jueves, 3 de mayo de 2012

Valentín está contento...

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un Rutini Sauternes, el vino dulce de elegancia y singularidad, requiere una copa especial y otra decisión conceptual: atacar con cuidada estrategia un helado de canela que preparó la tía Cota.

Estábamos en la sala luminosa que da al parque de la casa de Georgina. Ella, ensimismada, caminaba por él, tomada del brazo de Yon. Su continente grave no impedía disfrutar las líneas bellas, suaves de serena expresión que siempre cautiva a propios y extraños.

Es de una elegancia natural que suelen disponer no muchas mujeres. Se desliza y el garbo, ademanes y gestos, son propios de alguien con refinada condición, que no se estudia, ni se adquiere; etérea le señalan algunos inquietos por descifrar el origen de lo incomprensible.

Yon, su hermano, algunas cuestiones conserva, que le dan un aire de linaje misterioso. La majestad impone más allá de los protagonistas y estos dos portaban el atributo.

Esta observación propicia me tenía clavado contra un espejo oval de tamaño natural, que reflejaba la escena bucólica de esa tarde de sol, que febrero regalaba generoso.

Desde la mullida zona roja del sillón, donde me hallaba repantigado, intuía la autoridad de sentirme trasladado en el tiempo, a un escenario dieciochesco.

Los altos muros de la casa temperlina sumaban a la sensación desde dentro, de estar en un castillo. Hasta los cardenales desfilaban con gracia y orden, apareciendo y desapareciendo de los setos vivos y laureles rojos que emergían de la zona arenosa.

Ese domingo (¿siempre en domingo?), la melancolía era una yegua desbocada que piafaba por orientar reclamos.

En el viaje, el Alfa gris me permitió repasar mejores paisajes, como el recuento de pecas en la espalda de la mujer dorada, repasada con esmero por la esponja verde, en una ducha compartida, difusos por el vapor, en un baño de estreno, durante otra noche tumultuosa.

Era grato y suficiente para ese día y esa ruta, luego del San Valentín que tuvo en vilo a mucha gente ansiosa de decir cosas, algo que permite sospechar que encubre bien aquello que no se hace, ser gentil, por ejemplo.

Nosotros regresábamos, parecíamos guerreros en busca de reposo, luego de estar con Fiona.

Ese 14 de febrero y no otro, se había ido Daniel. Ambos conformaron un matrimonio con más años de infortunio y donde el respirador artificial se llevó el remoto amor.

Las enfermedades terminales confrontan con la decadencia y esa frontera es difícil de cruzar y seguir enteros.

Fiona pudo, porque su vida cruza la de Sebastián, en una playa de otoño y dar con el dínamo y la energía; ese amor nuevo los puso en la umbría zona donde los amantes construyen otra realidad; una necesidad fatalista.

Eligieron y erigieron un lugar en el pueblo blanco que descubrieran por cuestiones azarosas y esa casa de madera semi oculta en el bosquecillo, abrigó las cuatro estaciones del amor.

Episódico, en cuanto a los encuentros, inalterable como un hilo de luz, durante la cuenta regresiva que a ritmo decreciente, imponía ese mismo respirador, el precio fue duro para ellos. Fue duro para nosotros, sobre todo para Yon, amigo de los tres en orden de aparición.

Fiona, quien supo darle amparo diplomático durante una escaramuza europea donde las lealtades habían perdido una batalla, dejando el agrio olor a pólvora con sangre, contorsión y asfalto, como escenografía de otro desencuentro, con eso selló el vínculo.

La palabra del vasco siempre protegió a Fiona, incluso en algún aeropuerto “liberado”, donde suele confundirse la razón de la fuerza con la fuerza de la razón.

El tiempo moroso que la vida delimita, hizo que Yon entregara a Daniel en aquel hospital capaz de resolver toda complejidad, uniendo gestiones propias de un puente solidario.

Estar cuando hay que estar, era parte de su código. Estar cuando se debe estar, otra pieza de las tablas donde rigen los mandamientos personales y sagrados. Un códice, pensé.

Hasta allí, donde la sombra y el silencio abrigan de la tempestad, fue posible llevar a Daniel. El resto sería la densa espera de la vacilación. Quizá desde un ajeno cansancio, desde las zonas de las preguntas, Daniel se retiró y el camino se bifurcaba.

Durante ese tiempo entre tiempos, Yon supo acompañar las vacilaciones de Fiona, mujer ideal a la hora de idealizar mujeres. Le pesaba su propia dualidad, pese a que sabía cuanto era Sebastián y su amor, para Fiona.

Ser la bisagra de tres historias siempre, mientras duró, lo tuvo incómodo. Sólo por eso fue que me pidió, un tiempo antes, que contara esa historia con forma de cartas.

- Me asomé a las estrellas porque te extraño -, fue el saludo de Sebastián; ya luego del luto natural que ella consagró al silencio y la soledad, la primavera de los sentidos les había devuelto la esperanza de amarse al sol.

Fiona y Sebastián marcharían para re escribir su carta de amor en la arena.

Aquí, en este salón de vueltas y espejos, yo contemplaba la caminata de los hermanos; Georgina apoyada casi en el brazo de Yon, sonreía ¿le estaría confiando esta historia? No supe, pude o quise interrogar. Mi master sobre la propiedad de los silencios estaba logrado, no así el de la esclavitud de las palabras, hasta ahora.

Cuando regresaron, casi anunciadores del rocío imperceptible a derramar, parecían satisfechos; habrían saldado, seguramente, algunas cuentas y espacios prolongados. Yon no venía tan seguido como hubiera deseado -yo mucho más-.

Mientras ella deslizaba su intención de abocarse a los preparativos de una comida difusa -antes de partir-, se detuvo a mi lado y casi con la fijeza interrogativa de Cecilia y sus ojos grises cuando desmenuza ciertos cuentos, Georgina, desde la intensidad azul de su mirada, casi como dejando caer las palabras que rodaron perezosas, aunque su significado no opacara la dulce gravedad del tono, dejó sitio a una indefinible, casi insondable bruma al rozarme...

¿Sigues siendo el hombre que escribe? -, bajé la mirada, avergonzado -ese- mirando a Yon -vive- vos -me dijo- mirás la vida y como él la vive – No sé si el vasco escuchó.

Una leve sonrisa vagaba en su cara. Como no tenía recursos pensé que la oración es una disposición latente y me hubiera servido... si la tuviera disponible...

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