jueves, 31 de mayo de 2012

Carta abierta a marta Isabel Hincapié, directora del cortometraje colombiano “Los demonios sueltos”

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Promoción: http://www.youtube.com/watch?v=dLZroNWo4eQ

Película: http://www.youtube.com/watch?v=QOawg2G8Yz0

¡Silencio! Vamos a entrar en la intimidad de un alma.

Querida Marta:

¡Nunca pensé que me demoraría tanto para ver la película que hiciste sobre tu mamá!

La tenía ahí, en mi agenda, siempre dispuesto a hacerlo; pero, una u otra cosa se me atravesaban, sin que pudiera aplicarme a la realización de mi deseo de mirar la cinta con los ojos bien abiertos; aproveché que el jueves pasado, día de las Letras Gallegas, que es festivo en toda la comunidad, que fala o galego, para disponerme a hacerlo.

Me interesaba particularmente porque he tenido una relación demasiado tangencial con tu madre, con quien sólo crucé unas breves palabras el día que presentabas la película sobre los inmigrantes en Catalunya, y de quien la emérita malarióloga colombiana, Silvia Blair, además mi amiga del alma, hace años, en alguna conversación que tuvimos me dijo:

- La mujer más inteligente que conozco es María Teresa Uribe.

Entonces tuve que preguntarle quién era; ni siquiera la había oído mentar y me contó que era una investigadora sobre la violencia en Colombia, muy querida por su hermana Elsa Blair, otra profundizadora tenaz, desde el campo de la sociología, de ese profundo malestar en la cultura que han dejado los inquietantes demonios que andan sueltos en Colombia, los cuales marcaron el proyecto existencial de tu madre, quien desde una forma sublime se ha acercado a un fenómeno tan grotesco y doloroso, que debería de llenarnos de vergüenza a todos los colombianos, así la violencia sea inherente a la condición humana, como un asunto que cada uno debe tramitar en su interior, para poder tomar una posición frente a ella, que en unos casos será la actuación casi refleja, al estilo del Zarco, ese personaje inolvidable de La vendedora de rosas, como único medio para sobrevivir en una sociedad salvaje, o el caso de tu progenitora que la piensa y la repiensa para encontrar soluciones frente a los desastres que la pulsión tanática provoca en el seno de la cultura.

Arturo Cova, el protagonista de La vorágine, esa excelente novela de José Eustasio Rivera, declaraba al principio de esa magna obra de la literatura colombiana: - Antes de que me hubiese apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.

En el caso de tu mamá, pareciera ser que otra hubiese sido la circunstancia, que antes de que se hubiese apasionado por hombre alguno, más allá del tierno amor agradecido a un padre protector y a un abuelo héroe - en el mejor estilo del Coronel Nicolás Márquez Mejía, el abuelo de nuestro entrañable Gabito - lo azaroso de la violencia se ganó el corazón y la mente de una niña de siete años, para convertirse en un enigma por desentrañar, que es lo que tú nos presentas en la película que haces sobre tu madre, aunque no sea todo sobre tu madre sino apenas el comienzo de un viaje iniciático. De tal forma, que esa nena sí que supo qué hacer con ese trauma, convertido en obsesión y en indagación científica.

El epígrafe de la cinta, con los versos de Emily Dickinson:

Muchas veces pensé que era llegada
la paz, cuando la paz estaba lejos,
así como los náufragos en el centro del mar
piensan que ven la tierra.
Y amainan el esfuerzo, sólo para encontrarse
tan lejos como yo de la esperanza.
Cuántas ficticias playas
Hay antes de llegar a la vida.

con estos versos, acompasados por el doblar de las campanas y el trinar matinal de los pajaritos, al repuntar el día, pude intuir que ibas a darnos una mirada distinta de la violencia y cuando, entre las ramas, nos introdujiste en el dormitorio de tu madre, me dije una frase, que no recuerdo a qué autor le leí, quizás a Thomas Mann, quien empezaba un relato diciendo:

- ¡Silencio! Vamos a entrar en la intimidad de un alma.

Ya estaba yo ahí frente al plato de cereales, junto a las pantuflas y los queridos libros de la habitación propia de tu madre, como si entráramos, a través de la ventana, casi en compañía de esas tórtolas, mensajeras de paz, a una de las piezas del apartamento florentino o la mansión de Amherst, donde tejieron sus poemas esas dos mujeres célebres, Elizabeth Barrett Browning y Emily Dickinson, para asistir a la mirada reflexiva que se desliza por la primera plana de un periódico, quizás con titulares acerca de una violencia que estalla en la paz íntima de la alcoba personal, como un ruido en sordina, como los bichos y las alimañas, que vienen a romper una paz soñada, en los puntos de unión de las secuencias fílmicas. Esos ojos maternos que no sin un deje melancólico retumban en el alma de quienes somos sensibles al dolor de la humanidad, siempre incomparable, con los pequeños dolores que nos acompañan en nuestro trajín cotidiano.

Los ojos melancólicos de tu madrecita, parecían degustar una tristeza reflexiva y serena, de quien ha mirado el mundo con los ojos bien abiertos, entremezclada con el humo de deliciosos cigarrillos, para irse tras los espejismos del recuerdo, a la manera de Marcel Proust, en busca de un tiempo perdido, pero siempre vigente, en medio de un eterno presente.

No estábamos entonces ante un vulgar biopic televisivo, sino ante una lírica y artística película biográfica, que me llevaba -al menos a mí- a aquellos paseos en las fincas antioqueñas de mi infancia, con todo lo naïf, que puede haber en ellas, al compás de una cajita música, evocadora de las ternezas infantiles, que pareciera cantar el happy birthday de una mujer tan ilustre, como María Teresa Uribe, justo en ese momento, en el que el catecismo de Astete, nos decía que adquiríamos el uso de la razón, y encontrarnos con esas huellas mnémicas, esos engramas, que almacenan los recuerdos más profundos, como el vínculo con un padre admirable, tu abuelo, Eduardo Uribe, un sabio clínico, quien al pie de la cama de sus pacientes, prodigaba su amor, en una entrega que la medicina contemporánea ha olvidado, aún en el campo que debería ser más humanitario, el de mi especialidad, la psiquiatría, lo que lleva a gritar:

- ¡Qué se hicieron los maravillosos doctores de antaño!

Y así con esa herencia sabia, transgeneracional, nos llevas con tu madre a recrear el acontecimiento, a través de las montañas paisas, para llegar donde una bisabuela, que bien pudiera recordarnos a la Úrsula Iguarán, como si fuera una de esas mamás grandes, que pueblan el territorio colombiano, campo donde han florecido más de cien años de soledad y de desgarramiento por la violencia; bien sabemos, Martica, que no todo empezó en 1948, con la muerte de Gaitán, sino que hay una historia con un montón de guerras civiles en el siglo XIX, que se adentra en el XX, bajo los cañonazos de la llamada Guerra de los Mil Días, como si la Patria Boba hubiera entontado para siempre al país, con el cuento de mantener a toda costa una beligerancia cruenta, como digo yo, con una música que se repite con distintas letras, que nos condena a continuar viviendo no sólo cien años de soledad sino a la eterna repetición de lo mismo, entre vorágines, hojarascas y rastrojos, siempre salpicados de sangre y tan rastreros como ellos mismos.

Pero son encantadores, tus paseos de cámara, gracias a la magia de la fotografía de Manel Dalmau y Santiago Herrera; en esos, en los que detienes la narración para trasladarnos de una a otra secuencia de la cinta, a través del humo del que supongo es un oloroso cigarrillo o fotografías casi abstractas, para llevarnos a través de los tejados, cubiertos por la pátina del tiempo, por esos techos, que me permiten evocar mis vivencias en los pueblos antioqueños, donde suelen reaparecer los bichos, que supongo has colocado como símbolos de la violencia, tan feroz en la realidad, pero que en el relato de tu madre y el tuyo propio, apenas aparece como un asunto aludido, largamente elaborado, bajo el influjo próvido de un Paul Ricœur, quien nos enseña que la narración argumentada y asumida como una mimesis, como imitación creadora, no se queda circunscrita a ser una simple reproducción, más o menos fiel, de los hechos, sino que hace que por medio de la metáfora y el relato mismo se logre una transformación, a través del pensamiento y del lenguaje, para aportar nuevos sentidos a la representación de la realidad material, lo que tributa novedades al acontecimiento, y puede reorientar acciones en el oyente, lector o espectador, como quieras llamar al receptor del mensaje.

Y estoy seguro de que ello tendrá efectos en el mundo de la vida real, de la experiencia, al conducirnos a nuevas reflexiones filosóficas, tanto éticas como políticas, que atraviesen como hilos cruzados, las redes culturales y simbólicas y nos ubiquen en un contexto histórico y social, para ver el pasado desde el presente, en procura de un futuro distinto; de tal modo que esos relatos que hacen a la Historia con mayúscula, como pequeñas historias, se conviertan en instrumentos de análisis y comprensión, que nos permitan lanzarnos en nuevos proyectos transformadores, donde la crítica del pasado se transforme en posibilidades de superación del presente, como bien lo señalara el historiador catalán, Josep Fontana, en su libro La historia de los hombres.

Y así, al compas del péndulo del tiempo, tu mamá une las ideas de sus recuerdos al sentimiento del horror que produce la impiedad, como la que sonaba cuando el eco de los vientos de una guerra parecían llegar a los campos de Uramita, un conflicto bélico, tan macuenco, en el que más de un cadáver descuartizado aparecería entre la maleza, mientras se ponía al orden del día, el aplanchamiento, el planazo, castigo que se daba con la hoja plana del acerado machete, como parte de una estrategia reaccionaria de persecución a los liberales, por parte del gobierno conservador de entonces, por lo que las víctimas pensaban que era necesario buscar apoyo en las autoridades de su partido para conseguir armas, con las cuales defenderse y no dejarse matar, así no más, como conejos de monte, sin pensar que podían meterse en una guerra de consecuencias impredecibles, aunque otros, como tu abuelo, el doctor Eduardo Uribe pensaban que la violencia no tenía sentido, para que, finalmente, un gran desastre se cerniera sobre todo el país, a pesar de la marcha del silencio de Jorge Eliécer Gaitán, quien se convertiría en el florero de Llorente que desencadenaría esa terrible guerra civil, no declarada, que haría que toda la nación ardiera en llamas, cuando tu mamá contaba tan sólo con ocho años, enfrentada con un pan duro de roer para los colombianos, pero sobre todo para una nena que apenas empezaba a incursión por los primeros días de la edad de la razón, como nos decía el padre Astete y se encontraba con la sinrazón del mundo adulto que la rodeaba, en un contexto en el que se condenaba a la muerte, al exilio o el desplazamiento, a quien pensara distinto, mientras la violencia, como un río embravecido inundaba los campos de aquella Colombia, que Rubén Daría como una tierra de leones, pero ahora su cielo podría ser ya más su oriflama, pues lo único que ondeaba en el ambiente eran las llamas de las casas incendiadas de los campesinos, a cuyo lado quedaban cadáveres a los que habían hecho los cortes de franela, de corbata o de florero, o agonizantes desesperados – como me contaban en Concordia, Antioquia, cuando hice la medicatura rural – porque dentro del vientre les habían metido una gallina viva para que los picoteara por dentro, apresada por las suturas con cabuya que hacían en el abdomen del moribundo, los vándalos asesinos, un horror de horrores, más allá de lo que leíamos en las novelas de terror, al decir de tu madrecita, perteneciente a una estirpe de soñadores liberales, perseguidos por los “pájaros” de la violencia colombiana, como si hicieran parte de una verdadera “chusma”, bajo la bendición del Sagrado Corazón y la doctrina laureanista, que se ponía las camisas azules del Generalísimo Franco, para sentirse fieles a un ideal, por encima de todo.

- Es cuestión de principios. – nos diría el cínico León María Lozano de Cóndores no entierran todos los días.

De esa forma dogmática y fanática, pretendían, extirpar todo aquello que brillase con un rojo rutilante para teñir el país de un intenso azul de Prusia y hacer doblar las campanas como en la España del joven Hemingway, sin preguntarse por quién lo hacían, ni importarles el carmesí de la sangre que derramaban.

Afortunadamente tu mamá supo qué hacer con el conflicto que le venía del mundo de afuera, sin frenar su capacidad de reflexión, para poder pensar lo impensado, quizás lo impensable, y tratar de indagar qué originó tanta violencia y comprender qué demonios, de repente, se soltaron para hacer de nuestra Colombia un calvario, a pesar de los consejos de un padre interno, quien, en sueños, le proscribiera que avanzará en la investigación; sin embargo, la desobediente terminó por no hacer caso de esa angustia señal, ni abandonaría la misión de la indagación, que asumiría con absoluta valentía, como si supiese que el valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que puede pensar el peligro, medirlo y usar estrategias para sortearlo y, si no, morir como un héroe, sin dejar de transitar por el camino propuesto, a diferencia del arrogante que se lanza sin pensar, movido por una potencia tanática, tal vez para no caer en la melancolía y en la depresión, cosa que no pasa a los valientes cargados de erotismo, que se hace del lado del Amor, en contraposición con la odiosa violencia del gigantesco mensajero de la muerte.

Así con el transcurrir de la mañana hacia la noche, oí la voz de tu mamá, en absoluto, silencio, con mis hipertrofiadas orejas de psicoanalista pero bajo el imperativo de esa frase que atribuyo a Thomas Mann: ¡Silencio! Vamos a entrar en la intimidad de un alma.

Un espíritu cercano al de esa Hannah Arendt, quien protestaba frente a los que creían que era una filósofa, diciendo que ella no pertenecía a ese círculo, ya que su profesión es la teoría política, al no ser mujeres que filosofan sino que actúan, ambas pertenecientes a una estirpe liberal, ambas movidas por el deseo de comprender desde muy pronto cosas que, quizás, nunca debieron permitirse, si nos importa el mundo, entendido como espacio en el que se vuelven públicas las cosas, como espacio que habitamos, en el que todo lo posible aparece, al que deben ser invitados los poetas y otros personajes, para que todos podamos participar de él, sin ser arrojados contra nosotros mismos ni contra los demás, ya que, como decía Karl Jaspers, la humanidad personal nunca se alcanza en soledad sino cuando uno se aventura en el dominio público, al exponerse a la luz pública, como personas, en cada acción que expresa la personalidad misma del sujeto, como al hablar, que es una forma de acción, al introducirnos en una malla de relaciones, que no sabemos a dónde puedan conducirnos, que en eso mismo es, precisamente, en lo que radica la aventura, la cual requiere una cierta confianza en lo humano de los seres humanos, valga la redundancia.

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