jueves, 17 de mayo de 2012

La otra mirada: ¿Austeridad o fatalidad económica?

José Sarria (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Según el Diccionario de la RAE, austeridad es sinónimo de sobriedad y de sencillez (sin ninguna clase de alardes), mientras que fatalidad es analogía de desgracia, desdicha o infelicidad. Estos dos vocablos sintetizan la conceptualización que actualmente mantienen las dos corrientes teóricas más significadas, acerca del modo en que los ciudadanos europeos han de salir de la debacle económica.

Mientras Merkel y sus acólitos sólo encuentran el sentido del futuro europeo en una política restrictiva del gasto y en la reducción del déficit público como razón de ser de la gobernanza comunitaria, que nos empuja hacia un fatalismo luterano de dimensiones desconocidas, otros creen (creemos) que la austeridad necesaria en la gestión económica no está reñida con una salida de la crisis atenuada de silicios, ricinos y calvarios.

La Gran Depresión nos enseñó que una pérdida desenfrenada del empleo significa una caída de la demanda agregada (el flujo de la capacidad adquisitiva) y eso lleva aparejada una espiral diabólica descendente imposible de corregircon la sola espontaneidad de las “fuerzas ocultas del mercado”. Alguien tiene que hacer algo, pues el desajuste, el desequilibrio, ocasionado por el desempleo y la inexistencia de demanda conlleva un debilitamiento in aeternum de la producción que se traduce en mayores tasas de desempleo, generando un tándem de deterioro permanente, de proporciones insospechadas.

Si la inversión privada se congela será el Estado el que deba de acometer una intervención sin precedentes para desencadenar, a través de las inversiones (gasto público), el efecto de reversión esperado que propicie la recuperación de la producción y el empleo. Todo ello, siempre y cuando que los “fatalistas” permitan mayores niveles de gasto público y de endeudamiento.

Esto es lo que heterodoxos, tan de poco fiar como John Maynard Keynes, propugnaron como salida de la crisis de los 30, otorgando al Estado un papel relevante dentro del sistema económico. Su propuesta de pensamiento económico se fundamentaba en una conceptualización del Estado como elemento anti-cíclico, que conlleva el aumento del déficit fiscal en coyunturas de crisis para lograr reactivar la economía. “La expansión, no la recesión, es el momento idóneo para la austeridad fiscal”, decía Keynes. Merkel y el nuevo Reich financiero preconizan todo lo contrario: una desaceleración de la presencia inversora del Estado en época de crisis, vía ajuste del déficit fiscal; un fatalismo que está abocando a la vieja Europa a transitar de la recesión económica a un término aún mucho más desolador: la depresión económica.

El ganador de las pasadas elecciones francesas, Francoise Holland, es, posiblemente, la única esperanza que le queda a la Unión Europea para afrontar una salida ordenada de la crisis, pues nada más acceder al poder ha manifestado, a modo de frontispicio ideológico, que la austeridad no ha de significar fatalidad.

Una austeridad que debe de fundamentar su arquitectura económica sobre la base de una praxis comunitaria que asuma cuatro pilares irrenunciables:

Ampliación de los plazos para el ajuste del déficit público, a fin de evitar el bloqueo de liquidez y el desmantelamiento del Estado del Bienestar

Eliminación del principio de no intervención del BCE. El Tratado de Lisboa (2007) impide en estos momentos al BCE prestar, directamente, a los Estados miembros, estructurándose un mecanismo especulativo perverso a través del cual el BCE presta a las entidades financieras (a tipos del 1%) y estas, a su vez, a los Estados (a tipos del 7% u 8%)

Creación y emisión de Eurobonos, que unificaría la emisión de una deuda pública en la eurozona, homologada y más solvente, garantizada por el Banco Transnacional Europeo. Ello significará una actuación planificada, equilibrada y expansiva –bajo control institucional- del gasto público, así como el derrocamiento del poderologopolístico que actualmente mantienen las entidades financieras privadas

Legislación comunitaria que regule de forma global las actividades financieras para eliminar del sistema a los especuladores, mediante la creación de una agencia comunitaria de calificación y otras actuaciones que devuelvan el centro de gravedad económico a la actividad productiva y no a la financiera. A modo de ejemplo hay que señalar que algunas cuantificaciones macroeconómicasestimanque el volumen de las transacciones financieras internacionales (economía especulativa, o lo que es lo mismo la “burbuja financiera”) representó, en el año 2010, cuarenta y cinco veces el valor del PIB mundial (economía real).

Con esas herramientas posiblemente se podría abrir una puerta a la esperanza; de otro modo la senda del fatalismo nos llevará, por asfixia financiera, a una depresión de consecuencias insospechadas, quizás, incluso, más grave que la de los años 30. Es sólo cuestión de seguir apretando la soga que circunda el cuello de los ciudadanos europeos.

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