jueves, 17 de mayo de 2012

La política argentina y sus condicionantes económicas vistas por un ciudadano común

Rodolfo Bassarsky (Desde Arenys de Mar, Barcelona, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

(Una reseña sin pretensión de dar soluciones)

Creo que la economía argentina se debate entre dos propuestas. La primera es el populismo demagógico disfrazado de izquierda nacionalista o de capitalismo humanizado que promete una economía distributiva e inclusiva. La segunda propuesta, desdibujada en sectores aislados de una derecha que proclama su liberalismo o neoliberalismo, es privatista, individualista y está profundamente comprometida con el sector financiero especulador. La corrupción pública y privada se extiende como un cáncer invasor implacable en el seno de ambos sectores que juntos conforman una amplia mayoría. No es posible detectar algún grupo que tenga posibilidades ciertas de influir en decisiones determinantes, libre de las lacras que caracterizan a los sectores con mayor poder en el país.

Entre los sectores dominantes – ambos con representantes en la función pública y privada y ambos con poder de decisión - se entabla una lucha por acaparar mayor cuota de poder económico a cualquier precio. Muchos dirigentes de ambos sectores ven con lucidez que su adversario les es funcional para poder declamar y prometer el bienestar general y una mejora en el nivel de vida de la gente. Ambos aprovechan esta circunstancia para proceder con astucia y calculada estrategia a fin de no arrasar totalmente con su apreciado enemigo y poder, de esta manera, continuar el camino de la acumulación de riqueza concentrada en sus propias filas, pauperizando en verdad al pueblo y al país. Poco o nada importa realmente afrontar con coraje, eficacia y transparencia, la solución de las verdaderas asignaturas pendientes que son una vergüenza nacional crónica y que duermen el sueño de los justos desde hace décadas. Poco o nada importa para unos y para otros. Nos engañaríamos si pensáramos que los sectores poderosos persiguen como fin último el poder político. Lo que en realidad sucede es que se persigue la acumulación de poder político como un medio para alcanzar el mayor poder económico posible en una lucha compleja , sutil e inescrupulosa, alimentada y realimentada por la misma riqueza de la que cada cual dispone, lo que constituye un panorama trágico que dibuja un círculo duro y tenebroso, casi irrompible.

Mientras tanto la gente acata mansamente. Periódicamente disfruta de las fiestas cuidadosamente organizadas para descomprimir tensiones y dar rienda suelta a eufóricas pulsiones consumistas e impulsos cortoplacistas. En otras oportunidades se organizan puestas en escena para declamar promesas, exacerbar sentimientos nobles, crear expectativas de un porvenir maravilloso para hijos y nietos y desde las más variopintas tribunas se cantan himnos pletóricos de mística, la militancia es una virtud sagrada, desde la infancia a la senectud, aunque esta militancia no sea más que un recurso para la obsecuencia que se convierte en un coro fielmente disciplinado bajo la batuta del director de toda la orquesta. Todo ello, exclusivamente destinado a mantener la mansedumbre y aventar la amenaza latente de la sublevación de los espíritus rebeldes.

Para avanzar realmente, bastaría con que algún sector tome las riendas del poder, sea de la derecha neoliberal o de la socialdemocracia, pero con la ineludible condición de que haga una gestión inteligente, una administración sensata con la mayor transparencia posible, que gobierne preservando el interés general, que gobierne para todos. Un gobierno del estado argentino en sus niveles nacional, provincial y municipal que trabajara para combatir la inflación incompatible con el desarrollo, la inequidad en la distribución de la riqueza, para que el sector financiero desempeñe el papel que le corresponde, para transformar el sistema presidencialista en uno en el que una persona no acumule un poder excesivo, para conformar un país realmente federal, para disminuir sensiblemente la evasión fiscal e imponer un sistema tributario más justo, para estimular la competitividad y el rendimiento y al mismo tiempo preservar los derechos laborales de los trabajadores, para combatir la pobreza extrema sin dádivas y con procedimientos que hagan imposible su retorno. Un gobierno que trabajara para que las infraestructuras de los transportes, de las comunicaciones, de la salud pública y de la educación sean modernas y estén en consonancia con la ciencia y la tecnología contemporáneas, para que se destinen recursos suficientes en estas áreas y se logren servicios de calidad óptima, para que se encare el déficit energético con políticas realistas que lleven al autoabastecimiento de energía de manera sostenible y planificada. Un gobierno que estimule la investigación e innovación científicas y el desarrollo de la tecnología. Que ponga en práctica políticas que estimulen la conciencia ciudadana de que la corrupción es una enfermedad social gravísima y que una sociedad solidaria debe ser honesta, unas políticas que combatan el narcotráfico, los negociados, los mega-fraudes económicos. Un gobierno que procure que las fuerzas de seguridad del Estado estén al servicio de la población y del país y cumplan su papel de protección, que procure rebajar los inusitados índices de delincuencia y de impunidad y que combata la venalidad en la justicia, que implante un sistema jubilatorio que reconozca realmente el esfuerzo del trabajo realizado. Un gobierno, en fin, que tenga confianza en sí mismo y no haga recaer toda la responsabilidad de las desgracias que nos aquejan en los de afuera, como si nada tuviéramos que ver nosotros y nuestros dirigentes en la construcción de nuestro propio destino.

Si se lograra instalar un gobierno con esta orientación, sea cual fuera su ideología y comenzara a trabajar por el bien común, la justicia y la equidad y se lograran también mecanismos de sostenibilidad, con seguridad se produciría una alternancia del signo político en el mediano y largo plazo, sumamente saludable para que el país transite la buena senda y deje atrás décadas de decadencia. Un gobierno que gobernara con prudencia, sin ofuscarse, sin discursos altisonantes amenazadores o triunfalistas, que sea tolerante y comprensivo, que escuche y no recurra a desplantes autoritarios, que estimule la pluralidad en las manifestaciones de la cultura y de las artes. Que priorice el conocimiento y la idoneidad para la ejecución de sus programas. Que sea respetuoso de la diversidad fecunda. Que mostrara a propios y extraños semejante talante.

Pero, lamentablemente, la concreción de este anhelo quizás considerado utópico por algunos, no es algo próximo en nuestro desventurado país, por más que uno mire al centro o a la derecha o a la izquierda : ninguno de los tres existen en sus versiones impolutas en la Argentina contemporánea.

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