jueves, 19 de abril de 2012

Confesiones de un noctámbulo

Manuel Filpo Cabana (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tengo a unos candidatos idóneos para que se les conceda -bien colectivamente o al más eficaz en representación- la medalla al mérito en el trabajo. Su labor es desinteresada, ponen de sus bolsillos el material y trabajan por las noches, los pobres, cuando los demás medio descansamos.

Cuando digo medio descansar me refiero a casi todos los de mi quinta porque la tiránica próstata nos obliga a realizar excursiones nocturnas, disipando hasta los sueños más placenteros, aunque ahora menos deleitosos por lo de la crisis y todo lo demás. Entonces me doy un paseíto por la casa y me asomo al balcón, cámara digital al frente, con la esperanza de obtener a partir de la foto un boceto para un monumento en su honor. Pero a pesar de mi buena voluntad todavía no lo he logrado, aunque mis esperanzas continúan intactas.

Cuando en regiones más allá de allá de Despeñaperros nos critican por nuestra escasa laboriosidad siempre me acuerdo de ellos, de esa tribu pudorosa que aumenta significativamente al son del ejemplo o moda, que todavía no distingo, posible vesanía por culpa de mis mengues.

Pues a lo que iba (palabra que me recuerda a crisis, mira por donde, siempre pensando en lo mismo), decía que iba a por ellos entre ilusiones perdidas cuando una mañana vi aparcado un magnífico furgón de Lipasam con una cuadrilla de operarios limpiando la fachada y una bella cancela acristalada frente a mi domicilio. Provistos de mascarillas y guantes parecían ayudantes de astronautas mientras observaban el fruto de su trabajo: negros chorreones grises, mezcla de blancos y negros, vamos, de película de Hitchcock que perezosos se deslizaban hasta el acerado. Como el afán de superación de algunos humanos suele aumentar, dos o más tonalidades en un contexto de suma abstracción producen más belleza, otra palabra que tampoco sé en qué consiste.

Daría algo -tampoco mucho por la crisis, me parezco a Antonio Tabucchi con eso de «sostiene Pereira…», frase que repite cientos de veces en su más famosa novela- por lograr una tertulia con ellos, con los artistas de la noche, por mi poco entender y escaso saber sobre los efectos de las neuronas que coronan nuestra testa. Estaría dispuesto a acompañarles una madrugada para que me explicasen sobre su propio terreno el placer de sus obras, seguro que a muchos se les caería la baba de regusto (cuidada frase por aquello de pertenecer a una Asociación muy seria) al perpetuar sus modernas obras pseudotaquigráficas sobre toda superficie urbanística, y a más limpia mejor. Seguro que sus glándulas adrenalíticas las tendrán muy desarrolladas, como hermosos melones de La Mancha, por la intensa excitación que producen los goces solitarios, eretismos sucesivos de adicciones consolidadas.

En fin, sostenía Pereira y sostengo yo, que me encantaría volver con ellos después de un trabajo bien hecho para invitarles a unos calentitos de frente al Arco de la Macarena. Seguro que su forofismo me contagiará y todas las dudas que penosamente arrastro quedarán disipadas en un crepúsculo matutino, envuelto en sevillanos olores primaverales cooperantes para que mi pobre sentido estético recupere la viveza de mis deseados, sufridos y futuros amigos grafiteros.

Que el Señor, siempre misericordioso, ahora que estamos en Cuaresma, les otorgue inmaculadas e infinitas fachadas celestiales porque solo así, grafiteando, algunas criaturas lograrán la eterna felicidad. Amén.

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