miércoles, 23 de mayo de 2012

Cine: La vida, según Terrence Malick

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburg, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El enigmático y al parecer único retrato de Terrence Malick mostrado en las últimas ceremonias del Óscar en que fue nominado lo presenta como un hombre efectivamente solitario y alejado de todo mundanal ruido. De esa urbe posmoderna, de acero y cemento que parece acongojarlo y a la cual el cineasta sólo se acerca con pinzas para mostrarnos su frialdad y su nuclear falta de existencia. Así ocurre en “El árbol de la vida”, premiada en Cannes el año pasado, y que sólo por estos meses llega a América Latina. Malick vuelve a ser en esta película, sólo que quizá un poco más intenso, el poeta y el artista de “El nuevo mundo” y el autor que cargaba de lirismo el ascenso a una montaña en una batalla de la Segunda Guerra Mundial, como ocurría en la magistral “La delgada línea roja”.


Malick ama su propio equilibrio, la fuerza de sus tomas, los encuadres que van de un lado a otro en la cámara en mano y convierte en una alegre y prístina primavera de los sentidos la celebración de aquellos niños y su hermosa madre cuando el férreo padre encarnado por Brad Pitt deja el hogar temporalmente por un viaje. Estas escenas culminantes pertenecen a “El árbol de la vida” cuya apertura y final remiten por supuesto al Kubrick más metódico y cerebral de “2001: Odisea en el espacio”. En ambos casos, estos cineastas enigmáticos, solipsistas, incomprendidos y huraños muestran y demuestran el trabajo que el cine, como un arte de avanzada y de permanente experimentación, les permite realizar. La poderosa alegoría bíblica en Malick remite a otros referentes enjundiosos del cine clásico como la propia “Ciudadano Kane” o, por qué no, “La diligencia”. Como en aquellas obras maestras, en “El árbol de la vida” Malick no sólo se plantea la interrogante eterna e insoluble de la existencia, de los ascensos y caídas, de las luchas fratricidas, de los vencedores y vencidos, sino que recupera con una enorme potencia cinética, acompañada de piezas de música clásica, instantes que ya hemos visto recreados en el pasado por un Kurosawa en sus sabias epopeyas o por un Antonioni al cual igualmente lo asombraba con dolor el apogeo del capitalismo industrial.


Con “Bad Lands” y luego la hermosa “Days of Heaven”, ambas rodadas en los años 70, Malick había dado inicio a una carrera de infrecuentes entregas, a veces demasiados años separan a una obra de otra en su escueta filmografía. En aquellas iniciales aventuras, en las que se veía a Martin Sheen, Sissy Spacek o Richard Gere, Malick ya esgrimía argumentos contundentes, deconstruía el mundo a su manera, le encontraba sentido a su protesta. Eran filmes iniciáticos, películas que, también ellas, se acercaban a un lirismo de dimensiones mayores. No cabe duda que este intenso director que es Terrence Malick trabaja con detalle y paciencia, como si imaginara por mucho tiempo lo que realmente desea que la cámara deje registrado para la posteridad.


La realidad en Malick es un fuerte desafío pero también un punto de partida desde el cual inicia un camino de críticas e introspecciones, a cada cual más polisémica o misteriosa. En las imágenes de sus películas hallamos resonancias de redenciones universales, no en vano “El árbol de la vida” se inicia con una cita del Libro de Job. Como siguiendo estas coordenadas, Malick va descubriendo el duro camino de la existencia, se concentra en el nacimiento y la formación de una familia en Texas en la década de los años 50. Malick se asume como un narrador nato, pero ya antes sabemos que está el poeta, el que sabe resumir en vibrantes y delicadas escenas el propio origen del planeta y el que nos sabe dar las claves de cómo ese “árbol de la vida” se puede corromper. Y es allí cuando surgen las imágenes contemporáneas de un megacentro financiero, como tantos de los que muestra hoy el mundo globalizado, en el cual Sean Penn ni siquiera puede reflexionar con calma, no puede atinar a casi nada.

Ya “La delgada línea roja” nos había demostrado hace unos años que así como lírico y narrativo, Malick era también el autor de vibrantes epopeyas. Aquella película lo trajo de vuelta indiscutiblemente al mundo del cine y el reparto estelar con el que contaba así como la cantidad de escenas que formaban la historia nos daban idea de la intención de su autor: convertir a sus películas en universos propios, autónomos, autosuficientes, que siempre fueran expresivos y cuestionadores, que se reprodujeran aún más allá de la proyección de la obra y dejaran una enorme huella.


Ocurrió también con “El nuevo mundo” y la historia de Pocahontas en una América por descubrir, llena del hambre y la sed de los conquistadores. Minucioso y hábil, Malick nos hablaba con este filme de otro descubrimiento paralelo: el de la joven mujer nativa que trascendería sus propios escenarios.

Ahora, de vuelta a la dirección, con esta película extraordinaria y llamada a conquistar conciencias y públicos exigentes que es “El árbol de la vida”, Malick parece cerrar un ciclo, el de las obras acabadas, donde acaso no queda nada más por decir y agregar. Con su impronta de sesudo y perspicaz observador y recurriendo a otras artes, como la pintura que nos ofrece los girasoles a la manera del propio Van Gogh, Malick nos hace despertar, nos dice que hay, efectivamente, un más allá, la necesidad de expresarse con silencios o con toda una polifonía que convoca desde lo más extraño y lejano hasta lo más urgente y palpable. “El árbol de la vida” es el cierre de un primer ciclo en Terrence Malick, y es, también, una película vistosa y duradera, de largo aliento, de preguntas, de inquietudes, de dilemas. En fin, una forma de hacer cine que sólo le está reservada a los grandes maestros.

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