio de la globalización y de la sociedad planetaria, donde se desarrolla un feroz interjuego entre los países ricos y los países pobres, dentro de las reglas de un salvaje neoliberalismo, por encima de todo proyecto social y democrático.

El poder tiránico de las casas farmacéuticas se constituirá, entonces, en el titiritero que mueva los hilos del destino de los personajes, y hará emergencia como un villano en la aldea global, con carta de ciudadanía, como ciudadano por encima de toda sospecha. Sabemos que la industria de medicamentos realiza tareas de investigación y desarrollo para la introducción de nuevas terapéuticas, supuestamente mejoradas, y que, para ello, no sólo utiliza granjas de animales sino que extiende sus experimentos a grandes conglomerados sociales para recibir aprobación de los organismos reguladores, con cobayos de naturaleza humana; de esa forma, hace de continentes subdesarrollados verdaderas islas del doctor Moreau o granjas orwellianas. Así logra la aprobación final de sus productos, de sus innovaciones, de sus propiedades exclusivas, en el ámbito internacional de la economía de libre mercado.

Justin, movido por la fuerza de las cosas, de las circunstancias y un amor que lo ha transformado, da un rumbo nuevo a su destino, abandona el mundo burocrático y la asistencia a cocktail parties, para entregarse a una indagación e investigación exhaustivas que puedan dar cuenta de lo enigmático y dar pie a una reivindicación de lo justo así su compromiso culmine con la muerte. Hace caso omiso de sugerencias tales como que abandone su actitud investigadora y regrese a casa; él sabe que ha sido desarraigado y que no la tiene, pues Tess, asesinada por los mercenarios de la gran industria, era su hogar.

Ésta es la historia que nos cuentan Le Carré y Meirelles, en una forma que va del estilo lírico al estilo épico, a la manera de un thriller, que establece una brillante y valiente denuncia, un verdadero fondo estético, que no descuida los más mínimos detalles de la forma ni siquiera los paisajes, los escenarios urbanos y rurales ni la música, que nos deleita con armonías africanas y con un buen pop occidental.

Su “nosotros acusamos”, para evocar a Zolá, es una impugnación, a pleno orden del día, en el pensamiento europeo; no es por pura coincidencia que también, en otro contexto y con otros instrumentos, se hayan levantado las voces de los periodistas centroeuropeos, Kurt Langbein y Bert Ehgartner, con su obra Contra Hipócrates. El cartel médico. Los siete pecados capitales de la industria de la salud para denunciar crímenes de lesa humanidad, contra Hipócrates, contra el conglomerado humano y contra la ética en general; por eso, nuestro personaje no es un jardinero infiel - el título en inglés de la película es The constant gardener - sino de un hombre absolutamente fiel y constante al amor y a la verdad, de quien esperamos tenga abundantes cosechas de justicia.

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