miércoles, 23 de mayo de 2012

A un año más del nacimiento del Ruiseñor de Catuche: Aquiles Nazoa creyente de los poderes creadores del pueblo

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Desprovisto de las todas las solemnidades, supo adentrarse en las miradas que este pueblo vislumbra tras los cristales de los amares, llantos, prejuicios y sueños, él es referencia obligada del humor y la humana profundidad sin cortapisas.

Amolador de estrellas, fabricante de mágicos cristales, creyente de la cualidad aérea del ser humano y ruiseñor de Catuche, son algunas de las profesiones más valientes que ejerció Aquiles Nazoa. Su palabra tejida al fragor de los cerros y al vaivén de las aguas, al trepidar de las calles y a la lluvia, se quedó para siempre enredada en nuestras voces.

Nazoa, el poeta, periodista y narrador nació en Caracas, un 17 de mayo de 1920. Su paso joven supo de calles y plazas, recorridos en los que el pensamiento le volaba, inquieto y dulce.

Cuentan que su primer empleo fue el de empaquetador en el diario El Universal, después corrector de pruebas, mientras estudiaba francés e inglés, idiomas que le permitirían más adelante oficiar de guía en el Museo de Bellas Artes.

Entre otras cosas, fue corresponsal de El Universal en Puerto Cabello. Y en 1940, acusado de difamación e injuria, por señalar a las autoridades municipales de no trabajar lo suficiente para erradicar la malaria, fue encarcelado.

Trabajó en Radio Tropical, escribió la columna Punta de lanza y fue reportero de Últimas Noticias. También escribió en el semanario El Morrocoy Azul. Fundó los periódicos humoristas La Pava Macha y El Tocador de Señoras. En Colombia escribió para la revista Sábado y durante el año que vivió en Cuba fue director de Zig-Zag.

Asumió la dirección de la revista Fantoches en 1945. Y en 1948 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo, en la categoría escritores humorísticos y costumbristas. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez lo expulsó del país en 1956, pero volvió dos años después.

De sus humores y amores

Desprovisto de las todas las solemnidades, supo adentrarse en las miradas que este pueblo vislumbra tras los cristales de los amares, llantos, prejuicios y sueños. Aquiles Nazoa es referencia obligada del humor y la humana profundidad sin cortapisas.

A través de sus versos es posible dibujar a la sociedad venezolana, porque sus palabras ácidas y dulces, saben volar nuestros adentros para enfrentarlos a los espejos. El decía que el humorista es un “hombre de actitud subversiva frente al mundo”, por eso creía en lo más hondo y lo más leve, adorador del tacto y de los sueños, pronosticador de la magia y del cuento, encantador de risas y caricias, Nazoa cuenta sus amores, sus pasiones, su futuro hecho de papel, de pueblo, de presente, para siempre.

A la irremediable ternura del Credo le siguen poemas que son como sonajeros, de esos que son capaces de hacer cosquillas en la conciencia, porque develándonos nos invita a rebelarnos. Porque él fue y sigue siendo, un soñador de pies en tierra, de carcajada sonora y reflexiva, porque su risa nace del sabernos con todo y nuestras esquinas colmadas de polvo y de miserias.

“¿Qué se habrá hecho la dulcera, / de la Esquina de Sociedad / Con su gorra de cocinera / y su esponjado delatar / y su azfate que por fuera / tenía tanto de vitral, y que por dentro el gozo era, / de nuestra hambrienta capital, / con su torta tipo burrera / y sus tajadas de manjar / y sus esféricos coquitos / que parecían de cristal?” (Fragmento de Elegía a la Dulcera de Sociedad)

Poesía, teatro y breves narraciones componen el imaginario colectivo de Aquiles Nazoa. Los textos reunidos en Humor y Amor, uno de sus libros más conocidos, publicado en 1970, va dejando al descubierto cada uno de los pliegues del sentipensar de estas tierras. Él, poeta y periodista, sigue presente en la estridencia y la música de los autobuses, en los rostros de los ninguneados, en la cadencia de los tambores, en la alegría de la esperanza.

Aquiles Nazoa vive sobre todo en el amor, en el que tiene alas y sabe volar las ganas.

“Hans tenía una caja de música en el corazón, y una pipa de espuma que Jenny le diera. / A veces los dos salían de viaje por rumbos distintos. Pero seguían amándose en el encuentro de las cosas menudas de la tierra. / Por ejemplo, Hans reconocía y amaba a Jenny en la transparencia de las fuentes y en la mirada de los niños y en las hojas secas. / Jenny reconocía y amaba a Hans en las barbas de los mendigos y en el perfume del pan tierno y en las más humildes monedas. / Porque el amor de Hans y Jenny era íntimo y dulce como el primer día de invierno en la escuela. / Jenny cantaba las antiguas baladas nórdicas con infinita tristeza. / Una vez la escucharon unos estudiantes americanos, y por la noche todos lloraron de ternura sobre un mapa de Suecia. Y es que cuando Jenny cantaba, era el amor de Hans lo que cantaba en ella”. (Fragmento de Balada de Hans y Jenny.

Credo de Aquiles Nazoa

“Creo en Pablo Picasso, Todopoderoso, Creador del Cielo de la Tierra;
creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones,
que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo ,
pero que cada día resucita en el corazón de los hombres,
creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable,
creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa,
creo en la cualidad aérea del ser humano,
configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatiéndose
como una purísima paloma herida bajo el cielo del mediterráneo;
creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente
debajo de la almohada de mi niñez;
creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la música,
yo que en las horas de mi angustia vi al conjuro de la Pavana de Fauré,
salir liberada y radiante de la dulce Eurídice del infierno de mi alma,
creo en Rainer María Rilke héroe de la lucha del hombre por la belleza,
que sacrificó su vida por el acto de cortar una rosa para una mujer,
creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia,
creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar;
creo en un barco esbelto y distantísimo
que salió hace un siglo al encuentro de la aurora;
su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles,
junto a sus sienes un resplandor de estrellas,
creo en el perro de Ulises,
en el gato risueño de Alicia en el país de las maravillas,
en el loro de Robinson Crusoe,
creo en los ratoncitos que tiraron del coche de la Cenicienta,
en Beralfiro el caballo de Rolando,
y en las abejas que laboran en su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero,
creo en la amistad como el invento más bello del hombre,
creo en los poderes creadores del pueblo,
creo en la poesía y en fin,
creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama”.

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