miércoles, 13 de junio de 2012

Dos amigos

Marcelo Colussi

Desde sus respectivos nacimientos estuvieron siempre juntos. Vieron el mundo con escasas dos semanas de diferencia, y sus vidas quedaron casi hermanadas desde un primer momento. Aunque no eran hermanos, lo parecían.

Compartieron juegos infantiles, estudios primarios, penas y alegrías de niños, nevadas y calores. Simón siempre fue algo gordo, característica que se acentuó en su adolescencia. Jürgen, por el contrario, fue siempre delgado, enjuto. Ambos eran altos.

Se protegían mutuamente, en todo: con mentiras piadosas antes sus madres o maestros para apañar fechorías menores del otro; con puños y puntapiés antes niños hostiles.

Sus respectivos padres no tenían muy en cuenta la relación; eran amiguitos, así de simple, buenos amiguitos, y ello no daba para abrir ninguna reflexión al respecto. La cuestión de la religión no contaba.

En realidad, si bien ambas familias eran practicantes de sus respectivos credos, ninguna era particularmente devota. Seguían sus ritos como las tradiciones lo mandaban, pero no pasaban de allí. Jürgen era católico; Simón, judío.

Los dos niños fueron formados en sus creencias, pero entre sí nunca hablaban de ello. No era necesario; los unía otra infinidad de cosas, y el tema religioso no contaba. Como tantos niños –¿como todos?– sus preocupaciones no iban por el lado teológico; el ámbito espiritual era una obligación más, pesada como todas las obligaciones, como lavarse los dientes o bañarse cada sábado.

Desde niño Simón evidenció una hermosa voz de barítono; ya jovencitos los dos participaban en el coro de la escuela, pero Jürgen no tenía especial talento para el canto. De todos modos, a ambos les gustaba tomar parte en esa actividad, no tanto por su afección respecto a lo lírico sino porque les resultaban muy divertidos los ensayos. En realidad, ya de doce años, a los dos amigos les interesaba el coro más por los primeros juegos de seducción en que tímidamente entraban con jovencitas de su edad que por una vocación artística. De todos modos el talento de Simón no era poco, y en muchas ocasiones fue tentado por su maestro de música a tomar en serio el estudio vocal. Ni él ni sus padres lo consideraron.

Siempre siguió cantando, y su voz ya adolescente ganó en potencia y profundidad. Jürgen lo admiraba. Ya más grandes cantaban juntos en las tabernas, cuando comenzaban sus salidas de quasi adultos.

La familia Goldstein –a la que pertenecía Simón– era propietaria de una tienda de telas, una de las más grandes de Munich. El padre, David, era un acaudalado comerciante que, pese a su origen judío, se había sabido ganar la estima de amigos y enemigos. Era, en el más cabal sentido de la palabra, una buena persona. Contrariamente a su hermano Isaac, igualmente conocido, pero no por su perfil humanista, jamás habido prestado dinero. Su considerable fortuna la había logrado no tanto por lo recibido en herencia de su padre, sino con el tesón de un avaro comerciante que trabajaba, y hacía trabajar a sus empleados, dieciséis horas diarias, jamás se daba lujos y no se permitía dilapidar siquiera un centavo en algo que no tuviera ya rígidamente presupuestado.

El padre de Jürgen era uno de sus dependientes. Azares del destino, ambas familias eran vecinas.

A lo largo de los años en que la amistad de los dos muchachos fue tornándose más estrecha, nunca tuvieron una pelea. Se entendían sin necesidad de hablar; era sólo mirarse y automáticamente el uno sabía de los pensamientos, gustos, temores o malestares del otro. En general casi en todo, o en todo, vibraban al unísono con lo mismo, y se preocupaban de similares penas.

Wilhelm Baltzer, el padre de Jürgen, vivía de un magro salario con el que debía mantener esposa y cuatro hijos. Su profunda fe cristiana lo ayudaba mucho en esa empresa. Su relación con David Goldstein, el dueño de la tienda, no era mala, pero tampoco daba para más que un formal vínculo empleado-empleador. Ninguno de los dos hubiera siquiera hecho el esfuerzo por ir más allá. La honda amistad de sus respectivos hijos –la cual no alimentaba ninguna de las dos familias– no contaba mayormente, o no contaba para nada, en la relación establecida.

Seguidores tradicionalistas en su fe como eran los Goldstein y los Baltzer, ninguno de ellos polemizaba en asuntos religiosos; si bien el antisemitismo estaba extendido inmemorialmente por toda Europa, no era el caso para los padres de Jürgen. Y por supuesto, tampoco para él. En unas pocas ocasiones, con valor de sagrado secreto para llevarse a la tumba, los muchachos se permitían reír mutuamente de sus respectivos credos. Al escuchar uno los relatos del otro acerca de cómo eran las prácticas religiosas de sus familias –a las que estaban obligados cada uno de ellos y que, aunque a regañadientes, debían cumplir– los asaltaba un profundo sentimiento de hilaridad. El judío no podía entender cómo era posible que el vino fuese sangre, o que la hostia fuese el cuerpo sagrado; por otro lado, para Jürgen era desopilante el rito del sabbath, o absolutamente incomprensible aquello de la circunsición: le dolía de sólo pensarlo. De todos modos, así se aceptaban; y de eso reían –claro que en privado, y con el marco de una mutua complicidad que hacía más atractivo el secreto compartido.

La adolescencia unió más aún la amistad de los amigos. Las visitas a los primeros burdeles, o las cervezas de las primeras tabernas, ratificaron que su relación iba más allá de sus respectivas familias.

A los dieciocho años, con sus aspectos de adultos jóvenes –o de muchachones crecidos– la vida parecía extendérseles por delante como un camino que invitaba a recorrerlo; nada se interponía ante ellos, y todo incitaba a mantener esa hermosa unión que los vinculaba. Las apuestas que hacían en las tabernas para ver quién tomaba más cantidad de cerveza de un solo trago –en general era Simón el ganador–, o las correrías amorosas compartidas luego en interminables conversaciones, por mencionar algunas cosas, eran elementos que solidificaban cada vez más la amistad. Ello, de todos modos, no tenía ninguna relación con las historias vividas por sus respectivas familias.

David Goldstein seguía haciendo dinero y despotricando contra sus empleados, a quienes veía como una sarta de haraganes que sólo querían perjudicarle en sus negocios. Su esposa, Rebeca, repetía los mismos argumentos.

Por otro lado, Wilhelm Baltzer seguía tan pobre como siempre, despotricando contra el "miserable judío" de su patrón, y orgulloso de su Jürgen, que había decidido enrolarse en el ejército.

Para el invierno de 1939 la situación en toda Alemania estaba al rojo vivo; el nacionalsocialismo ganaba adeptos a pasos agigantados, y el antisemitismo desbordaba por todos lados. Los Goldstein vieron que algo grave iba a suceder, ante lo cual comenzaron a barajar la idea de abandonar el país; un tanto en el aire –porque no querían terminar de creer lo que estaban viviendo– fueron concibiendo la idea de marcharse hacia Estados Unidos, donde tenían familiares. Pero no lograron concretarlo.

En pocos meses se amplió la persecución contra los judíos, y ya no pudieron siquiera moverse de Munich. Simón tuvo que descartar sus planes de seguir estudios de derecho en la universidad. La vida se les complicaba cada vez más.

Con veinte años recién cumplidos, la vida de los otrora amigos había tomado rumbos completamente diversos. Ya no había salidas compartidas, ni tabernas ni historias amorosas. Ni siquiera se volvieron a ver.

Jürgen, rebosante de alegría, no cabía en su uniforme de lo agrandado que se sentía. Jamás hubiera pensado que la vida militar le sentaría tan bien. No se separaba nunca de su arma, la que había pasado a ser parte de su identidad. Su rostro fue endureciéndose, su actitud se tornó agresiva. Las continuas arengas que recibía le fueron moldeando una nueva personalidad, totalmente desconocida en él con anterioridad. Del muchacho bonachón, alegre, simple incluso, que se divertía sanamente y con espontáneas risotadas, ya no quedaba nada. Ahora se sentía un miembro de la "raza aria", la "raza superior", llamado a ocupar un lugar de privilegio en la historia. No importaba que no fuera él quien daba las órdenes; él las cumplía muy solícito, por cierto, pero en realidad –así lo construía al menos– esas órdenes que él ejecutaba eran parte de un plan mucho más complejo, más profundo. No eran simplemente la concreción de lo dicho por el superior: eran la puesta en acto de un "destino superior", de "la superación de todas las formas primitivas y atrasadas de vida".

Jürgen era soldado raso, pero soñaba con escalar. De hecho, el Conductor de la Nación Teutona no era tampoco un oficial de alto rango: era un cabo, un soldado del pueblo, un "puro y no contaminado" luchador ario como él. No importaban tanto los grados como la "pureza racial", repetía enfervorizado.

Sus padres ya no podían reconocerlo cuando se perdía en estas divagaciones; de todos modos el avejentado Wilhelm Baltzer, de alguna manera orgulloso de su hijo, también repetía estos acalorados discursos, sin entender bien a dónde llevaban, pero dando así rienda suelta a su visceral odio contra su patrón, al que había visto enriquecerse a costa de su propio trabajo.

"Sí, los judíos son la perdición del mundo", afirmaban padre e hijo –y también los demás miembros de la familia Baltzer. La diatriba iba con dedicatoria, más aún en lo que al padre de Jürgen tocaba. Recordando a su patrón, el judío de su vecino y padre de Simón, decía: "Goldstein… ¡De piedra de oro no tienen nada estos!", razonaba exaltado; "¡piedra de mierda!, en todo caso". Jürgen no se centraba sólo en esta familia –ya no recordaba a Simón, ya nunca volvieron a estar juntos como amigos–; su odio era universal, contra todos los judíos del mundo. "¡Todos deben morir!", concluía ofuscado.

Los campos de concentración para judíos pasaron a ser una cruda realidad. También la "solución final". Mientras la guerra crecía, se expandía por toda Europa, Simón Goldstein, como tantos miles y miles de judíos, intentaba sobrevivir al holocausto en ciernes. Su gran amigo de infancia y juventud, Jürgen Baltzer, como tantos miles y miles de alemanes no judíos, no podía hacer nada contra ese holocausto que se precipitaba a pasos agigantados. Por pura sobrevivencia, lo más fácil era apoyarlo. No otra cosa hizo Jürgen.

Con veintidós años, ya con más de algún reconocimiento por su heroísmo en combate, Jürgen fue asignado a la ciudad de Weimar, al campo de concentración de Buchenwald. Llegar allí al mando de un pelotón de diez soldados fue sentirse en la más absoluta gloria.

Al principio no lo pudo creer; prefirió pensar que era un error de sus sentidos. Sus miradas se encontraron y ambos quedaron paralizados. Pero fue Simón quien pudo mantenerla; pese al terror que lo envolvía, su actitud –no obstante lo precario de su situación, de la miseria que envolvía toda su figura– fue desafiante.

Esa mirada, lacónica y sin palabras, expresaba más que todos los discursos del mundo. Jürgen tuvo que voltear su rostro. Casi de inmediato los ojos se le enrojecieron. Siguió caminando, ametralladora en mano, fingiendo no haberlo visto. Pero no pudo evitar darse vuelta unos pasos más adelante. Y así seguía Simón Goldstein, mirándolo petrificado y petrificándolo a él. Simón esbozó una sonrisa, sin siquiera saber por qué lo hacía. Jürgen no pudo evitar sonreír también; pero inmediatamente su rostro volvió al marmóreo gesto que ya se le había instalado.

Ese fugaz encuentro lo golpeó fuertemente. Aunque intentaba aparentar normalidad, su vida ya no fue igual.

Esa misma noche, si bien no le correspondía hacerlo, Jürgen cambió un turno para salir a patrullar por las instalaciones. No sabía ni tenía forma de saber en qué barraca se hallaba Simón. Contraviniendo las severas normas que regulaban la vida de los soldados, comenzó a investigar en cada pabellón para ver si encontraba a su viejo ex amigo. De pronto lo atrajo una profunda voz de barítono que entonaba una canción popular tradicional. No podía equivocarse, no podía ser otra voz que la de Simón.

Cantar por las noches cuando ya se había dado la orden de silencio estaba terminantemente prohibido. Ante esa infracción, su obligación era hacer callar, y también castigar, al cantor. Pero prefirió no hacer nada. Solamente se detuvo frente al lugar de donde provenía el canto, y se quedó extasiado escuchándolo. Una vez más, las lágrimas asomaron a sus ojos. La canción se fue extinguiendo lentamente, sin necesidad de su intervención. La oscuridad y el frío envolvían todo el campo de concentración. Siguió caminando solo casi hasta la medianoche, para regresar luego a su cuarto con el mayor sigilo para no ser visto por ningún superior. Esa noche no pudo dormir ni un instante.

En los días siguientes no se volvieron a encontrar. Jürgen lo buscó, pero no le fue posible hallarlo. Simón también albergaba la idea de poder volver a verlo. Sin saber cómo ni por qué, el hecho que ahí estuviera su antiguo amigo le daba alguna luz de esperanza. Pensó cada una de las palabras qué le diría cuando se vieran. Pero por más de dos semanas no se cruzaron. Ambos esperaban ese encuentro, mucho, fervientemente.

Ambos tenían ahora rostros de adultos, casi de viejos. Por motivos distintos, ambos parecían mucho más grandes de lo que en realidad eran. El uno, Simón, no podía ocultar el terror que lo embargaba continuamente; arrugas y calvicie comenzaban a visitarlo. El otro, Jürgen, había trocado su cara aniñada por una máscara pétrea de rudeza. Ambos trasuntaban la tragedia de vidas sin salidas.

Finalmente se encontraron, pero casi sin posibilidad de verse a los ojos, mucho menos de hablarse. Por otro lado, era imposible, absurdo, inconcebible que un custodio ario pudiera dignarse a hablar de igual a igual con un recluso judío. La única relación establecida era de subordinación; nunca hablaban, sólo eran órdenes, o vejaciones, donde siempre el judío hacía de esclavo, y el alemán de amo. De haber hablado, tendrían que haberlo hecho a escondidas. Y eso era casi imposible.

Se cruzaron efímeramente en la enfermería; por motivos diversos los dos habían acudido ahí un instante, y despachados cada uno, ya retornando a sus respectivos puestos, apenas si se vieron unos segundos. Suficientes, sin dudas, para que Jürgen tomara la decisión.

Esa misma noche, aún a riesgo de exponer su vida, desertó del ejército alemán.

Simón, como tantos judíos, murió en Buchenwald. Jürgen, con un indecible sentimiento de culpa, torturado por los fantasmas de un pasado que cada vez se le hacía más ominoso, más abominable, emigró de incógnito para Latinoamérica, donde años después, en algún país del cono sur, acabó suicidándose.

Buchenwald, lo sabemos, pasó a ser uno de los museos del horror de la humanidad. Esta historia la conservó alguno de sus sobrevivientes, judío originario de Munich liberado hacia el fin de la guerra por el Ejército Rojo.

Tomado del libro “Cuentos para olvidar”.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.