miércoles, 25 de abril de 2012

El niño chino en la biblioteca catalana

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La casa, refugio rodeado de saturaciones globales; la calle, laberinto de ruidos crecientes e interminables. La biblioteca, en cualquier ciudad, siempre me ofrece ese otro espacio posible para conectar con los otros (libros y personas) en su estado sereno. ¿Personas?, ¿cómo conectas con personas dentro de una biblioteca cuando se supone que en ese lugar la norma es el silencio?, me pregunta mi amigo del kiosco. No lo sé, le digo, pero cada vez que entro a una biblioteca, algo me dice el silencio de las personas. Nunca me voy de una biblioteca sin que, por lo menos una persona, me diga algo, aunque ciertamente nunca lo haga a través de la palabra. Se trata de un cruce de miradas o, lo que me ocurre con mayor frecuencia, “ese algo” que capto en el tú a tú que se establece entre la persona y el libro que lee (ellos sabrán en qué otros mundos estarán viviendo sus realidades). Y podría ser que ese lector jamás se diera cuenta de mi paso por el pasillo, pero igual, cuando transito cerca de su lado (su calma, su mundo), creo escuchar voces que me gritan secretos al oído.

Las bibliotecas son como los niños, siempre dan pistas. Mientras la sociedad adulta celebra o padece (hay en esto un circulo) la llegada del futuro, la biblioteca, como el niño, nos ubica, con un silencio o una jugada invisible, en el espacio-tiempo del aquí y ahora (que vive la memoria). La tecnología, que como todo poder basa su supremacía en la promesa del futuro (las “nuevas comunicaciones” maquillan la utopía con cifras dirigidas), nos anuncia el final del papel y el olvido de los juegos infantiles. Sin embargo, una y otra vez la biblioteca y el niño nos dibujan (cada uno en su espacio desprovisto de cálculos) el valor inexorable del presente. La biblioteca es el archivo (sensitivo) de los presentes continuos; el niño, por su parte, es el jugador que mejor sabe utilizar los segundos.

El otro día, en la biblioteca pública Ignasi Iglésias-Can Fabra, de Barcelona, presencié la conjugación de ambas energías. Niño y biblioteca se unieron para mostrarme una jugada maestra de equilibrio. En la mesa de los ordenadores, un niño chino jugaba virtualmente a dragones y guerreros mientras se orientaba por una pila de libros de papel que tenía en las piernas. Hasta entonces, jamás había visto nada igual. Aquel niño, divertido y profundo, desafiaba a los absolutismos para ofrecer una representación cósmica de la existencia. Alrededor de él giraba el todo, como el punto que juega con los componentes del universo. Él no jugaba para los otros, él jugaba para sí mismo; no obstante, en su juego personal había una cátedra de juego colectivo (y de múltiples lecturas socioculturales). Yo, cual observador asombrado, aquella tarde me dejé llevar por las instrucciones no escritas del niño chino en la biblioteca catalana.

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