jueves, 17 de mayo de 2012

Solo nosotros podemos hacer una revolución

Alberto Maldonado (Desde Ecuador. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Jonny asistió a esa reunión “de bases”. Y a él le quedó en la cabeza una frase que dijo el jefe máximo del movimiento: “Solo nosotros podemos hacer una revolución. Nadie más. Menos un sacristán que va a misa todos los domingos y que comulga”.

En realidad, el Jonny no tenía mayor idea de izquierda, de revolución, de marxismo. Solo actuaba. Y actuaba cuando le llamaban o uno de sus amigos -el Pedro- le decía: “tenemos que irnos a la (Universidad) Central, porque debemos asustar a los transeúntes; si están en carro, mucho mejor; y si es un carro de lujo, mejor todavía. No te olvidarás de llevar piedras. El Manuel nos va a supervisar; y si el Manuel no quiere, no podemos tirar piedras nunca”.

En realidad, el Jonny no tenía mayor idea de nada. Solo que era divertido, se sacaban algunos sucres extras y se corría de un lado para otro. Además, pasaban a la categoría de “promotores sociales” y de “universitarios que luchaban en las calles, por un futuro mejor”. Por lo menos eso era lo que oía de los jefes. Los jefes, para el Jonny, eran los dirigentes; esos señores bien vestidos que asomaban de vez en cuando y que les reunían para las manifestaciones del siguiente día. Y si caían presos (cuando se dejaban pescar, porque corrían más rápido que los chapas) pues los “jefes” les sacaban de apuros; y punto

El Jonny, en cambio, no dejaba de pensar en los suyos. Se acordaba –como un espectro- del padre, por lo general borracho, que les pegaba a todos mientras no le ponían una botella de aguardiente, en la mesa. Le pegaba a la madre y a los hermanos más chiquitos, que lloraban; y a él, que daba la plata y no daba motivo. ¿Cuántos hermanos tenía? Se acordaba: la hermana mayor que era más o menos bonita y que se aparecía y desaparecía de la casa, cuantas veces le daba la gana. Pero eso sí, la madre no le daba cuerizas si traía plata. Y la Rocío siempre traía plata. Nadie sabía de dónde la sacaba. Ella decía que del trabajo; y la madre le aclaraba: que del trabajo de acostarse con el que asome.

También se acordaba de los hermanos y hermanas menores. Creo que, entre todos, sumaban 6. Vivían en un cuartucho del sur y pasaban hambre. Especialmente cuando desaparecía la madre, con el compadre Lucho, y nadie sabía dónde se iban. Y el más pequeño, que apenas gateaba, lloraba. La hermanita menor, de apenas tres años, se iba a pasar donde la vecina Elsa. Y él a la escuela. Desde luego, era una escuelita pública, muy mal parada, destartalada. Pero la maestra –cuando iba- les trataba mal. Les pegaba, les insultaba. Les decía:

“estos brutos, para que mierda habrán venido al mundo”. Y les castigaba.

Un día, con el vago del Raúl, que ya sabía de pillerías, y con el otro vago, del Jaime, decidieron dejar de ir a la escuela; y más bien, lustrar zapatos. En realidad, cuando estaban de suerte, ganaban hasta 5 o 6 sucres diarios. Tenían para algunas golosinas y hasta para
llevar algo a la casa. Pero el Jonny no podía aceptar que se sacrificaba tanto para que venga el taita y se lo beba. La madre, no hacía nada; y, por salir del paso, le daba la plata.

Así aprendió a vivir en la calle. Era un grupo de muchachos y muchachas que vivían en la calle. Claro que la Sofía era del jefe; y a ella, no había ni que mirarle. Aparecía y desaparecía con un guagua chiquito, en brazos. Y punto. Las otras, como que se vendían a unos viejos que por ahí andaban, a lo que tengan o a precio de huevo. 5 sucres, 10 sucres, eran suficientes. Y cuando estaban de suerte, 100 sucres. Y para ellos (los muchachos de la calle) de vez en cuando, una tocadita; y punto.

El Jonny aprendió a limpiar zapatos y a respirar latas. Nunca supo quién, cómo o cuándo; pero un buen día, alguien les dijo que se “hacían hombres” si inhalaban unas latas de cemento; y las latas de vomitó. Pero la experiencia le pareció bonita y volvió a aspirar cemento. Como que perdía la noción de todo. Le parecía que él mandaba a la tropa; que las muchachas eran todas suyas y que hasta el hambre le pasaba. Solo que cuando le pasaba la acción, se sentía como un desgraciado, un paria. Un pobre muchacho de la calle. Y por eso volvía al cemento de contacto, aun cuando otros amigos de la calle le decían que eran
mejores las drogas, pero que costaban mucho más y que meterse en ese negocio era difícil y arriesgado. Que le podían matar cualquier rato, si se quedaban con un sucre

Sobre las “luchas callejeras”, con los “chinos”, como que habían pasado de moda. Desaparecieron, como por encanto. Desaparecieron, igual que los dirigentes a quienes apodaban de chinos. Decían que habían perdido al rectorado de la (U) Central, los vicerrectorados y algunos decanos. Igual, que algunos decanos se habían vendido. Y que los representantes estudiantiles, también. No todos, pero unos cuantos, si. Y decían que este desgraciado del Samaniego hasta se había atrevido a mandarle a la cárcel al compañero Vargas, solo por haberles agredido en un Consejo Universitario. Y lo más chistoso, que trató de lanzarse por una ventana y ahí le esperaban los compañeros, pero con piedras y hasta con palos. Y dijeron: ¿cómo puede ser revolucionario este desgraciado del Correa si hasta le mandó a la cárcel al compañero Vargas y no les dejan tirar piedras revolucionarias a los muchachos, que iban a eso?

Pero el Jonny era, a pesar de todo, de su formación en la calle y de sus padres, un chico que pensaba. Y como pensaba, comenzó a hacerse preguntas “tontas” ¿Que cuándo iban los chinos a hacer la revolución? ¿Qué por qué no dan cuentas de lo que ganan en la FEUE, en la UNE y en otras asociaciones? ¡Que por qué tienen que rendirle cuentas a nadie! Y decían; este mono desgraciado del Castellón se ha llevado toda la plata de la cesantía de los profesores; que todo ha metido en los bancos; y que nadie sabe cuánto es y cuánto se ha llevado. Y así por el estilo.

El Jonny no sabía por qué la maestra Marcia, en lugar de enseñarles, les insultaba. Iba a dictar clases, cuando le daba la gana porque decía que era del MPD. Lo mismo que la Natasha. A propósito de esta Natasha, era o parecía muy inteligente. Ella, como se separó del grupo de la Central, apareció un día dirigiendo una asociación barrial. Pero seguía con el mismo discurso: A ver, piensen: ¿quién puede jugar fútbol? preguntaba. Los más avispados, contestaban que el Maradona o el Messi ese. A lo que la Natasha les corregía: ellos también; pero, para ser futbolista se necesita ser joven, no ser muy chiquito y saber jugar. Y conste que los futbolistas de hoy en día ganan mucho dinero.
Son los nuevos pelucones del mundo. Pero, para ser futbolista, se requiere ser. Lo mismo pasa con los revolucionarios. No es revolucionario cualquiera, sino nosotros, nosotras. Que para eso estamos, Para hacer la revolución. No cualquiera es revolucionario, menos ese mono desgraciado que habla de la revolución ciudadana y que hasta nos ha quitado la Universidad (Central). Según Lenin y Marx, hay un solo tipo de revolución y esa es la revolución marxista. No hay una revolución intermedia, no es que yo soy revolucionario porque quiero, sino porque nos preparamos para ser

El Jonny no entendía mucho lo que le decían; pero algo captaba. No entendía por qué unos tienen demás y otros de menos. Y esperaba la revolución. Hasta que llegó este Correa y dijo que haría la “revolución ciudadana” Y según los compañeros y compañeras del MPD, el mono ese no puede hacer ninguna revolución. Solo ellos pueden hacer la revolución, que para eso son revolucionarios y marxistas. Y en esa discusión, hasta se daban de golpes. ¡Que si, que no!. Pero los jefes les aplacaban, con decirles: está bien, ustedes pintan para reaccionarios. Por eso no pueden entender qué es un revolucionario total. Nosotros si somos revolucionarios porque creemos en Lenin, en Marx, en Engels. Ese mono desgraciado se las da de revolucionario pero los compañeros ya le han descubierto; se trata de un engaño. Pinta como revolucionario pero es de derecha. No ha confiscado ninguna propiedad privada; y por lo tanto, no puede ser un revolucionario. Lo único que está haciendo es fortalecer a la oligarquía, para que tarde o temprano, él y su familia, puedan pasar bien en Guayaquil.

Y de pronto, los indios también, que eran muy revolucionarios, empezaron a decir que el Correa era un pelucón, disfrazado de izquierdista; que no es revolucionario porque no les dan la administración del agua y la minería, solo a ellos, que entienden y han trabajado en las minas. Preguntaban: ¿Que, qué clase de revolucionario es este que les quita los equipos a los pobres mineros, y deja sin trabajo a cuanta gente? Por eso, el Jiménez, que es un
dirigente indígena, pero de aspecto bastante cholo, tirando a blanco, pero es asambleísta de Pachakutec, ha dicho que lo único sensible de ese jueves (el famoso 30-S) es que los chapas no le hayan matado al Correa. “Estos chapas también; hacen lo peor y no pueden hacer lo
mejor” ha dicho.

Poco a poco, el Jonny fue entendiendo lo suyo. Se dio cuenta que los chinos buscaban sus propios acomodos. Y los de la Conaie, que mejor que hacer la revolución era irse con los de la Junta Cívica de Guayaquil. Que esos si tienen la plata y no son unos pobres diablos como los correistas que solo esperan un puesto, para salir de necesidades. Y se fue dando cuenta que cada quien jalaba el agua para su molino, un dicho que había oído a un viejo, en el mercado San Roque. Y los viejos siempre tienen la razón. Por eso comenzó a dejar
de creer en los revolucionarios chinos.

¿Cuándo dejó de creer en la revolución de los chinos? No recuerda con precisión pero fue una vez que cayó preso y nadie fue a sacarle de la cárcel. Y esos chapas se pasan de desgraciados. Si caen presos, nadie sale en su auxilio. Por más que el Jonny trató de explicar su situación; pero Jefe, si yo soy menor de edad. ¿Cuántos años tienes? Creo que 12. Como creo. Creo porque nunca he visto mi partida de nacimiento. ¿Y entonces? Mi familia me dice que solo tengo doce años. Y con doce años ya eres un pirata. Ya tiras piedras y robas no, carajo. Vea jefecito. Yo le garantizo que me voy a componer. No nos interesa que te compongas. Lo que queremos es que “compartas” con nosotros lo que robas, desgraciado.

Pasó hambres y largas noches y días en la cárcel. No apareció nadie para darle de comer. Solo la Graciela se apareció y dijo que su hermana, la Rocío, le había recomendado que le vaya a ver. Y la Graciela se congratuló con uno de los jefecitos, el sargento Chancusi.

Y así salió de la cárcel. Fue para el Jonny una lección. Juró que nuca regresaría a la cárcel; que era lo peor de lo peor. Y estos chapas desgraciados que quieren plata y más plata. Se preguntaba: ¿de dónde voy a sacar tanta plata? Así que ese día, en que salió libre, juró que no regresaría nunca más a la cárcel; y desapareció. Nadie supo nunca más de él. Claro, si se fue primero a Ambato, después conoció Cuenca y, por último, anduvo en Guayaquil. Y en Guayaquil dijeron que la plata estaba botada en la calle. Por eso, cuando llegó en tren de carga, y vio botado un billete de cinco sucres, dijo para sí: después los recojo y cuando tenga unos mil, entonces le mando a mi mamá, para que no me olvide. Pero nunca más volvió a ver un billete tirado en la calle.

Para no pasar hambres y tener dónde dormir, se empleó como cuidador de carros. Unos le daban una propina, otros le insultaban y le reclamaban porque había desaparecido una pluma o alguna otra cosa. Así, hasta que un señor, creo que se llamaba Carlos, se compadeció de él; y un día le dijo: ¿cuánto ganas aquí? Depende señor. Unos días hago 5 o 7 sucres.

O, cuando estoy de suerte, unos 19. Pero viene el sargento Piguave y me quita todo. Porque dice él que soy un serrano cualquiera y que un día de estos, me va a mandar preso a Quito. Y yo no quiero irme preso. Y el señor Carlos le preguntó: ¿Ya conoces bien Guayaquil? Más o menos, pero soy vivo, y aprendo rápido. Así que se fue como secretario privado del señor Carlos. Y con él trabajó unos cuantos meses, o años.

Le trataban bien. Le daban de comer, en una esquina o parado, pero eso no importaba. Y hasta le daban unos sucres para sus necesidades.

Y fue este señor Carlos que comenzó a hablarle de los ricos y los pobres, de las revoluciones, de que los pobres, a más de pobres, son unos pendejos, porque dan el voto por los ricos; y los ricos, lo único que hacen es hacer más plata. Y si pueden robarle al pobre, cinco centavos, se los roban, que por eso son ricos. Pero no todo el mundo es revolucionario. Que hay revolucionarios que valen la pena; y que hay otros revolucionarios que se hacen ricos; y que para que haya un rico hay necesidad de que hayan diez mil pobres. Y que Dios lo quiere así. Que así ha dicho el Papa; y si el Papa dice, así ha de ser.

Primero el Jonny se alió a la patota que iba con el que le decían el Loco; y el loco prometía muchas mejoras. Pero le quitaron de la Alcaldía de Guayaquil. Y el Loco, de puro loco, llegó a la presidencia de la república, pero hizo tal cantidad de barbaridades, que el señor Nebot (su enemigo político) le sacó de la presidencia. Y, mejor se fue a Panamá; y ahí cuentan que le va muy bien. Que vive a cuerpo de rey con lo que le mandan de Ecuador; y los contrabandos, que de vez en cuando manda él, al Ecuador. Total, una gran decepción. Y el Jonny vivía en un cuartucho del suburbio y veía todo eso. Hasta que decidió regresar a Quito. Quizá en Quito le iría mucho mejor.

Un compadre que tenía, le dio unas recomendaciones y se vino a Quito. Fue a dar a una fábrica de corchos. Debía estar a las 7 de la mañana, en punto, de lo contrario le multaban, por cada atraso; y hasta querían botarle del puesto. Tenía que levantarse a las cinco, prepararse una agüita de panela con un pan seco; ese era todo su desayuno. Y con eso tenía que aguantar hasta el medio día (las 12:30 en punto) y todos salían a almorzar. Se hizo amigo del Julio y del Marcelo; y entre los tres salían a comerse un plátano o un sucre de
mote con chicharrón, que vendía una doña, a esa hora. El Jonny prefirió seguir de incognito, ante su familia, y vivía solo.

Otro día, otro señor cuyo nombre y apellido no recuerda, le propuso: Pero ¿qué haces aquí? Estos mal agradecidos (los de la fábrica de corchos) algún día te botan y no han de pagar ni siquiera el Seguro Social. En mi barrio, aquí cerca, estamos necesitando un guardia permanente, que nos defienda ante tanto ladrón. Y el Jonny se fue a ese barrio y, de pronto, estaba de guardia particular, en una caseta de madera. Le dieron un uniforme, una navaja y algo parecido a un revolver. Y le pagaban el salario mínimo vital, que no llegaba a los 250 dólares. Y de ahí le descontaban para el Seguro (IESS) y para el regalo al jefe, en su santo, y otros descuentos.

Así pasó algunos meses hasta que, ya joven y guapo, se levantó a una mesera guapa, que trabajaba para unos ricos, en una casota que decían que era una mansión. Con la mesera anduvo un buen rato, hasta que la preñó. Entonces, vio la cárcel, de nuevo, porque los papás de la Gloria, y la propia mesera, de nombre Gloria, le denunciaron en el Tribunal de Menores, por el guagua que iba a tener. Y el Jonny volvió a desaparecer: no quería saber nada ni del guagua, ni de la mesera, ni de los ricos. Simple y llanamente, desapareció.

Anduvo por las calles, sin saber qué hacer hasta que, preguntando-preguntando, dio con otro trabajo. Le preguntaron que si sabía leer y escribir y si tenía certificado de bachiller. Como no era tonto, les dijo a sus nuevos patrones, que si sabía leer y escribir, y que le dieran un chance para sacar el certificado del colegio; que si era bachiller. Se creyeron y el Jonny se vio en su nuevo trabajo. Era una fábrica grande, que hacía de todo y en la que había cualquier cantidad de trabajadores. Él era uno más. Y solo entonces aprendió o creyó aprender, que era una dirigente sindical. Como era un poco bocón, un día habló en una asamblea de trabajadores, pidiendo aumento de sueldo; que limpien de vez en cuando los baños, que les den uniformes, que les den el almuerzo; y otras mejoras. Desde entonces, pasó a ser el mimado del “compañero” Tardamudez, quien le tomó a su cargo, como su secretario, pero solo para asuntos sindicales.

Cambió la vida del Jonny. El dirigente Tardamudez, un día, le preguntó que “que otro nombre tenía” a lo que respondió que Manuel. Le dijo que desde ese momento pasaba a ser el “compañero Manuel”, porque Jonny sonaba a gringo. Y, en la dirigencia sindical, no se aceptaba el Jonny, porque sonaba a muy gringo. Y desde ese momento, el Compañero Manuel iba a otras fábricas, a hablar de la revolución. Cosa curiosa, primero la Natasha y luego los hermanos Jiménez, le mostraron mucho afecto; pero, cuando les dijo que él era un dirigente sindical que seguía al Tardamudez, entonces le despreciaron y le dijeron que ellos no actuaban junto a un dirigente sindical socialcristiano. Que esa era una mala compañía. Les aseguró que nada tenía que ver con los social cristianos y que había oído que el Tardamudez era un democrática cristiano, que el gran cacao de ese grupo era el “compañero” Oswaldo, que había llegado Presidente de la República, después de la trágica muerte del camarada Rodolfo o Roldós. Que él no entendía mucho de cuál es social cristiano y cuál demócrata cristiano. Que por ahí, iban los dos grupos. Les dijo, también, el Jonny que no creía ya en los chinos, del MPD. Y por eso le despreciaban, cuando no le odiaban.

Fue al acabose. El pobre Jonny fue lapidado en vida por los chinos. Y pasó a ser una especie de perseguido de todos. Pero como tenía que seguir viviendo y tenía que alimentarse él y alimentar a uno de sus hermanos, que sin saber ni cómo ni cuándo, le habían endosado, pues “descubrió” que podía ganarse la vida, honestamente, vendiendo en la calle. Y en esas anduvo hasta que se unió a los “vagos” de la Ipiales; y no solo que vendía ropa que le daban para que venda; sino que hasta se hizo “al fío” de un quiosco de ropa de mujer (medias, sostenes, calzonarios, blusas, menjurgues, etc.) En honor a la verdad, no le iba tan mal; pero tampoco, tan bien, como quería. Los días malos, no salía con menos de unos 15 a 20 dólares; y los días buenos, hasta 50 al día. Pero de ahí había que pagar a la Mama Sara o a sus peleones hijos. Pero algo quedaba; y sobre todo, pasó a “graduarse” de comerciante al por menor. Y hasta los chapitas “civiles” le saludaban. De los únicos que tenía que correr y cuidarse eran de los municipales, que vestían unos ternos azules y que le quitaban lo que tenía, sino quería ir preso. Pero entonces, vino el Correa y les protegió a todos. Decía que ellos también tenían derecho al trabajo honrado y que había que evitar que se dediquen al robo.

Desde entonces, se volvió incondicional del Correa. Iba a todas las reuniones y a los mitings; y hasta viajó una vez a Cuenca y otra a Manabí; pero costeado por él mismo o por sus amigos. Era ya el Camarada Manuel; y con él había que contar. Además, era capaz de darse de golpes si algún desgraciado hablaba mal, del Mono Correa. Pero si en la historia de este Ecuador –decía lo que oía- no ha habido otro Presidente como él. Que le había cobrado los impuestos a los ricos, que había compuesto todas las carreteras del país, que había dado trabajo a muchos, que había hecho muchas cosas por los pobres, especialmente, los indios. ¡Que era honrado! a carta cabal, lo cual era muy bueno Que, en lo internacional, había pasado a ser mal visto por los Estados Unidos, que odiaba a los pelucones de Guayaquil y del resto del país, etc. Y, como él, un hombre libre y mujeres de todas las provincias, le respaldaban. Que por eso, le odiaban los pelucones de Guayaquil y los pelucones del resto del país. Que, además, le odiaban al Correa, los que les dicen que son de la llamada “clase sánduche” (clase media) porque les ha quitado las prebendas que tenían. Eran unos vagos completos. Por ejemplo, la burocracia, de la propia (U) Central era intolerable. Llegaban a pintarse y/o a conversar, por teléfono, a las 8 y 30 de la mañana; se iban a almorzar a las 12:30 en punto; y, regresaban a las 2 de la tarde, a pintarse nuevamente, porque a las 3 ya se iban. Total no trabajaban –cuando trabajaban- sino unas cuatro horas diarias. Y como el Mono Correa les ha obligado a que trabajen las 8 horas, que deben trabajar, no le pueden ver ni en pintura.

Pero la suerte del Jonny estaba echada. A pesar de que se sentía joven aún (estaba en los 30 años) tenía mucho que contar, de su vida. En otras palabras, “había vivido lo suficiente” como para contarlo a sus hijos. Pero se acordó que aún no tenía hijos, reconocidos, que vivan con él. La desgraciada de la mesera Gloria, se volvió a casar con un “pendejo” que encontró. Y él se ha hecho cargo del guagua y le ha dado su apellido, ya que su hijo no sabe ni el nombre de su verdadero papá Sin embargo, le demandó ante el juez de la niñez, que quería que le pase una mensualidad de 100 dólares, a ella; y le pague “por sus servicios” 500. Y como le pagó, al juez, pues ahí quedó todo. Por eso comenzó a pensar que debía casarse; o cuando menos, tener pareja: para que haya alguien que le reciba en su cuartito; y hasta le dé de comer.

Mas pena tenía el Jonny de sus hermanos y hermanas, que quedaron chiquitas, pero que ya eran hombres y mujeres. ¿Qué será de ellos y ellas? La madre, un día desapareció del todo; no se sabe bien, si con el compadre. Lo cierto es que no volvió nunca más, ni siquiera a preguntar, por sus hijos e hijas. La Rocío se hizo puta y fea. Una de las hermanas, no se sabe cómo, se hizo empleada de un gabinete de belleza; y ahí aprendió lo poco o mucho que, sobre tan misteriosa materia, sabe. Y al joven hermano (que no sabe a qué se dedica) cada vez que aparece, le da unos dos o tres dólares; y listo. Y eso es todo.

El “Compañero Manuel” se hizo finalmente comerciante de la calle, menor que decían. No le iba mal, pero tampoco bien, como quería. Se defendía. La Mama Rosa y sus hijos fueron a parar en la cárcel, tiempo después. Los municipales, como que en Quito y otras ciudades, se “habían civilizado” Solo en Guayaquil, seguían haciendo de las suyas. Pero como ya estaba radicado en Quito, inclusive pensaba en casa propia. Casita debe ser, pero propia.

Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado, a pesar de que ya está largo.

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