jueves, 3 de mayo de 2012

Documento histórico: 18 marzo 1981 - Chantaje de la corona

Víctor Ramírez (Desde Canarias. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Me imagino que a pocos dejarían indiferentes los sucesos y versiones y actitudes acaecidos antes del golpe militar, durante el golpe militar y tras el golpe militar del 23F. Digo bien: golpe militar, y no intentona de golpe o golpe frustrado.

Por supuesto, parto de la base de que Corona no se reduce a rey, reina, hijos y demás familia, al igual que caudillazgo no se había limitado a Caudillo en exclusiva. Ambas nominaciones, a poco análisis que se haga, resultan las simples tapaderas de esas bien hilvanadas clases, pocas y a su vez subyugadas, que dominan este parece que maldecido país.

Uno tiene la desanimadora fortuna de pensar, elucubrar, leer y dejar luego, ahíto, de leer, mirar y cerrar los ojos, de abrir los labios para hablar y cerrarlos para guardar, una vez más, silencio.

Uno tiene la desanimadora fortuna de no tener que simular su odio a la vida y a la libertad en mal llamado amor a patria, bandera o determinada actitud política de sojuzgamiento.

Uno se reduce, con el alma desnuda y sin callos y desarmada, a intentar respetar al hombre y lo humano, a intentar que cuantos nos rodean sean menos infelices, más menos humillados en sus ignorancias y cobardías obligadas.

Pobre de mí, uno todavía mantiene la fe en la palabra. El inocente, totalmente indefenso, la emplea sin otro fin que el obligado derecho a emplearla por dignidad, por deseos de sentirse todavía humano, apenas humano, y ansioso, a su pesar, de una libertad seria, sin sucedáneo, sin (seguían renglones tachados, cinco, totalmente ilegibles)

La hipocresía, sabemos, carece de límites, de fondo. Y uno asistía dolido a la mascarada del reforzamiento de un sistema mediante el chantaje más burdo y por consiguiente más coherente: el acogotamiento pleno de un pueblo ya acogotado con el sanguinario fantasma de un golpe militar, cuyas secuelas todos imaginamos, con cuyas secuelas tanto se esfuerzan en amedrentarnos ya amedrentados.

Ahora Corona es mejor porque, si no fuera por ella, se suelta a la bestia que mata o esclaviza más aún. Ahora todos, si no pecamos de ingratos, habremos de ser o monárquicos o esclavos de más sanguinarios salvadores de patrias. Y sin término medio.

Incluso creídas mentes preclaras de la izquierda desdentada vuelven a letanizar que el dilema es democracia o dictadura, entendiendo por democracia a Corona manteniendo a raya al golpista fiero pero vivo y bien cobrado y vivido.

Basta con recapacitar apenitas sobre lo acontecido, basta con pensar y repensar quedito lo observado, oído, entreleído y supuesto e imaginado.

Basta con eso y preguntar quiénes ganaron o continuaron ganando con esa tragicomedia bufa en la cual se nos volvió a recordar de qué lado están los matadores engallados y de cuál los indefensos defensores de la vida y del hombre a secas y sin engallamientos, atónitos, ven (seguían renglones, tres, muy bien tachados, totalmente ilegibles).

Si esto no está claro, es porque quedamos inexorablemente ciegos o nos han obligado nuestras ignorancias y cobardías a enceguecer. Si esto no está claro, malditamente claro, es que, sin remedio, aceptaremos una vez más el sacrificio de admitir la dominación inapelable como dogma de vida en muerte moral.

No, juro que uno no quiere provocar, que uno está acobardado hasta lo increíble, que uno ya perdió el orgullo, que uno se quedó sin esa patria en que creía cuando pensaba que la libertad y la honradez podían verse alguna vez juntas.

Ya uno es puro miedo cercado de agua y desesperanza por todas partes, y ahora más, mucho más, sin remedio.

¡Y cuán poco favor le hacen a ese rey al que tanto dicen obediencia, lealtad o cosas de ésas, aquellos que, como el alcalde de esta ciudad, se llenan la boca diciendo que "si no es por el rey" muchos de "nosotros" no la contaríamos!, ¡y cuán poco favor le hacen al reducirlo poco menos que a domador o guardián o sobornador de la bestia carnicera que muchos ven en el ej (seguían renglones tachados, cuatro y medio, muy bien tachados, totalmente ilegibles y un dibujo infantil de barco pirata).

Como lo que pueda yo pensar sobre la utilización de solicitar el premio Nobel, por ejemplo, para el rey -vayan ustedes a saber, que lo sabemos, con qué intenciones. Pues esos que lo solicitan, que yo sepa, no han dicho qué guerra había, quiénes contendían, dónde estaban las armas y cómo se trajo la paz el aspirante. Ni han dicho qué guerra, si no la había, iba a haber, quiénes contenderían, en qué proporción se repartían las armas y cómo y cuándo el aspirante la evitó.

Por supuesto que hace tiempo eso de los premios y los premiados me importan menos que nada, un carajo. Lo que sí me importa, mala suerte la mía, son el cinismo enchaquetado o engalonado y el servilismo cortesano y la hipocresía envalentonada e impune de esos que basan su respetabilidad en buscar cobarde y sacramentado amparo tras el poder actual mediante adulamientos que incluso imponen a la plebe, a la masa, a los nosotros; de esos que aún intentan hacernos creer que se cerró, tajante y justicieramente, la época de la dictadura con esto que ahora nos viven.

Los que tenían el poder no sólo lo conservan sino que lo han incrementado. Tanto lo han incrementado que incluso lo delegan en juguetones ¿demócratas? de derecha e ¿izquierda? (seguían dos renglones y medio tachados y, al margen, con letra mayúscula y distraída "MIERDA DORADA").

Esto me lleva a recordar un pasaje de "Fortunata y Jacinta" en el que una altaburguesa, refiriéndose a la restauración de Alfonso el Doce, dice:
"porque le hemos traído con esa condición: que favorezca la beneficencia y la religión".

O lo que, por el estilo y en la misma novela, dijo el altoburgués Baldomero Santa Cruz: "¿Qué me dices del rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a estar en grande".

Los comentarios sobran. La verdad -cierto- se esconde, pero existe.

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