miércoles, 23 de mayo de 2012

AMLO: ¿Emisario del futuro?

Juan Gaudenzi (Desde Durango, México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Difícilmente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el candidato de la izquierda mexicana (reformista), gane las elecciones presidenciales del próximo 1 de julio.
La victoria ya le fue arrebata en el 2006 y seis años después, pese a que México continúa cuesta abajo en materia de pobreza, desempleo, violencia (alrededor de 60 mil muertos, según datos oficiales, durante el gobierno de Felipe Calderón), corrupción, crisis del campo y atraso educativo, entre muchos otros males, la mayoría del electorado no ha logrado aún escapar de los grilletes y las farsas político-culturales impuestos por la “triple alianza” Washington-capital financiero-medios de comunicación.
Sin embargo, como ya lo hicieron en otros países de América Latina (Venezuela, por ejemplo) los poderes fácticos están apostado, a mediano plazo, a perdedor. A perder toda la mano porque su rapacidad y miopía les impide actualmente ceder ni siquiera una uña.
No perciben que la sociedad mexicana está cambiando. AMLO tan vez nunca llegue a la Presidencia porque, pese a seguir la estrategia de Lula, en Brasil, para evitar el veto de los poderosos, su misión es otra: ser portador de la nueva buena; ser la máxima representación de esa voluntad de cambio; profundizarla y darle una perspectiva.
La futura clase dirigente de México, en lo político e intelectual, es decir los jóvenes estudiantes de los principales centros académicos del país –entre los mejores de América Latina– lo apoyan masivamente, como acaban de demostrarlo en la Universidad Iberoamericana (jesuita) al repudiar la presencia de su principal adversario, el priista Enrique Peña Nieto, y en el reciente simulacro electoral en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) donde ganó con más de un 80 por ciento de los sufragios.
En el caso de la “Ibero” no porque sus estudiantes sean izquierdistas (ni nada parecido). Sino porque, como se encuentran entre los pocos mexicanos que conocen en profundidad lo que ocurre en otras partes del mundo (Argentina; la victoria de la social-democracia en Francia; las movilizaciones contra el neo-liberalismo en casi toda Europa; el nivel de industrialización, de conocimientos y de vida, la protección del medio ambiente y los derechos humanos en naciones con menores recursos naturales que México, sin su bagaje histórico-cultural ni su enorme potencial) se sienten profundamente avergonzados de su propio país. De la desigualdad social, el analfabetismo, la exclusión y el atraso general; la miseria de campesinos e indígenas; la proliferación de mano de obra para el narcotráfico y el “sicariato” entre jóvenes que no encuentran (porque no tienen) otra salida. De los extraordinarios niveles de corrupción e impunidad. De la espeluznante herencia que han recibido especialmente de los últimos gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Y del rotundo fracaso de la esperanzadora transición encabezada por el derechista Partido de Acción Nacional (PAN).
Pero la vergüenza no es una virtud exclusiva de los jóvenes. Ni la necesidad de un profundo cambio un deseo únicamente de quienes llegarán a verlo. También entre algunos miembros de la actual elite económica –sobre todo entre los grandes industriales que producen para el mercado interno– se ha despertado y desarrollado una conciencia en contra del “statu quo”. ¿Acaso no ha llegado el momento de iniciar un auténtico desarrollo social que, en última instancia, redundaría en bien de nuestros negocios? se preguntan. ¿La creación de riqueza y una mejor distribución no beneficiaría al país y a nosotros mismos? ¿Hasta cuándo seguiremos exportando productos maquilados (ensamblados) con maquinaria y tecnología importada? ¿Por qué con el enorme potencial de nuestros campos nos hemos convertido en importadores netos de alimentos? ¿Por qué no refinamos nuestro propio petróleo? ¿Por qué no destinamos las enormes utilidades de Pemex al desarrollo de un gran sector petroquímico? También parecerían haberse cansado de pagar “comisiones”; de la extorsión y el chantaje. ¿Por qué los impuestos que pagamos (después de las consuetudinarios “recortes”) sólo sirven para alimentar una burocracia corrupta y no se destinan a verdaderos programas sociales que, más allá del rótulo, nos permitan salir de nuestras fortalezas sin riesgo de vida?
Aún a sabiendas de que AMLO no ganará, quienes así reflexionan, después de haberse convencido de que, como Lula, su ideario y programa no tiene nada que ver con una revolución social, también lo apoyan. Y no sólo con abrazos y aplausos.
Tal vez sea cierto que piensan en sus hijos y en sus nietos.

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