jueves, 19 de abril de 2012

Yon y una recorrida “histórica”

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nada hacía presagiar el futuro. Sobre todo cuando estamos a punto de pisar otro año. Es más, uno supone, equivocadamente, que se merece cierto descanso, aunque sea por error. Nada de eso ocurre. Postales de las cortesías que se siguen para despedir el año. Lo cierto es que en épocas de sequía, como estas, cada invitación acrecienta su valor, aunque el cuerpo diga basta. Un asco total.

Yon propuso, inocente, saludar “unos amigos”. No se de quién ni de que. El Alfa comía, voraz, no sólo combustible. Las distancias, motivos diversos y dispersos, viajaban rápidos rumbo a la memoria, cada vez más lerda para dar “enter”.

Tragos y sitios se convirtieron en ruta epiléptica que zigzagueaba intermitente, como luciérnaga borracha de luz.

Recorrimos cada patio de cada villa y sus personajes, los que mandan y los que escuchan. Personajes. Perejiles del poder. Personeros. Gente dura y pesada. También ignotos pasajeros de la acción subterránea, que nunca es noticia y cambia no sólo escenarios sino también gobiernos.

Agentes del desorden ocupados en cometer delitos. Esta vez de franco, para tranquilidad de otros. Agotamos bares, copas, “picadas”, sin solución de continuidad. Fuimos plurales, es cierto. Nos tomamos todo. Lustramos, con los codos, mesas en los bares y restaurantes; nuestros pantalones comenzaron a brillar, sospechosamente.

En una de esas detenciones “informales”, se nos apareció el último remisero, relevo de Chaco Chico, aquel que perdió un auto y el laburo.

- Ese que viene ahí es el mortero de Rufino -, me sopló al oído Yon, en tanto cambiaba sigilosas impresiones que, de madrugada, no suelen ser de buen augurio.

- En Itati, Bologna y… me pararon cuatro tipos. Bien vestidos. Parecían pastores domiciliarios. Me llevaron hasta una cortada de esas de tierra donde no se puede ni girar. Dos se fueron y dos se quedaron conmigo. Con una 9mm en la mano cada uno. Se fueron de gira a “chorear”.

Menos mal que les fue bien. Las placas del Renault 9 fueron prolijamente dobladas, para que nadie las lea. Me lo devolvieron, en la puerta misma del galpón donde guardan- detalló el mortero.

- ¿Y después? – preguntó el vasco.

- Lo empuje tres cuadras, porque cuando me pararon me preguntaron por el lower, si les llegaba a decir que no, era boleta. Un matrimonio, grande, me abrió una verja y pude acomodarlo, llamar y hacer la denuncia –

- ¿Cómo te fue? – se repitió Yon

- Me parece que bien, uno de ellos se olvidó un sobre que leí, pero como no entiendo nada, supuse que era bueno para vos y si le podés sacar algún “grullo”, mal no me vendría – fue su comentario que hizo titilar la mirada celeste del vasco.

Al vasco no le gustan ni las sugerencias y mucho menos las gerencias, sobre todo si se las quieren imponer. Para mal de males, en aquel final de 2001, año caro para la vida nuestra y del resto de los argentinos que la pasaban mal, su ánimo no era afable – para ser moderadamente educado. No obstante y sin saber porque consideración que no cotiza en bolsa, decidió echar una mirada al supuesto documento que portaba el insufrible sobre marrón lleno de banderitas. Azules, rojas y estrellitas que no hacían suponer otra cosa que “la embajada”, con minúscula andaba interesada en trastocar alguna certeza.

Para hacerlo cierto, el mortero, Yon y yo, tuvimos que apearnos del Alfa en un paraje desconocido, tétrico para la hora cuando los gatos ni siquiera son pardos y entramos en un bodegón “Susi” que dejaba mucho que desear. En realidad no quedaba nada por desear y en ese rincón deshabitado del satélite porque decir planeta era casi ambicioso, calle tapizada de agujeros, una cortina de plástico para acceder, poca luz, poca gente, calaña dudosa, alguna cara pintada, con las disculpas de Rico, el vasco señaló sin que le tiemble el índice una botella perdida en el estante de Royal Comand que por ese entonces sobrevivía, seguro que porque nadie sabía que contenía. Los vasos no eran de whisky pero a esa hora y lugar, “segual”.

Bebimos, no cabía otra, picamos unas papas fritas extraídas de una bolsa de hule, para salar lo insalable y esperar el veredicto de Yon que parecía la mirada de Robespierre. – este no corro del Fernando -, musitó luego de leer de leer una larga parrafada.

Mi estomago comenzó a criquear porque deduje con certeza que el siguiente lector era yo destinatario arbitrario, pese a la rima, porque nada más lejos de mi voluntad, agregué hielo por las dudas y sembré el pánico con la soda proveniente de un modesto sifón azul y capuchón rojo, preventivamente aportado por “Susi”, la dueña del lugar. Yon me derivó el sobre y ordenó como si supiera, - tres platos de locro – en realidad estaba muy bueno para esa hora, cuando desfallecía el más valiente. Me dije veamos, total nada se pierde y algo se transforma, tanto como suponer que dentro de poco veremos novedades para las Américas, como gustan decir ciertos personajes inmutables, dicho con la respetable minúscula.

ARGENTINOS EN LA FUNDACION DE LA PRIMERA MINI REPUBLICA CARIBEÑA (1)

“Hacia fines de 1817, 185 años atrás, un grupo de argentinos de cuyo paso hoy se guardan importantes recuerdos en la región, participó de un modo u otro en la creación del primer mini estado que floreció en el Caribe, la República de Amelia, cuya existencia tuvo final, después de 179 días, por la ocupación dispuesta por el presidente estadounidense James Monroe.

Amelia, isla española próxima a la península de Florida, sobre la que flamearon durante ese período la bandera venezolana primero y mexicana luego, fue escenario de una breve aventura de escaso conocimiento público.

Se experimentaron entonces las formas republicanas de división del estado en tres poderes, con una Carta Magna moderna para la época y en la que imperaba el propósito poco modesto de invadir la propia Florida, también española.

De los tres argentinos que tuvieron que ver con la creación de la efímera mini república caribeña, anticipatoria de las que en la actualidad existen, el más conocido, seguramente, pero a través de un hecho amoroso, fue el capitán Martín Jacobo Thompson, marido de la más célebre Margarita Sánchez de Thompson, en cuya casa se tocó por primera vez el Himno nacional.

Otro, ya menos publicitado, fue Vicente Pazos Silva, quien con Mariano Moreno compartió la redacción del periódico "La Gazeta" de Buenos Aires un tiempo antes y que, durante la gestión patriota en Amelia, también se encargó de la hoja que circuló en la isla editada por el gobierno independentista. Aunque no hay datos precisos, todo indica, por las características, que la publicación fue de su autoría.

Por último, no se puede olvidar la presencia de Manuel Hermenegildo de Aguirre, un reiterado armador de corsarios argentinos que tuvieron a mal traer al decadente imperio de España en la América Latina, quien se desempeñaba por aquellos tiempos en los Estados Unidos de América, cuyo primer mandatario fue James Madison, ante cuyo gobierno actuaba como cónsul de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Pero también intervino en esos hechos el capitán Luis Aury, un francés que terminó siendo argentino por opción y que, sin brillar a la altura de su compatriota Hypólito Bouchard en el terreno lato de las armas, dejó rastros indelebles en toda América Central, tal como ocurrirá de resultas de otra de sus aventuras, posterior a la de Amelia, y por cuya causa la bandera argentina celeste y blanca, detalles más, detalles menos, hoy flamea en toda la región.

A fines de 1816, Monroe, el de la célebre doctrina, pasó a ser el presidente estadounidense en reemplazo de Madison, de quien fue secretario de Estado, pero más allá de su proclamada "América para los americanos" modificó las posturas de su antecesor de facilitar la acción de los revolucionarios de las colonias españolas tras un acuerdo que le permitiera adquirir al monarca ibérico Fernando VII la península de la Florida, lo que ocurrió en 1821.

La invasión de Amelia, su ocupación, la creación de la pequeña república caribeña y el frustrado intento de ocupar Florida surgió de una reunión en Filadelfia, primera capital de EEUU, entre cuyos asistentes se contaron Lino de Clemente y Pedro Gual, venezolano y mexicano, respectivamente, y el argentino Thompson, quienes dieron una carta de ciudadanía americana al escocés Gregor Mac Gregor por los méritos hechos en favor de la causa de la libertad.

Mediante el acuerdo suscripto con Mac Gregor se autorizó a ese marino a armarse en corso en representación de la causa de América Latina, cosa que, de hecho, carecía de toda validez ya que ninguno de ellos, por causas diversas, carecía del respaldo de sus países: el Libertador Simón Bolívar tenía antipatías por el escocés y Thompson contravenía la ambigua política exterior argentina, que buscaba acuerdos con Fernando VII, mientras México no era libre.

Una suscripción concretada entre oriundos de América Latina le permitió a Mac Gregor conseguir los fondos necesarios para alentar la operación y así partió hacia Europa de donde regresó con más de 600 mercenarios y, a su regreso, amplió la cantidad de reclutas en Charleston y Savanah, lo cual motivó los reclamos del embajador de España en Washington, Luis de Onis, ante el riesgo de éxito de una aventura que apuntaba a la misma Florida.

Con los nuevos reclutas, y al frente de una fuerza, por cierto respetable, Mac Gregor pudo ocupar Fernandina, capital de la isla y así en junio de 1817 Amelia quedó bajo su control. Sorpresa de por medio, el gobierno de EEUU se encontró con tales patriotas y aventureros concretando algo en lo que no había creído ni de lejos el secretario de Estado, Richard Rush, cuando le dio su acuerdo al escocés, como 165 años después el Pentágono se equivocó al decir a Leopoldo Galtieri que ocupar las Malvinas era posible.

Mientras, Aury, que desde los 22 años navegaba en corso por el Caribe y que a la sazón contaba con 29, por razones que permanecen ignoradas, asumió el mando de la isla en septiembre, aureolado por algunas de sus acciones, como el rol que jugó cuando Bolívar debió evacuar Cartagena de Indias, luego de lo cual mantuvo vínculos con el futuro Libertador cuando éste, exiliado en Haití, y con el aval financiero del gobierno del Estado negro, se preparaba para atacar nuevamente a los españoles en el continente.

La toma del mando de la isla por parte de Aury generó no pocas resistencias por parte de los estadounidenses inicialmente sumados a Mac Gregor, sin que faltara alguna ejecución, pero sin perder el tiempo, Aury con Gual y Pazos Silva avanzaron en la implementación de fórmulas de gobierno y así el 16 de noviembre se convocó a unos comicios que se concretaron apenas tres días más tarde, cuando por el voto de los que al menos llevaban 15 días como residentes de la isla, se eligieron los constituyentes.

Las sesiones de la Asamblea Constituyente comenzaron el primer día de diciembre y duraron ocho días, tras las cuales se conoció y comenzó a aplicarse una Carta Magna que fijó la existencia de tres poderes, según el esquema surgido de la Revolución Francesa con el agregado de un Consejo de Estado.

Esta Constitución sirvió luego, sin cambios, para otro estado, también de la región, que tuvo como jefe al mismo Aury, ya con más relaciones con las Provincias Unidas del Río de la Plata.

En ese momento el nuevo secretario de Estado de Monroe, John Quincy Adams, encargó al futuro presidente, Andrew Jackson, llevar adelante una nueva ocupación de Amelia, esta vez para desalojar la presencia de los corsarios que obstruían sus negociaciones con los españoles, porque, al final, era "América para los americanos", pero con las reservas del caso, como se sigue practicando.

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