miércoles, 25 de abril de 2012

"Dristán" nunca irá a Olivos ¿para qué?

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Esteban, asomado a sus escasos veinte, es un testigo presencial desde la vidriera del quiosco que, para graficar la realidad, no tiene nombre, igual que un programa de radio casi peregrino, sobre todo porque ocurre en domingo y de noche tarde, cuando comienza el carnaval de los suicidas.

"La avenida", es el apócope del saldo, Hipólito Yrigoyen y un atalaya privilegiado a la altura de Boedo, para otear la vida. Su vecindad con el diario, no le otorga beneficios. Pero Esteban, entre otros vicios, lee LA UNION. Nadie es perfecto.

No se conoce con Ana María, Gabriel y Darío, de similar antigüedad en la vida, quienes compiten en la esquina, con el equilibrio que significa armar helados en vasitos de un peso.

Parecen preguntarse, los helados heladeros, ¿sos vos...? y, en ciertos casos, confirmar por la afirmativa! sos vos...!, deducción parida en las miradas fronterizas que deben dirigir a sus clientes en momentos de preadicción.

No es fácil. La gente, en ambos lugares, exhibe su lado oscuro de la luna. Hay mucha locura suelta. Hay mucho loco suelto. Hay una malaria general que le pesa en el ceño y los hombros, a muchos, demasiados quizás.

¿Que los une a esta historia? La casualidad de conocerlos Yon, aún desconociéndolo.

Pero los acertijos son su fuerte y ellos, los héroes del silencio. Además solidarios sin elocuencias, con la sobriedad que se debe. Por ejemplo, cuando le sirven todos, a Dristán, el habitante desamparado que "vive o muere" en Sáenz y "la avenida".

No deja de ser ubicación privilegiada el repecho de la ventana, del Banco de la esquina, para dormir cada noche, entre "mantas" y cartones.

"Dristán" es un estoico. Dristán es un espartano. "Dristán", es una postal del desamparo, que cada día tropieza más gente. -Tengo un ojo "virolo"- le anunció al vasco que conoce al mundo- en tono cavernoso, en tanto la pupila izquierda estaba desaparecida bajo la nube gris.

Dan ganas de ponerse el pañuelo en la cabeza, para dar vueltas a la pirámide, porque uno sospecha que ese ojo tiene regreso condicionado. Los colirios posibles, son espejismos, para sus posibilidades.

-¿Fuiste al hospital?- le preguntó el vasco mientras anotaba, mentalmente, a quien recurrir.

-¿Para qué, si allí no hay nada?- fue el grave y amargo latigazo de "Dristán". Yon lo palmeó; un hábito en este caso elogiable, porque eran muchos los que se apartaban o volvían la cabeza. Corría octubre del 2002.

El gesto se congeló en mis retinas. Los chicos, antes, le habían tirado algo para ir "aguantando". En realidad y desde el común anonimato, le hacían el aguante a "Dristán" y el vasco no perdona esas debilidades. Eso lo "histeriza". Dejó suspendida la mano en el brazo del hombre y se fue a ver a estos chicos, hijos de... imputables calideces. Agitó la cabeza y se hizo el indiferente, como siempre y cuando le conviene. No se porque lo aguanto.

Me refugio en la anarquía de la libertad suprema que sólo exige respeto a la de cada uno. El verdadero desafío de la convivencia, sin elaborar leyes ociosas que se deben revisar a diario. Una racionalización de la condición humana, pero "la delireta", nunca sirvió. Demos vuelta la vida y sigamos, total...

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El ayatollah y el "boga", dos de las jerarquías del diario -"el nene" suelto y por el campo recopilaba informes- fueron invitados, testigos de lujo y a contramano de la historia, de un viaje a "la quinta".

-A la del "ñato" no, a la de Olivos-, le enumeró el Ayatollah de la redacción al vasco, en tono cómplice. Su inconsciencia le hizo olvidar que aquel debía estar en otro lado a la misma hora. Pero le gusta contar y, sobre todo, protagonizar, a veces imaginariamente; no era este el caso.

-Siempre hay un "Santos" en el horizonte y también un " Yo... Claudio" de hijo, aunque no sepamos si llegará a emperador-, fue el pie que le dio; el de la gentileza claro, para que el ayatollah relatara en la redacción -algo que no le requiere estímulos-, la aventura del norte.

Las fotos deambulaban sobre los escritorios, vagaban de mano en mano para ser exactos, en tanto el vasco escuchaba pormenores de la diligencia con que el ex "disputado", logró reducir varias veces el presupuesto de la casa de gobierno auxiliar o principal, según se mire y los piquetes decidan, ya que para gobernar hace falta llegar al gobierno o, por lo menos, a la casa "del gobierno".

Una bandeja de madera labrada, portaba fiambres en la casa del intendente de la casa del presidente, un trabalenguas apropiado pero veraz. El "Santos" de la historia, precoz organizador de maratones para chicos necesitados de amparo, no sufre depresiones ni se le caen los anillos, si es que los tiene, para arremangarse y preparar el menú de agasajo a los invitados. Esta independencia lo hizo "disputado". Las pruebas acumuladas, según el relato, incluyen picada de queso, salame y lengua a la vinagreta, con un secreto de cebolla fina, picada y suave tenor. Todo un esfuerzo al que los "hambrientos" hicieron honores, hasta las migas. Un papelón a la hora de los protocolos.

El hombre hizo la vista gorda, algo que se debe hacer cuando se tiene una esposa que transita la cinta corredera para digerir gimnasia, por lo menos cuando se está advertido.

Desapareció por un recodo de la cocina, recorrido que lo mantenía alejado de la charla. Para lo que hay que oír. Y regresó, al rato, enarbolando un cargamento de fideos verdes, gruesos, envidiables, que al ayatollah le empañaron los lentes; de paso vale recordar que este año habrá celebración por la última vez que los limpió. Hay apuestas en la redacción sobre como hace para ver. Quizás no comprenden aquello de "todo es según el cristal del color con que se mira".

El "Santos" no se quedó corto, además hay un hijo presente y no está de más recordarle que en vísperas de homenajes maternales, bien vale homenajear, para estimular agradecimientos filiales, vaya uno a saber. Lo cierto es que una salsa de hongos coronó el esfuerzo desmedido; eso sí fue insistente sobre exhortarlos a probar la salsa (como si los invitados necesitaran insistencia). Un bombón helado, casi suizo, -del tipo deme dos, según el Ayatollah- cerró el servicio. El riego fue provisto por Santa Mónica Sauvignon, para no corromper aquello de la santidad. Por supuesto, esto requería digestión.

El garaje/museo shockeó con el Cadillac que usó Evita, porque cacheteó con el pasado. La historia fue repasada en el minicine, donde los irrespetuosos visitantes tomaron asiento ¿donde?, en las butacas rojas que usan personajes y dueños de casa; conocieron "La Colonia", destino anterior de la Quinta hasta que llegó Alvear con la Regina.

En el parque, casi zoológico, se encontraron con las auténticas llamas que lo llaman, al "Santos", porque nunca se quedan sin hambre, sobre todo Bartolo; las acompaña el ciervo que, uno supone, debería sin confirmación hasta ahora, llamarse "Cornelio". El cuarteto lo seguía -eran leales en vísperas de la Lealtad- hasta la pileta donde gansos y flamencos, eran algo m s que decorativas presencias. La belleza resistió presencias, visitantes y el anfitrión de la historia, osado si los hay, se atrevió a incitarlos para repetir la cosa, pero ahora en domingo. Tal vez, para leer juntos algún cuento necesario de descifrar. El fastidio de Yon era sólido. Me dije que era hora de tomarnos un recreo, pero sin hielo, claro.

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El Alfa gris brilló rumbo a la curva. Monte estaba cerca. Los pejerreyes también. En ese mismo lugar una madrugada lluviosa descubrí el "acuaplaning". No me lo puedo olvidar y menos el árbol que se multiplicaba en dimensiones, a medida de los metros que faltaban para "el abrazo" final. Menos mal que por fin dobló y el auto me devolvió al futuro.

Habíamos peregrinado, víctimas del contagio culinario que despertara el encuentro lomense, cuando salimos disparados.

-Nos vamos a lo de "Cantelli"- fue el seco anuncio de Yon. Significaba que hasta San Vicente el ayuno era obligado. Además del museo, el final de vía que se puede terminar y las zonas vips que habitan y frecuentan los matrimonios "dueños" de casa, quedaba la laguna. El Vasco, de reojo, algo que preserva de tiempos riesgosos que vivimos, silabeó.

-¿Quedará alguno que les cuente a "los nuevos" de la vida, lo que pasó en la laguna?-, me hice el despistado, eso me sale rápido y bien.

-¿Porque lo preguntás, por "las desapariciones" o por "las apariciones"?-, respondí cauto.
-Por las dos-, aumentó su apuesta al laconismo, Yon. Es lo único que aumenta. Los vascos no tienen fama de "mano suelta", más bien todo lo contrario.

-¿La flora gigante... los avistajes... los criaderos de pollos abandonados por aquel poderoso de los '70, que se fue al Iberá tras los pasos de los tripulantes de las naves... "la clínica" en el por entonces camino de tierra que llegaba hasta Cañuelas, donde se atendía gente que venía de todos lados y nadie sabía que tecnología usaban... todo eso que un buen día desapareció?...-, en realidad él se lo preguntaba. Antes de que el común denominador articulara recuerdos dolorosos, de cuando los camiones militares clausuraban la ruta, el acceso al pueblo y el escape a la 205, para llevarse gente o para buscar pruebas de lo innombrable, lo corté.

-Pensar que San Vicente competía con el Uritorco y Rockewell-, añadió acido y nostálgico.

-Tal vez porque no lo sabían y quemaron la memoria, como los cristianos la biblioteca de Alejandría. ¿Como sería el mundo hoy si aquel conocimiento acumulado por el hombre, no se hubiera "cruzado" con la historia?

¿Por eso Alejandro fue magno y sólo hablaba con Bucéfalo?-, le disparé a quemarropa. Ya la casa elegida, amarraba sabores, pero se permitió una más.

-El hablaba con el caballo porque ya sabía, a los veinte, aquello de cuando más conozco a la gente, m s quiero a mi... estamos llegando. Tenemos mesa en lo de Cantelli-, asentí. Total, como voy a saber de semejante decisión y la bola que pudieran darle.

-Ñoquis oreganados, salsa tártara-; ñoquis parmesanos y pastel de ciruelas; ñoquis al roquefort con nuez molida y manteca pisada- fue la contundente decisión que me alejaba de cualquier opción. Ni siquiera una guarda de espacio para el postre y la bebida.

-Será con el Shirah más espeso que dispongan y una ensalada de kiwis a la menta; lo que siga, después lo voy a pensar-, hice silencio, como de costumbre.

La mesera me hizo parpadear repetidamente. El rebote de luz que emitía, intermitente, el ventanal del fondo, recortó su silueta y una sombra umbría, dulce, ondulante, expandió el bienestar repentino y extraño, casi dorado. Me sentí mejor. Sobre todo porque había pasado el tiempo de la melancolía. Monte era, ya, un silvestre presagio.

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