jueves, 19 de abril de 2012

Matar a un elefante

José Sarria (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No hay nada más repugnante que asesinar a un animal noble, desprotegido e indefenso, por el simple hecho del goce de matar. No ya por hambre o en defensa propia, sino por el espurio placer de abatir a un ser vivo.

Lean sino el siguiente fragmento de “Matar a un elefante” de George Orwell (con traducción de Laura Manero y Verónica Canales):

“Entendí en ese momento que, cuando el hombre blanco se vuelve un tirano, es su propia libertad la que destruye …/… Tenía que matar el elefante. Me había comprometido a hacerlo cuando mandé a buscar el rifle …/… Sin embargo, no quería matar el elefante. Lo contemplé mientras golpeaba su manojo de hierba contra las rodillas, con ese aire de abuela ensimismada que tienen los elefantes. Me parecía que matarlo sería un asesinato …/…El rifle era un hermoso artefacto alemán con mira de precisión. Por aquel entonces no sabía que para matar un elefante hay que disparar trazando una línea imaginaria de un oído a otro. Por lo tanto, ya que el elefante se encontraba de lado, debí haber apuntado directamente a un oído; en realidad, apunté varios centímetros por delante, pensando que el cerebro estaría algo avanzado.Cuando apreté el gatillo no oí la detonación ni sentí el culatazo -eso nunca sucede si el disparo da en el blanco-, pero sí escuché el infernal rugido de júbilo que se alzó de la multitud. En aquel instante, en un lapso de tiempo demasiado breve, habría cabido pensar, incluso para que la bala llegara a su destino, un cambio misterioso y terrible le sobrevino al elefante. No se movió ni cayó, pero se alteraron todas las líneas de su cuerpo. De pronto pareció abatido, encogido, inmensamente viejo, como si el horrible impacto de la bala lo hubiese paralizado sin derribarlo. Al final, después de un rato que pareció larguísimo -me atrevería a decir que pudieron haber sido cinco segundos- le fallaron las rodillas y cayó con flaccidez. Babeaba. Una enorme senilidad pareció apoderarse de él. Podría haberse imaginado que tenía miles de años. Volví a dispararle en el mismo lugar. Al segundo impacto no se desplomó sino que se puso en pie con desesperada lentitud y se mantuvo débilmente erguido, con las patas temblorosas y la cabeza gacha. Realicé un tercer disparo. Ése fue el que acabó con él. Pudo verse cómo la agonía le sacudía todo el cuerpo y le arrebataba las últimas fuerzas de las patas. Al caer, no obstante, pareció por un momento que se levantaba, ya que mientras las patas traseras se doblegaban bajo su peso, se irguió igual que una gran roca al despeñarse, con la trompa apuntando hacia el cielo como un árbol. Barritó, por primera y única vez. Y entonces se vino abajo, con el vientre hacia mí, y produjo un estrépito que pareció sacudir el suelo incluso donde yo estaba tumbado.”

Yo, que nunca he sido ni demasiado monárquico ni demasiado republicano, hoy, 14 de abril, al ver esa repugnante imagen del monarca Borbón, rifle en mano, presuntuoso, orgulloso, arrogante, altivo, delante del cadáver de un indefenso e inocente elefante abatido, y con el triste recuerdo del espectáculo de Urdangarin&Corporation LTD, he sentido la necesidad imperiosa de gritar aquello de: ¡¡Viva la República!!

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