miércoles, 23 de mayo de 2012

Handke y la soledad de la literatura

Ignacio Castro Rey (Desde España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Viernes 16 de mayo de 2012; tarde, calor. Una luz cegadora aplana las calles. Escondidos tras el ocio estival presentamos en un pequeño espacio de Madrid, ante un reducido público desconocido, el hermoso libro de Edgar Borges (Caracas, 1966) El hombre no mediático que leía a Peter Handke (Ediciones En Huida, 2012). Bajo este largo título, dentro de una cubierta azul, se escondía el sencillo diario de una indagación sobre el destino de la literatura en este tiempo de estruendo.

El libro de Borges tiene todas las características de una obra fronteriza: no es exactamente una novela, aunque tiene elementos de ficción; ni un diario, ni un ensayo, aunque contiene abundantes reflexiones; ni una narración al uso. Se podría decir que estamos ante una obra fronteriza que no podría no haber sido hecha. El propio autor aparece dentro de ella como un personaje obsesivo, un poco fanático, enfermo por el encierro en una investigación que no acaba de cerrarse y le obliga a romper amarras con el mundo comercial de la literatura y sus agentes comerciales.

La familia del autor, sus hijas Camila y Miranda, su mujer Nathalie, que aparecen en un delicioso claroscuro tras la obsesión creciente de Borges y su encierro, también sufren las consecuencias prácticas y diarias de esta “investigación” frenética. Hay algo del Ello egoísta del escritor, que no acepta aplazamientos ni compromisos externos, que hace sufrir un poco a las dos encantadoras niñas que se insinúan al fondo, también a la paciente Nathalie, que más de una vez parece a punto de romper la baraja de la convivencia.
Todos los elementos de incomprensión cívica que rodean a la literatura se presentan desde las primeras páginas de este libro, a pesar de que las tres figuras femeninas están rodeadas de un halo de gracia que no siempre, los que tenemos una labor así de absorbente, tenemos la suerte de encontrar. Pero la literatura no sería nada sin la prueba de la incomprensión externa y las servidumbres cotidianas (ganar dinero, cuidar a los tuyos) que la sociedad representa, encarnada en la figura del agente literario que sabe lo que se vende y lo que la gente quiere.
Aparentemente, el libro de Borges está plagado de nombres del mundo literario, de Vila Matas a Barjau, de Handke a Vicente Luis Mora. Bajo esta superficie reconocible, creo que el objeto de la investigación es más bien el sentido anónimo de vivir. Quiero decir, la soledad del sentido (no sólo de la literatura, también de la vida) bajo este régimen de poder que Borges denomina “absolutismo social” (p. 219), este masivo control que hace tan difícil hoy pensar y vivir de modo distinto sin ser un marginal.
Para combatir este cerco, Borges utiliza la capacidad asombrosa de Handke para cruzar umbrales, para recrear estados mentales y físicos que siempre están en tránsito, despejando cercos, cruzando distintas prisiones. Diría que las dos niñas que pululan por la casa, y la sabia silueta de Nathalie, no dejan de representar la imagen de una infancia que no sabe nada y lo sabe todo a la vez. Una adolescencia, una crisis, que lejos de ser una etapa que se puede dejar atrás, siempre vuelve como la vacilación crucial que atravesamos en el umbral de cualquier decisión. La juventud, si se quiere, no como una edad más, sino como el punto de fuga de cualquier edad. El filósofo Giorgio Agamben explica muy bien en “Genius” (Profanaciones) el lugar capital de estas crisis inconfesables.
El proyecto de Borges, su investigación, como a Handke y a su personajes, le obliga a estar en perpetuo movimiento, atravesando Puertas (así se llaman los capítulos), pasillos, umbrales, estancias. A veces el cansancio agudiza la percepción, la hace enfermiza y permite (en casa o en la calle) ver y oír otro sonido del mundo. Con frecuencia el libro toma la forma de un diario donde se anotan los segundos (7:32) precisamente porque el tiempo no pasa, o transcurre infinitamente lento en la espera de algo. Mientras tanto, nada parece ocurrir. ¿Qué ocurre cuando no pasa nada? ¿Qué es la vida cuando los segundos transcurren a cámara lenta y golpean las sienes? Esta es otra pregunta contemporánea que Borges modula en distintos registros.
Se podría decir ahora que, de todos modos, el destino atormentado e incomprendido de Handke es el de la misma literatura. Aunque él no hubiera tenido el infortunio de tropezar con el caso Serbio, Handke sería igualmente poco incomprensible para un público cautivo de la información y sus consignas generales. Casi podríamos agradecerle a la implicación de Handke contra las injusticias cometidas con esa nación satanizada, el haberle librado de un éxito y una popularidad que, para el autor de Carta breve para un largo adiós, eran a todas luces equívocos.
Para un autor que tiene algo que decir, algo que le atraviesa y no es de su propiedad, el “éxito” no es menos peligroso que el “fracaso”. El éxito puede se también un mecanismo de anulación, no más fácil de llevar que la impopularidad o el silencio. Para empezar, el éxito comercial confunde (a veces, al propio autor) sobre una cuestión básica: la inmediatez mortal, el secreto común del cual se ocupa la literatura, jamás será patrimonio de este totalitarismo de la transparencia pública. La vida jamás pasará a la Historia, por más que se empeñe el oscurantismo de la información.
Clarice Lispector, por ejemplo, nunca ha sufrido un “tropiezo” publicitario como el que afectó a Handke y sin embargo es tan celebrada como ignorada. Bajo su halo de estrella mundial de las letras, permanece escondida para un gran público y una maquinaria cultural que sólo buscan en la “ficción” el suplemento de efectos especiales que complemente la esclavitud universal a la economía, ese pragmatismo que rige sobre todo las intimidades.
Aparte de las razones políticas, no tuvo mal olfato literario Sartre cuando rechazó el Nóbel. En todo caso, estoy de acuerdo con Edgar Borges en que lo más herético de Handke es su forma de intentar comprender al hombre, su perpetua metamorfosis, esa atormentada incomunicación de unos personajes que, aprisionados en un interior que reproduce el mundo, ayudan a despejar barreras y a entender la vida de otra forma. Por eso los personajes de Handke, en su perpetua ambivalencia, no dejan de representar el cualquiera que somos bajo nuestra costra de identidad.
La gente no lee porque no quiere estar sola ante eso. Las pantallas tiene la ventaja de que te conectan al estruendo gregario; están pobladas de enlaces, opiniones, fotos, comentarios y todo ese narcisismo compartido en que se ha convertido la comunicación. Por el contrario, la literatura brinda una comunicación que una y otra vez ha de atravesar la incomunicación de vivir y ser único. Una página de Handke o de Lispector te devuelve a un mundo primario donde la tecnología y su religión de la seguridad no valen nada. La literatura nos arroja a una infinita soledad en la que hemos de atravesar páramos sin la cobertura y las “aplicaciones” que el dios Sociedad maneja, protegiéndonos del miedo mientras nos hace sociodependientes.
Borges reproduce varias veces una obsesión de Handke: aplazar la opinión salvadora, insistir en la contemplación, en la duración de esta fugacidad inmediata, hasta que nazca la gravedad de una sensación nueva. La idea se parece mucho a ese reto del músico John Cage: escuchar los sonidos del mundo antes de que sean un signo que circula, un código universal. En los dos casos, como en otros, se trata de perseverar en la percepción hasta que se convierta en imagen. Siguiendo a Handke, Borges llega a hablar de una “ecología de lo no advertido” (p. 247), podríamos decir, de lo que para la sociedad es imperceptible. El cansancio, el de la creación, transfigura el mundo, nos hace porosos a la epopeya de todos los seres vivos.
Por eso, instintivamente, los creadores como Handke han de viajar continuamente para desquiciar la seguridad, para percibir los signos por fuera de nuestro dogma in-formativo. Se trata, para mantener la ciencia del ser único que respira en lo inmediato, de mantener buena relación con el movimiento y mala con la fijeza que nos retiene.
Entonces uno, bajo las tonterías de la identidad, roza el “comunismo” de ser cualquiera. Bajo la literatura subyace la herejía de que la “cura” del hombre, su salud y su seguridad, se encuentran en aceptar la enfermedad de vivir, una subversión que comenzaría por la aceptación. Pero nuestra sociedad no puede dejar de ser oscurantista y represiva en este punto. Como estamos incapacitados para la afirmación, desde la condición mortal, nuestro Bien sólo puede basarse en un Mal continuamente sustancializado en otros. Por eso nos pasamos la vida buscando judíos, musulmanes o serbios a los que masacrar impunemente.
No es fácil que, con o sin el escándalo del “caso Handke”, una literatura que apuesta por la afirmación del universo mortal de la inmediatez encuentre el aplauso de la aldea global, un “supuesto mundo” que nunca ha salido de la mitología del recambio perpetuo, de la velocidad como gran idea fija. Es de agradecer que Edgar Borges, con su estilo aparentemente modesto, nos haya recordado toda esa grandeza que habita en la cercanía de unos seres que respiran, como los árboles, indiferentes a la historia.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011). Es inminente la publicación de Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.

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