martes, 3 de abril de 2012

Los niños no son sólo de Brasil

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tres días de tormenta, son tres días de tormento. Bucear porque me pasa eso es largo de explicar, para el propósito de ese momento, media tarde de viernes de 2012.

Una postal empañada de un viernes cualquiera me la tropecé en el viaje de ida, replicada con un regreso sin gloria, pero habitual, casi acostumbrado, para ser sincero.

Un chico que parecía disponerse a abordar sus primeros diez años, lucía llamativamente una mochila excesivamente grande a sus espaldas y motivó mi atención, el bamboleó del tren, no es el bala ni el balín, sólo línea Roca, para ser económico, era el sitio del hecho.

Lo vi titubear detrás de un vendedor de chocolates, primera marca, que estrenaba pulmones en la oferta. A mitad del pasillo siguiente se le aproximaba un vendedor de cd con imagen, que ni se como se llama, pero la estridencia de su música apaga cualquier intento para otra oferta que pretenda ser sucesoria.

Era una parada fea. El chico muy limpio, pobre pero presentable, como imagino excusaba su mamá, era un extraño en el zoológico conformado por pasajeros atribulados por lo menos, caras de sueños mal comprados, romances desteñidos, intercambio de monólogos, realidad que los cuentos nunca superan. Pero todo sin exagerar. Siempre aparece, por ahí, una risa que sorprende o vario pintas alternativas imprevistas.

Sin resignar, el chico se tomó su tiempo, o me lo pareció, se distanció como en un desfile de caballería polaca, marcial casi efectista, y con cierto tono quedo ofertó “horarios de trenes desde Alejandro Korn a Plaza Constitución”, ponderó las conveniencias casi con respeto, por molestar y recorrió lo más veloz que pudo, ese vagón, que le resultó favorable en la recaudación, detrás suyo la impaciencia hacía cola porque el chico era “nuevo” en la venta “personalizada” y los dadores de turnos, se ve que no le avisaron a nadie, señal de que el chico iba a durar poco en la “remada”; pidió disculpas a su sucesor y siguió la marcha. Como siempre, al regreso, porque pasan por lo menos dos veces, tenía una cierta sonrisa nueva.

Se lo conté al vasco porque no podía olvidar la figura de ese chico y su futuro probable, La necesidad moldea sin anestesia y no da demasiadas oportunidades. Le conté al vasco quien me miraba sin entusiasmo, del otro lado de la mesa, bien puesta por supuesto, que el vasco había reclamado dos horas antes. Por esa orden, dispensada a la gente de “Un rato después”, extraño nombre del lugar, el servicio estaba dispuesto con sabores distintos, las mollejas crujientes, venían desde la parrilla con una pasta de mostaza y caramelo gusto ocre, ensalada de rabanitos con manteca pisada y un vacío que llenaba desde los ojos, abriendo paso a la curiosidad. Los Chateau Vieux, ambos tonos, no litigaban y sólo me hacían sospechar otras presencias, por supuesto ignoradas por mí.

- Las que vienen -, anunció secamente, - son gente de los derechos de los niños y suponen que algo podemos hacer aunque ya hay noticias de lo mismo, pero la gente quiere que uno intervenga, por esas cosas de la memoria -, lo dijo casi disculpándose.

A mis espaldas unos pasos rumorosos, me hicieron sospechar femeninas visitantes. Y estás en lo cierto Chapulín, me dije, sin temer a Bolaños vocero de la verdad próxima, uno de los que siempre estuvo más cerca. Las dos mujeres, “buena vista social oportunity”, todo lo pensé sin ayuda, saludaron cálidamente al vasco y casi, como sin remedio, prolongaron su cortesía incluyéndome. Daysi y Numa, así se presentaron, aceptaron todo, la bebida y los cubiertos para empezar la cacería apetecible.

- Te trajimos una copia del documento de los expertos sobre el trabajo infantil – anunció Daysi la más locuaz al parecer, - es para que lo difundan donde puedan, porque el diagnóstico, es malo y los chicos ya se quedan sin espacio para crecer pese a ellos mismos -. Yon decidió leer y suspender el ataque al vacío casi suntuoso, esos errores son habituales en él y me ayudan a mejorar mi parte. Su semblante casi siempre inmutable, varió a medida de avanzar en el texto. -¿Y ustedes que opinan? – lo dijo sin levantar la vista.

- Creemos que la situación se complica. El hambre, la puja por los recurso naturales, las guerras que destruyen familias, no ayudan, las violencias no corregidas desde los ´70, fueron formando generaciones cada vez más egoístas, mal educadas, y con eso se forman, las sociedades parece que nunca se van a hacer cargo y la violencia se instala para quedarse. Creemos que se achica el horizonte, y el conflicto social llega al tiempo y el espacio. Lo que viene parece muy complejo -, resumió la experta, así se lo entendí a Yon, para interesarme en saber quienes eran, que querían, era seguro que terminaba en mis manos, que son menos que modestas, para este tipo de ayuda. Yon, retomó los cubiertos y sin comentar, me cedió el sobre con el documento, como si yo fuera un apéndice de sus propias cuestiones.

Decidí leer.

“Carta abierta a Naciones Unidas escrita por 74 expertos sobre el tema de los niños que trabajan o viven en la calle.
Apoya también el Premio Nobel por la Paz Adolfo Pérez Esquivel.

Un grupo de 74 expertos de la academia y de la sociedad civil a nivel mundial ofrecen una serie de recomendaciones a la Alta Comisionada para los Derechos Humanos Pillay en relación con la iniciativa de la ONU para promover los derechos de los niños/as que trabajan o viven en la calle.

La carta, que responde a la iniciativa de la OHCHR para llevar a cabo un estudio sobre los desafíos, lecciones aprendidas y mejores prácticas para proteger y promover los derechos de los niños que trabajan y/o viven en la calle, señala que se hace necesario tomar en cuenta un cuerpo más amplio y mejor estructurado de fuentes y experiencias, para el desarrollo de futuros programas y la promoción de acciones que se basen en un enfoque adecuado, lo más eficientes posible en términos de recursos y para alcanzar medidas cuantificables. En este sentido, alertan sobre una serie de aspectos que requieren un examen de mayor profundidad como por ejemplo la importancia de reconocer los derechos económicos, sociales y culturales de la infancia y adolescencia.

Exponen sus preocupaciones en torno a las limitaciones de la investigación realizada “STREET CHILDREN: A Mapping & Gapping Review of the Literature 2000 to 2010 “(http://www.crin.org/docs/Street%20Children%20Mapping%20%20Gapping%20LiteratureStreet%20Children%20Review%20-%20FINAL%20VERSION%20-%20February%202011.pdf), en aspectos como la promoción de enfoques inclusivos -versus los asistencialistas- y la necesidad de profundizar sobre la participación de los sujetos en los programas, entre otros aspectos.

“Existe una variedad de enfoques para intervenir en las vidas de niños y adolescentes que viven y/o trabajan en la calle. No hay barreras teóricas o conceptuales para la construcción de un marco flexible, capaz de incluir los diferentes enfoques en la investigación y la intervención. (..)La construcción de un marco adecuado es probable que requiera de una red de expertos (académicos, ONG y profesionales de la ONU) que trabajen juntos. En el pasado, este tipo de diálogo ha sido objeto del Grupo de Trabajo Internacional sobre Trabajo Infantil. Creemos que es vital que todos los enfoques y metodologías se reflejen en este proceso”, se subraya en la carta que se está presentando en ocasión del actual Consejo de Naciones Unidas en Ginebra.

Me quedé mirando las recomendaciones. Burocraticé mi filosofía de calle. Si ellos recomiendan, algo no anda bien en la ONU, las propias razones que construyen una burocracia son las comisiones de las comisiones, que involucran países y protagonistas, mi abuelo adoptivo, Miguel, me dijo alguna vez, si quieres que algo se haga, dáselo a un hombre y si no o no interesa, pásalo a una comisión. La desconfianza de aquel agricultor castellano, que salía al amanecer con un morral conteniendo queso y nueces para la jornada, me devolvía el desaliento que merodea en este suburbio del planeta. Sólo se necesita subirse al tren para salir de dudas. No pensé más. Me podía perder la molleja crujiente y el vacío jugoso que me guiñaban desde el centro del plato. Menos mal que el Chateau Vieux, servía para enjugar.

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