jueves, 3 de mayo de 2012

“Una forma de vida” de Amelie Nothomb

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Amelie Nothomb
Una forma de vida
Traducción de Sergi Pamies
Editorial Anagrama

Para escribir una buena novela y que esta atraiga al lector a sus páginas desde la primera hasta la última, es imprescindible disponer de ingenio y oficio sin ninguna necesidad de buscar una originalidad forzada. El resto, es decir la trama, el conjunto, llega solo y se agradece. Y Amélie Nothomb muestra que posee capacidad sobrada tanto intelectual como creativa para lograr lo que se propone en el campo de la literatura, siempre girando su temática sobre ese protagonista que es el cuerpo humano, la persona en sí con todas sus virtudes y defectos.

Así, en Una forma de vida todo es iniciarse la narración cuando se nos presenta a través de una carta extrañas vivencias de un norteamericano llamando Melvin Mapple dirigida a la propia autora. Este el comienzo de una historia epistolar entre este ciudadano made en USA que se encuentra en Irak como soldado pegando tiros y la deliciosa Amelie. Carteo que a medida que va desarrollándose adquiere más emotividad y hondura, intriga e intimismo, muy especialmente por parte de ella la escritora al considerarse comprometida con la situación de este complejo personaje, que ha contraído una enfermedad común entre los soldados como es la gordura por el mucho comer con avaricia.

Y a medida que el cruce epistolar va aumentando es cuando el soldado gordo y cada día más redondo, va desgranando trozos de su vida: “Soy obeso. No de nacimiento. De niño y de adolescente era normal. De adulto, no tardé en adelgazar a causa de la pobreza “hasta que considerándose un joven más sin perspectivas, decide ingresar en el glorioso ejército de los Estado Unidos de América, ese que pierde guerra tras guerra mientras prepara otra. Y aquí, este militar que antes era un puro esqueleto hambriento, descubre la posibilidad de comer para matar toda el hambre almacenada en la mente y el estómago. De manera que, cuando en 2003, cuatro años después de su ingreso en el glorioso ejército, lo envían a Irak, su carrera alimenticia dada la tentadora oferta del menú, le lleva irremediablemente a engordar de manera increíble.

Y en aquellos sangrientos combates en una guerra equivocada y salvaje en la que las operaciones provocan en la tropa la pérdida del apetito y trastornos mentales, a nuestro buen soldado le sucede, como a muchos otros todo lo contrario, pues vuelve tras la batalla en un estado de shok, “asombrado de seguir vivo, horrorizado, lo primero que haces después de cambiarte de pantalones (nunca dejas de manchártelos) abalanzarse sobre la comida” Siendo tal su decorador apetito que termina por ingresar en el reconocido grupo de los gordos, maltratadores de inocentes y fieles básculas señalando pesos superiores a los ciento setenta kilos, porque comen y tragan sin descanso.

Además, en los combates son colocados en primera fila como defensa protectora, a la vez que escaparate del imperio, muestra provocadora para los hambrientos y harapientos enemigos locales. Todo un desafío entre la prepotencia “protectora” en un pueblo ocupado donde las muertes solo tiene el precio de la locura y el desatino. Es un Irak e4n el que todavía no se han encontrado aquellas pregonadas armas de destrucción masiva, injusticia escandalosa del inolvidable Buch y sus acólitos entre los que se encontraba un tal José Mari, estandarte gritón de ideología neoconservadora. Y comedor protagonista es conciente de ello, por eso lo expone con cordura, pese a su gordura.

Pasa el tiempo y la correspondencia entre la autora y el soldado obeso va creciendo en juicios y denuncias, en problemas de difícil solución como sucede con los combatientes que regresan a su patria a los que les resulta imposibles adaptarse, porque los males psicológicos y físicos se agravan pese a la atención médica que reciben, que les aclara que ellos son como los ex presidarios, que se tienen que reinsertar. Pero con los soldados, es más difícil que con los presos. Y no es que estén locos como para desear regresar a Irak, sino que sus vidas ya no están en USA. Ya no tienen un lugar, un sitio. Ya no saben vivir.

La historia se lee bien, y describe bien, no quiero afirmar de su lectura distrae, que pertenece a ese tipo de novela que Vargas Llosa condena en su ensayo reciente La civilización del espectáculo, sobre la banalización de la literatura y del periodismo amarillista. La novela revestida de una aparente ironía resulta ser una bomba con efectos retardados, al mostrar la descarnada sociedad en la que se vive, no solamente en USA, sino también Occidente dispuesto a imitar servilmente y con gastos a su nuestro cargo, todo lo peor de una América que también posee ejemplos dignos de copiar para una sociedad menos alienada y entontecida.

Es una novela abarca mucho más utilizando esta correspondencia que al final ofrece sorpresas impactantes que, lógicamente, no voy a descubrir. Sería restar valor a la denuncia de “la estafa e impostura, el sentido de la vida”, porque para Amèlie Nothomb escribir es la búsqueda de una salida de emergencia para no desesperar ante un panorama que cada día que pasa asfixia un poco más, mientras en el aire flota la pregunta de todos: ¿A dónde quieren llegar?

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