jueves, 12 de abril de 2012

La patria de Tabucchi

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Días antes de la muerte del escritor Antonio Tabucchi, estuve recorriendo las calles de Roma. Entre observar y pretender descubrir las realidades no vendibles de las ciudades, recordé que Tabucchi escribió sobre “la necesidad de desberlusconizar Italia”. Sabía el escritor italiano que los países continúan padeciendo de “los caprichos de los políticos” mucho después del tiempo de la gestión. De ahí que Tabucchi hablara de “la cultura creada por il Cavaliere”.

En mi ruta sentí que entre los italianos crece la intención de salir del plástico que les aisló de su propia historia. Ese plástico, como la red invisible que el concepto global de la estupidez arroja sobre los pueblos, capturó el sentido histórico de Italia y lo arrojó al abismo de la desmemoria (el teatro del destiempo). Italia, mientras dure “la cultura de il Cavaliere”, será menos Italia, esa fue la sensación que percibí en el camino. (También el mundo cada vez es menos mundo).

Pensar en la Italia que creyó perder Tabucchi me hizo recordar la idea de patria que desde siempre han buscado lo poetas. El cantautor venezolano Ali Primera dijo que “la patria es el hombre”; Tabucchi, por su parte, saltó de la patria Italia a la patria Portugal gracias a los otros yo de la literatura de Fernando Pessoa. El escritor y francés Jean-Claude Carièrre afirma que “si quieres saber algo de la realidad de un pueblo, nada mejor que la ficción”. Y eso es la literatura: una puerta abierta hacia otras posibilidades, otras realidades. La realidad (esa versión absolutista de la verdad) es siempre más indolente que la ficción. La ficción es una chispa que activa la mente humana hacia el despertar de la imaginación. Es una trampa política (y dogmática) hacer creer que la ficción es un asunto exclusivo de creadores abstraccionistas. La ficción es el derecho creador que tiene cada ser humano a descubrir que su existencia es una réplica del universo invisible que la realidad (en su versión absoluta) le niega. Dominar el todo para dejarnos la nada, eso es política de clanes; ir a la nada para crear espacios, eso es literatura.

Los personajes de Antonio Tabucchi (como los de Joyce, los de Cortázar y los de Bolaño) tenían ese espejo de tristeza hermosa que sólo puede dibujar la ficción. Tabucchi se acercó a Grecia y a Portugal desde su imaginación. La cultura de los países se cuenta y se escribe desde la reconstrucción memorística. Al recuerdo llegamos desde la imaginación. La otra forma, siempre menos sana, de reconstruir la memoria, es desde el guión que encomienda la política. Y de ahí que los intereses partidistas terminen optando por su versión de la realidad.

En la entrada de una iglesia oscura (destinada a sembrar la fe en la pobreza), ahí, al nivel del suelo, una doña pedía limosnas entre temblores inverosímiles. La anciana parecía extraída del mundo ficticio de Víctor Hugo; no obstante, las ficciones de Víctor Hugo son atentados creíbles contra la sociedad inmoral; en cambio, las realidades miserables son asombro o resignación (cada quien escoge la puerta acorde a su mirada). Y me detuve, uno, dos y mil segundos ante la indolencia de esa realidad. El paso por Roma, la posterior muerte de Tabucchi y el canto de Ali Primera, me hicieron pensar que el mundo material es un territorio, hasta ahora, devastado por la política. La otra patria, la de los poetas, habita en la existencia. Y al mundo interior de esa patria (que conduce al espacio abierto del todo) sólo se llega a través de la ficción.

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