jueves, 28 de junio de 2012

Contrastes de una despedida

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estábamos en la popular de la cancha de Colon de Santa Fe, y es cierto, se puede dudar de que esto no es propio del vasco, a mi no me incluyo, porque son pocos quienes podrían reparar en mi.

La función de la literatura es contar la vida para gente interesada en analizar la suya, a veces a través de la literatura. Por eso el ejercicio de memoria sirve.

La gente estaba eufórica. Emocionada, que no es poco, ante tanta escasez de emociones de las buenas, porque hay otras que no cuentan. Antes de empezar el partido hubo bengalas, luces de colores, fuegos de artificio que siempre fueron suficientes y referidas a otros espectáculos que suelen protagonizar equipos estelares.

Colón lo es, pero en un feudo algo acotado. Los complejos provincianos se alinean junto con la soberbia capitalina porteña haciendo una confabulación insoportable. Naturalmente, nosotros no éramos sospechados, permanecíamos callados. Yo disfrutando esa despedida del fútbol, que no parecía querer terminar nunca.

El receptor de emociones era alguien profundamente emocionado; las llanuras, como las de su pueblo natal, Coronel Dorrego, son hogar del viento ese siempre es el que dirige y destina. Allí vive parte de su familia. Aunque él haya decidido permanecer en Santa Fe. Hubo vuelta olímpica a babuchas de familiares y amigos, rondas protagonizadas por sus compañeros, y, seguramente, Esteban Fuertes, se guardará algo de tanta emoción para los tiempos fríos.

Es un hombre que ha pasado sufrimientos personales que le dejaron un rictus de dureza, del que no se despoja, ni siquiera cuando llora. Esa noche lloró y, seguramente, habrá llorado mucho más sólo, en algún lugar que se suele reservar, para estar consigo.

Un hombre de pequeños gestos, buen escondedor de esas emociones que colectó durante esa noche en la que regaló sus dos goles de despedida, logrados con la complicidad de sus rivales, seguros de no estropearle a el y los otros, una despedida. Había gente de todas las edades y eso es bueno para que el sentido común, que no es el más común de los sentidos, disfrutara plenamente. La gente de Colon tenía una fiesta y no quisieron desaprovecharla, además ganó el partido.

Fuertes, se llevó el recuerdo y eso ya no es poco a esta altura de la felicidad un tanto escasa de la gente. A la salida dimos con otro motivo de encuentro, necesario de mencionar, porque Yon me anticipó un par de temas, que él debía escuchar con mi obligación resistida de participar. Puesto que ni sospechaba contenidos, de los que sólo escucha, como he dicho. Mauricio es un buen aspirante a topo y le interesaba saber que traía, aunque yo sospechara que, en realidad, el vasco apuntaba a que yo me enterara, caprichos que tiene la gente.

Para volver al centro de de Santa Fe de la Veracruz, es conveniente recorrer el boulevard de salida que desagota la cancha. Uno de lo lugares, que el infatigable vasco conoce, tiene canteros de rosas que bordean las mesas, donde los comensales cruzan ocios con necesidades, adornadas con las viandas que eligen, el lugar haciendo honor a las flores o al revés, así se llamaba, o algo parecido lo cierto es que el alfa gris, que siempre llama la atención encontró pronta ubicación bajo un sauce conmovedor. Los anfitriones lo recibieron a Yon, con la distinción propia de una cortesía almacenada por generaciones dedicadas al arte culinario. Vladimir, la cabeza del grupo le extendió una carta ya aprobada para que supervisara si se cumplían los recaudos convenidos. Yon nos anunció.

Primero el turno de los blancos, el Ampakama Viognier 2011, el Doña Paula Sauvignon Blanc 2011 de David Bonomi., fueron fogoneros del tren de sabores previos, destinados a los filetes de pejerrey fritos y orlados por crema y nueces pisadas. Locuras de la gente que el vasco cultiva.

Canelones rellenos de choclo y ricota, era el plato principal que eligió y alcancé a otear sobre su hombro casi al pasar, para mi el hambre es parte del equipaje y no, por supuesto, del vasco lo visto me tranquilizó. El siguió ponderando. La mezcla de harinas le da a la masa una textura muy particular, que se lleva muy bien con el relleno dulce de choclos de estación.

Los tintos distinguidos fueron Don Nicanor Bonarda 2010, le siguió el Finca Las Palmas Cabernet Sauvignon 2008 y el nuevo Iscay Syrah 2010.

¿Era necesario semejante despliegue?, para tres, no lo sé. Pero debo hacer memoria. Algo hay que hacer a esta altura de la vida. Pensé sólo sin ayuda. Lo que me pareció notable, como verme en un espejo pero al trasluz ¿un tanto complicado, no?, también me pregunté, por la felicidad, que viajaba en otro tren de alejamiento.

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¿Cómo fueron los aprestos de ese noche de despedidas? Quise recordarlo.

El frío sacudió mis huesos esa mañana en este sur extraño por momentos rural, que le sobra a Alejandro Korn. Es un frío casi sólido. No da respiro. Agobia mientras se abre camino a través de la ropa, del aliento, de las nubes que parecen descender para anestesiar sonidos. Un frío que se impone por abrumadora presencia, está en todas partes, nadie lo ve y agarrota pájaros.

No conviene hablar, en esas mañanas porque el estilete helado paraliza la garganta y abre el camino a otros estados. El ánimo supo detener el descenso, cuando quise entender el desgano de los pájaros y no regresar a la tibieza del recuerdo de la mujer dorada, ni contentarme con imágenes suficientes, esa mañana.

El llamado telefónico hasta parece distinto. Repica casi sin interrupciones ni pausas, no toma aliento, y eso altera un despertar necesitado de silencios. El vasco me citaba antes de llegar al diario, para relevar algo, que no entendí bien. Los sueños no merecen malos tratos. Los sueños contienen antídotos sorprendentes, para ciertos desamparos, sobre todo. Lo cierto que un café después, salí a caminar para enfriar detalles de las cosas por hacer, escribir y decir. El orden de esta ecuación me es ajeno.

La estación del ferrocarril lucía tan inhóspita como el día nublado que persistía en no olvidarnos. Hay un triunvirato de perros que se otorgan la potestad de circulación para otros perros, igual de solos, algo que me hizo sospechar sobre la pertenencia, el egoísmo y la posesividad de los humanos, generadores de aquello que los perros retienen. Igual resultan convincentes porque son leales a su manera. Ellos vigilan la marcha de los trenes, espaciados en servicios, y disponibles para el asistente que los cuida y alimenta. Hay gente que rescata mejores miradas, con sencillas formas de la conducta.

La ráfaga helada, sirvió para que recordara que mi apuro en desear la llegada del tren, tenía motivos invernales. No podía quejarme, el tiempo había decidido cumplir sus plazos y tomaba posesión de su espacio. El peregrinaje a lo largo de siete estaciones, me compensaba por las dudas de estar con el número santo.

Caminé, luego de descender, las cuadras de un cercano rumbo que me llevaba al lugar que el vasco eligió para darme su recado. Es un tipo delicado, no cabe duda, Dali tiene exposiciones de arte que pocos frecuentan pero, algunos ávidos como yo, se sienten particularmente agradecidos.

Es confortable el abrigo de la madera y el recato de la esquina. Yon, antes vi el Alfa gris, leía un diario de cortesía mientras maquinalmente se llevaba a la boca una rodaja convenientemente arrollada de jamón crudo, sin grasa, según gusto que no es el mío, naturalmente, y deduje que el whisky de Tennessee, completaba la postal.

- Juan viene a contar algo que conviene tengas en claro, para tu archivo, no para publicarlo, algo esquivo para vos -, fue su saludo. A una señal suya el mozo portando una bandeja colmada, se acercó para aliviar mis ansiedades desatadas. Las tostadas calientes y crujientes alegraban desde su plato donde acompañaban al crudo que, crudamente, recordaban mi hambre inconsolable.

No quería averiguar nada, hasta tanto dejara deslizar algo a mi estomago que retumbaba como bombos partidarios. La mesa estaba situada junto a la ventana, completando el ritual que el Vasco obedece sin chistar. Sin embargo, luego de embeber la tostada en salsa tártara, según un gusto compartido, dotarla del jamón, serrano para más datos, quise sospechar, por lo menos, cual era el motivo del encuentro intempestivo.

- Juan, el herrero, cree que algo extraño puede ocurrir dentro de poco en los ferrocarriles.-, me mantuve impertérrito. Juan es un fabulador de primera, pero gran tipo y gran trabajador, sin ninguna relación carnal, con el interés público, más allá de su condición de publico, lógicamente. Por lo tanto no quise prevenirme hasta que el personaje, de hirsuta cabellera gris apareciera, a dar con su vozarrón empujado por la carcajada resonante, un toque de presencia imposible de ignorar.

Bracea al caminar “mono…líticamente”, empuja la silla y se desploma, siempre parece estar al cabo de sus fuerzas. Luce un buzo azul, un pantalón azul y debajo una camisa también azul para completar y sucios borceguíes que lo llevan y traen de lugares inhóspitos, como mi casa, abrazó al vasco y me dirigió una mirada fugaz casi molestia imperceptible, pese a que el día anterior estuvo conmigo. Bueno, así es la gente. Ahí va.

- ¿Qué pasa Juan?, con los trenes y la gente - .Yon no suele ser protocolar, parece ocupado, apurado, pero no conozco ninguna razón visible para esas alternativas. Siempre está libre, no sé si en libertad.

- Juan menea la cabeza como negando. Un hábito casi social. - Me dijeron – arrancó Juan, sin decir quienes, - hay una embestida extraña detrás de los afiches que llevan pegados los trenes: “De Vido, el ministro de los trabajadores”, parece que hay cosas por debajo de la mesa que nadie sabe adonde apuntan -, avanzó el herrero, - parecía en dificultades para explicar lo que sabía y lo que se quería explicar, lo que lo obligaba a grandes esfuerzos.

Hay gente en los gremios que presiona. Hay dirigentes que hablan o quieren hablar y no los escuchan, ellos se sienten con privilegios que tambalean. No saben si buscan un interlocutor o un reemplazo, lo que sí parece es que buscan el espacio perdido y quieren asegurarse y asegurar con quien pueden hacerlo. Hay otros, mas audaces, que suponen que un relevo no debe descartarse, no dicen que relevo es ese, pero nadie se quiere privar de la cuota que conservan desde muchos años. Lo cierto es que cada tren tiene la postal para mostrar un juego que nadie sabe quien juega. En eso estaba cuando sonó el celuar de Yon, que no es el de Dios, aunque él juegue a serlo.

Viene Nicolás tu compañero periodista, me anunció casi con terquedad

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Una frase, un poema, un fragmento de novela, funcionan como la revelación de algo que permanecía oculto y que aflora en su lectura. Tan sólo con las cartas dirigidas a los amigos es posible sentirse mejor. En todos los casos, las palabras delatan.

Susan Sontag habla de la necesidad de soledad para buscar «la propia voz» y retoma a Kafka que decía: “Para escribir nunca se está suficientemente solo”. Lo corrobora Paul Auster, quien agrega: “Creo que lo asombroso es que cuando uno está más solo, es cuando deja de estar solo”.

Los anteojitos de Nicolás lo anticiparon con cierta ferocidad. Pero a decir verdad le quedan bien. Saludó y se sirvió su cuota de jamón crudo, salsa tártara y bebió un sorbo del whisky gentilmente servido, Para anunciar luego de comprobar que estaba en compañía segura. Este informe sirve para comprobar que hasta los que manejaron la inteligencia, sucumben, dijo en tono quedo antes de leer.

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“Allanan domicilios del general Carlos Alberto Martínez
Investigan al jefe de inteligencia de la dictadura por el crimen de Alberte

El viernes 15 de junio (2012) fueron allanados en San Miguel domicilios del general de división retirado Carlos Alberto Martínez, Jefe de Inteligencia del Estado Mayor General del Ejército desde agosto de 1975 hasta fines de 1977 y jefe de la SIDE con rango de Secretario de Estado de 1978 a 1983.

Martínez fue hombre de confianza de Videla y se le atribuye haber diseñado junto con Viola los planes de ejecución del genocidio y luego la Operación Centroamérica de exportación del Terrorismo de Estado.

De él dependió toda la estructura de inteligencia represiva de la dictadura, incluyendo el Batallón 601. Martínez, ex - alumno de la Escuela de las Américas, representó a las FFAA argentinas en cónclaves secretos del Plan Cóndor en Santiago de Chile. Ya retirado, se recicló en democracia cuando en 1989, bajo la presidencia de Menem, el entonces Secretario de la SIDE Juan Bautista Yofre lo nombró director de la Escuela de Inteligencia del organismo.

La orden de allanamiento provino del titular del Juzgado Federal nº 3, Daniel Rafecas, quien investiga el asesinato de Bernardo Alberte en el marco de las causas por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército.

Alberte, el militar que fue Delegado de Perón en tiempos de Onganía, fue asesinado en su casa por un comando del Ejército la madrugada del 24 de marzo de 1976 y está considerado la primera víctima mortal de la última dictadura.

Cabe recordar que el 21 de mayo pasado Rafecas hizo allanar el domicilio del general de brigada retirado Jorge O’Higgins, acusado de haber tenido en su poder originales de cartas de Perón dirigidas a Alberte, robadas la madrugada del crimen. Un vecino encontró por casualidad las cartas, además de agendas y otros efectos del represor, en el palier compartido de sus departamentos y entregó su hallazgo a la justicia.

O’ Higgins, otro ex – alumno de la Escuela de las Américas, en 1976 fue subordinado directo de Martínez en la jefatura de Inteligencia del Ejército y luego participó en la Operación Centroamérica como agregado militar argentino en Honduras.

La familia Alberte denunció judicialmente el asesinato y el robo de las cartas en junio de 1976. Familiares de Alberte acusaron como jefe de la comisión militar que ejecutó el crimen al General (R.E.) Oscar Enrique Guerrero, quien en 1981, bajo Viola, llegó a ser Jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires y luego de Malvinas, Jefe de Operaciones del Estado Mayor del Ejército”, resumió Nicolás agotado y yo con ganas de vomitar.

Fue entonces cuando el vasco, luego de un breve silencio me dijo por lo bajo, vamos a Santa Fe para cambiar, por lo menos el aire de la opresión, nos hace falta una bocanada de gracia. Lo miré, me encogí de hombros antes de recordarle que es lo que hay.


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