miércoles, 23 de mayo de 2012

La realidad y la contra realidad

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No puedo evitar, ante una concepción del mundo que se está (inevitablemente) cayendo, hacerme preguntas sobre las formas contrarias con las que hoy (sostenida y frenéticamente) se pretende enfrentar la realidad del poder. Y siempre llego a la conclusión de que la contra realidad sólo alimenta la realidad. La realidad se construye, esto sigue sin asumirlo, en la práctica, la izquierda y cualquier intento de alternativa social visible en el panorama. El siglo XXI ha nacido atrapado entre las redes de una realidad maltrecha y enferma. Mientras las diversas sociedades diluyen sus angustias en formas repetitivas de protestas, el gran poder global es el único factor capaz de reinventar su mecanismo de dominio. “Batallen miserables de la tierra”, parece pensar la bestia, “batallen por defender lo básico que nosotros administraremos el todo”.

Ya no es como antes, ya no me llena (ni la existencia ni el pensamiento) la crítica que los grupos de las esquinas le hacen al poder. Me aturde el carnaval de mensajes cuestionadores (de la realidad político económica) que circulan en las redes sociales. Sospecho que el poder nos dejó hasta el último punto y coma del guión de la crítica. El tiempo está pasando y, por más que la indignación y la utopía formen parte de esas modas que se repiten como esperanzas que van y vienen, cada vez bajamos más los escalones hacia el sótano del submundo.

En estos días un amigo me preguntaba, en el marco de mis interpretaciones, ¿qué papel juegan los gobiernos de América Latina en el escenario del derrumbe global? (Europa cada vez es menos Europa; China dejó atrás los sueños chinos; los países árabes batallan, hasta en pesadillas, por continuar siendo árabes; África no tiene tiempo de ser África; la máscara se ha convertido en la cara) En un momento, le dije, se convirtieron en un nuevo punto de luz para quienes desde siempre hemos anhelado el mundo posible. Hoy, creo, esa luz se está quedando estampada en las paredes ante la falta de una nueva realidad. Necesaria (y urgente) es la construcción de otro modelo de Estado realmente alternativo al modelo del desarrollismo en desplome. Y a mi que me perdonen los muchos amigos no dispuestos al cuestionamiento interno, pero lo que observo, de parte de los Estados, es la reiteración de una forma de poder capitalista, grupal y en algunos casos hasta miserable. Hoy, después de tanto desgaste, atacar la realidad desde la contra realidad carece de sentido. Desde ese ángulo de la batalla sólo logramos reproducir la misma realidad (que nos esclaviza). No me interesa que Brasil se convierta en la economía emergente del capitalismo; tampoco me importa que Venezuela pretenda ser una potencia del mundo (¿para cuándo dejaremos el desmontaje de la noción de imperio como doctrina exclusiva de la relación Yo y los otros?). Algunas cuestiones me recuerdan a la señora que entre gritos le pide a su hijo que no grite. La realidad que pretenda un revolucionario no puede ser convertirse en relevo de la realidad que cuestiona. En todo caso, lo coherente sería formar parte (en forma y fondo) de otra realidad (¿dónde está el modelo alternativo a la actual realidad?). Ya no requerimos contra información ni contra educación (como tampoco contra cultura ni contra economía); la contra realidad (de tanto pelear contra las cuerdas) terminó formando parte del mismo pulso del combate que diseñó la realidad. El sistema hoy es un todo que sabe ser derecha e izquierda pero también sabe no ser país ni individuo cuando le conviene jugar a que todas las formas sean útiles a sus intereses (millones de seres humanos participan en la defensa del juego de las nacionalidades y siempre ganan los dueños de la casa global del mercado). Aprender a no ser (emergente) futuro sostén del modelo devora personas; crear la ecología de una nueva realidad que sea capaz de devolverle el sentido a las situaciones (y las relaciones) cotidianas de los seres humanos (y que fluya el nuevo modelo en la ruta de su propia dinámica). Aprender a no correr la falsa carrera; asumir que esta respiración no es mi respiración, ser uno en otro sentido (el sentido) y regresar al camino de los tiempos. Nuestro tiempo. He ahí el mundo por hacer.

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